Corazón de Fuego

Trilogía Corazón 3

Dahlia negra

Elijah

Años atrás…

En el momento que Elena propuso hacer un trío con Laurel incluida, dije que sí por imbécil, porque mi ego estaba herido y porque me negaba a que aquel muro impenetrable que construí alrededor de mi corazón cediera. Ese era mi jodido juego, las reglas las hice para que me favorecieran siempre a mí, así que no podía ser tan idiota como para permitirme romperlas y ni siquiera para mi beneficio.

Pero una vez más, la chica inexperta que me demostró que fácilmente podía trascender del paraíso al infierno en un simple parpadeo, jodió mis planes y, sin darse cuenta, ese jaque mate que me hizo decirle no indicaba mi victoria sino la suya, pues mi capricho se fue a la mierda cuando, mientras intentaba ser el hijo de puta de siempre, en mi cabeza únicamente se repetía su confesión y su rostro lleno de dolor; además del deseo porque fuera ella la que estuviese provocándome como esas dos chicas lo hacían.

Mas no era ella. La chica que yo deseaba estaba afuera, odiándome por ser tan cabronazo, y no la culpaba.

—¿En serio debes irte? —Elena se mostró incrédula luego de que, sin poder más con esa farsa, les avisé que me marcharía para que ellas disfrutaran de la noche mientras yo me revolcaba en mi propia mierda.

Ambas se habían metido bastante bien en su papel, Elena sobre todo, pues le comía el coño a Laurel con tanto ímpetu que entendí por qué en algunas ocasiones los hombres no podíamos compararnos con las mujeres cuando de dar sexo oral se trataba.

—Debo hacerlo —dije con firmeza. Laurel sonrió con entendimiento, y bufé. Tras eso salí de la oficina, rendido de haber intentado seguir con mi juego y fracasar en el intento.

La confesión de White me impactó como una puta catástrofe que dejó todo mi mundo de cabeza, y no podía sacarme de la mente su rostro lleno de dolor y decepción al escuchar toda la sarta de estupideces que le dije.

 

—Deja ya este maldito juego. He entendido tu punto, White, ahora déjame enterrarme en ti para que ambos consigamos lo que necesitamos, lo que me negaste.

—No. Porque, si soy yo la que cede tan pronto, jamás entenderás que no puedes hacer conmigo lo que se te antoje, Elijah. Somos un juego, perfecto, pero no soy el de siempre, el que estás acostumbrado a ganar. No soy tuya. No eres mío. Así que ambos pondremos y aceptaremos las reglas. Ahora, vuelve a activar mi coche y déjame ir.

—Más que poner tus reglas, siento que tratas de controlarme, White. Y, si es así, estás perdiendo el maldito tiempo.

—Estás tan acostumbrado a que siempre te digan que sí que, cuando yo te digo que no, crees que quiero tener algún poder sobre ti, y no, Elijah. Solo quiero que me veas por lo que soy.

—¿Y qué eres?

—La jugadora del otro lado del tablero de ajedrez. Y bien sabes que todos los movimientos que estamos haciendo es para proteger; en mi caso, a mi… rey.  

—Te estás equivocando con tus movimientos. Y espero que no te arrepientas, porque tomaré mi ventaja.

 

—Serás imbécil —me reproché al estar afuera de la oficina, tras recordar esa discusión que tuve con la Castaña cuando la alcancé luego de que me dejara atado a una maldita silla en mi habitación—, porque la estás viendo por lo que es, hijo de puta —gruñí—. Pero aun así, no tenías que enamorarte del otro jugador, Bonita, sino…

«Vencerlo en su propio juego». Terminó esa voz en mi interior, y me reí con mofa de mí mismo.

Había comenzado a darle la ventaja en sus movimientos, por eso consiguió hacerme dudar en el momento que me confesó sus sentimientos rato atrás. Me cogió con la guardia baja y me defendí de la única manera que sabía hacerlo: con indiferencia, inmadurez y estupidez.

«Y te daré un consejo gratis: así tengas al maldito amor de tu vida al lado, no cometas el error de demostrarlo sin antes asegurarte de cómo protegerlo, porque, con esa petición que me has hecho, me pusiste en bandeja de plata un método efectivo para hacerte besar mi mano. Yo aprendí a las malas, LuzBel».

Las palabras de Enoc llegaron a mi cabeza, y si bien amor era una frase que ya no manejaba, ni estaba dispuesto a volver a usar en mi vocabulario, sí era consciente de que, si mis enemigos intuían que Isabella era un medio para doblegarme, no dudarían en usarlo. Por lo tanto, así fuera el mayor de los imbéciles, debía hacer que esa chica corrigiera su error, porque eso éramos: un maldito error.

—Mierda, mierda, mierda —proferí, caminando de un lado a otro.

Me alejé de la oficina, pero no me fui para el privado donde dejé a los chicos, tampoco salí de ese solitario pasillo, pues mi orgullo no me permitió dejarle entrever a los demás que acababa de desaprovechar una gran oportunidad de cumplir la fantasía de muchos. Así que como pensé antes: me revolqué en mi propia mierda solo, esperando a que Laurel y Elena salieran. Cansado, frustrado y desesperado, tanto que terminé pidiéndole un cigarrillo a uno de los bartender que pasó por allí, y que se conducía hacia el almacén de bebidas por más botellas de whisky.

Había dejado de fumar hace un par de años, pero mi ansiedad era tanta que necesité recurrir a la nicotina una vez más para calmarme un poco. Cerré los ojos con la primera calada de humo mentolado y, tras retenerlo un rato, lo solté, y con él dejé escapar un suspiro intenso que, en lugar de aliviarme, me hizo sentir peor.

«Me quemé a mitad del juego. Me enamoré de ti».

Esas palabras se seguían repitiendo en mi cabeza y ya no sabía ni cómo reaccionar.

—Demonios, Bonita. ¿Por qué tuviste que cagarla así?

Dejé esa pregunta al aire en cuanto escuché unos pasos acercándose. El bartender había regresado a su lugar de trabajo desde hace rato, así que sabía que se trataba de Laurel y Elena. Sus risas me lo confirmaron unos segundos después. La española pasó primero por mi lado, diciendo que nos vería en el privado, e intuí que Laurel le pidió que se adelantara.

—¿Se divirtieron? —le pregunté a la pelinegra, intentando no sonar tan aliviado.

Tiré la colilla de cigarrillo en el contenedor destinado para eso en cuanto ella se acercó más.

—No tanto como nos hubiésemos divertido contigo, pero no me quejo. —Sonreí al escucharla. Laurel era mi amiga, pero eso no le impedía provocarme cada vez que tenía oportunidad, y en el pasado consiguió arrastrarme a sus perversidades en muchas ocasiones—. ¿Qué te pasó allá adentro? —Su pregunta me incomodó mucho, no deseaba abordar ese tema—. Te conozco, LuzBel, y jamás hubieses desaprovechado una oportunidad como esa. Dime, ¿no se te paró? —bromeó, y la fulminé con la mirada.

La empotré en la pared y presioné mi pelvis en su vientre para que me sintiera. No sería hipócrita en eso, pues, el hecho de que las palabras de Isabella me hayan afectado, no significaba que mi cuerpo dejaría de reaccionar a las necesidades fisiológicas como el sexo. Y lo que esas dos chicas hicieron dentro de la oficina para animarme a participar en su encuentro era capaz de provocarle una erección hasta al más santo de los hombres.

Y si me rehusé a follarlas no fue porque mi polla no funcionara de manera correcta, sino porque mi jodido cerebro no las estaba imaginando a ellas.

—Bien, no fue por eso —confirmó—. Entonces hay una chica, ya superaste a Amelia y al fin ocuparon su lugar —aseguró.

—Ella no es como Amelia —repuse pensando en Isabella, y Laurel asintió.

—No lo dudo, estando con Amelia te seguías acostando conmigo, y hoy me despreciaste, y no solo a mí. —Me alejé un poco tras escucharla. Lo que señaló no era ninguna mentira, pues, mientras lo mío con Amelia no fue serio y se mantuvo como encuentros sexuales de vez en cuando, seguí acostándome con Laurel cada vez que nos vimos y ella tenía un plan perverso en su cabeza—. Es esa castaña que bailaba con Ed, ¿cierto? —La miré procesando lo que decía.

—No te habría despreciado si esa castaña hubiese estado en el lugar de Elena —solté.

«Ni siquiera te habría tocado a ti», pensé.

Y maldije porque, a pesar de que mi pensamiento no fue dicho en voz alta, la respuesta que le di a Laurel, y la manera en la que ella intentaba no reírse, me demostró que ya la había cagado.

—Jamás me sucedió con Amelia. —Recordé las primeras veces en las que me encontré con Laurel luego de haberme cruzado con Amelia en aquella batalla. Sí, me impactó esa chica, el sexo con ella fue formidable y deseé volver a verla pronto, sin embargo, eso no me impidió ceder con mi amiga—. Cuando te follaba o cuando me provocabas, nunca pensé en ella, pero hoy…

—Solo pensabas en la chica castaña —terminó por mí.

—Esa maldita chica me está volviendo loco, Laurel. —Bufé desesperado, a pesar de que se burlaría de mí, pues ella era la única persona en la que podía decir que confiaba ciegamente—. Desde que apareció aquel día en el campus, supe que jodería mi vida.

—¿Para bien o para mal? —La miré sin entender—. Pregunto eso porque veo que ella no te es indiferente, la chica siente algo por ti, pero… ¿y tú por ella?

El consejo de Enoc llegó a mi cabeza una vez más tras la pregunta de la pelinegra. Y deseé tener otro cigarrillo en la mano para hacer algo diferente y no solo concentrarme en tragar con dificultad, porque la garganta se me secó.

—No puedo sentir nada por Isabella, me niego a sentir algo más que atracción por ella. —Bufé con frustración.

No podía ponerla en peligro.

—Tranquilo, tigre. —Laurel dio golpecitos en mi hombro con su mano y la frustración en mí incrementó—. Si no quieres sentir nada por esa castaña, aléjate antes de que se meta más en tu cabeza —me aconsejó, y reí con ironía.

El consejo me estaba llegando demasiado tarde. Y ya solo me quedaba confiar en que Laurel no se tragó mi patraña porque me conocía mejor que cualquiera, pues la necesitaría para fingir ser el imbécil de siempre.

—Más de lo que ya se metió creo que no se puede. —Mi respuesta la dejó pasmada, porque le estaba confirmando con esas palabras hasta lo que jamás vocalizaría.  

Y ni siquiera lo hice porque quería, sino porque mi lengua actuó antes que mi cerebro.

—Tu secreto siempre estará a salvo conmigo —formuló algo que no era necesario, ya que sabía que el único peligro que corría con que ella conociera mis secretos era que los utilizaría para burlarse de mí como le diera la gana—. Si quieres fingir, pues hagámoslo, solo ten en cuenta que cuando quieras decirle lo que en verdad sientes podrá ser muy tarde. —Negué con la cabeza.

Era más que consciente de que Laurel entendió por qué me quedé en ese pasillo esperándolas, y así me apoyara a fingir que seguía siendo el mismo hijo de puta, no lo haría sin darme su advertencia. Una que igual que su consejo llegó tarde, pues cuando volví al privado con los chicos me topé con la confirmación de que, en efecto, Isabella White no era el tipo de juego que yo estaba acostumbrado a jugar, ya que, de todo lo que esperaba de ella estando herida por mis palabras y lo que le hice creer que haría, nunca incluí encontrarla besando a Evan como si fuera lo mejor del mundo, y menos contemplé la idea de que mi jodida hermana y Dylan les ayudaran a ese par a intentar huir de mí.

Aunque todo ese jodido circo que monté terminó por darme en la cara cuando nuestros enemigos nos encontraron y se aprovecharon de las distracciones que tuvimos. Lo que tanto temía sucedió y estuve a punto de enloquecer, pero entonces las palabras de mi abuelo llegaron a mi cabeza: «El ajedrez es una lucha contra los errores de uno mismo». Y con eso en mente decidí hacer un movimiento que no consideré hasta que me vi literalmente con las manos atadas, y a Enoc junto a mi padre tratando de no sucumbir en la desesperación por no tener ni puta idea de a dónde se habían llevado a las chicas.

—Diga.

—Creí que no respondías a números desconocidos —dije como saludo cuando al otro lado descolgaron el móvil.

Se trataba de Marcus Wallace, un Vigilante que conocí en mi tiempo con Amelia. La escoltó en varias ocasiones que nos vimos y luego la ayudó a escapar conmigo. Él era un tipo duro, serio, apartado del mundo; cumplía su trabajo al pie de la letra, fuera malo, bueno o término medio.

—Este número no lo obtiene nadie que yo no quiera, así que agradece que descolgué —devolvió y reí—. ¿A qué debo el honor de volverte a escuchar, jodido LuzBel? —inquirió con parsimonia, y respiré hondo.

—¿Sigues con los Vigilantes?

—Tan directo como siempre. —Lo escuché reír—. Y sí, crecí con los Vigilantes, así que sigo aquí.

Su familia era asociada a la organización criminal, por lo que entendí el punto. Los Vigilantes eran todo lo que conocía y que le gustaba, pues como me aseguró cuando le ofrecí protección por si quería huir: estaba con ellos porque quería, a pesar de que no compartiera ciertas cosas, pero que solucionaría a su manera. Algo que respeté.

—Seguiré siendo directo —advertí antes de seguir—: Derek le tendió una emboscada a uno de mis súbditos, y se llevó a tres chicas que jamás debió tocar, las quiero de regreso, así que necesito que me eches la mano.

—Me enteré del golpe que acaban de dar, pero no sabía que tenía que ver con chicas.

No busqué a Marcus porque fuera un traidor, no lo era de hecho, simplemente era de esos tipos malos con límites, y el suyo consistía en que no permitía la violencia de ningún tipo contra las mujeres, razón por la que ayudó a Amelia a escapar cuando esta comenzó a recibir maltratos por parte de su padre, en cuanto él se enteró que ella estaba en algo conmigo. Por ese motivo es que los líderes mantenían a Marcus lejos de las misiones en donde en lugar de aliado se convertiría en enemigo.

Y únicamente porque él y su familia eran elementos valiosos para la organización es que lo mantenían con consideraciones.

—Se llevaron a mi hermana, a mi amiga y… a una compañera —expliqué, tratando de que él entendiera lo importante que eran esas chicas como para hacerle esa llamada.

—Haré todo lo que esté en mis manos para averiguar algo, pero no vuelvas a llamarme tú. Espera a que yo me ponga en contacto contigo —pidió, y solté un poco del aire que había estado reteniendo desde que el hijo de puta de Derek logró llevarse a las chicas.

—¿Nunca sospecharon de ti?

—No, solo me creyeron un imbécil, y eso ayudó a que me movieran a otras áreas. Así que gracias.

Tuve que herirlo cuando rapté a Amelia para que no desconfiaran de él, así que la única prueba que tuve en años de que seguía vivo fue que me respondiera esa llamada, ya que ni siquiera lo contacté cuando Derek asesinó a mi ex.

Marcus había intentado en muchas ocasiones que lo movieran a misiones que no implicara dañar chicas, pero su mayor defecto era también su mejor virtud: la obediencia. Ya que, por muy en contra que estuviera de algo, lo ejecutaba si así se lo ordenaban. Situación que Amelia aprovechó para que nos ayudara con el escape, puesto que, si él fallaba y ella se fugaba bajo su cuidado, Lucius se vería obligado a utilizarlo para situaciones menos riesgosas.

—Un favor que ahora me pagarás con información —proclamé, y rio.

—Por supuesto que ibas a cobrártelo.

—No sería el jodido LuzBel si no —le recordé.

—Espera a que yo te contacte —exhortó una última vez.

—No tardes —pedí, y tras eso cortó la llamada.

Y no lo hizo, me dio la información que consiguió en cuanto pudo, y con el rastreador que Dylan dejó en la sudadera que Isabella usaba la noche que todo se fue a la mierda conseguimos encontrarlas, aunque con ellas también reencontré a alguien que solo creí que volvería a ver en el infierno cuando la muerte me reclamara.

Mi Dahlia negra.

Estaba a punto de asesinarla por haberse atrevido a tocar a White luego de que la atraparon junto a Enoc tras el rescate del secuestro. Deseaba despedazarla porque para mí seguía siendo el pequeño hijo de puta que trató de hacerme pagar por haber matado al imbécil de su amigo enmascarado. Mi ira había alcanzado niveles insondables, ya que me vi obligado a dejar ir a Derek, y esa mierda tuvo la osadía de seguir lastimando a la Castaña, así que mi sed de sangre se volvió peligrosa.

Cayó al suelo de nuevo por la lucha a la que nos metimos y esa vez me subí sobre su cuerpo, tomándole del cuello, aprovechando que usaba ese collar que le cambiaba la voz, para hacerle más daño. 

—¡Mátame! Porque, si me dejas vivir, te juro que me vengaré con esa zorra —advirtió con dificultad, y sonreí con descaro y burla cuando vi cómo sus ojos se volvían rojos. 

Lo tomé solo con una mano y llevé la otra hasta su gorro.

—Quiero tener la dicha de conocerte con vida —hablé satírico y quité su gorro de un tirón. 

Sin embargo, la solté de inmediato y retrocedí al recibir un fuerte impacto que me dejó aturdido, y no por el dolor. Eso no podía estar pasando. No era un chico. Fantasma era una chica.

Era Amelia.

Infinidad de sentimientos se arremolinaron en mi interior mientras ella se reía de mi estupor. Estaba viva, frente a mí, burlándose de mi sorpresa.

—¡¿LuzBel?! —gritó Elliot, y no le respondí. Mi lengua estaba paralizada—. ¿Pero qué demo…? —Su voz se perdió al verla.

Me puse de pie muy rápido y me giré para observar a Elliot, su rostro estaba pálido, como si acabara de ver a un fantasma, y en efecto, ambos teníamos a uno enfrente.

—¿Cómo, Amelia? —pregunté cuando encontré mi voz—. Te vi morir.

Los latidos de mi corazón me estaban haciendo doler el pecho por lo rápidos y contundentes que eran. La ira se disipó dándole paso al desconcierto, pero también a la emoción.

—Viste cómo me dispararon luego de que este cobarde me entregara —replicó ella con desprecio hacia Elliot—. Para tu mala suerte, no morí.

No fue mala suerte.

—Tuve que hacerlo, Amelia. Eras tú o mi novia —se defendió Elliot, recuperando también la capacidad para hablar.

—Me llevaste a la cama, me hiciste creer cosas distintas a las que yo creía —reclamó ella.

—Tampoco fuiste tan difícil —declaró él, y lo miré con amargura. Sabía que lo que sucedió entre ellos no fue obligado, pero en ese momento no pude pensar en el dolor que me provocó la traición, sino que me concentré en que la chica que fue mi novia estaba viva.

Aun así nos adentramos en una estúpida discusión, pero no hubo más aclaraciones sobre cómo sobrevivió, aunque sí reclamos acerca de quién usó a quién, o por qué cayeron en las trampas de la seducción. Amelia estaba distinta, más hermosa que antes, sin embargo, en sus ojos había una maldad que jamás vi en ella, y fui muy consciente de que su regreso me acarrearía muchos problemas.

—Lo único bueno de lo que me hiciste es que me abriste los ojos, y te prometo que te haré pagar por haberme usado —espetó ella hacia Elliot.

Él iba a decirle algo, pero los Vigilantes que la cuidaban llegaron a su rescate y libramos nuestra propia batalla con ellos mientras Amelia se marchaba con la promesa de volver a vernos pronto y hacerme pagar a mí por la muerte de su amigo, el imbécil al que llamó Sombra.

Me estaba sintiendo torpe en mis movimientos y me negaba a creer que solo se debiera al impacto de volver a ver a Amelia.

—Jodida mierda —gruñó Elliot y sabía que no era solo por los Vigilantes que nos rodeaban, unos más letales que otros.

Era más porque, si salíamos de esa, nos enfrentaríamos a golpes peores. Yo tendría que hacerle frente a la muerte de Elsa y a que le fallé a mi amigo, a mi hermano. Isabella al fin sabría su proceder y se vería obligada a someterse a su destino o a huir de él. Con Elliot tendríamos que aceptar los golpes recibidos y las verdades que deberíamos confesar, nos gustara o no.

—La batalla no termina, así que andando —ordené tratando de recuperar un poco el aliento.

La cabeza me daba vueltas y sentía el estómago revuelto, incluso así me obligué a dar ejemplo y corrí hacia donde escuchaba el mayor alboroto. Encontré a Isabella, Enoc y a Evan junto a nuestros demás hombres, rodeados de Vigilantes, entre ellos Lucius y Aki Cho, pero ninguno se inmutaba.

Luchaban dispuestos a continuar viviendo, y nosotros seguimos su ejemplo, aunque se nos complicó todo porque nos drogaron, y la frustración que sentí al ver que no podía defender a Isabella como esperaba me provocó ganas de vomitar. Sobre todo en el instante que Amelia arremetió contra ella y acabó con la vida de Enoc.

—Hijo de puta —gruñí al alcanzar a ver a Fantasma y quise correr detrás de ella porque no estaba dispuesto a dejarla escapar.

Pero su voz a través de mi intercomunicador me detuvo, dándome cuenta de que lo había tomado de uno de nuestros hombres caídos.

—Te dije que, si no me matabas, yo acabaría con tu zorra. Y apenas estoy comenzando.

—¿Qué mierda quieres? —pregunté con rabia.

—Pronto lo sabrás —respondió y, desde lo lejos, vi que se quitó el aparato del oído para terminar con el discurso.

Miré a Isabella y me acerqué a ellos. Enoc yacía sobre sus brazos y le susurraba algunas cosas.

—N-no ol-olvi… des tu… —pidió al verme y luego tosió más sangre.

Apreté los puños al ver que no podía decir nada más, pero me siguió viendo a los ojos con súplica, y asentí sabiendo que no quería que olvidara la promesa que le hice. Tras eso, su mirada se quedó clavada en la mía, aunque ya no me miraba más. 

Y el grito de dolor de la Castaña me confirmó el por qué el brillo de vida había desaparecido de sus ojos. Me estremecí como nunca al ver a aquella pequeña chica sufriendo tan inimaginable dolor.

Los Vigilantes nos acababan de quitar a un grande, pero estaban obligando a despertar a una gigante. 

Y mientras la veía deshaciéndose en llanto, aferrada al cadáver de su progenitor, juré que era mejor que esos malnacidos supieran esconderse, porque, cuando el reloj marcara que le tocaba jugar a ella, haría que le temieran como si fuera la muerte misma.

____****____

Ver a Isabella sufrir en silencio la muerte de su padre no era nada fácil para mí, y menos cuando no tenía ni jodida idea de cómo consolarla. Era experto en hacer gozar de placer a una chica (a ella sobre todo) y hacerlas llorar por mis mierdas, pero jamás supe ser un apoyo en el luto; y se me complicaba incluso más porque yo también vivía el mío por Elsa.

La Castaña estaba rota en niveles que no podía imaginar y, aunque mi intención desde un principio fue tenerla en la organización, guiado por mi capricho de hacerla pagar por sus osadías, nunca quise que hiciera el juramento Grigori, pero ya no se trataba de lo que yo quería o no, esa era su obligación, y estaría ahí para apoyarla.

Tampoco deseaba que se siguiera sintiendo culpable por la muerte de Elsa, eso era mi culpa, una con la que cargaría por siempre, pues haber permitido que la reconocieran como mi amante fue un error que jamás debí cometer, por eso acepté merecer el dolor que me infligieron en el momento que comenzaron a bajar el ataúd en su sepelio.

—Te voy a extrañar tanto —susurré a la nada. Me quedé frente a la tumba fresca, solo. Ya le había pedido perdón por lo que permití y lo que no pude evitar, así como le prometí que me cobraría su muerte—. Gracias por haber amado mis defectos y siento no haberte correspondido tal cual lo merecías.

La quise mucho, aunque mi actitud siempre demostró lo contrario.

La quería como a una amiga, compartimos demasiados momentos a lo largo de nuestras vidas como para que no significaran nada. Crecimos juntos y nos apoyamos siempre mutuamente. Su error fue haberme creído más de lo que era. El mío, no haberla valorado tal cual lo merecía.

Me quedé unos minutos más frente a la lápida, meditando todo lo que estaba pasando a mi alrededor desde la muerte de Enoc y Elsa. Y, aunque no volví a saber nada de Amelia, con Elliot estábamos investigando su regreso para saber cómo debíamos afrontarlo antes de hacerlo oficial.

—Aún no sé cómo, pero sé que vengaremos su muerte. —La voz de Isabella me sacó de mis pensamientos y respiré hondo en el momento que puso una mano en mi hombro en señal de apoyo—. Dices que no es mi culpa, pero en verdad lo siento, Elijah —lamentó una vez más y los recuerdos de cómo las encontré me invadieron, así como el de las palabras que le dije.

—¿Recuerdas lo que te dije cuando te recuperamos la primera vez? —pregunté, refiriéndome a cuando encontramos a Elsa fusilada y a ella rota y culpable por haber escudado a mi hermana.

Giré un poco la cabeza para mirarla a los ojos, Isabella asintió como respuesta y vi el anhelo en sus iris color miel por volver a escuchar lo que susurré en su oído, además de la culpabilidad que yo también volví a experimentar porque, así eso me convirtiera en más hijo de puta, lo que dije fue en serio, y lo mantenía a pesar de estar frente a la tumba de la chica que sufrió la peor parte de ese secuestro.

«No me importa quién haya caído o quién caerá en esta guerra, siempre que no seas tú, porque, así no te dé mi corazón, cuidaré tu espalda, quemaré el mundo y congelaré el infierno con tal de mantenerte a salvo. Así que deja de sentirte culpable, ya que no es tu culpa, Isabella. Fue un juego de Derek y se arrepentirá por ello».

—Lo dije en serio —aseguré enseguida de revivir esas palabras en mi cabeza y ella volvió a asentir—. Y, a pesar de sentirme como una mierda aquí frente a la tumba de Elsa, sigo pensando igual, White. No fue solo por la adrenalina o la euforia del momento.

Dejó de tocarme el hombro y miró la lápida de Elsa, notando en la tensión de su cuerpo, en su ceño fruncido y en la mirada atormentada, que igual que yo se sentía hecha mierda por confirmar que lo que dije fue en serio, así mi amiga haya terminado a tres metros bajo tierra.

«Perdóname por ser egoísta cuando se trata de Isabella, pero no puedo, ni quiero, evitarlo», le dije a Elsa en mis pensamientos.

—Dios —susurró Isabella e hizo un gesto con las manos como si fuera a rezar—. A veces pienso que no merezco esta oportunidad y la culpa duele, Elijah. Duele porque papá se sacrificó por mí y yo sacrifiqué a Elsa y… aunque no me arrepiento de haber salvado a Tess, creo que pude haber corrido hacia Derek y recibir esa bala por ellas, pero fui débil.

—¿Pero qué demonios dices? —espeté incrédulo y la tomé de las muñecas en cuanto se cubrió el rostro.

—¿Es que no lo ves? —inquirió entre dientes—. Soy débil —zanjó. 

—¡Puta mierda, White! No digas eso. Eres más fuerte de lo que crees —mascullé molesto por su actitud, así la entendiera—. Has perdido a tus padres, te obligaron a vivir una vida que no querías y aun así le buscaste los beneficios, aunque no fueran para ti. Te mintieron y, cuando deberías estar tirada en una cama, dopada de tranquilizantes, te has levantado y has dado un discurso que puso a llorar a todos y mostraste entereza, y…

¡Me cago en la puta!

La solté de golpe y maldije dándole la espalda, desesperado y frustrado al ser consciente de lo mierda que fui con ella. De lo mierda que seguiría siendo porque por ningún motivo permitiría que intentaran dañarla de nuevo con tal de joderme a mí. Prefería que me odiara por ser un hijo de puta a que los Vigilantes osaran tocarla una vez más.

—¿Y qué? —preguntó, y la miré por encima de mi hombro, notando cómo apretaba los puños.

—Te usé como mi venganza, pero no te echaste a llorar por eso. Me… me confesaste tus sentimientos y no te victimizaste cuando te rechacé; al contrario, decidiste disfrutar de tu noche sin permitir que yo te la jodiera con mis mierdas, y luego te secuestraron —recordé, y cerró los ojos, tensándose por lo que sea que revivió en su cabeza—. Vivieron un infierno del que ni tú ni mi hermana quieren hablar. Casi te matan cuando te volvieron a secuestrar y aquí estás, aquí sigues como un roble, echando raíces más profundas en cada tormenta.

No era imbécil, sabía que todavía había muchas cosas de las que no quería hablar, pero estaba dándole espacio y tiempo para que se preparara y que su alma se reconstruyera. Un proceso que no sería ni corto ni fácil como madre le aseguró a mi hermana.

 

—Mantén la calma, hijo. Ellas hablarán cuando sea el momento —pidió madre luego de que me vio frustrado porque no tenía ni puta idea de cómo reaccionar ante esos ataques de White o el silencio de mi hermana.

Había estado metido en la cama con Isabella y Jane… ¡Con Jane, joder!

Y, en el momento que Isabella se durmió, le pedí a la miedosa que se quedara con ella porque yo tenía que ir a casa de mis padres y que, con suerte, mi hermana me explicara qué carajos pasaron para que la Castaña me despreciara si no veía mi rostro o sentía el aroma de mi fragancia.

—No puedo, madre. No cuando presiento que el infierno que vivieron es peor del que imagino —admití.

Había salido a la terraza de la tercera planta luego de que Tess me pidiera que me fuera de su habitación, y ni siquiera me dejó hablar, simplemente me vio y me echó. Tampoco estaba siendo un intenso, pues, si acaso, solo le pregunté en dos ocasiones lo que vivieron, no más. Incluso mi frialdad mermó al verlas mal.

Madre se acercó para abrazarme por la espalda y presioné mi agarre en el barandal, dejando caer mi cabeza hacia el frente en un gesto de rendición y cansancio. Mantener la calma no era una de mis mejores virtudes, pero la tendría así me costara muchas tormentas.

 

Isabella sonrió y soltó un sollozo luego de mis palabras, cubriéndose la boca para acallarlo, sacándome de mis pensamientos. Entonces sucumbí a lo que necesitaba con todo mi ser y la abracé con fuerza hasta que ella me rodeó la cintura.

—No me sueltes, Elijah —susurró cuando le di un beso en la coronilla.

No me sueltes eran palabras poderosas, una súplica que encerraba todo lo que no podía o no quería decirme. Una oración que puso en jaque a un ateo como yo.

—No lo haré —aseguré, y se aferró a mi abrazo haciéndome sentir afortunado y miserable a la vez, pues no la merecía, pero tampoco la quería con nadie más que no fuera yo.

Luego de ese momento la llevé a su casa para reunirnos con las personas que la acompañarían en la reunión que procedía luego del funeral. Manejé en silencio, acompañados por la música de la radio, ambos sumidos en nuestros pensamientos, y cuando llegamos me limité a ser el apoyo que ella necesitaba, dándole espacio para no agobiarla, admirando la entereza que era capaz de mostrar a pesar del infierno que se le vino encima sin tregua alguna.

—¿Te han dicho algo? —le pregunté a Jane cuando llegó a la cocina a buscar agua. Yo me encontraba ahí porque necesitaba respirar un poco, lejos de la gente, pero sin perder de vista a Isabella.

Ella y yo estábamos muy lejos de ser amigos, pero nos habíamos visto obligados a tolerarnos tras el atentado que sufrimos, pues tanto mi hermana como White eran sus amigas, y los dos queríamos ser un apoyo incondicional para ambas.

—No, pero tampoco he preguntado —respondió en voz baja.

—¿Cómo lo haces? —Me miró sin entender mi pregunta—. ¿Cómo puedes dejar de lado lo que sea que vivieron? ¿Cómo consigues ayudarlas sin saber a lo que te enfrentas? ¿Cómo las traes de regreso de ese mundo en el que se han perdido?

Jane se quedó en silencio por un largo minuto y luego exhaló. Por un momento creí que se iría sin decirme nada. Estaba en su derecho, pues nunca fui bueno con ella.

—Te diré lo mismo que le dije a Dylan: Isabella y tu hermana son guerreras, así que no intentes salvarlas ahora que se sienten perdidas. Mejor ayúdalas a encontrarse.

Dicho eso se marchó dejándome peor que al principio. Sin embargo, mientras más veía a Isabella interactuar con las personas que la acompañaban, más comprendía lo que Jane me aconsejó. Debía dejar de querer salvar a esa Castaña o a mi hermana, y a cambio tenía que apoyarlas para que volvieran a encontrarse, a renacer, a reconstruirse. Porque ambas eran capaces de hacerlo sin que las empujáramos.

—¿Has sabido algo de…? —Elliot dejó el final de la pregunta en el aire, pero no era necesario que la terminara, ni conveniente, pues sabía a quién se refería y nadie más tenía que saberlo.

—No, ¿y tú?

En esos últimos días nos habíamos tolerado un poco, pero no se debía a que comprendí por qué me traicionó o a la situación de Isabella, sino más al hecho de que compartíamos un jodido pasado que estaba a punto de volverse turbio para ambos.

—No, y, si te soy sincero, su silencio me está alarmando. Me preocupa que esta calma solo sea de esas mortales que anteceden a la tormenta. —Me quedé en silencio, no porque no me importaba o no me agobiaran sus palabras, sino todo lo contrario.

Él tenía razón.

Pero por ese momento dejé todo lo que tuviera que ver con Amelia de lado, aunque por la noche, mientras esperaba a que Isabella saliera de su casa para marcharnos hacia la de mis padres, decidí comenzar a resolver mis problemas y enfrentarme a la tormenta antes de que ella me encontrara desprevenido. Debía hablar con Amelia, había muchas cosas que teníamos que explicarnos y Marcus, una vez más, era el indicado para ayudarme con eso.

Por lo que le marqué sin dudar antes de que Isabella saliera de la casa.

—Dos veces en menos de dos semanas me harán pensar que te sientes atraído por mí —debatió al descolgar, y bufé.

—¿Sabías que estaba viva?

Mierda, no sé ni por qué me sorprende que siempre vayas al grano —señaló entre risas.

—Me han enseñado a no hacerle perder el tiempo a los demás, así que evito saludar o preguntar cómo estás porque bien sabes que no me importa. —Soltó una carcajada estrepitosa y me alejé el móvil del oído, cerrando un ojo como si eso fuera ayudarme a que no me reventara el tímpano.

De ti me cae bien lo que a muchos les cae mal: la sinceridad —murmuró sin dejar de reír.

—Deja de darle vueltas a mi pregunta.

Lo supe hace unos meses, pero está demás decir que no te lo diría. No si ella no quería que lo supieras. Ahora es Fantasma, para ti y el mundo entero —zanjó.

Bien, él también era tan sincero como yo.

—Quiero verla, hablar con ella.

Ella a ti no, según he notado.

—Dile que te contacté, que quiero que hablemos. Será a su manera siempre y cuando no me tienda una trampa.

Ya no soy su guardaespaldas, LuzBel, y desde que supe que estaba viva no he vuelto a verla, así que no sé si pueda darle tu mensaje —explicó, y respiré hondo.

—Inténtalo —exhorté.

No te prometo nada —aclaró, pero esa respuesta me bastó porque no era un no definitivo.

—Esperaré tu llamada —concluí al ver salir a Isabella de su casa y corté antes de que se acercara más.

Lucía decidida, dispuesta a arrasar con el mundo entero con tal de hacer pagar a quienes le arrebataron todo y, para ser sincero conmigo mismo, temí que yo me iría entre ellos.

—Espera, Bonita —pedí en cuanto llegó al coche e intentó abrir la puerta del copiloto—. ¿Ha pasado algo? —La tomé de las manos, desconcertado por su actitud.

—No que yo sepa, ¿por qué? —Su voz estaba muy ronca.  

—Vienes demasiado pensativa —señalé.

—Solo estaba ideando un poco el cómo haré pagar a todos. —Su respuesta me sobresaltó, ya que esos días se mantuvo apacible, incluso creí que estaba dejándole todo al tiempo y al destino—. He podido estar sufriendo y a veces demasiado tranquila, Elijah, pero en mi cabeza sigo maquinando cómo me vengaré —añadió, y sonrió al verme estupefacto—. Cada lágrima que he derramado y cuchillada que ha atravesado mi corazón, me lo cobraré el doble —sentenció, y la solté, desconociendo a mi… a la chica que siempre me mostró—. Con la misma vara que me han medido, mediré —aseveró con convicción.

Sus palabras se sintieron como un puñetazo en el estómago que me robó el aire y me llevé las manos a la cabeza, exhalando por la boca.

—No me gusta lo que veo en tus ojos —admití, y le acuné el rostro para que me mirara.

—Y te aseguro que, si vieras lo que está en mi cabeza, te aterrorizarías, Elijah. —Tragué con dificultad al no saber qué decirle, y menos cuando me cogió de las muñecas y volvió a sonreír—. ¿Me ayudarás? —inquirió.

—¿A qué? —cuestioné, y bajé las manos a su cuello para acariciarle ahí.

—¿Recuerdas al tipo con voz robotizada al que te enfrentaste? —Me fue inevitable no soltarla enseguida de esa pregunta, sintiendo que lo que tanto temí estaba llegando—. Después de matar a mi padre me juró hacerme vivir un infierno —confesó, y recordé a Amelia diciéndole algo luego de apuñalar a Enoc.

—No lo conseguirá —aseveré, tratando de no delatarme sin antes hablar con Amelia.

—No, pero resulta que yo le juré que lo arrastraría conmigo y quiero conseguirlo —admitió, y quise reírme, pero no de ella, sino de la situación en la que me estaba viendo envuelto—. Quiero a Fantasma arrodillado a mis pies, suplicando por su vida, y tú me lo vas a entregar —advirtió y, a pesar de que la comprendía, no me gustó su actitud.

—Lo que quieres es hacer una locura, Whiteñ —Bufé, y me miró desconcertada—. No, no pasará. No te arriesgarás así y tendrás que pasar por encima de mi cadáver antes de exponerte de nuevo con esos hijos de puta —añadí.

Maldije al notar su tensión por la mención de mi cadáver, siendo consciente de que esa no era la mejor palabra luego de lo que vivió.

—El trato que teníamos tú y yo se acabó, Elijah. Así que recuerda que ya no le hablas a una súbdita. —Tensé la mandíbula—. Ahora soy una…

—No te atrevas a decirlo —reprendí.

Sí, era una líder de la organización. Seguía poniéndome en sus zapatos y la comprendía, pero por ningún motivo la dejaría pasar por encima de mí utilizando ese título para chantajearme, y menos permitiría que su terquedad la llevara a cometer una locura. Al menos debía tener un plan sólido antes de enfrentarse a nuestros enemigos. A Amelia sobre todo, pues yo sabía que ella no era una rival a la cual se debía menospreciar.

Pero una vez más Isabella me estaba demostrando por qué le quedó tan perfecto que la apodara Castaña terca, pues me sonrió con chulería mientras abría la puerta del coche.

—No es ni necesario —me recordó y se metió dentro.

Mierda.

Estaba jodido porque, conmigo o sin mí, ella ya se había trazado un objetivo y no descansaría hasta cumplirlo; y lo ratifiqué días después, en su ceremonia de juramentación, luego de que esta terminó y yo intenté llevármela a casa a los minutos de verla abrazando a Elliot con tanta confianza. Odiaba la cercanía entre ellos, a pesar de sentirme seguro y confiado de que ya no tenían nada más allá de la amistad, al menos por parte de Isabella. Sin embargo, no me era fácil obviar el sentimiento de pertenencia que la chica me despertaba, o los celos amargos que me tragaba siempre que los veía tan íntimos, hablando de cosas que solo los dos sabían; como pasó enseguida de que Elliot la felicitara y yo me acercara, pues White le preguntó algo de lo que yo no tenía ni puta idea.

—Cuida bien lo que haces —le sugerí en tono mordaz a Elliot después de que Isabella le pidió permiso a mi padre para dirigirse a sus súbditos.

—Deja las amenazas y preocúpate por lo que haremos de aquí en adelante.

—¿A qué te refieres? —cuestioné frunciendo mi entrecejo.

—A que Isabella tiene muestra de la sangre de Amelia, la hirió cuando se enfrentaron y, ya que no conoce su identidad, me ordenó mandar a fabricar un aparato para identificar el ADN.

Maldije al escucharlo.

—¡Mierda! Eso no puede pasar. —Bufé.

—Sabes que puedo boicotear la sangre y alejar a Isa de Amelia si me lo propongo. —También lo sabía, incluso por mi cabeza pasó esa idea, pero no iba a traicionar a la Castaña de esa manera y él menos—. Por supuesto que eso es algo que no pasará y deduzco que tú tampoco te atreverías a insinuarme hacerlo. —Quise romperle la cara por la manera de ironizar lo que dijo—. Así que ordenaré que fabriquen lo que quiere y pobre de nosotros cuando se entere de quién es Fantasma y sepa que tú y yo lo sabíamos.

No le dije nada, puesto que era consciente de que la chica frente a nosotros se volvería loca al saber que le callamos algo tan importante. Y sabía a la perfección que, si Elliot no hablaba, era únicamente por la culpa que aún le carcomía por haber entregado a Amelia, ya que, así fuera un hijo de puta, entregar a una inocente nunca era algo que se olvidara tan fácil.

Yo en cambio callaba porque no era fácil imaginar a Amelia muerta luego de enterarme que no murió como creí. Después de todo, fue mi primera novia, la primera por la que cometí locuras. Ella era y seguiría siendo la chica por la que me volví un hijo de puta peor, y la impresión de saber que estaba viva no era fácil de digerir. Mi cabeza era un enredo y la confusión me podía llevar a cometer muchos errores, por eso quería tomármelo con calma y analizar la mejor manera de decirle la verdad a Isabella sin que quisiera matar a Amelia.

No le quería evitar la muerte porque pensaba que la chica no lo merecía, sino porque no estaba preparado para traicionarla a pesar de que ella me traicionó a mí. Pero le hice la promesa de mantenerla a salvo y yo cumplía.

—¿Así o más jodidos? —ironizó Elliot, y lo miré sintiéndome exhausto.

Dijo eso después de escuchar a White pidiéndole a los Grigoris que le llevaran a Fantasma para hacerle pagar por la muerte de su padre.

—Me cago en la puta —proferí, sintiéndome en una encrucijada cuando todos celebraron esa orden que dio (incluso mi padre lo hizo), pues, así como le prometí a Amelia mantenerla a salvo, también hice el mismo juramento para White.

Miré a todos notando la euforia que despertó en ellos la Castaña, lo hice por unos pocos minutos, aunque fueron suficientes para que ella se fuera del auditorio, esquivando a las personas que se le cruzaban en el camino. Caminé detrás de ella, pensando bien lo que le diría, y la alcancé justo cuando estuvo a punto de escabullirse por una puerta de emergencia.

—¡Mierda, Elijah! —gritó horrorizada cuando la tomé del codo, porque en el arrebato sacó la katana que le di luego de la juramentación y estuvo a punto de hundirla en mi pecho—. No vuelvas a hacer eso —pidió frenética.

—Necesito que desistas de esa orden, White —exigí, ignorando el peligro al que me expuse porque en ese momento me importaba más alejarla de Amelia.

—¿Qué demonios te pasa? —farfulló harta de mi oposición a lo que quería hacer—. ¡O mejor aún! ¿Dime cuántas malditas veces te he obedecido antes? —siguió—. Desde el jueves has estado actuando extraño y sé que piensas que he perdido la cordura y a lo mejor estás comenzando a creer que Makris y Kontos tienen razón, pero te equivocas, Elijah.

—Qué mierdas dices, White —refuté, pues odiaba que siquiera insinuara que yo no la creía capaz de tomar el lugar de su padre.

—Digo lo que veo, idiota. Me tratas como si no tuviera idea de a quién me enfrento y se te olvida que fui yo la que vivió ese maldito infierno, no tú —gritó y presionó la punta de su índice en mi pecho, perdiendo los estribos—. ¡Necesito esto, Elijah! ¡Necesito vengar a mis padres y a Elsa! Y no entiendo por qué tú, que tanto quieres vengar la muerte de tu amada Amelia, no me comprendes —soltó con amargura.

¡Joder! Sí, ignoraba el infierno que vivieron, pero no a quién se quería enfrentar.

—¡Maldición! No es eso, Bonita… ¡Puta mierda! Entiende que te estás lanzando solita hacia los lobos.

No le mentía en eso, ya que intuía que Amelia no sobrevivió al ataque de Derek así porque sí, y menos que su padre la perdonó sin antes hacerla pagar de alguna manera por la traición que cometió. Noté en los ojos de la chica el odio que la pudría desde adentro y su sed de venganza. Y, según cómo actuó cuando atraparon a Isabella junto a Enoc, podía asegurar que el resentimiento y la sed de venganza de la mujer que volvió de la muerte no tenía límites.

Y mientras Isabella no se recuperara, no dejaría que se expusiera.

—Entonces ayúdame a saber cazarlos, Elijah —pidió rendida, y me quedé sin saber qué decir—. ¡Dios! Todos me están dando su apoyo y tú, que sabes que lo necesito porque me has visto en mi peor momento, no lo haces y, aunque no quiera, me afecta —admitió llevándose las manos a la cabeza.

—¡Joder! —espeté frustrado al verla tan vulnerable.

Me restregué el rostro sintiéndome miserable porque las palabras de Jane llegaron a mi cabeza y vi mejor mis errores. Quería ayudar a Isabella a encontrarse, pero desde el momento que quiso a Amelia a sus pies me convertí en una piedra en su camino en lugar de ser su guía para que no perdiera el rumbo y superara lo que estaba viviendo.

—Tienes razón, White, y lo siento —acepté, y ella negó con la cabeza, estaba con los brazos cruzados—. Te ayudaré, pero lo haremos a mi manera —advertí y noté un atisbo de la sonrisa que escondió de inmediato.

—No me importa que sea a tu manera o a la mía, solo apóyame y entrégame a ese infeliz si lo ves antes que yo —pidió y me abrazó.

—Lo haré —aseguré, rindiéndome a su gesto, pues estuve tenso por varios segundos porque estaba cediendo en algo que sí o sí me haría romper de nuevo una promesa.

Y, al sentir cómo mi abrazo la reconfortó, supe que debía aprovechar esos momentos, porque una voz en mi interior me gritaba que pronto extrañaría a esa chica inocente que se enamoró de mí sin importarle lo jodido y retorcido que yo fuera.

Mi pasado volvió para quitarme la poca luz que de verdad me reconfortaba.

Mi mayor secreto

Elijah

 

Recibí un mensaje de Elliot mientras estaba en la oficina con mi padre, en el que me pedía que lo viera en el laboratorio del cuartel con urgencia, y me dirigí hacia ahí de inmediato a pesar de que quería encontrar a White para que habláramos, pues la chica se había ido hecha una fiera luego de dejarme en el coche para que atendiera la llamada que recibí de Laurel.

Joder.

Se me complicaba mucho llevar ese ritmo, ya que no estaba acostumbrado a darle explicaciones a una chica sobre lo que hacía o dejaba de hacer. Y me enervaba que, después de haberla pasado tan bien en la casa del bosque de mi madre, volviéramos a ese tira y afloja. Aunque en esa ocasión no me sentó tan mal, pues, luego de días sumida en su propio infierno, White parecía estar resurgiendo, y llena de fuego según la furia que me demostró porque creyó que mi amiga me llamaba para proponerme alguno de sus juegos perversos.

Y si hubiera sido otro tiempo, la Castaña no habría errado, pues Laurel nunca me llamaba solo para saludar si no tenía alguna orgía entre manos en la que me quisiera incluir. Sin embargo, la pelinegra se estaba comportando únicamente como mi amiga esa vez, y me llamó porque era la encargada de ayudarme a conseguir un regalo para el cumpleaños diecinueve de Isabella, que si bien aún faltaban varios meses para ello, lo que quería darle no era algo que podía comprar de la noche a la mañana: un relicario con rastreador que fabricaría el padre de Laurel y una rosa especial que cultivaba su madre.

Además de una fotografía que se tomaría en el momento perfecto.

Mierda, me estaba tomando demasiadas molestias para conseguir un jodido regalo que se convirtiera en perfecto, y la maldita pelinegra se rio de mí porque obviamente se dio cuenta de eso, aunque al principio me acusó de posesivo por querer ponerle un localizador a la Castaña que se conectara al mío, pero en cuanto le expliqué que no se trataba de posesividad, sino más bien de seguridad, porque no me arriesgaría a quedarme sin saber de su paradero en un momento tan crítico de nuestras vidas, con los enemigos respirándonos en la nuca, Laurel entendió mi punto.

Así que solo me quedaba encontrar a White después de ver a Elliot (para que me dijera lo que era tan urgente según él), e intentar que dejara de estar molesta conmigo, aunque no le pudiera explicar la verdadera razón de la llamada de Laurel para no joder mi sorpresa.

—¿Estás seguro de lo que dices? —le pregunté una vez más a Elliot, luego de haberme quedado sin palabras por lo que me dijo. La razón por la que me pidió que lo viera en el laboratorio.

Después de todo sí era urgente.

—Compruébalo tú mismo —recomendó, cediéndome su lugar frente a la computadora.

El identificador de ADN yacía sobre una plataforma de cristal, destruido luego de caer al suelo. Elliot me había dicho que pinchó a Isabella con él por error, pero que antes de quedar inservible se activó con su sangre, lo que no tenía lógica a menos que se tratara de un fallo. Así que sacó la lámina de prueba dentro del aparato para cotejarla con la sangre de Amelia, que según la Castaña era Fantasma, y por poco me voy de culo al ver que en el sistema analítico de genética que poseíamos mostraba un resultado estúpidamente increíble. 

—¿Estás seguro de que estas muestras son de Amelia e Isabella? —cuestioné porque, a pesar de verlo, seguía incrédulo.

—Seguro, y solo por si acaso, la comparé también con la de Dylan —explicó.

Todos los miembros de Grigori teníamos un registro de ADN en el laboratorio, pues era necesario cubrirnos de esa manera por si en alguna misión moríamos y quedábamos irreconocibles, así que entendí por qué Elliot accedió con facilidad al de Dylan.

—Tuve que pedirle ayuda a mi padre para que me diera acceso a los registros de Leah y John, por lo que me fue fácil cotejar la sangre de Isabella y Dylan confirmando que son hermanos por parte de padre. Pero, al comparar la de Amelia y Dylan solo para descartar, no encontré enlace biológico común —siguió explicando.

Elliot tenía conocimientos sobre lo que hablaba porque sacó un curso de genética y biología molecular, ya que le gustaba mucho eso. Aunque sus padres se sorprendieron porque al final optó por estudiar una carrera que no tenía nada que ver con la pasión que demostró al principio. Él se excusó diciendo que esos eran sus sueños antes de tomar la gran decisión sobre a qué iba a dedicarse por el resto de su vida.

—Sin embargo, con Isabella fue diferente —prosiguió y me llevé las manos al rostro en señal de frustración—. No hay nada relacionado entre Amelia y John, pero, al cotejar la sangre con la de Leah en una prueba de ADN mitocondrial, arroja que tienen el mismo linaje materno; y, según sé, Leah fue hija única. Así que, a menos que Lucius haya estado casado antes con una tía de Leah o algún pariente materno de ella, lo único en lo que puedo pensar es que estas chicas compartieron la misma madre.

—¡Esto es una mierda! —espeté poniéndome de pie—. ¿No hay alguna prueba que asegure si Leah es la madre de ambas?

—Solo esta, pero, aunque la prueba únicamente te diga que comparten linaje materno sin asegurarte si son primas, hermanas, tía y sobrina, o abuela y nieta, debes ser demasiado estúpido como para no encajar las piezas —señaló, y negué con la cabeza.

—No es estupidez, Elliot. Es solo que me niego a que esas chicas estén emparentadas. —Bufé.

Nos quedamos en silencio un rato, analizando todo. Y agradecí que Isabella y Tess se hubieran ido del cuartel, aunque no sabía a dónde. Pero me sentía tranquilo porque los guardaespaldas no las dejarían solas.

—¿Crees que Amelia lo sepa? —preguntó Elliot minutos después, y negué.

—No tengo ni la más jodida idea —refuté—. ¿Crees que Enoc sabía esto? —devolví, y eso lo tomó por sorpresa.

No me iba a sorprender si decía que sí, ya que Enoc pudo haberlo sabido e importarle un carajo entregar a una de las hijas de su mujer con tal de salvar a la suya, y ni siquiera iba a juzgarlo porque, si yo hubiera estado en sus zapatos, lo habría hecho sin dudar.

—No lo sé, pero, si te soy sincero, intuyo que sí. John podía ser muy retorcido cuando se trataba de proteger a su familia, así que no me extrañaría que haya propuesto entregar a Amelia, sin importarle que también fuera hija de su mujer, con tal de proteger a la suya.

Iba a decirle algo, pero mi móvil sonó y al ver el número sin registrar lo reconocí como el de Marcus.

—Espero que me tengas una buena respuesta —dije al descolgar.

Solo un imbécil como tú consideraría buena respuesta el que su ex quiera verlo, con las ganas de asesinarte que demuestra tener —señaló, y reí sin gracia—. La condición que pone es que vayas solo, ella te esperará en un club llamado Karma —informó.

—Perfecto —expresé.

Te enviaré la dirección ahora mismo y, en serio, LuzBel, cerciórate de que ningún guardaespaldas te siga porque te aseguro que no quieres hacerla enojar.

¿Me garantizas que no me pondrá una trampa? —Elliot se quedó mirándome al escucharme decir esa pregunta.

—¿Confiarías en mi palabra?

—No —zanjé para Marcus sin dudar y lo escuché reír.

—No te dañará. En realidad, ha hecho todo lo posible para que ningún Vigilante que no sea de su élite esté en el club para cuando tú llegues —informó.

—Envíame la dirección entonces —pedí y colgué enseguida.

Por supuesto que no confiaba en sus palabras, pero iba a arriesgarme, ya que no quería a nadie más conmigo, no podía permitir que alguien aparte de Elliot supiera que Amelia estaba viva.

—La verás —aseguró Elliot, deduciendo mi plan por lo que hablé frente a él.

Miré mi móvil cuando Marcus envió la dirección que prometió.

—Voy a averiguar si ella sabe que Isabella es su hermana, en caso de que Leah sea su madre —repliqué tajante, volviendo a la frialdad con la que siempre lo trataba.

Nos estábamos tolerando por la situación, pero Elliot era consciente de que pasé odiándolo por mucho tiempo, deseando tenerlo frente a mí para hacerle pagar su traición. Aunque en ese momento mi odio por él se debía a otros motivos.

—Ahora que sabes que está viva, ¿estarás de nuevo con ella? —Me causó gracia su pregunta y entendí a qué se debió, pero para su mala suerte, cualquiera que fueran sus planes con la Castaña, no se llevarían a cabo.

—No me digas que ya estás planeando cómo reconquistarás a Isabella —me burlé, pero a él no le causó gracia—. Pierdes el tiempo, Elliot —añadí con tranquilidad y, sobre todo, con seguridad.

—Isabella fue tu venganza hacia mí, y ya conseguiste lo que querías. Ahora deja de jugar con sus sentimientos, LuzBel —dijo cada palabra con determinación y me enfureció que se comportara como si me conocía, aunque no se lo demostré—. Si todavía amas a Amelia, entonces, hazte a un lado y déjame a mí cuidar de Isa.

Evité apretar los puños para que no notara mi furia.

—Que te medio tolere no significa que ya me conoces, o que te he vuelto a considerar mi familia. Así que no tientes tu suerte y deja de soñar con algo que jamás pasará —recomendé sin perder la calma ni demostrarle que me afectaron sus palabras—. Porque, conmigo o sin mí en el medio, Isabella no volverá a ser tuya, ya que nunca lo fue en realidad.

Iba a decirme algo, pero la puerta se abrió de golpe y Jacob nos puso en alerta con su anuncio.

—¡Tess e Isabella han activado su ubicación, están siendo atacadas por los Vigilantes!

—¡Puta mierda! —espeté y salí corriendo del laboratorio.

Elliot y los demás me siguieron, yéndonos hacia el estacionamiento donde ya las Todoterrenos estaban encendidas y sus choferes esperando a que subiéramos para ponerse en marcha de inmediato. Jacob viajó conmigo y me informó que las chicas solo contaban con Isaac, que era el guardaespaldas de Tess, junto a Max y Ella, quienes se convirtieron en los escoltas personales de la Castaña, pero Connor no consiguió contactarse con ellos luego de que Evan avisara que mi hermana activó su ubicación, lo que significaba una señal de SOS[1] para nosotros. Lo único que sabíamos es que estaban en el cementerio.

—¡Me cago en la puta! ¿Por qué demonios se fueron solo con tres escoltas? —espeté, y Jacob negó con la cabeza.

No lo sabía, y estaba igual de molesto y enfadado que yo, ya que odiábamos que se expusieran así, fuera cual fuera la razón para ir al cementerio. Ellas debían tener cuidado, ser más precavidas después de lo que atravesaron, y no confiarse de sus capacidades para defenderse. Prescindir de escoltas era la mayor estupidez que pudieron hacer, pero no podía juzgarlas cuando yo pensaba hacer lo mismo para ver a Amelia.

—Demonios, será imperdonable que permitamos que caigan de nuevo en las manos de esos malnacidos —comentó Jacob con la preocupación destilando en su voz.

—No lo harán —aseguré, pero por dentro yo también pensé lo mismo.

No me perdonaría si de nuevo los Vigilantes de mierda las secuestraban, no iba a soportar que cayeran una vez más en sus garras, no después de perder a Elsa y que tanto mi hermana como White siguieran aterradas por las secuelas de esos días que pasaron en lo que ellas denominaban el infierno.

Miré a Jacob a mi lado, con su ceño fruncido y sus ojos atormentados, él también se estaba recuperando de la pérdida que sufrimos y, así no se lo dijera, me sentía agradecido de que estuviera conmigo, de que me apoyara incluso cuando yo todavía no había hecho mucho para cumplirle mi promesa de ayudarle a vengar la muerte de Elsa.

Cuando no cumplí en recuperarla con vida.

Pero esperaba que comprendiera que no me olvidé de hacer pagar a Derek, simplemente estaba intentando salir de un caos para luego poder concentrarme en la venganza que juntos nos cobraríamos.

—¡Jodida mierda! Asegúrate de que estén vivos —le pedí a Roman en cuanto llegamos al cementerio. Las camionetas de los escoltas estaban estacionadas en puntos estratégicos, aunque ellos se hallaban tirados en el suelo, inertes.

Tenía el corazón acelerado y el miedo intentó apoderarse de mí, pero no le di tregua, ya que, así me sintiera desesperado, debía actuar con inteligencia y calma para recuperar a las chicas bien esa vez.

—Por aquí —me indicó Jacob, mirando algo en su reloj inteligente, donde tenía las coordenadas de la ubicación de Tess.

Alcé el arma, caminando con cautela sin ser lento, apuntando a todos lados, pero no veíamos a ningún Vigilante, sin contar con los que yacían tirados en el suelo, muertos en su caso.

—Pero qué mierda —espetó Elliot, y al ver en la dirección que él miraba me tensé.

Un único Vigilante estaba en pie, vestía igual al hijo de puta que acompañaba a Amelia el día en que recuperamos a las chicas del secuestro. Pero era imposible que ese y el que estaba frente a Isabella fueran la misma persona, pues nadie sobrevivía a ser descuartizado como yo me encargué de dejar a ese enmascarado de mierda.

—¡Aléjate de ella! —grité, adelantándome al verlo tan cerca de Isabella.

Los chicos alzaron sus armas, apuntándole al hijo de puta, demostrándole así que no nos detendríamos y aprovecharíamos para dejarlo sepultado de una vez.

—No la he dañado; al contrario, la escoltaba mientras tú y tus imbéciles llegaban —gritó él, y la ira en mi interior hirvió por la ironía en sus palabras—. Que, por cierto, te has tardado mucho —se burló.

Jodido bastardo.

No estaba dispuesto a tolerar sus estupideces, así que me dispuse a dispararle, pero el malnacido fue ágil y cogió a la Castaña para escudarse con su cuerpo, presionando su arma en la sien de ella.

—Mierda —espetó Elliot entre dientes en el mismo instante que Isabella también exclamó lo mismo al darse cuenta de la situación.

Palidecí.

—No voy a dañarla —gritó él, pero a mí no me tranquilizó, al contrario, me llenó de frustración—. Simplemente me aseguro de que ustedes no cometan una locura —advirtió.

—Hijo de puta —espetó Isabella, y apreté el arma queriendo hacerla pedazos, al ver cómo esa mierda le susurró algo en el oído.

Y por poco enloquecí al notar la caricia que le dio en la mandíbula.

—Vas a ponerla en peligro, joder —gruñó Elliot al identificar mi intención de acercarme a ellos para torturar a esa mierda antes de matarla.

El infeliz la hizo caminar hacia atrás porque por supuesto que también notó mi intención y se detuvo al llegar a un gran árbol.

—Va a liberarla, estén listos —les avisé entre dientes al darme cuenta de lo que pretendía.

Segundos después de eso, el tipo actuó tal cual preví, e Isabella se lanzó al suelo ante el primer disparo que lancé al aire para advertirle. Enseguida comenzamos a atacar y maldije porque el hijo de puta era más astuto de lo que imaginé, pues se protegió entre las estatuas y monumentos del cementerio.

—Vayan tras él —ordené para Jacob y Evan—. Y tú revisa a Tess —le pedí a Connor.

Había notado a mi hermana dentro del coche, con los ojos cerrados, y esperé que fuera solo un desmayo, sin embargo, no le di la importancia que merecía y en cambio me apresuré a llegar a la Castaña; le ayudé a que se pusiera en pie y me fijé de soslayo que Elliot nos cubría las espaldas para no ser sorprendidos.

—¿Estás bien? —le pregunté a Isabella, y ella asintió.  

—Tess nos necesita —me recordó, y corrimos hasta el coche.

Al menos con esa acción confirmé que Isabella no había sido dañada y me dije que luego hablaría con ella, pues era momento de darle atención a mi hermana.

Connor nos informó que Tess estaba inconsciente por el golpe que descubrió en su cabeza y perdiendo mucha sangre del brazo. Isabella le pidió que auxiliara a los escoltas junto a Elliot mientras ella y yo nos encargábamos de llevar a mi hermana al hospital, y ambos asintieron.

En el camino nos mantuvimos sin hablar, la situación con Tess nos tenía llenos de adrenalina y me concentré en llevarnos vivos hacia el hospital. Al llegar, los doctores y enfermeras nos rodearon, atendiendo a mi hermana en un santiamén y por órdenes de ellos nos quedamos en la sala de espera, aguardando por noticias.

Tras varias horas, el doctor encargado nos informó que Tess estaba estable y nos permitió pasar a verla. 

Nuestros padres ya estaban con nosotros e Isabella nos explicó lo que sucedió mientras esperábamos. Y agradecí que ellos se tomaran la tarea de llamarle la atención por haberse ido con tan pocos Grigoris como respaldo, aunque no fueron demasiado crueles al darse cuenta de que no era momento para señalarla como responsable.

Al menos le señalaron su error y yo evité que me odiara más, pues estaba consciente de que, si era quien le decía las cosas, lo tomaría como ataque en lugar de darse cuenta de mi maldita preocupación por ella.

—¿Me podrías llevar a casa de tus tíos? —le pidió a Elliot luego de asegurarse de que ya no era necesario que siguiera en el hospital.

De ninguna manera se iría con él, y rogué para que ella no lo hiciera difícil, puesto que tenía suficiente de peleas y frustración, sobre todo con el aviso de Jacob de que el puto enmascarado consiguió escapar.

—Te llevaré yo, White. Tú y yo debemos hablar —dije acercándome a ellos.

Elliot la miró dándoselas de digno y ella le hizo un leve asentimiento con la cabeza para que la esperara.

—Te espero allá —avisó señalando un lugar cerca de la salida y no aguardó por respuesta.

—Me iré con Elliot. Hablemos luego. —Traté de controlar mi molestia por su necedad.

—Te irás conmigo, White —sentencié, y me alzó una ceja.

—¿Recuerdas que hace unas horas te di tu espacio para que hablaras con Laurel? —ironizó y no esperó mi respuesta—. Ahora yo las necesito con Elliot, así que me iré con él.

Tan pronto como pronunció esas palabras, se dio la vuelta para marcharse, queriendo dar por cerrado su punto, pero la tomé del brazo y la obligué a enfrentarme para dejarle claro algo que antes no me permitió.

—Laurel únicamente es mi amiga, White —dije entre dientes para que nadie más pusiera atención en nosotros, y se soltó de mi agarre.

—¡Claro! Una amiga con la que follas y haces tríos.

Mierda. Se veía más hermosa cuando estaba celosa, cuando volvía a ser la gruñona terca que me enfurecía tanto como me provocaba sexualmente. Sin embargo, aunque eso me gustaba, esa vez no dejaría que por sus celos se marchara con otro.

—No sabes de lo que hablas, Bonita. —dije al notar la amargura en su voz—. Además, no quiero que te vayas con Elliot —zanjé.

—Elliot únicamente es mi amigo. —Reí irónico.

—Uno que te ama y al que amaste, un amigo con el que jugaste muchas veces y no precisamente a las muñecas —aclaré, y se puso nerviosa.

Sí, joder. No solo ella sufría de los ridículos celos, a mí también me seguían carcomiendo por su absurda necesidad de estar cerca de ese maldito.

—Un amigo que tocó lo mío y ahora quiere comérselo —añadí con más amargura de la que tiñó su voz antes.

—¡Ya basta, Elijah! Lo mío con Elliot es pasado y tú y yo no somos novios. Follamos y ya, lo has dejado bastante claro —espetó—. Y, por lo que he notado, no eres fan de la exclusividad, así que, si yo tengo que soportar a tus amigas en esta sexo-relación en la que nos hemos metido, entonces tú soportarás a los míos.

Mi poca paciencia se agotó con esas últimas palabras que dijo.

—No te confundas, Castaña terca —resoplé y la tomé del brazo para alejarla de los demás—. Porque a mí no me verás la cara de idiota.

—¡Agr! —gruñó y se zafó de mi agarre—. No te veo la cara de idiota, LuzBel. Eres un idiota —largó—. Y me voy con Elliot. No quiero ni tengo ganas de discutir contigo, así que déjame en paz —exigió desesperada.

Posterior a eso se dio la vuelta y se marchó, e hice el intento de seguirla, pero yo estaba frustrado porque, pudiendo decirle que no había hecho nada con Laurel para que dejara de pensar tonterías, tenía que morderme la lengua y permitir que pensara lo que quisiera, pues en mi interior sabía que alejarla de mí era lo más idóneo con la situación que vivíamos. No obstante, pensar en eso no me ayudaba a mermar la puta molestia que experimentaba al ser cada vez más consciente de que Elliot era mejor para ella que yo.

Así fuéramos un juego, éramos uno muy peligroso que nos llevaría a la muerte si no teníamos cuidado. Y ya estaba harto de tantas muertes.

—Si la vas a seguir para continuar siendo el mismo imbécil de siempre, mejor no lo hagas —exigió Dylan a mis espaldas.

Lo miré por encima de mi hombro. Había llegado hecho una furia al hospital porque no le avisamos lo que pasaba con las chicas, y se cabreó muchísimo más en el momento que le dije que de nada me servía notificarle, pues en su estado no haría mucho y preocuparse no era conveniente para su salud después de haber sido herido. Así que en ese instante no entendí si intentaba ser un buen hermano o solo era el idiota ardido de mi amigo.

—Odio a los malditos cotillas que escuchan mis conversaciones. Y no pensaba seguirla —mentí.

Quería hacer exactamente eso tras dejar que Isabella se marchara con Elliot, con la idea de que en el camino hacia casa de mis padres (cada uno por su lado) ambos nos calmaríamos y hablaríamos mejor al llegar. Además de que me negaba a permitir que esos dos estuvieran a solas, pues no dudaba que el maldito de mi primo podría hacer su movimiento para recuperarla luego de saber que yo pretendía verme con Amelia.

—Piensa lo que quieras, LuzBel. Aun así no olvides que no eres su jodido novio y no tiene por qué importarte lo que ella haga.

«Créeme que lucho para entender eso», le dije en mi mente.

—Deja de meterte en mis asuntos.

—Lo haré si ellos tienen que ver con mi hermana. —Me giré hacia él con ganas de darle un puñetazo para que cerrara la boca—. O no fue eso lo que tú me dijiste cuando me advertiste sobre Tess. —Sonreí sin gracia, era obvio que usaría mi advertencia, sobre alejarse de Tess, a su favor—. Tú eres más hijo de puta que yo, LuzBel. Así que lo siento si te ofende que te quiera lejos de Isabella.

—No lo sientes —señalé y fue su turno para sonreír de lado—. Y tampoco soy más hijo de puta que tú, pero, a diferencia de mí, tienes la suerte de no…

«Tener que ser un cabrón para que nuestros enemigos no se ensañen con mi hermana para joderte a ti», terminé en mi mente.

—¿De no qué?

—Olvídalo.

—LuzBel —me llamó en cuanto me di la vuelta para marcharme, pero le hice un ademán con la mano para que dejara eso así.

Para que me dejara en paz.

Salí del hospital pensando en lo que analicé. Si bien los Vigilantes podían dañar a mi hermana para doblegarme a mí o a padre, sabía que no lo harían si tenían a Isabella en la mira. Iban detrás de la Castaña. Amelia lo podría hacer por mí, pero más por su madre después de lo que Elliot descubrió. Lucius no descansaría hasta deshacerse de la heredera de Enoc y sospechaba que descartó a Dylan porque le daba más importancia a que White también era hija de la mujer que él creyó suya.

Y Derek junto a su padre, esos hijos de puta preferían cobrar hermano por hermano, así que era obvio que para vengarse de Dylan utilizarían a Isabella. Por lo que, lo mirara por dónde lo mirara, White era la pieza que los Vigilantes codiciaban, pues sabían que derrocándola a ella nos asestarían un golpe del cual no nos íbamos a recuperar.

Dejé mi móvil sobre el salpicadero del coche y miré hacia el lago frente a mí.

Había terminado desviándome en el camino hacia una ciudad cercana rodeada de lagos, ahí se encontraba uno en especial, alejado del bullicio y al cual me gustaba ir cada vez que necesitaba estar solo, separarme de mi mundo y pensar bien mis decisiones, o en lo que haría esa noche.

Me reí al leer el mensaje de Marcus y negué con la cabeza por cómo evitó el nombre de Dahlia. No éramos amigos ni lo consideraba de la misma manera que a mis súbditos, pero nos cruzamos un par de bromas cuando ayudó a que ella se encontrara conmigo y en algún momento pensé que hubiera sido un excelente compañero en mi equipo si, en lugar de los Vigilantes, su familia hubiera sido aliada de Grigori.

Por él fue que supe que el primer nombre de Amelia era Dahlia, y que lo odiaba tanto como para amenazar de muerte a cualquiera que la llamara así. Incluso me amenazó a mí en el momento que quise comprobar si era real lo que Marcus me dijo, pero lo olvidó porque tras decirle ese nombre le obsequié una Dahlia Deseo azul como regalo.

 

—Una Dahlia negra le hubiera quedado perfecta —se burló Marcus al verla con las mejillas rojas porque mi acto la intimidó.

—Sí, porque el negro es tu color favorito, ¿no? —le devolvió ella.

—Jodida paliducha —murmuró él, y Amelia rio.

Siempre solían tomarse el pelo con respecto al color de piel, pero ya había aprendido que entre ellos eso no era ofensa.

—No creí que fueras un chico de regalar flores —comentó segundos después de que Marcus dejara de meterse con ella.

—No seré hipócrita: no soy ese tipo. Pero descubrí tu nombre y, antes de que me mataras si resultaba ser cierto que lo odias, quería que al menos lo consideraras si te daba una flor —admití.

—Maldición, cómo odio que seas tan sincero a veces —soltó entre risas y me contagió.

—Funcionó mi plan si en lugar de estarme despedazando te estás riendo. —Amelia se acercó a mí en cuanto le dije eso y se puso de puntitas para darme un beso en los labios.

—Lo hizo porque nunca me habían regalado flores y, así haya sido un plan con maña de tu parte, me gustó el detalle —admitió sobre mi boca, y la tomé de la cintura para que no se alejara.

—Me gusta el nombre de Dahlia. ¿Qué tal Dahlia negra?

—No.

—¿Por qué?

—No hagas más preguntas sobre eso sino quieres que la bruma en la que me metiste con este detalle se vaya de mi cabeza —advirtió alzando la flor, y me reí.

—Lía entonces.

—Eres un imbécil, Elijah —Me mordí el labio cuando dijo mi nombre.

Era la primera vez que lo usaba y según ella iba a molestarme, pero en realidad no me importó en ese momento. Ni tampoco cuando lo susurró mientras hacía que se corriera rato más tarde.

 

El sonido de mi móvil me sacó de ese recuerdo y, al ver que se trataba de la respuesta de Marcus, pensé en que a lo mejor aquella vez con Amelia él me estaba advirtiendo algo que yo ignoré, ya que después de todo la Dahlia negra era asociada con la traición, tristeza o sentimientos negativos.

Miré la hora y me di cuenta de que ya era muy tarde, así que me puse en marcha hacia la casa de mis padres con la idea de tomar una ducha para relajarme antes de enfrentarme una vez más a mi pasado, pretendiendo dejar a Isabella en paz al menos hasta el día siguiente. Podía ir a mi apartamento en realidad, pero, a pesar de que no planeaba que habláramos hasta calmarnos por completo, no quería estar lejos y cuando subí a la segunda planta, en lugar de seguir mi camino hacia la tercera, dejé que mis pies me guiaran a la habitación de la dueña de mis pesadillas, encontrándome con tremenda sorpresa al verla de pie, en pijama, frente a un arreglo floral que tenía además un globo con la frase PERDÓN.

La poca tranquilidad con la que llegué se esfumó en un santiamén.

—¿Me dirás a quién debo matar? —Pude ocultar el enojo de mi voz, pero no la tensión en mi cuerpo.

Isabella soltó un jadeo al escucharme, como si la hubiera pillado en algo que no quería que yo supiera. Le di tiempo para que pensara bien lo que me respondería mientras me quitaba la cazadora y la tiraba sobre la cama; luego llegué cerca de ella, distrayéndome por un momento con sus pezones endurecidos que me tentaron por encima del pijama que vestía.

—¿Y? ¿Quién ha tenido la osadía de enviarte flores? —añadí, volviendo al punto.

—No tú, claro está —satirizó, y escondí mi sonrisa. Todavía no sabía si me gustaba u odiaba que fuera tan cabrona—. Y si no estuviera en shock por el remitente de esta nota, ya te hubiera dicho que no te importa.

No pude más y las curvas de mis labios se alzaron dejando ver la ironía.

—Pero lo estás diciendo, White —señalé, y sacudió la cabeza.

—Supongo que alguien del servicio las trajo luego de que revisaran que no contuviera nada peligroso. Pero la nota en sí es peligrosa —explicó y me tomó por sorpresa que me la tendiera para que la leyera por mi cuenta.

Se cruzó de brazos, privándome de la hermosa vista, pero me concentré en la nota y de la intriga pasé de nuevo a la furia, porque eso, más que un agradecimiento, era una provocación por parte del hijo de puta del cementerio, quien Isabella nos explicó en el hospital que se hacía llamar Sombra. Y estuve a punto de romperla, conteniéndome a duras penas. 

¿Tregua? ¿Reina que hacen reyes?

—¿Qué sucedió en realidad en el cementerio, White? —cuestioné con la voz ronca, y me alzó una ceja.

Y deseé que entendiera mi pregunta y no lo tomara únicamente como desconfianza de mi parte hacia ella, pues, aunque habló de lo sucedido en el hospital, esa nota indicaba que pasó algo más que se guardó.

—A parte de lo que ya dije en el hospital, él aseguró que no quería matarme, LuzBel. Y no le creí, sobre todo cuando me tomó de escudo contra ustedes y me apuntó con esa glock, pero me prometió por su sangre que no me dañaría, que simplemente estaba provocando una pequeña tregua en la que no cedí, para huir sin un rasguño —confesó sin dudar.

Necesitaba con urgencia mi encuentro con Amelia para sacarle información sobre Sombra, puesto que ya era más que claro que el que yo asesiné era un pelele en comparación al que Isabella describió. Y ya tenía suficientes problemas como para estar añadiendo más a la lista infinita.

—Desde hoy solo saldrás de casa conmigo o con alguno de los chicos y los guardaespaldas —sentencié, y me miró con ganas de asesinarme.

Ella lo estaba entendiendo como otra señal de mi posesividad, pero en realidad era precaución, puesto que Amelia ya me estaba complicando las cosas y Sombra no auguraba nada bueno. Y joder, ya no quería ser más imbécil con Isabella con tal de mantenerla a salvo.

—¿Perdón? —satirizó—. Ni creas que a estas alturas de la vida me convertiré en una damisela en apuros y me dejaré amedrentar por esos imbéciles. —Exhalé con pesadez y cansancio al escucharla.

—No te estoy imponiendo nada, Isabella —aseguré y no me creyó.

—Entonces eres un impostor, porque el idiota que yo conozco pretende imponerme sus órdenes todo el tiempo. —Sus ojos brillaron al verme intentando no sonreír.

¡Joder! La chica me ponía difícil ser serio en momentos delicados cuando me salía con cada cosa.

—¿Podríamos… no sé, hacer una tregua? —propuse de pronto, y me miró sin entender—. Ven acá.

La tomé de la mano sin esperar su respuesta y lancé la nota a la basura, pero no le puse mucho empeño y terminó por caer en el escritorio. Me llevé a Isabella hacia la cama y, por la docilidad que me dio, intuí que ella también necesitaba de esa tregua.

—No tienes idea del puto miedo que experimenté cuando vi a ese imbécil apuntarte con su arma. —Decidí ser sincero cuando estuvimos lado a lado en la cama, abriéndome por primera vez con ella—. La frustración de no poder hacer nada sin provocar que ese hijo de puta te dañara, la impotencia de que por no poder… ¡mierda! —espeté y apreté los puños.

No me había permitido sobre analizar lo que pasó porque mi cabeza en cualquier momento iba explotar, sin embargo, ahí con ella dejé que viera un poco de lo que no le podía decir con palabras.

Que estaba cansado de fingir, pero que no me podía dar el lujo de no hacerlo.

—¿Quieres que te diga una verdad que me hace ser más idiota de lo que ya me crees? —solté de pronto, y asintió insegura—. Estoy tratando de hacer lo correcto, Isabella, no lo que quiero.

Por un breve instante me quebré porque quería permitirme sentir de nuevo, vivir de verdad. Darme una oportunidad de ser normal y no un líder en ciernes que un día estaría a cargo de una organización poderosa, y tomaría decisiones incluso más complicadas que las que estaba tomando en ese momento.

—Pero ¿cómo es posible que hacer lo correcto te obligue a que seas más idiota? —preguntó ella queriendo entenderme, y miré hacia el parqué de la habitación.

¿Cómo demonios le decía que la chica de la cual me enamoré en el pasado estaba viva? ¿De qué manera podía evitar romperle el corazón?

¿Cómo carajos le explicaba que posiblemente la persona que más odiaba y se lo arrebató todo era su hermana y también esa chica que ella creía que amé?

Mierda. Le hice una promesa que no tenía ni jodida idea de cómo iba a cumplir.

—Porque a veces los buenos tenemos que hacer cosas malas para que los malos paguen —admití.

No le mentí en eso, pues podía tener dudas con respecto a Amelia, y deseaba escucharla antes de tomar una decisión, no obstante, debía ocultar que la Castaña me importaba para que no pensaran en dañarme por medio de ella, o doblegarme de alguna manera.

—Porque ha llegado un punto en el que no puedo convencer a esos hijos de puta, así que ahora debo confundirlos —añadí con odio, pensando en cómo Amelia identificaba a Isabella. Pues si me había amenazado con deshacerse de mi zorra cuando peleamos es porque sospechaban que no protegía a la chica solo por ser la hija de Enoc—. White, necesito que no me hagas las cosas más difíciles —pedí—. No te estoy imponiendo nada, solo trato de protegerte, aunque no lo creas, así que de nuevo te digo: no vas a salir sola de aquí de ahora en adelante —zanjé, y me miró con ironía, aunque intuí que lo hizo para chincharme—. Y te prometo que no me importa que tenga que atarte a mí, no te perderé de vista. No dejaré que te expongas por muy furiosa que estés conmigo, y menos con ese imbécil tras de ti.

Okey, entonces solo para aclarar: ¿intentas protegerme de Sombra para que no me dañe o para que no vuelva a flirtear conmigo?

La tonta se mordió el labio para no sonreír al ver que me tensé.

—Te aseguro que correría con mejor suerte si intenta matarte. —Abrió la boca incrédula, pero terminó riéndose y… jodida mierda, la presión en mi pecho mermó—. Me alegra que eso te cause gracia en lugar de querer matarme —murmuré, y antes de que soltara alguna de sus respuestas listillas tiré de ella hasta subirla en mi regazo.

Ambos estábamos metidos ya en un círculo vicioso, pero demonios, me gustaba ahogarme con ese humo adictivo que provocaba el fuego entre nosotros.

—Me gusta verte así, Castaña gruñona. —Le hice el cabello hacia un solo lado del cuello mientras le decía eso.

—¿Así cómo? —preguntó, y me rodeó con los brazos.

—Riendo en lugar de llorar y sufrir en silencio por los malos recuerdos que están en tu cabeza.

No necesitaba salvarla, sino ayudarla a que se encontrara, seguía recordando ese consejo de la miedosa. Y no mencionaba nada de lo que vivió, aunque en momentos como ese me era imposible no intentar persuadirla para que se abriera conmigo y se liberara de esa carga que la atormentaba.

—¿Podríamos hacer que nuestra tregua dure esta vez? —Me confundió su pregunta, aunque enseguida comprendí que estaba obviando el tema—. Ayúdame a conseguir mi venganza pronto y te prometo que me marcharé para que dejes de hacer lo correcto en lugar de lo que quieres —propuso, y me alejé un poco para mirarla a los ojos.

—¿Marcharte? ¿A dónde? —pregunté sobresaltado.

—A mi propio lugar.

Maldición, no podía estar hablando en serio. De ninguna manera dejaría que se fuera.

—No tienes por qué hacer eso, Bonita. Esta casa es muy grande, mis padres por lo visto te adoran y, además, si no te sientes a gusto aquí, podemos…

¿Pero qué mierda estaba pensando?

—¿Podemos qué? —insistió, y tragué con dificultad.

—Podemos irnos a mi apartamento —propuse siguiendo con esa locura y sus ojos se desorbitaron.

Sí, era una locura, pero quería cometerla con ella.

—Gracias, Elijah. Pero no es de la casa de tus padres que quiero irme, sino de la ciudad —admitió—. A lo mejor vuelvo a California para dejar todo en orden con las empresas y la organización y luego, posiblemente, pase una temporada en Tokio —confesó, y presioné mi agarre en sus caderas sin pensarlo.

No sé qué pretendía con eso, pero estaba loca si creía que dejaría que se fuera cuando corría peligro.

—No es seguro para ti que hagas eso, White —le recordé con dureza.

—Por eso lo haré cuando obtenga mi venganza. Me aseguraré de que nadie vuelva a joderme, Elijah. Y, para serte sincera, es eso lo que me retiene ahora mismo en Richmond. —Bufé incrédulo al escucharla, pero ella lo ignoró y continuó—: Y una vez que lo consiga, buscaré nuevos horizontes, ya que ansío encontrar el centro de mi tierra, mi propio paraíso personal.

¿Cómo putas se suponía que iba a ayudarle a encontrarse cuando ella pretendía irse?

—Richmond puede ser tu centro de la tierra, tu paraíso personal, White —aseguré—. Eso que deseas tanto estará donde tú lo quieras.

Pensé en alejarme cuando se acercó para acariciarme el rostro porque lo tomé como un premio de consolación, pero mi cerebro hizo clic y analicé que ella pretendía irse porque yo no le estaba dando lo que esperaba, y no podía juzgarla por querer alejarse de mí. Era lo mejor si lo pensaba desde la perspectiva correcta, pues si pretendía protegerla, si es lo que estaba haciendo, ella me lo acababa de facilitar más.

¿Pero por qué carajos se sentía tan difícil?

—A veces no es así, Elijah —musitó—. Porque hay cosas que por más que las quieras no puedes forzarlas, no se dan. Entonces te das cuenta de que has buscado en el lugar incorrecto y debes comenzar de nuevo.

¿Comenzar de nuevo?

Dijo eso y los escenarios que imaginé me agriaron la sangre de una manera que me revolvió el estómago, puesto que entendí que deseaba buscar con otro el amor que yo le negaba. Y una cosa era saber que lo mejor para que estuviera a salvo era que se marchara lejos, y otra que quisiera buscar su centro de la tierra con alguien más cuando yo…

—¿Dónde está tu centro de la tierra, Elijah? ¿Tu paraíso personal? —Su pregunta me devolvió al momento.

Se iría luego de obtener su venganza, eso aseguró. Así que encontré mi respuesta: si antes la persuadí de ir detrás de Fantasma porque quería escuchar a Amelia (y conocer sus razones para volverse un jodido grano en el culo), en ese instante deseé distraer a Isabella de su objetivo para retenerla un poco más a mi lado.

Así de puto enfermo estaba.

—Si te confieso dónde está, entonces luego tendría que asesinarte, Isabella —respondí copiando su acción anterior: le acaricié el rostro y sonreí.

Pensaba mentirle con mi respuesta, pero con eso también me iba a mentir a mí; y al ver sus hermosos ojos miel me di cuenta de muchas cosas, incluso tuve el descaro de comparar sus iris con otros de color marrón que conocía de memoria. Me era difícil creer que podían ser hermanas, pues incluso sus apellidos daban a relucir lo diferentes que eran.

Entre Amelia Black e Isabella White había un mundo de diferencia, una era el bien, la otra el mal. Isabella era un bello ángel seducida por mi oscuridad; la hice caer y aun así su bondad no la abandonaba. Amelia en cambio era un hermoso demonio que regresó a mi vida siendo una maniática y malévola, llena de amargura.

Una era luz, la otra oscuridad total.

Lo único que compartían, además de la madre, era la sed de venganza que las consumía.

—Ese es y será siempre mi mayor secreto —añadí, admitiendo solo para mí que me aburrí de la oscuridad el día que me atreví a probar la luz.

Sus ojos irradiaron un brillo que no podía describir y confirmé que en efecto Isabella era y sería mi secreto mejor guardado, uno que jamás revelaría. No mientras no supiera cómo protegerla, porque gracias a su padre estaba jugando para defender a mi reina.

Meree raanee[1], como mi abuelo me enseñó a llamarle a la pieza más importante en el ajedrez.

Iba a convertirme en el peor de los hijos de puta al fingir que para mí ella solo era una fulana más, pues por ningún motivo permitiría que la manera en la que esa chica me importaba fuera una razón más que pudieran usar para dañarla, ya que, si algo le sucedía a esa Castaña terca de ojos color miel, entonces sería mi perdición.

Mi fin.

[1] Según la historia, el ajedrez se originó en la India, por eso Elijah señala la enseñanza de su abuelo, aunque esta pieza tiene otro nombre en el juego, pero que aquí se adapta para darle un significado más valioso.

 

[1] Es la señal internacional de socorro.

Sigo siendo la excepción de tu vida?

Elijah

 

Me quedé dentro del coche (que alquilé esa tarde) durante varios minutos antes de avisarle a Marcus que ya me encontraba en el estacionamiento del club Karma, pensando en lo que haría y en la estupidez que cometí al llegar solo, pero también en esa necesidad que me carcomía por ver a Amelia, entender y aclarar muchas cosas de todo lo que sucedió tiempo atrás, cuando la creí muerta.

«No confío ni en mis dientes, porque a veces me muerden la lengua».

Sonreí irónico cuando las palabras de White llegaron a mi cabeza. No se equivocaba con eso y yo debía aprender de ella, pues la confianza que estaba mostrando al aceptar los términos de Amelia eran un nivel de imbecilidad al que nunca creí que llegaría, pues la chica que me esperaba adentro del club estaba muy lejos de ser la persona que conocí años atrás. Sin embargo, decidí seguir mis instintos y me aferré a la idea de que, por muy diferente que fuera mi ex, no pudo haber dejado de ser una mujer de palabra.

Cumplir las promesas era algo que los dos teníamos muy bien arraigado y, así yo haya cambiado mucho después de su muerte, seguía manteniendo mi palabra, por lo que decidí creer que Amelia era igual en eso.

Respiré hondo luego de enviarle ese mensaje a Marcus y esperé su respuesta. Él ya me había dicho dónde me encontraría.

Estudié mi alrededor y en efecto noté a muchos Vigilantes, pero no le daban importancia al coche en el que me mantuve, lo que me hizo pensar que, o sabían de mi llegada porque eran gente de Amelia, o me creían un visitante más.

Iba vestido con ropa oscura y la cazadora que usaba tenía un gorro que me ayudaba a ocultar un poco mi identidad. Miré la hora en mi móvil, además de que revisé si tenía mensajes de Marcus, pero no encontré nada, lo que me hizo negar con la cabeza, lleno de fastidio porque se estaba tardando demasiado.

—Joder, hombre. Ya era hora —dije en cuanto se acercó a mi ventana.

Se veía más alto de lo que recordaba, posiblemente de dos metros y, aunque estaba más delgado que antes, su cuerpo lucía más trabajado, con más músculos que grasa. Y lo intimidante pareció asentarse en él. Definitivamente era ese tipo de matón que ponía a cagar del miedo a cualquiera.

Menos a mí.

—Perdón, alteza, estaba asegurándome de que tenga una buena bienvenida —respondió, y alcé una ceja cuando abrió la puerta del coche y con un ademán de mano me invitó a salir, y negué satírico—. Andando, que tu Dahlia negra te espera.

No le dije nada, me limité a seguirlo sin perder el enfoque a mi alrededor. Me condujo hacia la puerta de servicio y se rio de mí porque notó mi desconfianza antes de entrar. Escuchaba la música al fondo y por la infinidad de coches que vi en el estacionamiento deduje que el lugar estaba repleto. Algunas personas de seguro eran ajenas a los Vigilantes.

—Deberías tomarte un trago antes de subir con ella —aconsejó Marcus en cuanto pasamos por una barra, y negué en respuesta.

Quería ir con Amelia de inmediato.

—Nunca he necesitado del alcohol para enfrentarme a ella —dije medio gritando para que me escuchara.

Caminamos en medio de la gente y luego nos fuimos por un pasillo que llevaba a los baños, más allá de ellos el camino seguía hasta conducirnos frente a la puerta de metal oscuro que me dividía de ella: de la protagonista de muchos de mis sueños y pesadillas.

—Ya no es la misma —me recordó Marcus en voz baja, pues ahí la música era suave y no quería ser escuchado por nadie más.

—No tengo duda. ¿Está sola? —afirmé y pregunté antes de que abriera la puerta.

—Y esperando por ti. Lucius y los demás no vendrán hoy —anunció, y le creí.

Lo hice no solo porque me había ayudado en dos ocasiones en esas semanas, sino porque también lo hizo en el pasado y siempre me demostró ser alguien leal y sin miedo a decir las cosas en la cara, dejando las hipocresías de lado.

Abrió la puerta luego de su respuesta y me invitó a pasar. Sonrió de lado al ver mi tensión y bufé con burla hacia mí mismo, pues hacía mucho que no me sentía nervioso, no de la manera en la que me encontraba en esos momentos. Down resonaba cuando entré. Marcus cerró para darnos privacidad y me quité el gorro de la cabeza mientras veía a Amelia dándome la espalda. La encontré sirviéndose un trago, mirando a un punto en específico en la pared, y sonreí porque ella también estaba nerviosa y quiso calmarse con el alcohol.

En ese instante sí lucía como la chica que recordaba.

Usaba un vestido beige corto, un poco flojo de la cintura para abajo; medias de malla oscura y unos borceguís de taco alto. Tenía el cabello en una coleta alta y cuando giró un poco el rostro para dejarme ver su perfil me percaté de que iba maquillada, con los labios rojos como recordaba que siempre le gustó llevarlos. Sonrió de lado en cuanto nuestros ojos se conectaron y maldije en mi interior al darme cuenta de que las similitudes que vi entre ella y la Castaña eran más marcadas de lo que una vez noté.

Definitivamente era un estúpido al no querer aceptar su consanguinidad con Isabella.

—Nos volvemos a encontrar —se giró y me dejó verla por completo—, Elijah —pronunció mi nombre como lo hizo muchas veces en el pasado.

Mierda.

Como Fantasma era una hija de puta y nos dio un golpe duro al arrebatarnos a Enoc, estaba destruyendo a Isabella y complicándome la vida con su regreso, pero… no me mentiría. En ese instante vi únicamente a la chica por la cual cometí muchas locuras, quien me hizo mierda con su traición, así como con su supuesta muerte, y me era increíble verla tan llena de vida.

«Yo seré siempre la excepción de tu vida».

Las palabras que me dijo hace tiempo me golpearon y no supe lo que sentí, pues era demasiado confuso para procesarlo.

—Amelia —saludé, y cerró levemente los ojos, sonriendo con picardía y sensualidad.

La misma sonrisa que siempre me dio cuando estuvo en mi cama, desnuda y satisfecha.

—Debo admitir que me sorprende mucho que hayas pedido vernos y que confiaras en venir bajo mis términos, a un territorio de donde te sería difícil regresar a casa sano y salvo —señaló y dejó el vaso en el escritorio para luego acercarse un poco a mí.

—Créeme, a mí me sorprende más —acepté.

Alzó la barbilla en un gesto que me era demasiado familiar y sacudí un poco la cabeza para espabilar. Se me estaba haciendo muy difícil impedir que el rostro angelical de la Castaña distorsionara los hermosos y perversos rasgos de Amelia.

—Vas a irte sano y salvo, al menos por hoy. Te lo prometo —dijo con alevosía, y sonreí de lado por su descaro.

Noté que tragó con dificultad, perdiendo un poco de la seguridad que deseaba mostrarme, y me tomó por sorpresa que de un momento a otro ella dejara de comportarse como la Dahlia negra, Fantasma, y regresara a la Amelia que me era familiar, pues cerró la distancia entre nosotros y me abrazó. Apreté los puños sin corresponderle, tensándome más al ser consciente de que no era un espejismo lo que había estado viendo, era ella en carne y hueso, viva, sana.

—Oh Dios —susurró y en su voz noté la incredulidad de su parte.

Ella tampoco podía creer lo que estaba pasando y por un momento, dejándome guiar por quién sabía qué, envolví los brazos en su delgada cintura y respiré hondo sobre su cabeza, llenándome los pulmones de su presencia.

—Joder, sí eres tú —repliqué, y se aferró a mí como si no quisiera dejarme ir.

—¿Estás feliz de verme? A pesar de todo —preguntó insegura, y me separé de ella, tomándola de los lados de la cabeza para luego correr las manos hacia su rostro y acunarlo.

—A pesar de todo, te prefiero respirando —acepté, y sonrió tímida.

El dolor que sentí al perderla había opacado el odio que me despertó cuando la encontré en la cama con Elliot. No obstante, eso era algo que no olvidaría jamás, pues yo hice mis mierdas con otras mujeres antes de que lo de nosotros dejara de ser solo acostones ocasionales, pero, en el momento en que comencé a sentir más por ella y quise algo serio, la respeté porque quería lo mismo de su parte. Sin embargo, no le mentí.

La prefería viva, pero ya no como mi chica.

—¿Sigo siendo la excepción de tu vida? —preguntó con anhelo y mis ojos se abrieron un poco más.

¿Lo había sido en realidad alguna vez?

Esa pregunta me rondó por la cabeza en muchas ocasiones y en ese momento regresó a mi mente, pero descubrí que seguía sin saberlo e iba a ser sincero con ella, aunque no conseguí decir ni una sola palabra porque de nuevo me tomó por sorpresa al unir su boca a la mía. Sus labios eran cálidos y suaves, cerró los ojos para disfrutar del gesto y yo mantuve los míos abiertos.

Desconocí esa boca y su sabor ya no era el que deseaba sentir, así que con delicadeza la alejé de mí. 

—Ya veo —musitó con amargura y nos miramos a los ojos—. Ni sigo siendo esa excepción ni tampoco tienes por mí el mismo sentimiento que antes.

—¿Qué sentimiento? —pregunté, y la manera en la que lo hice le dio a entender algo que no quería, logrando con eso que la chica de antes volviera a desaparecer—. Amelia…

—¿A qué has venido? —me interrumpió.

Mierda.

—No a que me beses. —Bufé y la miré serio, ella rio sin gracia—. Y sé que tampoco ignoras la otra razón para que esté aquí.

—¿Pretendes que crea que hay otra razón, aparte de querer reclamarme por lo que hice la última vez que nos vimos?

Me reí en respuesta por lo descarada que era.

—Lo dices como si no hubieras hecho algo terrible y desatado cosas peores. —Bufó al escucharme.

—Solo hice lo que esa puta se merecía.

—Isabella no es ninguna puta —solté sin pensar, pero no me arrepentí. Dije lo que sentí correcto, aunque no lo más inteligente en un lugar donde podía salir envuelto en una bolsa negra—. Y sí, mi otra razón para estar aquí es comprobar que no fueras producto de mi imaginación. O una alucinación que me provocaste con la droga que llevabas en los guantes.

Su sonrisa de medio lado fue tan malvada que terminó contagiándome, pero no porque me agradara, sino más bien por la incredulidad de que no ocultara nada de lo que hizo.

—Esa estúpida se merece eso y más. Y no descansaré hasta dárselo, le hice una promesa que pienso cumplir —espetó con el odio oscureciendo sus ojos—. Elijah, si de verdad estás feliz de verme y si alguna vez sentiste el mismo amor que yo siento por ti, ayúdame a lograrlo; llévame a ella y venguemos lo que Elliot nos hizo. —Reí divertido, era absurdo lo que me estaba pidiendo—. Así que es verdad —mencionó al ver mi reacción, y alcé una ceja.

—¿Qué es verdad?

—Que esa maldita zorra no solo me quitó a mi madre —soltó y descubrí muy rápido que Elliot no se equivocó—, sino también al hombre que amo. ¡Te has enamorado de ella! —gritó.

La miré procesando lo que dijo, y temiendo que todo se volviera en mi contra de un momento a otro si no sabía mover mis piezas con inteligencia.

—No estoy enamorado de nadie —zanjé, consciente de que ser un hijo de puta era mi mejor jugada—. Y, por lo que veo, me has desconocido u olvidaste quién fui antes de que tu camino y el mío se entrelazaran. Y quien volví a ser luego de que la única mujer por la cual me planteé cambiar me traicionara con mi primo. —Tragó con dificultad al escucharme y las curvas de mis labios se alzaron con ironía.

—¿Vas a negar que te acuestas con ella? —preguntó queriendo recuperar su seguridad.

—¿Y por qué razón debería hacerlo? —No la dejé responder—. Que me acueste con Isabella no significa que tenga sentimientos por ella, Amelia. La chica, así como otras mujeres que han pasado por mi cama, son simples pasatiempos y ya.

Noté su confusión y me di cuenta de que debía mantenerme aventando mierda para seguirla confundiendo en lugar de alimentar su odio.

—Los hemos estudiado, Elijah. Y hemos notado que ella es especial para ti —largó con celos.

Torcí la boca en una sonrisa cruel y llena de sorna.

—Y no se equivocan, es especial por ser mi venganza hacia Elliot. ¿O qué? ¿Creías que dejaría por la paz el que ese hijo de puta se haya acostado con mi chica? ¿De verdad me crees el tipo de hombre que no se cobrará las traiciones? —Di un paso hacia ella cuando noté que estaba ganando terreno en esa batalla y me miró entre atormentada y furiosa.

—Conque también es tu venganza hacia mí por acostarme con tu primo —musitó, y con dos dedos la sostuve de la barbilla para que me mirara a los ojos.

—Te creía muerta, así que no. Del único que busqué vengarme es de Elliot.

—¿Entonces vas a dejarla ahora que sabes que estoy viva? —La esperanza que hizo brillar sus ojos me provocó una punzada en el pecho.

—No, mi hermosa Dahlia negra. —Se tensó por cómo la llamé, pero calló—. Porque, que te haya creído muerta, no significa que me volví un estúpido ciego que ignora la traición.

—Pero ya sabes que Elliot me usó. —Trató de defenderse y me tomó de la muñeca con la que la sostenía.

Bufé una risa.

—Lo único que sé es que no me amabas lo suficiente como para serme fiel. Así que no pretendas embaucarme, Amelia. Elliot te usó, pero tú se lo permitiste, me traicionaste. Y si en algo ha tenido razón siempre ese hijo de puta es en que en una relación la culpa no es del tercero, ya que él no se hubiera metido entre nosotros si tú no se lo hubieses permitido.

La solté y me zafé de su agarre para volver a poner distancia entre nosotros. Ya no me afectaba lo que hizo, pero era un buen momento para fingir que sí.

—Hablas como si tú hubieras sido una blanca paloma, Elijah.

—¿Te traicioné luego de pedirte que fueras mi novia? Porque sé que tenías los medios para averiguar mi vida cuando no estabas conmigo. Así que de nuevo, ¿supiste que te engañé con otras? Y piensa bien tu respuesta, ya que yo puedo ser un cabronazo, pero estoy seguro de que en lo único que te fallé fue en haberte querido mantener aislada con tal de que tu padre no te encontrara, y que te dejé de lado para concentrarme en tu seguridad y en mi deber con Grigori.

Apretó la mandíbula y los puños. No tenía respuesta para lo que le dije y ella sabía que tampoco le mentí, pues la cagué en muchas cosas en nuestra relación y vivimos situaciones que hubiéramos podido resolver sin perdernos la confianza, si las hubiésemos hablado, si no me hubiera traicionado. Sin embargo, sí me mantuve fiel a lo que le prometí que le daría como mi novia, ya que, a diferencia de lo que muchos creían, yo era un mujeriego si estaba soltero, pero no en una relación porque odiaba ese tipo de dramas de parejas.

—No tienes idea de cómo me he arrepentido por lo que hice, de cada maldita noche que he llorado queriendo tenerte frente a mí para pedirte perdón —murmuró con la voz débil, y sacudí la cabeza en negación—. Hay cosas en mí que no puedo controlar, que me manejan si entro en crisis y sé que te parecerá absurdo, pero no era yo en aquel motel con Elliot.

—Puta madre, solo eso me faltaba. Que tuvieras una gemela y fuera ella a la que encontré con ese imbécil —me burlé entre risas.

Su mirada se volvió filosa, pero también llena de dolor y vergüenza.

—No estoy jugando —aseveró.

—Ni yo —largué con dureza para que entendiera que no le mentí y que no era un estúpido al que manejaría a su antojo.

—Bien, sé que no es momento para hablar de este tema, así que evitémoslo —replicó, y sonreí sin gracia, pero no me negué porque tampoco quería seguir con eso, aunque me conviniera más que dejarla hablar de Isabella—. No te sorprendió que dijera que tu amante en turno me robó a mi madre, por lo que deduzco que ya sabes que somos hermanas —señaló.

Era fácil mentirle, hacerme el sorprendido e inventarme una excusa, pero necesitaba información y me la daría si era sincero con ella. O estaba confiando en que así sucedería.

—Lo he descubierto hoy por pura casualidad —confesé, aunque no estaba dispuesto a darle detalles—. También descubrí que Isabella no lo sabe, según ella solo Dylan es su hermano y no entiendo el porqué. —Noté que la furia volvió a encontrarla y cogió el vaso con licor para beber lo que le quedaba de un sorbo, demostrándome con ello que ese no le era un tema fácil de tocar—. ¿Vas a ayudarme a entenderte?

Me miró alzando una ceja, sorprendida por mi pregunta.

—¿Lo dices en serio? ¿Quieres entender por qué maté a uno de los fundadores de tu organización? ¿Por qué me provoca tanto odio que menciones a esa tipa? Porque no, Elijah, no se debe solo a ti —aclaró.

—Quiero entenderte, Lía —aseguré, usando el mote que le puse y que con el tiempo ella llegó a aceptar y dejó de odiar—. Necesito comprender por qué siempre te creí hija única y que tu madre había muerto, y que ahora resulte que nada de eso es así.

Eso fue lo que me dijo cuando nos conocimos, que no tenía hermanos y que su madre murió de cáncer años atrás. Cuando se lo comenté a mi padre dijo tener conocimiento de que una de las ex esposas de Lucius murió de esa enfermedad. Por lo que fue fácil creer en ella.

—Es una larga historia.

—Tenemos toda la noche —repliqué y noté que escondió una sonrisa.

Mi declaración no tenía ninguna connotación sexual, pero era consciente de que, con nuestro pasado, la sorpresa de saberla viva y haberla buscado le podían dar a entender que aspiraba a algo más que hablar con ella.

—Toma asiento —me invitó señalando uno de los dos sofás individuales que tenía ahí.

Lo hice de inmediato porque no me apetecía que perdiéramos más tiempo. Me miró a los ojos y le sostuve la mirada hasta que ella decidió retirarse de esa guerra y respiró hondo.

—Por supuesto que Isabella solo cree que Dylan es su hermano, porque la perra de Leah me abandonó —soltó entre dientes, y eso me sorprendió.

No la conocí, pero mis padres sí, y nunca escuché ningún mal comentario sobre ella. Mi madre incluso la seguía llorando y entendí que el amor que tenía para su amiga hacía que viera a la Castaña como una hija más.

—Le fue infiel a mi padre con Enoc y huyó con él cuando yo solo tenía un año. Luego se embarazó de esa idiota y yo quedé en el olvido. Por eso te dije que mi madre murió, ya que, si yo morí para ella, ¿por qué iba a respetarla?

Me quedé sin palabras, pero fui capaz de entender que Lucius supo envenenar a su hija desde pequeña y, aunque no tuviera idea de cómo fue Leah como madre, sí sabía que existían dos versiones de esa historia, pero Amelia únicamente conoció y se aferró a la que a su padre le convenía.

—Entonces Enoc sabía de tu existencia —confirmé más para mí.

Maldición.

Él sabía que estaba entregando a la hija de su mujer y, así lo haya entendido antes, en ese instante experimenté cierta confusión porque también comprendí a Amelia.

—¿Por qué crees que me entregó cuando supo que yo estaba contigo? —La miré fijo al escuchar su pregunta y rio con amargura—. Sí, Elijah, Derek me dijo que fue Enoc quien le ofreció a mi padre entregarme con tal de que él desistiera de su venganza cazando a su hija. Mi padre estaba dispuesto a hacerle pagar por haberse metido con su mujer, quería arrebatarle todo lo que obtuvo con Leah, por lo que su princesa era la siguiente luego de deshacerse de su ex. Y, como dato extra para ti, odio mi primer nombre porque me lo puso esa perra. Era amante de las flores y la Dahlia estaba entre una de sus favoritas.

Fruncí el ceño. No me cuadraba que Leah no la haya amado, pero hubiera escogido un nombre que para ella era especial.

—Por eso asesinaste a Enoc, para vengarte de él por haberte intercambiado —afirmé.

En lugar de responderme se fue a servir otro trago y me ofreció uno. Asentí y esperé a que siguiera.

—Sé que tú siempre estarás del lado de tu gente y no te juzgo. —Caminó hacia mí con seguridad y me tendió la bebida. Creí que tomaría asiento en el otro sofá, pero no lo hizo y optó por regresar cerca del escritorio—. Sin embargo, Enoc me regresó a un infierno peor del que conocí antes de fugarme contigo, así que créeme cuando te digo que le di una muerte más fácil de la que en realidad merecía.

Le di un largo sorbo a mi bebida, analizando sus palabras. Estaba claro que ella no escondía su odio e iba a ser sincero conmigo mismo: la entendí a la perfección, pues así comprendiera que Enoc usó todo lo que estuvo a su alcance para proteger a su hija, eso no borraba el hecho que entregó a una inocente. Así que Amelia actuó tal cual lo hubiera hecho yo, y como lo estaba haciendo Isabella al sentirse herida y desolada.

—Joder —musité, desordenándome el cabello con frustración.

—¿Me entiendes? —Identifiqué el anhelo y desesperación en su pregunta.

La miré a la cara por un momento y repasé en mi cabeza todo lo que me dijo, concentrándome en el punto de que vivió un infierno peor cuando la regresaron con su padre.

—Lo hago —acepté—, pero también entiendo a Isabella. Y sí, Enoc pudo merecer todo lo que le pasó, sin embargo, tú mejor que nadie debería comprender que tu hermana es inocente, que no tiene por qué…

—No te vuelvas a referir a esa puta como mi hermana —exigió, señalándome con un dedo, histérica y a punto de perder el control.

—¿Qué pasó cuando volviste con tu padre? ¿Por qué nunca me buscaste si sabías que sufriría por creerte muerta? —pregunté, tratando de mantener mi control, porque en ese momento estábamos en ese juego del que se enoja pierde.

Pero en nuestro caso perdería el que enojara al otro.

A Amelia le extrañó mi cambio de tema, de seguro porque esperaba que defendiera a la Castaña o le exigiera que no la llamara así, cosa que estuve tentado a hacer, pero comprendí que era su manera de probarme, buscaba sacarme de mis casillas y que con ello le demostrara cuánto me importaba su hermana. Por lo que debía mantenerme reacio.

—No quiero hablar de ese infierno, únicamente voy a decirte que, si te buscaba, mi padre iba a matarte lentamente y me haría presenciarlo —confesó con dolor, y sentí sinceridad de su parte.

—No iba a ser fácil que llegara a mí, Amelia. Lo sabes.

—Grigori subestima a los Vigilantes, Elijah. Y se les olvida que dos desertores son quienes nos fundaron, no unos peleles. Así que, si tuve miedo de que mi padre cumpliera su amenaza, créeme que no es porque yo sea débil.

Bien, en eso tenía razón. Y ya los Vigilantes nos habían dado un par de golpes que indicaban que podían ser tan poderosos como nosotros.

—¿Qué ha cambiado?

—Todo. —respondió, y esperé a que añadiera algo más—. Para sobrevivir me dejé consumir por el odio que mi padre alimentó en mí y le demostré que quería tanta venganza como la que él buscaba. Y cuando asesiné a Enoc le afirmé con hechos que estaba de su lado. Me tenía en prueba desde hace meses y tras mi golpe hice mi juramento hacia la organización y una promesa de vida para Lucius Black —informó con orgullo—. Ya sabes lo que dicen: si no puedes con el enemigo, únetele. Lo he puesto en práctica y me ha ayudado a recuperar la confianza que perdí cuando me fugué contigo. Ahora tengo mi propia élite dentro de los Vigilantes y mi padre ha confirmado que, por mucho que te quiera a ti, no volveré a faltarle a él.  

Le di otro sorbo a mi bebida mientras ambos nos escrutábamos con la mirada. Descubrí en mi estudio que lo que quedaba de la Amelia que conocí era la sombra, siendo consciente a la vez de que ella podía pensar lo mismo de mí, pues lo que vivimos nos cambió para bien o para mal.

—Supongo que entiende que ahora es más factible que tú te deshagas de mí —satiricé, y ella sonrió.

—Solo si te interpones entre lo que quiero —indicó y comenzó a caminar hacia mí.

—Ya hiciste pagar a quien te la debía, ¿qué más buscas? —Sabía qué era, pero debía intentar que entendiera que no tenía por qué seguir el camino de su padre.

—Que la perra que me llevó en su vientre se retuerza donde quiera que esté, al ver cómo hago sufrir a su nena. —Maldición, morderme la lengua para decir todo lo que quería, nunca fue tan difícil—. ¿Te molesta?

Alcé la cabeza para no dejar de mirarla a los ojos cuando se paró frente a mí.

—Me molesta que ya no seas la chica que… —Me quedé en silencio en el instante que puso una mano en mi hombro, me hizo recostarme en el respaldo del sofá y se colocó a horcajadas en mi regazo.

—¿Qué chica? —susurró con voz sensual.

—La chica que se fugó conmigo.

—Tienes razón, ahora soy un demonio igual o peor que LuzBel —se mofó y me cogió de la nuca. Miré sus labios en cuanto se los lamió y negué levemente con la cabeza entendiendo lo que buscaba—, y, si tú lo deseas, puedes unirte a mí —propuso—. Ambos somos unos demonios con sed de poder y podemos conseguirlo juntos. Seamos jefes y señores de nuestra propia organización, una que deje en la sombra a Grigoris y Vigilantes.

Me di cuenta de que ella en verdad creía lo que me decía y la euforia que hacía brillar sus ojos me hizo ver que estaba dispuesta a lo que fuera con tal de obtener lo que buscaba. Era como si estuviera en la piel de su villana favorita. La chica se sentía todopoderosa.

Y sentí lástima de ello. 

—¿Y quién te ha dicho que no soy jefe y señor de donde quiero serlo? —pregunté y le acaricié el rostro cuando la tuve sobre mí, dispuesta a besarme de nuevo, pero la detuve antes de que lo consiguiera—. Lo soy, cariño. Y para conseguirlo no necesité de un demonio igual que yo. —Se aferró a mi nuca en el momento que me puse de pie con ella, sosteniéndola de las piernas.

Se mordió el labio en cuanto me giré para dejarla sobre el mullido sofá, a lo mejor imaginando cosas que por supuesto no le haría.

—Te ofrezco ser el único, Elijah. No compartir nada con otros fundadores —aclaró, sorprendida porque me alejé de ella.

—Soy el único, en mi territorio no se mete nadie que yo no quiera, por lo que no me hace falta nada. —Mi respuesta no fue la que esperaba y la ira que deformó su precioso rostro me lo confirmó.

—Prefieres a una zorra que no sabe ni dónde está parada —escupió con asco.

—No la subestimes, porque Isabella se adapta muy rápido a su entorno —aseveré haciendo énfasis en su nombre y sonreí con cierto orgullo—. Y, a diferencia de ti y de mí, ella sí tiene el poder que tú deseas —le recordé—. Lo irónico de todo es que le ayudaste a obtenerlo cuando asesinaste a su padre e hiciste despertar a la nueva líder. La convertiste en la reina de Grigori —añadí y supe que mis palabras llegaron a profundidades peligrosas.

Pero no me importó y me di cuenta de que, a pesar de que quise verla y todavía teníamos muchas cosas que aclarar, mi tiempo en ese club había terminado. Pues comprobé lo que tenía que comprobar: Amelia era real, pero ya no mi Amelia y jamás lo sería, aunque volviese a ser la misma.

—Puedo ponerme en tus zapatos y entenderte, Lía, pero también comprendo que te has dejado cegar por el veneno de tu padre. Y eso jamás te dejará ver que te convertiste en lo que siempre odiaste.

—Soy lo que me hicieron ser Enoc y tu pu…

Se quedó en silencio cuando la cogí con una mano de las mejillas y me incliné para quedar a su altura. Estaba haciendo más presión de la necesaria, pero no me contuve, ya que me sentía harto de que siguiera llamando a Isabella así.

—Fue bueno saber que eres real, aunque ya no seas la misma —repliqué—. Ahora, ten presente que no solo tú has cambiado, cariño —sentencié y la solté de golpe.

Nos miramos una última vez a los ojos, su pecho subía y bajaba con respiraciones aceleradas, y al darme cuenta de que ambos llegamos a nuestro límite de tolerancia por esa noche, opté por darme la vuelta y comenzar a caminar hacia la puerta.

—¡LuzBel! —me llamó cuando giré el pomo y la miré sobre mi hombro—. Tú vas a ayudarme a quitarle el reino a Isabella White, eso y todo lo que ama —sentenció, y reí con burla. Estaba loca si creía que cedería para dañar a la Castaña—. No es una petición, lo harás por las buenas o por las malas. —Odié su manera de hablarme y me giré de forma abrupta, llegando de nuevo a ella.

—¿Me estás amenazando?

—¡No! Solo te estoy advirtiendo —ironizó—. Yo siempre seré la excepción de tu vida, así que vamos a dejarlo claro —añadió y en ese momento fue ella la que rio con burla.

Y esa forma de reírse me hizo temerle al futuro.

____****____

Cuando salí de ese maldito club, fue sabiendo que el juego que acababa de iniciar podía volverse en mi contra en cuestión de segundos, sin embargo, no estaba dispuesto a que me tomaran por un débil que se prestaría a las artimañas de cualquiera. Y menos si esas tenían que ver con dañar a la persona a la cual debía proteger. Lo que ya no ejecutaba por cumplir la promesa que le hice a Enoc, sino porque necesitaba hacerlo.

—La única manera de que consigas parar esto es que hagas desistir a una de estas chicas —me exhortó Marcus cuando llegamos al coche en el que me conduje.

Se estaba refiriendo a Isabella y Amelia, pues tenía conocimiento de que ambas buscaban vengarse la una de la otra.

—No me estás diciendo nada que no haya analizado ya. —Bufé.

Me jodía que ya no solo debía proteger a Isabella, hacerla desistir de su venganza, sino también tenía que evitar a toda costa que Amelia se enfrentara a ella o encontrara la manera de hacerme caer en su juego.

—¿Sabes quién está detrás de la máscara de Sombra? —le pregunté a Marcus, necesitando cambiar de tema y enfocarme en otro que igual me enervaba tanto como me importaba.

—Creí que no te concentrarías en él —reconoció, y lo miré.

—Es imposible después de cómo el hijo de puta me ha tocado los cojones —largué, y él rio.

—No te los ha tocado solo a ti, también a Lucius y a Derek —declaró, y lo miré sin comprender—. Subamos al coche para que hablemos con más privacidad —me animó.

Me metí en el lado del piloto y él se encaminó al del copiloto. No perdió tiempo y comenzó a hablarme del imbécil que se ocultaba detrás de la maldita máscara de Sombra. Y lo que me dijo fue otra sorpresa para nada agradable, pues entendí que White tuvo razón al mencionar que ese no era un simple súbdito de los Vigilantes.

Era Darius Black, uno de los jodidos herederos al liderato, pero su rebeldía (según como lo veía Lucius), lo alejó de la organización, aunque tenía a su propia gente. Una élite fiel a él que operaban en zona neutral. Y quien suplantaba al amado amigo de Amelia (el cual yo asesiné) por un juramento de sangre que le hizo a Leah el día que ella murió.

Un juramento que selló con la sangre de ella, pues la mujer pereció en sus brazos.  

 —¿Dónde demonios está la puta cámara? Porque esto parece una broma muy jodida —solté entre dientes.

—No hay ninguna cámara, viejo.

Negué con la cabeza ante la respuesta de Marcus. Él me acababa de decir que Darius era hijo adoptivo de Leah y Lucius. Y por supuesto que el cabrón de Lucius nunca quiso adoptar, pero cedió para ganarse el amor de la mujer que tenía por esposa en ese tiempo (puesto que ella ya pensaba en dejarlo), y por la decepción que sintió cuando Leah no le parió un hijo varón y, en cambio, nació Amelia.

No obstante, y para mala suerte de Lucius, Darius no resultó ser el hijo que esperaba, por más que lo educó según sus reglas y anhelos. Al contrario, el tipo optó por ser un buen hombre, diestro en los negocios y poderoso con su gente, sin embargo, a Lucius no le importó ese liderazgo que tenía, él quería que fuera despiadado y liderara con mano de hierro, por lo que el buen corazón de Darius lo convirtió en alguien débil ante los ojos de su padre adoptivo, aunque para Leah fue el hijo varón que ella siempre deseó tener.

—Entonces, ¿Leah sí buscó a sus hijos? —Quise saber.

—Según mis padres, Leah desató una guerra sin cuartel junto a Enoc, con tal de recuperarlos, pero luego sucedió algo y ella se detuvo. Y ahora que sé lo de esta chica, entiendo que se debió a que Leah se embarazó y eso la obligó a retirarse de la batalla —explicó, refiriéndose a Isabella.

Se encogió de hombros y continuó añadiendo lo que sabía de esa historia.

Leah había vuelto a buscar a sus hijos, pero con una estrategia diferente, pues esperó a que Darius tuviera uso de razón y se acercó a él para hacerle ver la verdad que Lucius les ocultó. En esa época el chico actuaba tal cual su padre lo esperaba, aunque, con la influencia de su madre de nuevo en su vida, volvió a ser el niño bueno y ya Lucius no pudo influenciarlo como deseaba.

—Pero si tú entiendes esto y si Darius también lo hace, ¿por qué carajos no se lo hacen ver a Amelia? —inquirí.

—Sé que Darius lo intentó, de hecho lo consiguió en su momento, fue cuando la conociste —resaltó y mi expresión de sorpresa no le pasó desapercibida—. Mira, hay mucho que yo no sé porque los Black han sabido mantener esta historia solo para ellos, pero te aseguro que la chica que se fugó contigo era la versión buena de la que yo conocí. Por eso le ayudé a que escapara, ya que tú le hacías bien y sin darte cuenta le ayudaste a Darius en su objetivo.

Solté el aire que había estado reteniendo, entendiendo a qué se refería, pues yo siempre pensé en que Amelia no pertenecía al mundo de su padre.

—Conque la que acabo de ver es la versión despreciable —murmuré y lo escuché bufar una risa sardónica.

—Viste su versión calmada, LuzBel. Y su versión despreciable se elevó a niveles que no creía posibles, luego de que Lucius la recuperó aquel día. —Tragué con dificultad—. Nadie ajeno a él o a Derek saben dónde estuvo todo este tiempo, ni siquiera Darius, lo único que tenemos claro es que donde sea que estuviera, o lo que vivió, la convirtió en alguien a quien hay que temer.

—Magnífico —repliqué con sorna.

Estuvimos hablando un rato más y de nuevo comprobé que en efecto Marcus no tenía todas las respuestas a mis dudas, pero sabía que mi padre sí, por lo que le pedí que habláramos antes de ponerme en marcha de regreso a casa. Me avisó que estaba en el cuartel, atendiendo unas cosas que no podía dejar para el día siguiente, puesto que con la muerte de Enoc y los cambios que habría con Isabella como nueva líder había un poco de caos que se debía solucionar cuanto antes, sobre todo algunas cuestiones con aliados que temían que Grigori se volviera deficiente ante la pérdida del fundador que ellos vieron siempre como el más poderoso.

‪—¿Qué te ha generado esta curiosidad, hijo? —preguntó padre luego de que le confesara que ya sabía que Amelia e Isabella eran hermanas.

Mi declaración le provocó una sorpresa que le resultó difícil de ocultar, y me hizo muchas preguntas con respecto a cómo me enteré y, aunque le omití la verdad, sí le confesé que quién me ayudó a saber sobre el paradero de las chicas cuando las secuestraron era un Vigilante, y que él se encargó de decirme sobre el parentesco entre la hija de Enoc y la de Lucius.

—Es obvio, padre —señalé, y me miró, estudiando mi actitud—. Le dijiste a Isabella que te recordaba a alguien que apreciaste mucho, ahora sabemos que se trata de Leah. Y mi contacto me dijo que Amelia también era hija de la mejor amiga de madre. Así que no es difícil sumar uno más uno, pero quiero que me lo afirmes.

Hizo un sonido como de risa irónica, aunque su boca se mantuvo en una línea recta.

—No voy a faltarle a la memoria de John contándote sus secretos, pero sí, Elijah, no te equivocas, él sabía que Amelia era hija de su mujer. —Apreté los puños, pues, así lo tuviera seguro según mis deducciones, que padre lo confirmara me hizo ver una verdad que no era fácil de digerir—. A mí también me tomó por sorpresa cuando lo supe, porque me creí la mentira de la chica cuando dijo que era hija de otra de las ex de Lucius, pues él siempre fue muy reservado con su vida y si supimos que procreó con Leah fue porque ella se volvió parte de Grigori cuando estuvo con Enoc, y mi amigo me pidió apoyo en cuanto su mujer quiso recuperar a su decendencia.

Escuché atento a padre, tratando de no perder la cordura, pues confirmé que Enoc era más hijo de puta de lo que lo creí, pero de nuevo no era capaz de juzgarlo del todo, ya que según Myles para su amigo y compañero no fue una decisión totalmente fácil. Sin embargo, él le aseguró que, así le doliera imaginar a Leah odiándolo por lo que hizo, mantendría a su hija, su sangre, a salvo de sus enemigos costase lo que costase.

—Cuando John me dijo que me ayudaría a quitarme el problema de encima, luego de que le pidiera apoyo ante la inminente guerra con Lucius que se me vendría encima, no imaginé sus planes detrás de su ayuda. Él los mantuvo solo para sí mismo hasta que consiguió que Elliot ejecutara su traición. Y, aunque no lo creas, estuve a punto de matar a mi sobrino por lo que te hizo, entonces John intervino y me dijo la verdad, haciéndome ver que yo también era culpable, puesto que fui quien puso al tanto a mi compañero de que la chica estaba contigo.

»Pero ellos nunca quisieron la muerte de Amelia, lo único que buscaban era devolverla con Lucius para que él dejara en paz a Isabella. No obstante, el maldito tenía otros planes y la mandó a asesinar sin remordimiento alguno. Fue entonces que me enteré que la chica era la hija de Leah.

Hasta esa noche tuve verdaderamente claro por qué padre perdonó a Elliot con tanta facilidad, ya que siempre creí que solo se debió a que no me dejó morir, cuando en realidad era porque conocía esa parte de la historia que yo ignoré, y porque también se creía responsable del final de Amelia.

—¿Crees que Isabella debería saber que tuvo otra hermana? —le pregunté antes de irme de la oficina.

—Sí, pero, si te soy sincero, no es el momento. Deja que primero procese todos los cambios que está experimentando, ya que no la está teniendo fácil —aconsejó, y asentí.

Aunque mi padre ignoraba que Isabella no solo se enteraría de que tuvo más hermanos, sino también que la persona detrás de aquella máscara que tanto odiaba era su sangre.

Jodida mierda.   

 

 

Las semanas pasaron y con ellas, la oportunidad de decirle a Isabella la verdad, pues siempre existía una razón u otra para dejar esa conversación para luego. Me excusaba con que la chica se encontraba demasiado estresada, lidiando con situaciones en las que no necesitaba más mierda de la que ya tenía. Entonces llegó el baile de Inferno, (una gala a la que ella no quería asistir, pero a la que estaba obligada a ir por ser la sucesora de su padre), un evento que deseé convertir en ameno para la Castaña y por lo mismo preparé todo para que esa noche fuera nuestra y de nadie más.

Era mi oportunidad para darle un poco de lo que tanto quería de mí y que con ello Isabella deseara quedarse más tiempo en la ciudad, pues habíamos ido a Newport Beach días atrás y noté de nuevo sus ganas por alejarse a pesar de que no la estábamos pasando mal juntos.

—Si me voy a exponer a ese tipo de peligro, al menos merezco saber por qué no te das una oportunidad con ella, LuzBel —se quejó Laurel.

Estábamos en un restaurante esa tarde, ella había llegado a la ciudad porque por la noche asistiría a la velada en Inferno, pues quería captar una imagen excepcional de la Castaña y mía en un momento especial, para integrarla de manera digital al relicario que su padre ya estaba fabricando. Incluso me había enviado una lista de canciones que podía utilizar para que bailara con Isabella, encerrando Apologize en un círculo rojo y añadiendo una nota que decía: esta es la que mereces que ella te dedique.

Me había reído de la sugerencia, pero también la sorprendí, ya que escogí esa, y no porque merecía que la Castaña me la dedicara a mí, sino más bien porque muchas de esas estrofas eran cosas que yo quería decirle a ella, pero que me tragaba para no bajar la guardia y ponerle más dianas en la espalda.

Esas semanas, de hecho, estuve siendo un poco como quería ser con ella cuando estábamos en mi apartamento o en casa de mis padres, pero en el cuartel o en los lugares públicos donde nos dejábamos ver juntos fui frío y hasta distante para que nadie ajeno a nosotros dos creyera que la chica era para mí algo más que un acostón constante.

—Deja de ser cotilla, Laurel. Y confórmate con el hecho de saber que no te pediré ayuda con ningún regalo de cumpleaños si no es para Isabella —reproché, y la cabrona no consiguió esconder su sonrisa burlona.

Se puso un poco nerviosa en el momento que le dije que a Inferno irían Vigilantes, aunque le aseguré que no dejaría que nadie la dañara. Ya le había pedido a uno de los Grigoris que la escoltara en todo momento y el senador me extendió una invitación especial en la cual la identificarían como una persona ajena a las organizaciones.

Aunque no negaría que me sentía un tanto inquieto de que Amelia se apareciera para joderme los planes, incluso cuando Marcus me aseguró que la chica prefería evitar ese tipo de eventos, pues seguir muerta ante todos y utilizar su identidad como Fantasma le era beneficioso para conseguir sus objetivos.

—Bien, como quieras. Haré mi trabajo esta noche y posiblemente luego me vaya con un enmascarado. —Negué divertido con lo que dijo. Esa era Laurel siendo Laurel—. Mañana te enviaré las imágenes para que escojas una, así que, por favor, sé fotogénico y déjame ver al idiota enamorado.

—Vete a la mierda —refuté, pero me reí.

Laurel se puso de pie y tras darme un beso en la mejilla se marchó sin decir nada más, con una sonrisa triunfante en el rostro, meneando las caderas con tanta sensualidad que vi a un par de tipos teniendo problemas con sus acompañantes por no controlar la mirada y clavarla en el culo de mi amiga.

Y más tarde fui yo el que no pudo controlar la mirada al deleitarme viendo a Isabella inefablemente hermosa, enfundada en un vestido negro que me hacía querer arrancarle los ojos a todo aquel que se atreviera a mirarla demás. La chica incluso vestida con el mismo color que las demás mujeres en Inferno, sobresalía ante todas. Su belleza era incomparable e insuperable, y ese collar dorado pegado a su cuello me estaba dando ideas tan perversas que por un momento deseé arrastrarla a una habitación vacía para darle rienda suelta a mi imaginación.

Quería hacerla mía, confirmarle de una manera carnal que no le permitiría irse de mi lado. Dejarle claro que ser egoísta era un defecto en mí, y con ella mi posesividad se elevaba a niveles enfermos.

Mierda, no quería ni podía sentir más por White, pero necesitaba que ella sintiera todo por mí. Me urgía colarme hasta lo más recóndito de su alma, hacer que me amara hasta que no existiera retorno para nosotros. Con esa Castaña quería remarcar más una de mis reglas: antes de mí, muchos. Después de mí, ninguno.

—Recibiría una bala por ti, Castaña hermosa —susurré en su oído y me aferré más a su cintura.

Me había preguntado por qué escogí esa canción y cuando le dije la razón sin mencionar a Laurel, porque no jodería ese momento con el nombre de mi amiga, quiso saber qué estrofas le dedicaba y le susurré la que menos me comprometía, aunque era igual de verdadera que las otras, y la dejó sin palabras.

O eso pensé hasta que dijo algo que me dejó a mí en jaque.

—Te sigo amando con un rojo fuego, Elijah. Y no, no creo que el mío se vuelva azul. —Me tensé porque de nuevo estaba diciéndome esas palabras, dejándome ver que sentía por mí algo que yo no merecía.

Demonios.

Era un jodido imbécil porque estaba consiguiendo lo que me propuse, pero me abrumaba cuando Isabella lo dejaba tan claro a pesar de que me lo demostraba incluso con sus demonios torturándola. Miré detrás de ella al notar en la escalinata a una rubia que no había dejado de estudiarnos mientras bailábamos y me tensé todavía más al ver que me hizo un gesto leve con la barbilla para que la buscara.

Me cago en la puta. Eso no podía estar pasando.

—Isabella…

No conseguí decir más gracias a que las luces se apagaron. Fue fugaz, pero no accidental, ya que noté algo en las manos de la rubia e intuí que ella tuvo que ver con el apagón para animarme a seguirla. Usaba una máscara que le cubría el rostro completo, lo que me hizo pensar que se trataba de Amelia, y más por el hecho de que me reconoció.

—Quiero que te quedes aquí, White. Tengo algo que averiguar —exhorté sabedor de que no podía provocar a Amelia, pues con ese apagón me indicó que estaba manejando las cosas a su favor.

—Dime qué sucede —replicó, y negué yéndome sin decirle más.

 —Quédate con White y pobre de ti si algo le pasa —le dije a Evan al encontrarlo en mi camino.

Iba hacia nosotros, lo que me hizo ver que él también se puso alerta con ese apagón.

—Le he pedido a nuestros hombres que se aseguren de que nada raro esté pasando —avisó él, y asentí.

Me apresuré a llegar a la escalinata y vi a la rubia mirando con sutileza sobre su hombro para asegurarse de que la seguía. Al subir a la segunda planta noté que me estaba guiando a una habitación y me tensé, pero no me detuve hasta que entré siendo precavido, aunque consciente de que si esa era una trampa ya había caído en ella desde que comencé a seguir a la tipa.

—¿Quién demonios eres? —pregunté en cuanto cerró la puerta detrás de mí y me giré para verla.

No habló, en lugar de eso se sacó la máscara y fue un alivio no reconocerla, pues sus rasgos finos eran muy diferentes a los de Amelia. Tenía los labios rellenos y ojos azules, de estatura media, delgada y bonita, así como asustadiza, pues palideció por mi manera de hablarle.

—Me ha enviado Marcus. Él no puede comunicarse contigo porque descubrimos que su móvil ha sido interceptado, así que no puede hablarte más —dijo con la voz nerviosa. Saber que era enviada por ese moreno me hizo sentir un poco más tranquilo—. Ayer descubrió que han puesto en marcha un plan para poder llegar a ti y a tu chica.

—¿Mi chica? —sondeé fingiendo confusión, y ella sonrió, pero no fue con malicia o burla, sino más bien con calidez.

—Marcus todavía no sabe los detalles del plan, pero sí que aquí hay gente con órdenes de secuestrarla si se les da la oportunidad, faltando a la tregua que tienen en tierra neutral. Por lo que se vio obligado a pedirle apoyo a Sombra para evitar que lleguen a ella y que así tú tengas tiempo de actuar.

Me enfureció que Marcus inmiscuyera a ese tipo, pero también comprendí que hizo todo lo que estaba en sus manos para darme tiempo.

—Atención a todos —hablé apretando el intercomunicador en mi oreja y cuando me dieron respuesta estuve a punto de continuar, pero la rubia me detuvo.

—Violaron los servidores de Grigori, no los alertes —recomendó, y la vi presionar el aparato en su mano—. Es un inhibidor de señal —explicó.

—Jodida mierda —reproché.

LuzBel, ¿qué pasa? —preguntó Jacob por el canal que mantenía abierto con ellos.

La chica me mostró un intercomunicador que no era de los nuestros y subió el volumen, permitiendo que escuchara a Jacob a través de este cuando él me llamó de nuevo. Era la prueba de que lo de los servidores era cierto y eso me hizo apretar la mandíbula.

—Distrae a Isabella. Me ha salido una oportunidad que no quiero dejar pasar —le pedí fingiendo que estaba a punto de divertirme como en los viejos tiempos.

—¿Me estás jodiendo, hermano? Acabas de estar bailando con Isa, casi la has meado encima para dejar claro que es tuya y ahora estás buscando follar con otra —me reprochó él.

—De nuevo, cúbreme, no quiero dejar pasar esta oportunidad. La chica parece rusa y ya sabes que es una nacionalidad que deseo tachar en mi lista. —Vi a la rubia rodar los ojos por mi cabronería y Jacob rio.

—No tardes.

Cerré la comunicación tras su recomendación y maldije.

—¿Qué más han violado? —Quise saber.

—De momento solo los servidores de las radios e intercomunicadores. Aunque están intentando acceder a los móviles —explicó ella—. Según Marcus, la Tríada les está ayudando gracias a un favor que le deben a Fantasma. Él busca quitar de su camino a la chica que te acompaña y lo hará para siempre después de torturarla.

Negué, no dejaría que eso pasara, no mientras yo estuviera vivo y pudiera evitarlo.

—¿Cómo hará Marcus para avisarme lo que descubra?

—Yo me encargaré de eso, por ahora vete ya de aquí para que no sospechen. No pueden verme contigo —recomendó.

—¿Cómo te llamas y por qué Marcus confía en ti? —pregunté antes de irme.

—Mi nombre es Alice y soy hermana de Marcus —explicó, y la miré con sorpresa, ella era blanca y Marcus moreno. Sonrió cuando vio mi reacción—. Soy adoptada —aclaró.

—¿También eres parte de los Vigilantes? —Negó con la cabeza en respuesta.

—Soy parte de la Unidad contra Delitos Cibernéticos. —Alcé una ceja por su área de trabajo y ella rio—. Es irónico, lo sé, pero lo que yo hago no tiene nada que ver con mi familia —explicó, y me encogí de hombros, pues no era nadie para juzgarla.

No cuando yo era parte Grigori, una organización contra el crimen organizado que se lucraba cuando convenía de las porquerías que el gobierno quería ocultar.

—Estaré atento a lo que sea que tu hermano quiera comunicarme —dije a manera de despedida, y ella asintió.

Me fui de la habitación dispuesto a buscar a Isabella para sacarla de Inferno, y casi mato a Evan cuando llegué a la pista y él me informó que la dejó ir sola al baño. Y estuve a punto de asesinarlos a todos en cuanto llegué a los jodidos baños y no la encontré por ningún lado. Todo tipo de mierdas llegó a mi cabeza luego de lo que Alice me advirtió y maldije por haber confiado en Evan.

—Cálmate, LuzBel. No es justo que vengas a querer matarnos cuando tú la dejaste por irte a…

Tomé a Jacob de las solapas de su esmoquin, perdiendo el control cuando toda mi mierda se fue hasta arriba por no encontrar a Isabella. La había buscado como loco habitación por habitación y hasta me arranqué la máscara al sentir que me ahogaba.

—Así me haya ido al fin del puto mundo, les di una orden, imbécil —espeté—. Y no mierdas la cumplieron, así que, si a esa chica le llega a pasar algo, créeme que no les alcanzará la vida para pagármelo.

—Ya, hombre. Tienes razón —cedió y alzó las manos.

Lo solté de golpe y traté de controlar mi respiración. El aire cada vez se escaseaba más de mis pulmones.

—Vayan a la otra ala, yo terminaré de buscar aquí —le exigí a él y los demás, y ni siquiera esperé respuesta.

Empecé a abrir habitación por habitación y, cuando estuve a punto de comenzar a gritar el nombre de la Castaña, la encontré finalmente en la última recámara de ese pasillo, y en ese momento sí que me ahogué por lo que vi.   

Sombra no había llegado para apoyar a Marcus, lo hizo para tocarme los cojones de una manera que jamás debió. Y lo haría arrepentirse el resto de su puta vida por eso. 

Doblegaste mis demonios

Elijah

 

Llegué al cuartel hecho una furia, con la necesidad de molerme a golpes con el que estuviera dispuesto a morir en mis manos, pues lo que pasó con Darius en su traje de Sombra no me bastó. El bastardo hijo de puta me provocó a niveles insondables y si me detuve fue solo por su amenaza de hablar sobre cosas que todavía no podían ser dichas.

Mierda.

El tipo ya tenía conocimiento de que le ocultaba la verdad a Isabella, aunque sospeché que él tampoco sabía cómo enfrentar a su otra hermana adoptiva. ¡Maldición! Ni siquiera me iba a fijar en que el malnacido la besó siendo hija de quién era, porque era obvio que no compartían sangre y menos una relación familiar al haberse criado alejados, además de que Leah no le mencionó nada a la Castaña de su vida antes de conocer a Enoc.

—Me cago en la puta que te parió, maldita mierda —largué estrellando en la pared de mi oficina el vaso de cristal luego de acabarme el trago que me serví.

Había llegado ahogándome, con la ropa hecha tirones, torturándome una y otra vez con lo que imaginaba, así de patético. Ni siquiera vi a Isabella besándose con ese bastardo, pero la encontré compartiendo una intimidad con él que solo quería para mí, y que me haya confesado que se besaron cuando ya lo sospechaba, porque su labial corrido era la prueba de ello, me despertaba una puta locura de la que yo mismo me sorprendía. Aunque lo que me desquiciaba más era saber que disfrutó de otra boca que no era la mía.

 

—¡Por Dios, LuzBel!

—Qué bueno que sepas que en este momento no hay nada de Elijah en mí para ti.

—No seas injusto, por favor. Yo creía que estaba contigo.

—¿Incluso cuando la luz estaba encendida y te tomaba de la cintura?

—Ese fue un momento de vulnerabilidad porque el imbécil me recalcó que estabas con otra.

—Entonces, ¿sí lo disfrutaste?

—Solo correspondí porque creía que eras tú, joder. ¿Qué acaso no viste que están vistiendo iguales, que incluso en la fisionomía ambos son muy parecidos? Es bastante obvio que me confundí, LuzBel.

—Yo no te pregunté eso, White. ¿Lo disfrutaste? ¿Isabella?

—Sí. Lo disfruté porque en mi mente te besaba a ti, no a él. Si yo hubiera sabido que era otro hombre y no tú, no me hubieses encontrado aquí. ¡Entiéndelo, joder!

—Entiendo que el hubiera no existe, White. Y, sobre todo, entiendo que es muy fácil que me confundas con otro. Esto se está volviendo demasiado difícil.

 

—LuzBel.

—Vete —le exigí a Jacob en cuanto entró a la oficina y me sacó de ese jodido recuerdo. No me importaba nada de lo que quisiera decirme, y no quería desquitarme con él la furia y los celos que me provocó esa mierda enmascarada.

¡Puta madre! Era el colmo que una me traicionara y la otra me confundiera.

—No, viejo. No me iré —aseguró Jacob, y lo miré con una clara advertencia de que no era buen momento para que me tocara los cojones—. Estás en todo tu derecho de sentirte furioso porque ese bastardo se haya aprovechado de las similitudes que tenían vistiendo iguales, pero debes entender que…

—¡No, Jacob! No me jode que ese maldito se aprovechara de eso —grité para que se callara—. ¡Me enerva! ¡Me vuelve jodidamente desquiciado que White no lo hubiera reconocido! ¡Que haya sido tan fácil para ella confundirme cuando yo…! ¡Joder! —Lancé otro vaso vacío hacia la pared y luego tomé la botella de bourbon para beber directamente de ella.

Yo solo necesitaba de un maldito sentido para reconocerla, y aun sin ninguno sabía que igual lo haría porque, si no era yo, la reconocerían mis demonios.

Y sí, vi su dolor cuando la obligué a marcharse con sus escoltas, cuando le recalqué que se limpiara los labios y le prohibí que repitiera lo que sentía por mí, porque me convertí en una bestia que no era capaz de escuchar razón alguna, únicamente deseaba follarla, besarla hasta que se ahogara y supiera reconocer mi boca, mi cuerpo, a mí. Pero me contuve y decidí que la distancia era lo mejor entre nosotros, ya que, incluso con esa locura en mi cabeza, pensé en que ella no merecía mi trato narcisista, que no podía tomarla con rudeza ni dañarla de ninguna manera, pues en el fondo recordé su miedo cuando se perdía en sus pesadillas y cómo actuaba si no me veía el rostro y eso… mierda.

No era ningún estúpido y lo que sospechaba era capaz de ponerme peor de lo que ya estaba.

—¡Demonios! Nunca te había visto tan fuera de control —señaló Jacob, y volví a beber de la botella de bourbon, mirándolo con ganas de asesinarlo. Él alzó las manos en señal de rendición y no ocultó su sonrisa—. Sé lo que sientes, me pasaba cuando…

Calló antes de soltar lo que diría, pero yo lo escuché en mi cabeza: cuando veía a Elsa conmigo.

—Sabes bien que, si yo hubiera sabido lo que te pasaba con ella, me habría hecho a un lado —repliqué.

Él sabía que no le mentía, yo no amé a Elsa de la manera en la que Jacob lo hizo, aunque ella sintió más por mí. Tampoco estuve con la chica por joder a sus pretendientes y nada me hubiera hecho más feliz que hacerme a un lado para ver a esos dos juntos, así que no podía comparar.

—Lo sé, solo quería dejar claro que te comprendo —aclaró—. Y también sé que pronto entenderás que lo que ha pasado esta noche ha sido un ataque más de los Vigilantes, hermano. Así que no caigas en su juego. —Reí sin gracia.

Desde sus zapatos era fácil comprenderlo, pero no desde los míos.

—Han violado el sistema de seguridad de la organización y están intentando acceder a nuestros móviles —informé cambiando de tema.

No quería seguirme enfocando en lo que pasó con la Castaña al menos por un par de minutos.

—Eso no puede ser posible, LuzBel. Con Connor y Evan nos hemos encargado de encriptar bien la red, tenemos profesionales cibernéticos en esto.

—Es posible, Jacob. Por algo te lo estoy diciendo, así que encárgate de asegurarnos de nuevo —refuté, y maldijo, dándose la vuelta para irse de mi oficina y ponerse en ello—. Y por cierto. —Me miró sobre su hombro al escucharme—. Sé que he estado ocupado con todo lo que ha pasado desde la muerte de Enoc, pero no creas que he olvidado lo que te prometí. Vamos a vengarnos cueste lo que cueste —aseguré, y él asintió.

Era consciente de que con la sed de venganza llegaba la desesperación, pero yo ya había vivido una experiencia similar cuando creí que asesinaron a Amelia, y cometí muchos errores; así que con Elsa ya sabía que debía ejecutar mis planes con maestría, aunque se tardaran, por eso no haría nada con prisas y dejaría que Derek se confiara hasta que se descuidara y creyera que no pagaría lo que le hizo a las chicas.

Y pobre de él si actuó como me temía, porque al tenerlo en mis manos le haría entender que para vivir un infierno no era necesario que muriera. Y ni siquiera me importaba confirmarlo, se lo cobraría por lo que sospechaba.

—¿Vas a decirme por qué todo mundo tiene miedo de interrumpirte? —La voz de Dylan me sacó de mi concentración.

Me había aburrido de beber licor y no emborracharme para olvidar lo que pasó en Inferno, así que me encerré en mi estudio de tatuajes y me puse a crear un diseño que ni siquiera sabía si utilizaría. Era una pieza con la que estaba muy familiarizado y la hice pensando en otra que diseñé meses atrás, justo la noche en la que Isabella me hizo correrme en los pantalones como un adolescente precoz, al darse placer frente a mí y no dejar que la tocara.

Maldición. Extrañaba esa versión de ella, la temeraria, la que me provocaba hasta el punto de la locura.

—Porque son más inteligentes que tú —le respondí a Dylan con sorna.

Era la una de la madrugada, pero, con la alerta de los servidores comprometidos, toda mi élite y la de mi padre se hicieron presentes para solucionarlo lo antes posible, por esa razón Dylan también había llegado.

—¿Qué pasó en Inferno, LuzBel?

—No es momento para que toques ese tema. Así que no despiertes lo que apenas he logrado adormecer mientras diseño —advertí y de soslayo lo vi reír.

—Bien, si quieres hablar de Isabella, ya sabes dónde encontrarme. —Bufé por su manía de patearle la cola al diablo sin importarle que ya ardía.

Escuché que cerró la puerta y seguí concentrado en lo mío hasta que entrada la madrugada el sueño al fin me venció y me recosté en la camilla donde tatuaba. Y cuando la mañana llegó, Roman tuvo la delicadeza de avisarme que padre había convocado a todos a una reunión en la que por supuesto asistiría la Castaña.

Le envié un mensaje de texto a Myles diciéndole que yo no estaría presente en la reunión porque tenía algunos asuntos personales que atender, pero que White y los chicos se encargarían de ponerlo al tanto de todo; y, tras asegurarme de que Isabella se fuera del apartamento, decidí llegar ahí para tomar una ducha y cambiarme de ropa.

—Me cago en la puta —espeté al ver el mensaje de Amelia y la foto que adjuntó.

Sabía que se trataba de ella porque era la única que podía enviarme un mensaje de ese tipo. En la foto aparecíamos Isabella y yo en ese mismo apartamento, abrazados mientras veíamos la tele. Miré hacia la sala, a la ventana que estaba a un costado del sofá, y al ver la imagen supe que nos fotografiaron desde el edificio de enfrente.

Amor, ¿tan desesperado por escucharme has estado? —Esa fue la respuesta de Amelia cuando descolgó el móvil.

Le marqué porque no estaba seguro de escribirle a mi gente para que revisara la zona del condominio donde vivía sin que ella lo supiera, pues hasta que no me confirmaran que no habían hackeado los móviles no diría ni escribiría nada que me comprometiera.

—No sé qué pretendes, Amelia, pero no te conviene seguir con este juego.

—Pretendo que recuerdes que soy tan posesiva y celosa como tú, Elijah. Y que odio que me mientan en la cara —espetó ella en respuesta.

—No te he mentido, te dije que la follaba y puedo hacerlo donde se me dé la jodida gana.

—¿Tanto te gusta lo que te hace que hasta la premias con retozar a tu lado?

—Eso no te importa, jodida loca. Así que deja de provocarme porque no me tomas en buen momento. Y aleja a tu maldito hermano de mi gente si no quieres verte en la necesidad de conseguir a otro Sombra para que te cuide el culo.

—Elijah…

Corté la llamada sin darle oportunidad a que dijera nada más y lancé el móvil sobre el sofá.

—¡Puta madre! —grité desesperado.

Marcus le había pedido ayuda a Darius para proteger a Isabella de los Vigilantes en Inferno, así que era probable que acabara de cagarla por delatarlo con su hermana, pero no me importó lo suficiente en ese momento. Esa cabrona de Amelia me estaba haciendo dar tropiezos y debía controlarme antes de cometer un error peor.

Me restregué el rostro con frustración y pensé en mis probabilidades de salir victorioso de esa situación, así como en las improbabilidades. Amelia ya representaba un peligro grave que no podía ignorar, y mientras no soltara esa jodida verdad que me atragantaba, y no me asegurara que la Castaña estuviera bien protegida, tenía que alejarme de Isabella me gustara o no.

—Tenemos que hablar —le dije a Elliot cuando llegué de nuevo al cuartel y me encaminé a mi oficina sabiendo que me seguiría.

Connor me había ratificado que recuperaron la seguridad de los servidores y la reforzaron más que antes para que no los volvieran a violar, además me confirmó que podía usar mi móvil sin ningún problema.

—Tú también recibiste amenazas —intuyó Elliot luego de entrar y cerrar la puerta. Lo miré, alzándole una ceja a la vez.

—¿Te ha amenazado a ti?

—La semana pasada recibí unas fotografías de un número desconocido, me han estado siguiendo. Además, añadió un mensaje en el que asegura que le excita jugar al gato y al ratón, y que no descansará hasta cazarme.

—Voy a reforzar la seguridad de Isabella y me alejaré de ella. Te recomiendo que hagas lo mismo —aseveré, y no lo dije porque no soportaba la idea de que él aprovecharía mi distancia con la Castaña, sino porque Amelia iba tras su hermana para jodernos a nosotros.

—Tío Myles me comentó que hablaste con él sobre lo que pasó ese día en el motel, aunque no le mencionaste del regreso de tu chica —confesó y señaló, refiriéndose a cuando lo encontré con Amelia en la cama. Y no me extrañó, padre confiaba mucho en su maldito sobrino.

—¿Cómo mierdas le decimos a Isabella que Enoc entregó a su hermana para que la ejecutaran? —inquirí con enojo, pues el hombre nos dejó muchos problemas por ocultarle tantas cosas a su hija.

—Créeme que no duermo pensando en eso. Y no encuentro la manera de hacerlo sin ensuciar su memoria —admitió, y me sobé la frente con hastío.

—Voy a darme un par de semanas más para analizar, Elliot, pero, si no encuentro una jodida manera de suavizar este golpe, le confesaré todo a Isabella sin importarme si la memoria de su padre queda bien parada o no —advertí y lo vi asentir.

Él también era consciente de que sería inevitable no salpicar de mierda a nuestros muertos cuando habláramos.

—Antes de que eso llegue, concentrémonos en los francos débiles, ya que, en el momento que hablemos, Isabella quedará más vulnerable y accesible para que los Vigilantes intenten dañarla.

—Sobre mi cadáver le pondrán un dedo encima —espeté.

Él me miró serio, estudiándome, y frunció el ceño.

—¿Sigues haciendo esto por la promesa que le hiciste a John? —sondeó, y reí sin gracia.

—Por supuesto —solté con sorna y eso lo tomó por sorpresa—. Ahora vete y, si tanto amas a White, exponte con Amelia. A lo mejor con matarte a ti se calme.

El hijo de puta rio divertido y negó con la cabeza.

—Si fuera así de fácil, lo haría, LuzBel, pero tú y yo sabemos que Amelia únicamente desistiría de joder a Isabella si tú regresas con ella y le juras amor eterno.

Se marchó sin esperar respuesta y en mi interior supe que no estaba jodiéndome, pues yo también era consciente de que, si dejaba a White y buscaba a Amelia con la excusa de que la extrañaba y quería volver a estar con ella, la chica haría a un lado su sed de venganza al menos hasta que consiguiéramos fortalecer a Isabella en todos los sentidos.  

Y me planteé hacerlo durante un par de semanas. Dejé de ver a Isabella y evité encontrarme con ella, aunque nunca me descuidé de su seguridad, incluso cuando su propia gente se encargaba de custodiarla, no bajé la guardia y hasta conseguí que el edificio frente a mi condominio fuera desalojado, pues los dueños eran personas que se beneficiaban de Grigori, y junto a Connor y Evan nos encargamos de que los nuevos arrendatarios de los apartamentos fueran personas de confianza, que no se vendieran fácilmente para que nuestros enemigos tuvieran la posibilidad de vigilar a la Castaña.

—¿Haces esto para protegerla o porque tu orgullo todavía no te permite buscarla y prefieres seguir poniendo distancia entre ustedes? —me preguntó Dylan cuando se enteró de todo lo que estuve haciendo con los chicos.

Al parecer, Evan y Jacob eran unos cotillas y terminaron por contarle lo que pasó en la fiesta de Inferno.

—Si quisiera confesarme contigo, habrías escuchado de mí lo que pasó esa noche. —Bufé, y se cruzó de brazos.

Estábamos en el gimnasio de Bob, pues no quise entrenar en el cuartel para no cruzarme con su hermana. Y, así esos cuatro idiotas fueran mis amigos, no era de los que hablaba de mis cuestiones de cama con nadie, por mucha confianza que les tuviera y sin importar que solo haya tenido acostones pasajeros. Esas cosas me las guardaba para mí, y si ellos se enteraban era porque en varias ocasiones estuvieron a mi lado, cuando alguna oportunidad se me presentó.

—Perfecto, hablaré yo entonces.

—Dylan —advertí, pero me calló de golpe con lo que dijo a continuación.

—He estado saliendo con Tess desde hace dos años.

—Pero qué demonios dices —espeté, y él sonrió sin mostrar los dientes—. Espero que estés jodiéndome, imbécil, porque de ser cierto voy a…

—Siento mucho por ella, LuzBel —me cortó, y dejé de respirar bien—. Siento más de lo que alguna vez podré expresar en palabras y sabes a lo que me refiero.

—Cállate, jodido bastardo.

—Tu hermana es la única mujer que quiero a mi lado, viejo. Y estoy harto de fingir frente a ti que me interesan otras chicas —siguió como el temerario que era, despertándome las ganas de asesinar en un nanosegundo.

Le había pedido que se alejara de mi hermana solo porque los había visto demasiado cercanos en los últimos meses, pero nunca esperé que tuvieran dos años saliendo, maldición.

—¿Finges? —ironicé.

—¿Dime cuántas veces has visto que me lleve a una a la cama? —me retó, y automáticamente pensé en nuestras salidas.

Sí, siempre bailaba con otras chicas, flirteaba con ellas en son de juego y llegó un momento en el que me di cuenta de que no pasaba a más. A la única que se atrevió a tocar de una manera que todavía me enervaba fue a su hermana; y el recuerdo lo torturaba lo suficiente como para que yo no tuviera que joderlo más con eso. Aunque después siguió fingiendo a tal punto que llegué a creer que no le gustaban las mujeres, pero que no se atrevía a decirlo por miedo a ser juzgado.

Y joder, en ese instante entendí su actitud y preferí que me hubiera dicho que era gay antes de que me soltara que estaba con mi hermana.

—¿En qué puto momento sucedió que no me di cuenta? —reproché tomándolo con una mano de la playera.

Las personas en el gimnasio nos miraron, aunque no se metieron.

—Podrías ser solo mi amigo en este momento y no el jodido hermano celópata —sugirió, y lo tomé con la otra mano de la playera para que entendiera que no estaba bromeando—. No sé qué hacer, LuzBel. Desde que pasó lo del secuestro no quiere estar conmigo… me refiero a cerca de mí —explicó cuando gruñí—. Y anoche me cortó por medio de un jodido mensaje de texto. He ido esta mañana a casa de tus padres y sus escoltas me han prohibido la entrada —añadió desesperado, y tragué con dificultad.

Sus palabras arrasaron con mi furia y lo solté.

Isabella también dejó de estar conmigo durante semanas, pero traté de asociarlo con el hecho de que perdió a su padre, se creía culpable de la muerte de Elsa y encima estaba la tortura que recibió con el secuestro. Y, cuando me cansé de no saber qué más hacer para sacarla de la mierda en la que se hundió y quise enfrentarla, me buscó y me pidió que le hiciera recordar lo que se sentía estar conmigo; tuvo el control y follamos incluso con más pasión de la que tuvimos antes.

 

—Te amo. Te amo tanto, Elijah, que ahora mismo no me importa que tú no sientas lo mismo por mí, solo necesito que me dejes sentirlo también por ti.

—Joder, Isabella.

—Mi amor por ti va más allá de lo que yo misma puedo entender, Elijah Pride. Te amo con tanta intensidad que me alcanza, me sobra y me basta para sentir por ambos. Y no te pido que sientas lo mismo por mí, solo que me dejes sentir esto por los dos.

 

El escalofrío que reptó por mi cuerpo al recordar esa declaración me dejó un ardor insoportable en la piel. Pero no solo porque saber que me amaba era algo que me abrumaba, sino por todo lo que sospeché mientras la hacía mía, y que ella supo disimular para despistarme.

Negué con la cabeza y un tipo diferente de furia me invadió.

—Sé lo que estás sospechando —señaló Dylan con la voz enronquecida—, y de hecho yo también lo hice y se lo pregunté a Tess, pero me aseguró que no pasó y se indignó porque siquiera lo pensé.

—Puta madre —repliqué entre aliviado y desesperado.

Nos fuimos a los vestidores para tener un poco de privacidad y me contuve de matarlo para dejarlo hablar. Supe entonces que se sintió atraído por mi hermana desde que yo lo llevé a Grigori, pero me juró que jamás se atrevió a decirle nada por respeto a mí y porque ella era menor de edad, aunque cuando Tess puso sus ojos en él no descansó y hasta optó por darle celos con Cameron, ya que el tipo también parecía estar interesado en la pelirroja.

Y todo pasó en mis narices, pero no me enteré gracias a que conocí a Amelia, me metí en una aventura con ella, la rapté y luego me vi envuelto en la traición y su supuesta muerte. En otras palabras, no tenía ningún derecho a quejarme, ya que permití que me vieran la cara de imbécil por darle más importancia a lo que me sucedió a mí.

—Siempre hemos fingido, hermano. De hecho, ni Isabella ni Jane saben de nuestro tiempo juntos, simplemente han sospechado que estamos en algo, pero Tess no se los confirmó en ningún momento.

Dicho diferente, ambos supieron mantener bien ese secreto.

—Y yo que creí que esa tonta zanahoria me tenía miedo y por eso no se atrevía a buscar novio, o que ningún imbécil poseía el valor suficiente para acercarse a ella sabiendo que moriría en mis manos —satiricé, y rio—. Hasta creí que tú eras gay y que no tenías las bolas para aceptarlo.

—¡Demonios! ¿En serio crees que soy de los que no va a disfrutar de sus gustos por miedo al qué dirán? —se burló, y negué.

Por supuesto que le importaría una mierda lo que pensaran de él.

—No, solo eres del tipo que me tiene miedo a mí —lo chinché.

—No era miedo. Simplemente no quería que lo tomaras como una traición de mi parte —explicó y, aunque todavía no me agradaba la idea de que estuviera con mi hermana porque creía que nadie sería suficiente para ella, me alegró que fuera él quien lo intentara.

—¿La quieres?

—¿Tú quieres a Isabella? —devolvió, y me sobresalté.

—¿Qué mierdas dices? No estamos hablando de mí —rezongué.

—No, pero te estás acostando con mi hermana y tengo la misma preocupación que tú por Tess —se defendió y, ya que habíamos estado sentados en las bancas, me puse de pie para ir a mi casillero y tomar mis pertenencias.

—Lo mío con Isabella fue una aventura que ya llegó a su fin, Dylan. Por eso no la he buscado —aseveré, colocándome una gorra en la cabeza—. Fuimos un juego y ya hubo un ganador, así que es momento de iniciar otra partida.

—Hijo de puta, yo sabía que no eras digno de ella —largó, y sonreí de lado, dándole la razón en molestarse. Si él me hubiera dicho eso de Tess, habría dejado de respirar y pasado a mejor vida—. Y no dudo que la ganadora fue mi hermana al deshacerse de una mierda como tú.

Tragué con dificultad.

—No te equivocas, ella ganó —aseguré y comencé a caminar hacia la salida de los vestidores.

—Eres un cobarde, viejo —replicó.

—Tess va a buscarte y, cuando lo haga, no trates de salvarla. Jane tuvo razón en eso, ayúdala a encontrarse —aconsejé y seguí mi camino.

Joder.

Llegué a mi motocicleta pensando en la verdad que le dije a Dylan y que él pensó que fue burla. Su hermana había ganado ese juego, y no evité buscarla únicamente para despistar a Amelia o porque seguía celoso de que me hubiera confundido con ese bastardo y disfrutado del beso que se dieron. La evité también porque estaba esperando a que los sentimientos que se arremolinaban en mi interior se calmaran, pues no quería cagarla ni exponerla más.

Aunque cuando llegué a casa de mis padres me di cuenta de que alejarme de Isabella no dio del todo los frutos que esperaba, pues Amelia volvió al ataque enviándome unas fotografías de la Castaña; la había estado siguiendo en la universidad y la furia que me despertó me hizo más consciente de que White no fue solo el talón de Aquiles de sus padres y de Elliot, se convirtió también en el mío y dejé que mis enemigos lo descubrieran por más mierda que fui con la chica.

¡Maldición!

Sabía que la tipa no iba a responderme, pero sí que iría a donde le ordené, porque por muy cabrona que fuera se sometía a mí cuando era un hijo de puta. Y esa noche estaba dispuesto a elevar mi nivel con ella, ya que me hartó y no permitiría que siguiera tratando de intimidarme.

Y no la mataría, se iría viva y completa luego de que habláramos, pero con la certeza de que no era bueno joderme como lo había estado haciendo.

—Su invitada ya lo espera —avisó el recepcionista cuando entré al hotel.

Cité a Amelia en una suite de ese lugar que utilicé en varias ocasiones para llevar a mis conquistas, por lo que ya era conocido para el personal. Además, me había ganado un par de favores con el gerente. Todos ahí eran gente confiable, cosa que me hizo estar seguro de que no me mintieron en cuanto aseguraron que la chica llegó sola como le ordené.

Yo en cambio, llevé conmigo a un par de Grigoris fuera de mi élite.

—Mis amigos van a encargarse de la seguridad —le avisé, y el hombre asintió de acuerdo, tomando el fajo de dinero que deposité en su mano tras darle un apretón firme como agradecimiento.

Respiré hondo al meterme al ascensor, esa noche sería decisiva tanto para Amelia como para mí.

—¡Al fin, amor! Ya me estaba desesperando —exclamó ella al verme entrar a la suite.

Estaba sentada en un otomana, mirando su móvil, pero en cuanto me vio se puso de pie. En la mesita al lado de ella estaba un vaso de cristal corto con licor. Y por la marca de labial en él intuí que ya había estado bebiendo.

—¿Qué demonios pretendes con enviarme esas fotografías? —escupí con furia y no detuve mi paso hasta llegar frente a ella.

Tenía música suave y se tomó el atrevimiento de adecuar el ambiente con intimidad.

—Recuperarte —dijo tranquila, y reí con burla, tomándole las muñecas en el momento que intentó envolver sus brazos en mi cuello.

—¿Y de verdad crees que lo vas a lograr de esta manera? —pregunté irónico—. ¿Amenazándome con ella?

—Si no lo consigo así, entonces dame la oportunidad de demostrarte que aún hay mucho entre nosotros —habló con voz sensual y retrocedió un paso.

Sin decir nada más se sacó el vestido que usaba y lo dejó caer a sus pies, quedando desnuda frente a mí. Como hombre aceptaba lo bella que lucía en su traje de Eva, con el cabello suelto y bien arreglado en ondas, calzando sandalias de tira y taco alto en color oro. Estaba más guapa de cómo la recordaba. Había cambiado mucho física y mentalmente en esos años, pero yo también lo hice, para su buena o mala suerte.

—Te deseo, Elijah. Te quiero conmigo, a mi lado. Ya basta de castigarme con esa maldi…

—¿Y qué parte sigue ahora? —la corté de golpe y la cogí de la nuca, no para dañarla, sino como advertencia—. ¿Esa en la que me voy sobre ti y te devoro la boca tanto como el cuerpo? —cuestioné con burla y noté que se avergonzó porque no reaccioné tal cual ella esperaba. Y ni siquiera sentí remordimiento por eso—. Veo que has tenido tiempo de ver muchas películas, Amelia, pero nuestra vida no es una, no funciona así —recalqué y la solté—. No soy el imbécil protagonista que se irá sobre ti y te follará de todas las maneras que existen porque, aunque me encante follar, este no es el momento ni tú la chica a la que quiero hacérselo… ¡Mierda! —me quejé cuando me abofeteó con fuerza e ira.

—¡Maldito hijo de puta! —espetó y quiso golpearme de nuevo, pero la detuve—. ¡No eres más que otro estúpido marica, Elijah Pride!

—¡¿Marica porque no quiero usarte?! —mascullé sin soltarla ni dejarla responder—. Agradece que aún me queda un poco de respeto hacia ti y por eso mismo no te uso de la manera en la que he usado a muchas mujeres —le aclaré y sus ojos se abrieron demás.

—¡Haré que te arrepientas por humillarme así!

Los lados de mi boca se inclinaron hacia arriba, destilando alevosía.

—Sigue tu vida y no me jodas, Amelia Black. Olvídate de mí, de mi familia y sobre todo de Isabella. Es la primera y última vez que te lo advertiré. —Presioné más su mano para que quedara claro que no estaba jugando—. Haz lo que mierdas quieras, pero deja de meterte conmigo porque te aseguro que, donde llegues a hartarme, no te gustará tenerme como enemigo. —La solté y tomó el vestido para cubrirse—. Y no vuelvas a llamarme por mi nombre, para ti dejé de ser Elijah, ya que la mujer que ahora eres solo merece conocer a LuzBel.

No pudo decirme nada, simplemente siguió vistiéndose con celeridad, escondiendo su mirada acuosa de mí, queriendo ocultar que la dañé con mis palabras y mi desprecio. Y, consciente de que después de eso no hablaríamos sin seguirnos amenazando, me di la vuelta dispuesto a marcharme.

—No sigas ensombreciendo el recuerdo que ya tengo de ti, porque si antes no te odié por haberme traicionado fue solo porque te creía muerta —añadí como despedida. 

—¡LuzBel! —gritó con la voz enronquecida cuando llegué a la puerta. Estaba aguantando las ganas de llorar e iba encaminada a perder esa batalla con las lágrimas—. Te juro que tarde o temprano volverás a mí —habló recomponiéndose. No me giré para enfrentarla, ya no iba a perder mi tiempo—. ¡Te juro por Dios que volverás a mí y esa estúpida llorará sangre!

—No creo en tu Dios, Dahlia —le recordé.

Dicho eso me fui de esa suite, dispuesto a volver a donde pertenecía.

____****____

—Deberías consultar acerca de esos dolores de cabeza —le sugerí a Tess al día siguiente de mi encuentro con Amelia. Mi hermana negó. La encontré en la cocina con un vaso de agua y un bote de Advil abierto—. ¿Tuviste una mala noche?

—Son malas todas. —Bufó, y me tensé.

No éramos los más unidos y todavía me costaba imaginarla en algo con Dylan, así que me debatí entre hablar de él y su desesperación porque lo cortó, o concentrarme en otro tema que para ambos sería igual de incómodo.

—Son malas desde que sufrieron el secuestro —le recordé tanteándola, y reaccionó como lo esperaba: evasiva y nerviosa—. Ni tú ni esa castaña orgullosa han querido hablar de lo sucedido, pero tarde o temprano lo voy a averiguar.

No quería presionarla, aunque tampoco le haría creer que lo olvidaría así porque sí.

—Ya basta, Elijah —pidió tomándose la cabeza.

—Está bien si no me quieres hablar de ese maldito secuestro, Tess, pero tampoco quieres consultar con el médico sobre ese dolor de cabeza que sufres desde ese día, y eso es absurdo y negligente. No juegues con tu salud, joder. Y agradece que me preocupo por ti, tonta zanahoria terca. —Bufé.

—Ya, déjame en paz. Estoy harta de los médicos y de que me quieran referir a psicólogos cuando lo único que necesito es estar sola. —Alzó una mano cuando vio mi intención de hablar—. Y si de tercos hablamos, tú eres peor —se quejó y le hice un gesto de mano al saber a lo que se refería, y me di la vuelta—. Sí, vete, idiota, sigue dejando sola a la mujer que te trae loco y luego no te quejes cuando las sombras la acechen —se burló, y tuve muchas malditas ganas de estrellarle esa cabeza que tanto le dolía en la pared.

—Vuelve a decir eso y no respondo —rugí enfurecido y me giré para darle un escarmiento, pero fue lista y tomó un cuchillo de cocina, lo que me hizo alzar una ceja.

Podíamos ser violentos, pero nunca tocábamos armas para amenazarnos.

—¡¿Qué carajos les sucede?! —Nuestra madre llegó para suerte de ambos.

Rara vez nos hablaba de forma ruda, por lo que entendí que nos pasamos de la raya.

«Menos mal no se enteró de nuestra pelea en mi apartamento la primera vez que estuve con White».

—Tu hijito comenzó —se defendió Tess.

—Y te juro que voy a terminar si no aprendes a cerrar la boca —mascullé entre dientes.

—¡Elijah! —advirtió padre, uniéndose a nuestra pequeña reunión.

No dije nada, los ignoré y me giré para marcharme de ahí.

—Lo de Isa lo tiene mal. —Escuché a madre decir, y me limité a apretar la mandíbula.

No era solo Isabella y su maldita confusión, era también la loca de Amelia con su promesa de mierda y el presentimiento de que trataría de cumplirla. Y mi jodido orgullo que se había debilitado, pues cada día lejos de White me ponía fuera de control. Tenía que buscarla de una vez por todas y enseñarle a que me reconociera, así le pusiesen un clon mío frente a ella.

Ya no había vuelta atrás ni nada que esperar como le dije a Elliot, menos después de mi encuentro con Amelia. Estaba decidido, sacaría a Isabella del país si era necesario y le diría la verdad porque me era imposible continuar ocultándole algo tan grave. No estaba en mí callarme esas cosas y era estúpido querer proteger a una chica que únicamente buscaba joder a la Castaña.

¿Dónde demonios estaba mi maldita sinceridad y respeto por las personas que quería que me dieran lo mismo?

Desde que nos conocimos, a Isabella siempre le dije las cosas a la cara por más duras que fueran, y lo que evité decir fue solo porque no eran verdades que me correspondieran a mí confesar. Ni siquiera me importó dañarla al aceptarle que fue mi venganza hacia Elliot, incluso con la posibilidad de que me odiara y se quisiera alejar de mí como intentó hacerlo, se lo sostuve porque prefería que tuviera claro que nunca tendría miedo de ser franco con ella.

Y esperaba que, así me haya tardado, entendiera por qué le callé lo de Amelia, y que pesara el hecho de que le confesaría más de lo que imaginé que me atrevería a decirle.

¿Hablas en serio? —me preguntó Jacob cuando le llamé para que me ayudara a preparar el viaje.

Quería llevar a Isabella a un lugar donde estuviésemos solos, le diría cada maldita cosa que callaba y no le permitiría huir de mí por muy cabreada que se pusiera al enterarse de todo. Haría lo que fuera necesario para que me perdonara y tras eso la follaría hasta hacerle entender que si la cagué fue solo porque no deseaba que tomara la decisión de irse lejos de mí.

—Es la única opción que tengo porque lo que le diré la hará querer huir como el día de su cumpleaños. Y no estamos para que se exponga así —le expliqué a Jacob.

—Joder, LuzBel. La única manera que se me ocurre de que salgan de la ciudad sin que los Vigilantes se enteren es que alquiles un jet o viajen en un vuelo comercial con identidades falsas.

—Pues encárgate de eso mientras yo hago lo más difícil. —Lo escuché reírse de mí.

No solo le pedí ayuda con el viaje, sino también para que reforzara mi seguridad sin ser extremista, excusándome con que no lo hacía por mi cuenta porque necesitaba concentrarme en que después de semanas buscaría a Isabella.

Suerte con eso, hermano —deseó, y bufé una risa sardónica y corté la llamada.

Un minuto después salí del coche dispuesto a ir al de Isabella, pero ella salió de sus clases antes de lo que esperaba. Estaba en la universidad esperando a sorprenderla, ya Ella y Dom lo sabían porque les llamé mientras me conducía hacia allí. Y la Castaña ni siquiera se percató de mi presencia a unos cuantos aparcamientos del suyo, iba ensimismada en sus pensamientos, distraída.

Entendí entonces por qué Amelia la estaba siguiendo con tanta facilidad, pero ya me había encargado de charlar sobre esos descuidos con los escoltas de la Castaña y les prometí que, si seguían así, el castigo que les propinaría no iba a gustarles, y nadie me impediría darles su merecido cuando solo estaba viendo por el bienestar de su líder.

—¿A dónde vas, Bonita? —pregunté a la nada, al verla salir del coche tras haberse subido solo un par de minutos atrás.

Sonreí al reconocer el camino que tomó y me escondí entre los edificios. Iba a toda prisa, con su cámara, luciendo como una chica traviesa. Esperaba que recordar lo que hicimos en el viejo estudio de ballet la tuviera tan nerviosa.

Me escondí detrás de un árbol cuando miró a su alrededor. Dom estaba viendo lo que hacía y apretó los labios para esconder una sonrisa. Salí de mi escondite cuando él me avisó con un ademán que podía hacerlo y le asentí como agradecimiento.

—Asegúrense de que nadie vaya a entrar —les pedí al acercarme a la puerta del viejo estudio—. Y no se mantengan tan cerca —advertí, confiando en que no era necesario que dijera más para que entendieran mis intenciones.

—De acuerdo —respondieron.

Me adentré al estudio siendo silencioso, sonriendo con burla para mí mismo porque el corazón se me había acelerado y las manos las tenía heladas. El clima afuera era frío, pero no era para que las tuviera así.

Me detuve al llegar al espacio abierto del salón de ballet y encontré a Isabella sentada sobre sus talones, con los ojos cerrados y las mejillas rojas por lo que su reflejo en el espejo me dejaba ver. Parecía acalorada, y de nuevo la comparé con el cuadro que adornaba la pared arriba de mi cama en el apartamento que compartíamos.

«Incluso en el ajedrez, hasta un rey es débil sin su reina, muchacho».

La respuesta que el abuelo me dio en una de nuestras partidas llegó a mi cabeza mientras miraba a la Castaña. Me lo dijo luego de quejarme porque el hombre, tanto como el rey del ajedrez, tenían que hacer todo de un paso a la vez, pero la reina hacía lo que se le daba la puta gana, aun cuando eso podía hacernos perder el juego.

Me pareció absurda su respuesta años atrás, en mi adolescencia. Pero no en ese instante, no cuando yo estaba dispuesto a ir al infierno para proteger a esa chica. No cuando sentía que me ahogaba con la idea de que ella se fuera lejos, sin importar que no tenerla cerca era más ventajoso para que nadie quisiera manipularme por medio de ella.

¡Maldición! Isabella White me debilitaba tanto como me fortalecía.

Dejé ese pensamiento al percatarme de que la Castaña abrió los ojos y siguió con lo suyo: inmortalizando su entorno con la cámara. Todavía no notaba mi presencia.

—Jesús —susurró sacándose el abrigo que usaba.

Me posicioné donde uno de los espejos me reflejara y esperé paciente a que ella volviera a tomar la cámara para seguir en lo suyo. Sonreí con malicia en el momento que sus ojos miel se abrieron demás y tragó con dificultad.

Demonios. Me ponía enfermo cuando reaccionaba con timidez y deseo ante mi presencia.

—Todo se ve mejor a través del espejo, ¿no, White? —pregunté, logrando que recordara lo que le hice en ese mismo lugar. Y las situaciones o preocupaciones que nos mantuvieron alejados esas semanas desaparecieron en un santiamén.

No respondió a mi pregunta, se mantuvo presionando el botón de la cámara, fotografiando mi reflejo en el espejo, pero la manera en la que su pecho subía y bajaba, con respiraciones aceleradas, me indicó que era muy probable que su corazón y el mío estuvieran compitiendo por quién latía más rápido.

«No, Elijah, no te confíes ni te creas victorioso. Porque, aunque ahora creas que el que se enamora pierde, la vida se encargará de demostrarte que solo gana quien sabe amar».

Mi madre me había dicho eso días atrás.

—¿Todavía lo recuerdas? —preguntó Isabella, retándome en el instante que me acuclillé detrás de ella.

—Todavía te huelo en mis dedos —aseguré, y no supo qué decirme.

Me saqué el gorro de la sudadera, aunque mi cabello siempre quedó cubierto por la gorra que usaba con la visera hacia atrás. Sus mejillas se sonrojaron más que antes, pero aun con la vergüenza dejó la cámara en el suelo dispuesta a enfrentarme.

—¿Te has cansado de evadirme? —preguntó con dureza.

Jodida mierda.

La miré intentando contener una sonrisa, estaba molesta por mi ausencia y yo estaba a punto de volverme un caníbal y comérmela completa.

—No te he evadido, es solo que tú me has buscado en los lugares incorrectos mientras que siempre me has tenido a tus espaldas —confesé poniéndome de rodillas, rozando mi pecho a su espalda.

Me regocijó que la piel de su cuello se erizara y tragara con dificultad.

—Eras tú —aseguró, y supuse que se refería a que sintió mi presencia cuando se conducía al estudio.

—Querías hablar conmigo, aquí me tienes. —Se giró para quedar frente a mí tras mi respuesta.

—Deja de huir de mí, Elijah —susurró luego de escrutarme con la mirada y puso las manos en mis hombros. Por inercia me senté en el piso. Escucharla decir mi nombre era la jodida mejor cosa del mundo—. Sé que cometí un error esa noche, pero confío que en el fondo sepas que no todo fue mi culpa.

Mierda, no quería hablar sobre lo que pasó en Inferno, no necesitaba sacar a colación a un hijo de puta que me enfermaba y me jodería ese momento. Y menos mal que la siguiente acción de esa chica me regresó al presente, donde solo éramos ella y yo.

Se puso a horcajadas sobre mí regazo y contuve una sonrisa, tomándola de las caderas y deleitándome con nuestra cercanía, respirándonos, manteniendo al límite mi deseo por follarla de una vez por todas.  

—No huyo, White. Al contrario, he venido a buscarte —murmuré, tentado a morder ese labio carnoso del que era dueña.

Y del que yo me creía dueño.

—Dos semanas después —acusó. La estaba mirando a los ojos, tanteando en qué momento dejaría ese tema de lado.

A duras penas contuvo un gemido por mis manos arrastrándose hacia sus nalgas.

—En las que espero que hayas extrañado mis besos —refuté, aprovechando que ella quería hablar de eso—. Y, además, confío en que hayas entendido que si yo, siendo el hijo de puta que odias la mayor parte del tiempo, te reconocería incluso drogado; deseo que tú, Castaña terca, me reconozcas a mí aun cuando yo mismo te diga que soy otro —largué, y pegó su frente a la mía.

Se mostró culpable y maldije en mi interior porque no buscaba eso, simplemente quería que entendiera mi verdad. Yo podía ser el peor de los imbéciles, pero no le mentí, porque como dije antes: si no era yo, la reconocerían mis demonios.

—Son tus besos los que necesito, Elijah —musitó acariciándome el rostro—, tus caricias, tu forma de tomarme —siguió.

Me removí cuando mi polla no soportó más la tortura de tenerla sobre mí tocándome, y no meterle mano como deseaba. Quería que me sintiera en su sexo y por poco me corrí cuando jadeó. Bien, al menos me necesitaba tanto como yo a ella, y me sentí menos patético por pasar con las bolas azules esas semanas.

—Te he extrañado tanto —confesó, y rozó sus labios con los míos.

—Yo también te he extrañado, Bonita. —Acaricié su cabello y lo metí detrás de su oreja—. Y he necesitado hacerte mía cada noche —acepté con la voz ronca—. He ansiado como un maldito loco que grites mi nombre como si fuera tu oración favorita.

Estaba a segundos de volverme una bestia desquiciada a la que le negaron su comida por días, y se lo demostré cuando la hice molerse en mi polla. Isabella soltó el gemido que yo me obligué a contener cuando mi cresta conectó con su centro, reconociendo su lugar. 

—Perdóname por confundirte —susurró de pronto, y me sentí como una mierda.

«No, Bonita. Tú no tenías que pedir perdón por nada. Yo sí».

—¡Shhh! Calla, White. Olvidemos eso —pedí sintiéndome más cabrón de lo que era—, y mejor déjame hacerte mía como tanto he deseado, deja que grabe mis besos y caricias en todo tu cuerpo como esa disculpa que yo también te debo. —Jodidamente le supliqué. Y no me sentí imbécil por ello—. Deja que te haga gritar mi nombre hasta que ya no puedas más.

—Hazme el amor, Elijah —pidió, y sonreí de lado. 

«Si tú supieras, White».

—Haré lo que me sale mejor —aseguré—, follarte hasta que ardas en mi infierno y te quemes con mi frío —prometí dándole besos castos en la mandíbula.

—Ya lo hago—aseguró.

Eso era lo que me volvía loco de Isabella, que aceptaba, sin exigirme, lo que yo fingía; sin saber que por dentro le daba más de lo que pedía. Ignorando que así cabrón e hijo de puta, frío y ególatra, posesivo y egoísta como me mostraba, era capaz hasta de morir por ella si era necesario hacerlo.

«Fingiendo que no me importas ha sido la única manera de protegerte un poco de toda la mierda que nos rodea, Bonita. Pero ya no puedo contener más lo que me haces sentir, pues derretiste mi jodido corazón, doblegaste mis demonios y me hiciste sucumbir con lo que juré no volver a caer jamás». Pensé y, antes de soltarlo en voz alta, y desesperado por tanto tiempo sin sentirla y todo lo que estaba abrumando mi cabeza, me apoderé de su boca y la besé con algo más que deseo y pasión.

La besé con algo más que lujuria y la hice mía como debía ser.

Porque sí, joder. Isabella White era mía en cuerpo y alma, y quería demostrárselo de la única manera que sabía hacerlo: follándola como solo la follaba a ella.

Maldición.

Siempre me mofé con eso de que antes de mí pudo haber mejores, pero después de mí solo había peores. Y esa chica llegó para demostrarme que en mi jodida vida nunca hubo ni mejores ni peores, solo ella.

Únicamente ella. Mi maldita reina.

Die for you

Elijah

 

Una vez más ese estudio de ballet había sido testigo del fuego inevitable entre esa chica y yo. Nos dejamos envolver con el humo y nos perdimos entre las llamas de la pasión que emanábamos. Y cuando el polvo de la reconciliación llegó (dos en el caso de ella), nos quedamos acostados en el piso, recuperando el aliento, en silencio, disfrutando de la presencia el uno del otro.

Era increíble cómo hasta los silencios entre nosotros podían ser placenteros. 

—Deberíamos irnos antes de que nos descubran aquí —recomendó tratando de apartarse de mi lado, pero la retuve impidiéndole la distancia.

Se había echado el abrigo encima para cubrir su desnudez y luego se acomodó a mi lado, con la cabeza recostada en mi brazo y la pierna cubriéndome la pelvis, según ella para que no me vieran la polla por si alguien entraba de improvisto.

—Ni Ella ni Dom permitirán que alguien entre, Bonita —aseguré.

—¿Les dijiste que vigilaran porque hablaríamos?

—En realidad les insinué que te follaría.

—Jesús, Elijah. No puedes ir ventilando a diestra y siniestra lo que hacemos —me regañó, aunque lo hizo con una enorme sonrisa que no le cabía en el rostro.

Estaba tan radiante que creí que era capaz de iluminar más el estudio, y tras decirme eso soltó un suspiro que indicaba que al fin estaba en paz, lo que a mí me hizo sentir como un cabrón con demasiada suerte, puesto que era yo el causante de esa sensación y el dueño de esa sonrisa que la hacía más hermosa de lo que ya era.

—Vamos a nuestro apartamento antes de que te vuelva a follar aquí —pedí cuando el deseo por hundirme en ella me atacó como una crisis de abstinencia.

Le di un beso en la frente y luego la animé a apartarse de mí, sin ignorar lo bien que se sintió llamar nuestro a un lugar que siempre fue solo mío. Y que ahora ya no se sentía igual sin ella.

—Tienes prisa —se burló.

—Anda, White. No me provoques, porque a mí no me importa hacer que todo el campus sepa cómo te encanta rezar mi nombre entre gemidos de placer.

—Eres un pervertido —replicó escondiendo la sonrisa.

Yo también lo hice y luego la ayudé a ponerse la ropa para salir cuanto antes de ahí. 

La tomé de la mano y la conduje a mi coche, pidiéndole a Dom que se llevara el de ella, ya que por ningún motivo dejaría que esa Castaña se separara de mí, pues el tiempo que estuvimos lejos fue suficiente.

—Aprovecha a descansar, porque en cuanto lleguemos al apartamento pienso recuperar todos los polvos que me he tenido que aguantar este tiempo lejos de ti —advertí, y se mordió el labio.

—¿En serio te los has aguantado? ¿No te masturbaste siquiera? —preguntó con picardía, y la miré por un segundo al entrar a una carretera recta.

—Demonios, White. ¿No me digas que tú sí te masturbaste?

—Dios, Elijah. Claro que lo hice. ¿Tú crees que tengo todos esos juguetes de adorno? —resolló, y mi gesto de sorpresa la hizo soltar una carcajada.

Mierda.

No me esperaba eso, aunque la plenitud que me llenó el pecho, porque me mostró a la Isabella de antes del secuestro, barrió con los celos que me despertaron esos jodidos juguetes sexuales que tenía.

—Dime que te corriste pensando en mí antes de que me vuelva loco y detenga el coche para follarte aquí mismo, sin importar que nos apresen por exhibicionismo —la exhorté.

—Acabas de despertarme un lado temerario que me gustaría explorar.

—Isabella —aseveré, y volvió a reírse.

—Te dediqué cada orgasmo, Tinieblo demandante —concedió, y maldije porque puso la mano en mi entrepierna y comenzó a acariciarme.

—Joder, Bonita. Cuanto extrañaba esta versión tuya —confesé sin pensarlo.

No dijo nada, solo me sonrió en respuesta y sus ojos brillaron con deseo mientras seguía acariciándome.

Aceleré el coche arriesgándome a ser detenido por un oficial de tránsito, y deseando que a ninguno se le ocurriera hacerlo porque no estaba dispuesto a parar. Y menos mal mi deseo fue escuchado, ya que llegué al apartamento en tiempo récord y casi corrí hacia la puerta del copiloto para sacar a Isabella. Me la llevé en brazos, con sus piernas enganchadas en mi cintura y una sonrisa traviesa en el rostro por lo que me hizo hacer y, joder, me volví más loco de lo que ya estaba, dándome cuenta de que esa chica que tenía poco más de la mitad de mi tamaño, me puso a su merced.

Yo era tan suyo como a ella la creía mía.

—Estamos dando tremendo espectáculo —dijo sobre mis labios.

—Y lo llevaré a otro nivel donde no te apresures a abrir la jodida puerta —advertí en cuanto estuvimos en el apartamento.

—Bájame entonces —pidió. Lo hice a regañadientes.

Dejé mi llave en el coche, así que ella debía abrir con la suya. Y sospeché que se tardó más de lo necesario solo por joderme, pero no dije nada porque pensaba hacérselo pagar en unos minutos.

Le permití entrar primero y, tras hacerlo yo y cerrar la puerta, la abracé por detrás y respiré el aroma de su cuello, rozando mi pelvis en su culo para que sintiera cómo me tenía.

—No puedo saciarme de ti, Bonita —susurré en su oído, y jadeó, haciendo la cabeza hacia un lado para darme acceso a su cuello.

La acaricié con la nariz y de paso respiré el aroma de su piel hasta que los pulmones se me llenaron de ella.

—Ni yo de ti —aseguró. 

La giré en su eje y sin perder ni un segundo empujé su cuerpo contra el mío para hundir mis labios en los suyos, saboreando una vez más esa lengua viperina de la que era dueña. Mierda, no me cansaría de ella jamás, lo estaba comprobando mientras ahogaba sus gemidos con mi boca y le rogaba con mi cuerpo que no se fuera nunca.

Me apoderé de su trasero, apuñando su carne entre mis manos y la empujé hacia la isla del comedor sin dejar de besarla rápido y duro.

—Elijah —susurró sobre mi boca, y me aparté temiendo haber sido brusco, pues sentí que estaba perdiendo el control.

La deseaba como si no la hubiera tomado ya en el estudio de ballet.

—¿Te estoy dañando? —Quise saber, y sonrió.

—Se escuchó como que sí, pero en realidad me dañas con la espera —me tranquilizó y las curvas de sus labios volvieron a alzarse, con picardía esa vez.

—Maldición, White. Así nunca seré un caballero delicado —repliqué y a la vez respiré con dificultad al ver el calor del deseo en sus ojos miel.

No me respondió nada, se limitó a tomar los bordes de mi camisa y me la sacó en un santiamén, dejándola caer al suelo. Yo hice lo mismo con su ropa a la vez que ella me desabrochaba el pantalón, y se mordió el labio con descaro en el momento que mi pene saltó libre e hinchado por la necesidad de estar dentro de su cuerpo sexi y caliente.

Demonios. Esta era la Isabella que yo corrompí meses atrás, la hermosa chica inocente que llevaba por dentro un infierno sensual, capaz de hacer que me arrodillara ante ella. Y White no tenía ni idea de cuántas veces me había hecho caer ya.

—¿Tienes idea de lo loco que me vuelves? —le pregunté mientras enganchaba mis brazos debajo de sus rodillas y la atraía hacia el canto de la encimera.

—No —jadeó y se mordió más el labio inferior cuando la corona de mi polla se deslizó entre sus pliegues hasta acomodarme en su entrada.

—Me enloqueces con tu paraíso, White, pero tu infierno me pone a tus pies —aseveré y enseguida de eso me hundí en ella.

—¡Ah! —gimió.

—Puta madre —siseé entre dientes. Ella me cogió de la nuca y yo tuve que contenerme porque su humedad, calidez y la manera en la que su coño me apretaba, me provocaban unas jodidas ganas de correrme como un precoz—. Eres malditamente deliciosa.

Me incliné hacia ella y liberé una mano para tomarla de la nuca, bombeando mis caderas y hundiéndome hasta la empuñadura. Su coño me apretó más en cuanto encontré el vaivén perfecto, deslizándome de adelante hacia atrás con fuerza, presionando mi frente contra la suya para beberme sus gemidos y respirarla como la droga que introducía en mi sistema ese frenesí del cual ya era irremediablemente adicto.

Gimió con más intensidad cuando enrosqué los dedos en su cabello y su respiración caliente tembló en mi cuello, lo que me hizo cerrar los ojos y sostenerla con más fuerza en esa posición, pues podía sentir cada sacudida de su cuerpo y los latidos acelerados de su corazón.

—Mierda —gruñí cuando clavó las uñas en mis brazos y mordió el músculo entre mi cuello y hombro.

No lo hice de dolor, sino por el placer que aumentó. Ella lo entendió, ya que la sostuve con más firmeza del cabello y la presioné a mi piel, intensificando mis embistes, cosa que la hizo lloriquear y a mí absorber más sus gemidos

—¡Oh, Dios! —gritó cuando mis movimientos fueron más rápidos y sus paredes vaginales comenzaron a contraerse.

—No, Bonita. No blasfemes de esa manera porque no es él quien te hace gritar así. —Entrecerré los ojos y endurecí mi tono al decirle eso, ella sonrió sensual al escucharme.

—Mmmm —gimió y cerró los ojos. Lograba sentir lo duros que estaban sus pezones cuando rozaban mi piel húmeda y el sudor hacía que la fricción se sintiera bien—. ¡Oh mierda! ¡No pares, Elijah, no pares! —suplicó, y sus gritos se hicieron más escandalosos al estar a punto de correrse.

Su mirada asesina, cuando hice lo que me pidió no hacer, por poco consiguió que yo me corriera. Y antes de que me reprochara algo salí de su interior y la bajé de la encimera dándole la vuelta.

—¿Quieres matarme por frustrarte el polvo? —cuestioné, deslizándome de nuevo dentro de ella.

Se puso de puntitas y arqueó la espalda, sacando más el culo para tomar todo de mí. Gruñí porque esa vista de su cuerpo me hacía volar la cabeza y las bolas a la vez.

—¡Joder, sí! —respondió cuando le tomé la cadera con una mano y envolví la otra alrededor de su garganta, respirando en su piel.

—Puta madre, Isabella —gruñí en su cuello porque se sostuvo con fuerza de la encimera y encontró mis embistes, provocando que mi pelvis chocara con más firmeza en sus nalgas.

Cerré los ojos al sentir que me ardían y el estómago se me retorció a la vez que mis bolas comenzaron a contraerse.

—Elijah —me llamó desesperada y llevó la mano hacia atrás para cogerme de la nuca. Acercó su boca a la mía, pero no nos besamos, únicamente bebimos de nuestros jadeos.

Tenía la piel sudorosa, las mejillas rojas, los ojos cerrados y el cabello se le pegaba a la frente. Mi pecho se estremeció ante su imagen cuando su cabeza cayó con suavidad en mi hombro, y me pregunté qué mierda había hecho tan bien como para que la vida me premiara con ella.

—Isabella… —murmuré.

Una gota de sudor recorrió mi espalda y los músculos se me tensaron. Sus paredes vaginales se contrajeron y tomó el control de mis empujes con unos movimientos de cadera que me hicieron olvidar lo que quise decirle.

—Dios, Elijah. ¡Sí! —La sostuve con fuerza sintiendo cómo se corría.

Cerré los ojos de nuevo porque esa era la puta sensación más placentera de mi maldita existencia. No era mi eyaculación, era su clímax. Me encantaba cada sacudida suya, sus estremecimientos y gemidos. Ese era el verdadero placer para mí.

Su coño palpitando, apretándome mientras temblaba era mío. Ella era mía y yo era jodidamente suyo.

—Eres mía, pequeño y lindo infierno —dije en su oído.

—Lo soy, Elijah. Soy tuya, solo tuya. Solo tu pequeño infierno —aseguró con desesperación, y apreté mi agarre en su cadera, moviéndome dentro y fuera, porque sus palabras me llevaron al limbo del placer.

Y no paré hasta que una vez más me encontré con mis músculos ardiendo y el estómago se me contrajo junto con el saco de mis testículos. Me derramé en su interior con la potencia de un volcán en erupción, gruñendo de placer a la vez que respiraba con fuerza y me relajaba en el proceso.

—Haces que mis orgasmos sean de ensueño, pero siento envidia porque veo que el tuyo ha sido más intenso que el mío —susurró sobre mis labios con la voz entrecortada, y luego la sentí sonreír.

Presioné la frente en su sien y dejé que escuchara más de cerca mi respiración temblorosa.

«Solo son intensos contigo, Bonita», pensé, aunque respondí con lo que debía decir, puesto que, así esa chica consiguiera que me perdiera en mis fantasías, no me podía dar el lujo de olvidar la peligrosa realidad que nos rodeaba.

—Acabas de ponerme un reto, White —aseguré, y rio con picardía.

Y ver esa sonrisa me hizo confirmar que estaba en casa, el único lugar a donde yo pertenecía.

____****____

Isabella comprobó que no le mentí cuando aseguré que recuperaría todos los polvos que reprimí esas semanas, pues no paré de follarla hasta que terminamos en la cama, sin energías y con ganas de dormir durante todo el día. Aunque la chica incluso con sueño no podía dominar su lengua curiosa, y mientras recuperábamos el aliento me contó todo lo que hizo durante el tiempo que estuvimos separados.

Así como, por supuesto, me hizo hablarle de mis días.

—Estaba siendo considerado, pero veo que tu cota de energía sigue elevada. Por lo que deberíamos utilizarla para algo más que hablar —recomendé, y la escuché reír.

Luego, como un completo idiota, me quedé embobado viéndola subirse a horcajadas sobre mi cuerpo, con el cabello suelto y desordenado, los labios hinchados por mis besos y las mejillas aún sonrojadas gracias a los polvos que me dio. Tenía el rímel (o lápiz de ojos) corrido y se atrevió a cubrirse el sexo con la sábana de satén azul, privándome de comerme con la mirada esa parte tan apetecible, hermosa y mía.

—Guarda algo para después —recomendó, y tomó la cámara fotográfica que siempre dejaba en la mesita de noche.

—¿A caso pretendes darme tu cuerpo en porciones limitadas? —pregunté con ironía, y antes de responder activó la cámara.

—Todo depende de cómo te comportes. —Apretó los labios al sentir mi mirada luego de decir eso, conteniendo las ganas de reírse—. Sonríe —pidió y comenzó a fotografiarme.  

—Deja de hacer eso —pedí y le quité la cámara de las manos.

Hizo un puchero muy gracioso y negué divertido por su actitud.

A Isabella le encantaba la fotografía y tenía mucho talento con ello. No era una chica rica queriendo pasar el tiempo mientras se decidía por otra carrera que le ayudaría a seguir adelante con las empresas que heredó de su padre. Al contrario, soñaba con algún día montar su propia exposición y mostrarle al mundo las maravillas que se podían captar por medio del lente. Y durante todo el tiempo que teníamos viviendo juntos me había tomado como su musa y se la pasaba fotografiándome a cada momento, según ella porque quería inmortalizar mis sonrisas para un día poder tener pruebas y demostrar con ellas que yo era capaz de curvar las comisuras de mi boca hacia arriba en un gesto genuino.

—Pero qué haces —se quejó entre risas.

Había comenzado a fotografiarla para eternizar su perfección y a duras penas consiguió cubrirse la entrepierna porque la sábana se le había deslizado del cuerpo. Esa imagen de recién follada era digna de inmortalizar, sobre todo con ese brillo que se instaló en sus ojos y que delataba lo feliz que se sentía. Su abdomen plano, liso y terso, también lucía perfecto y el cabello le cubrió los pechos, aunque dejó a la vista ese tatuaje que le hice meses atrás y que me hacía sentir más posesivo con ella por haberme dado muchas de sus primeras veces.

—Te ves como una jodida diosa o una sirena —confesé, y se ruborizó.

No le mentía, era tan magnífica que incluso parecía un ser mítico.

—Ninguna de las dos existe —alegó con gesto sabiondo, y sonreí.

—Tal vez para ti no, pero para mí sí. Y soy un hijo de puta tan cabrón que me follo a una. —Rio al escuchar las estupideces que salían de mi boca, y aproveché para volver a fotografiarla.

—¡No hagas eso! —chilló y quiso quitarme la cámara.

Con astucia la tomé de la cintura y la puse debajo de mí mostrándole la fotografía, y se avergonzó.

—Quedó perfecta —confirmé, y luego puse la cámara de nuevo en la mesita—, pero nada es tan perfecto como cuando estamos así —dije y saqué la sábana de su cuerpo.

Me coloqué en su entrada y comencé a follarla de nuevo. No me cansaba de eso, con ella me sentía insaciable y sabía que no saldríamos de la habitación que se convirtió en nuestro santuario hasta el día siguiente.

Y no me equivoqué, dormimos hasta la tarde del otro día y únicamente me alejé de ella porque Jacob me llamó para invitarme a tomar un trago. Al principio creí que fue una excusa de él para no decirme nada concretamente de lo que le pedí que se hiciera cargo (por si Isabella estaba cerca), pero, en cuanto llegué a Grig y lo encontré medio achispado, comprendí que estaba en uno de sus momentos comemierda por la muerte de Elsa.

Le escribí a Connor para que siguiera cuadrando y rastreando parte de los movimientos de Derek. Ese asunto lo llevaba lento porque no quería cagarla, pero al ver a Jacob tan miserable supe que debía darle algo que le hiciera confirmar que no olvidaría mi promesa de vengar la muerte de Elsa.

—Lo siento por comenzar sin ti, hermano, pero los recuerdos me están matando —se excusó con la voz acongojada y se limpió una lágrima que no pudo contener.

Tomé el vaso limpio que tenía sobre la bandeja y me serví un dedo de licor, que bebí de un sorbo, y enseguida de eso vertí otro.

—Sabes que no soy bueno para dar ánimos —le dije luego de exhalar un suspiro—. Y que tampoco existen palabras para que te recuperes de esto. Para que nos recuperemos —aclaré, dejándome de último porque era consciente de que solo los Lynn y Jacob sufrían de una manera miserable la ausencia de mi amiga.

—No quiero que me consueles, simplemente quería compañía. Y te elegí a ti porque Connor y Evan son demasiado sentimentales. Y Dylan está hecho mierda intentando… —Se quedó en silencio por lo que iba a soltar, y alcé una ceja.

—Creí que nadie más sabía lo de ese idiota y Tess —farfullé, y rio.

—Nadie lo sabía hasta que a tu hermana se le dio por mandarlo al demonio y él no sabe qué hacer para recuperarla. Por lo que ha tenido que buscar consejos —explicó, y fue mi turno de reír—. Ahora te ríes, pero bien que has pasado con cara de culo estas semanas lejos de tu castaña —se burló, y lo miré con severidad.

—Sigue por esa línea y haré que hables con las palabras arrastradas, pero por los dientes que te arrancaré y no por el licor —advertí, y el imbécil tuvo la osadía de reírse.

Aunque me contagió porque lo hizo divertido.

Nos mantuvimos hablando trivialidades por un rato, compartiendo como dos amigos que no tenían más preocupaciones que terminarse la botella de coñac sobre la mesa (a pesar de que yo no bebí más). Y cuando sentí que era el momento le dije sobre mi plan de estudiar los movimientos de Derek hasta poder acorralarlo, dejándole por sentado que nuestra venganza con ese hijo de puta sería memorable.

—¿Qué es esto? —pregunté en cuanto me tendió una hoja de papel doblada por la mitad.

—La reservación de una casa en las Islas Malvinas —explicó—. Me he encargado de que un par de Grigoris viajaran hoy hacia allá y que se aseguren de que todo esté en orden para cuando llegues con Isabella. También pude alquilar un jet para el martes, saldrán de madrugada y por supuesto que con identificaciones falsas —explicó.

Desdoblé la hoja y vi el nombre con el que hizo el registro de la casa.

—Podrías haber escogido otra nacionalidad, ya que será difícil que imite el acento francés —señalé, y lo escuché reír.

—¿Puedo saber por qué quieres irte a este viaje sin que nadie se entere? —preguntó, y no respondí por un par de minutos, ya que no sabía cómo hacerlo sin mentirle.

—No estamos para ventilar nuestros planes a los cuatro vientos, con los Vigilantes queriendo destruirnos —dije, pero él me miró dándome a entender que no aceptaría esa respuesta de mi parte. Solté el aire antes de continuar—. Le he estado callando muchas verdades a Isabella sobre su padre, verdades que la harán querer huir de mí, pero no puedo permitírselo. —Me decidí por una verdad a medias y lo miré—. No cuando tengo una explicación, aunque ya sabes lo terca que es. Además, está empecinada con exponerse ante nuestros enemigos y, después del secuestro, no estoy dispuesto a dejar que vuelvan a dañarla.

—Sí, he visto lo cegada que está y su sed de venganza. Aunque basta con que esté contigo para que se le olvide —resolló.

—¿Cómo debo tomar ese comentario? —inquirí con un poco de dureza por el tono irónico que él usó.

Me miró dándose cuenta de su error y respiró hondo a la vez que se bebió el trago antes de responder.

—Tómalo de parte de un imbécil herido —dijo sincero—. No estoy en mi mejor momento, LuzBel, y a veces me cuesta ver que todos siguen adelante.

—Sí, seguimos adelante porque es de la única manera que alcanzaremos lo que queremos, Jacob. O dime, ¿de qué carajos me sirve tirarme a llorar, a lamerme las heridas cuando puedo aprovechar el tiempo para planear? —Me miró queriendo decir algo, pero no se lo permití porque yo no había terminado—. Ni tú ni yo sabemos lo que en realidad sufrieron las chicas, viejo. Y sé que, si Elsa siguiera con vida, estaría actuando igual que Tess o White.

—No, LuzBel. No puedes saberlo porque ella sí murió. Así que no supongas lo que Elsa estaría haciendo —aseveró.

Y bien podía hacerlo pagar por su manera de hablarme, pero estaba ahí como su amigo, no como su jefe. Además de que lo comprendía.

—Lo que supongo de ella es porque la conocí, Jacob. Así que mírame y dime si me equivoco —exigí, e hizo lo que le pedí, pero en lugar de responder siguió bebiendo—. Puedo asegurar que de las tres Elsa habría sido la única en pensar con cabeza fría cómo se vengaría de esos hijos de putas, a diferencia de mi hermana que se está dejando hundir en este momento por lo que les pasó. Y de Isabella, a quien su falta de experiencia en este mundo la hace cegarse.

—Lo sé, joder —musitó rendido y se restregó el rostro—. Y lo siento, LuzBel, es solo que me desespera que las chicas no digan lo que les pasó y nos dejen especular.

—Están lidiando con sus demonios, Jacob. Y créeme cuando te digo que a veces quisiera hacerlas hablar, pero no podemos apresurarlas y contribuir a que se hundan más en su mierda en lugar de ayudarlas a sentirse seguras y de que nada malo volverá a pasarles. Así que debemos esperar sus tiempos. Mientras, encarguémonos de preparar el camino para la venganza.

Soltó tremendo suspiro y tras unos minutos asintió de acuerdo.

—¿Te llevarás a Isabella sin despedirte? Porque supongo que será un viaje largo, ya que alquilé ese jet para que los lleve a su destino y se regrese de inmediato. Luego usaremos el de los White para que los traigan cuando estén listos —cuestionó y explicó, cambiando de tema de manera radical.

Podía insistir con él hasta que de verdad tuviera claro mi punto, pero también yo debía entender que no le era fácil seguir por ese camino, por lo que acepté ese cambio. Además, su pregunta me dejó pensando en algo que no tomé en cuenta, puesto que, así le dijera a Isabella del viaje, no tenía idea de si volveríamos pronto o si para ella podría ser importante despedirse de sus amigas.

—¿Debería ser distinto?

—Maldición, viejo. Sé que a ti no te importamos y estando solo con ella te sientes completo, pero no pretendas que Isa sea igual —replicó entre risas—. Propongo una noche de fiesta donde todos estemos reunidos, podría ser en Elite, ya que es tu club y lo haría especial.

—¿Especial? No lo creo. No olvides lo que pasó la última vez que estuvimos allí. Y no me refiero al secuestro, sino a Evan y ella besándose.

—Y a ti en un trío con Laurel y la española —añadió, y me removí un poco incómodo.

«Y lo mierda que hice sentir a la Castaña por rechazar sus sentimientos», pensé.

—Ves, no es un buen sitio para fiestas.

—Podrías aprovechar para hacer que Isa recuerde Elite, no como el club donde practicaste un trío o ella se besó con Evan, sino como el lugar en donde le harás una propuesta que contigo equivale a pedirle matrimonio.

Tosí el sorbo de coñac que acababa de meterme a la boca cuando el idiota soltó eso y gruñí por el ardor que me provocó el licor al haberse filtrado en mi nariz.

—Me cago en la puta —siseé, y lo vi pedirle una botella con agua a la mesera mientras se reía.

—Demonios, solo estaba jugando, hombre. No tienes por qué asustarte así —se burló, y negué con la cabeza, tomando la servilleta que me tendió.

¿Pedirle matrimonio? Mierda. Si ni siquiera pensaba pedirle que fuera mi novia.

____****____

Esa noche, después de nuestros tragos, terminé por hacerle una llamada a Scott, mi tatuador, gracias a que Jacob me pidió que le tatuara algo que Elsa diseñó para él semanas antes de que la asesinaran, lo que a mí me dio por querer llevar en mi piel uno de los diseños que creé días atrás y que pensé que no utilizaría jamás.

Iba a culpar al alcohol de esa decisión (aunque no pasé de tres tragos pequeños que equivalían a uno en realidad), porque me resultaba más fácil, ya que fue suficiente con las burlas de Jacob al ver el diseño.

—¿No se lo mostrarás a nadie?

—No —respondí aburrido para Jacob, y Scott rio mientras me colocaba un apósito de color sobre el tatuaje.

Había podido tatuarme porque los tragos que ingerí no eran suficientes como para afectar el proceso. Jacob en cambio tendría que esperar a que el licor saliera de su sistema.

—Es un gran diseño, hermano —halagó Scott.

—Y exclusivo —aseguré. Él asintió de una manera que me indicó que era consciente de eso y que no pensaba rediseñarlo para nadie más.

—¿Quién es la reina que ha encadenado tus demonios? —sondeó con diversión—. Y lo siento, pero te conozco desde hace años, así que me intriga, ya que nunca te tatúas nada que no signifique algo especial.

—Es la reina Grigori, por supuesto —le respondió Jacob por mí, y lo miré con ganas de cerrarle la jodida boca por hablador.

Siempre mantuve un espacio libre en mi piel, debajo de mi axila izquierda, y tras la petición de Jacob sobre que lo tatuara pensé en que era el momento indicado para cubrir esa parte en mí con la Reina del ajedrez que diseñé luego de la noche en Inferno.

—Es especial porque lo hice yo, no hay más —repliqué, colocándome la camisa, y noté que Scott apretó los labios para no soltar su risa.

Joder.

Iba a sostener eso por mucho que ellos quisieran que les dijera más, aunque en mi interior era consciente que, luego de meterme a mi estudio aquella noche, únicamente pensé en diseñar para olvidar lo mierda que la estaba pasando después de saber que Isabella besó a otro, pero, en cuanto vi que había recreado la pieza más importante del ajedrez, imaginé más a la Castaña y me dejé guiar por los recuerdos de nuestros días desde que me crucé con ella en el café de la universidad.

Cada una de las cadenas que sostenía la Reina apresaba a un demonio. Demonios que cedieron con facilidad ante unos ojos color miel por los cuales estaba dispuesto a hacer locuras.

—Sí, mi pequeño cucarachón, como tú digas —satirizó Jacob, y bufé cuando Scott soltó una sonora carcajada.

A pesar de las burlas de esos dos, no me arrepentí de lo que plasmé en mi piel para siempre, y tampoco le permití a Isabella que viera mi nuevo tatuaje cuando al día siguiente despertó, encontrándome a su lado con el dorso desnudo y el apósito a la vista. La chica incluso quiso chantajearme con sexo para que la dejara ver aunque sea una parte, pero me negué rotundamente y de igual manera terminé follándola.

Y una semana después ella me sorprendió con la petición de que le hiciera otro tatuaje, dejando a mi elección el diseño, con la condición de que no usara frases posesivas, cosa que me hizo reír, ya que así no las utilizara, sí pensé en tatuarle al rey del ajedrez que hice como el compañero de la reina que yo ya llevaba debajo de mi axila.

Lo único que añadí como algo nuevo del diseño fueron las iniciales de la canción que escuchábamos mientras la tatuaba en mi estudio: Die For You. Ya que cada vez que aquellas estrofas resonaban en la habitación más me confirmaba a mí mismo que en efecto yo era capaz de morir por esa chica y The Weeknd decía todo lo que yo no podía.

Mierda.

¿En qué jodido momento comenzó a darme miedo extrañarla?

No quería sentir eso, por eso trataba de manipular todo, aunque estuviera perdiendo esa batalla contra mí mismo.

«Esta noche te diré mi verdad más importante», le dije en mi cabeza.

Había optado por hacerle caso a Jacob y la invité a Elite para pasar el rato con nuestros amigos. Todavía no le decía del viaje a las Islas Malvinas, que sería dentro de dos días, pero confiaba en que no se negaría, aunque eso me hacía estar inquieto. Y más por el hecho de que se lo propondría esa noche.

Le hice creer que quería llevarla al club porque buscaba que volviéramos a tener la unidad de antes con todo mi grupo. Y añadí que tenía algo importante que decirle solo para que no se negara, porque noté su intención de hacerlo, por lo que tuve que valerme de su curiosidad para convencerla.

Fruncí el ceño al leer los mensajes de ese número desconocido que ya sabía que se trataba de Amelia.

—Deberías decirme algo sobre eso tan importante que quieres comunicarnos, para saber cómo vestir. —La voz de Isabella me interrumpió, y con disimulo bloqueé el móvil, sonriendo con burla a la vez por la manera en la que intentaba coaccionarme.

—Así estás perfecta, White. Andando —la animé antes de que me ganaran las ganas de arrancarle esa ropa sexi que usaba.

Verla me hizo olvidar los mensajes que acababa de recibir, y la seguridad de que pronto saldría de esa mierda me animó a disfrutar de esa noche. Y no negaría que pasar el rato con los chicos contribuyó a que dejara de lado todo el caos que habíamos estado viviendo ese tiempo, pues esa vez estar en Elite escuchando la música que tanto me gustaba, bebiendo con mis amigos mientras veía a la dueña y causante de todas mis malditas locuras, feliz, bailando y gritando emocionada con Tess y Jane, me confirmó que a veces sí valía la pena perder la cabeza.

Y que ella sí merecía que le entregara el dominio de mis jodidos demonios.

—Sinceramente, creí que nunca te volvería a ver así —dijo Jacob medio gritando.

—¿Así cómo? —indagué, dándole un sorbo a mi cerveza y preparándome para la estupidez que de seguro me soltaría.

—Así… todo idiota por una chica —explicó, y negué con la cabeza.

Aunque esa vez en lugar de refunfuñar le di motivos para que tuviera cómo burlarse luego.

—Entonces no deberías decir que me estás volviendo a ver. Porque, que yo recuerde, nunca he actuado de esta manera por nadie. —Rio complacido y alzó el dedo índice, sacudiéndolo en un gesto afirmativo, y luego chocó su botellín de cerveza con el mío.

—En eso te doy la razón. Y gracias por confiar en mí. —Fruncí el ceño al no entender lo último y él lo notó—. No estás negándome que actúas como un idiota con Isa, así que me siento afortunado.

—El único idiota aquí eres tú —rebatí, y soltó una carcajada.

Estaba más animado que el día que estuvimos en Grig, y eso me alegró, pues no quería irme dejándolo miserable.

Avisó que iría al baño tras eso y yo me quedé con Connor, Evan y Dylan. Este último también lucía más animado y, aunque no quise preguntarle, supuse que todo se debía a que él y mi hermana ya habían arreglado sus cosas, pues llegaron juntos al club y ese tipo sí que lucía como un idiota cada vez que miraba a la pelirroja.

Demonios.

—¿Me ven así como se ve Dylan, o como Elliot? —les pregunté a Connor y Evan, ambos me observaron como si me hubieran salido dos cabezas—. Sean sinceros.

Mencioné a Elliot porque él también se unió a esa salida, y al narcisista en mi interior no le molestó su presencia, pues gozaba de que me viera con la Castaña, aunque en ese instante estuviera comiéndosela con la mirada mientras ella bailaba con mi hermana y Tess.

—¿Así cómo? —inquirió Evan.

—Sí, hermano. Explícate mejor —lo secundó Connor.

—Así de idiota —reñí, y ambos rieron porque Dylan nos miró cuando escuchó esa palabra, y yo rodé los ojos.

—No, tú lo disimulas mejor —respondió Dylan por ellos, confirmando que, aunque se embelesara con mi hermana, nos estaba escuchando.

Los chicos no dejaron de reír y con un asentimiento de cabeza me demostraron que estaban de acuerdo con la respuesta del idiota bastardo.

Mierda.

—¡LuzBel! —me llamó Jane de repente, llegando al privado. Lucía muy asustada, aunque eso ya no me extrañaba—. Ven afuera, Isabella está como loca por una nota que recibió —avisó y me tendió el pedazo de papel.

Jacob llegó detrás de ella y nos miró, esperando entender lo que sucedía.

—¡Me cago en la puta! —Bufé al leer lo que escribieron.

—¿Qué sucede? —preguntaron, pero no supe cuál de los chicos fue, puesto que le di la nota a Jacob y corrí detrás de Jane, quien me guio a donde se encontraban Tess y la Castaña.

Mi hermana le gritaba que se detuviera, pero sabía que esa terca no lo iba a hacer porque estaba desquiciada por la ira, dispuesta a partir hacia donde la nota le indicaba. Maldición, era increíble ver cómo la furia y sed de venganza hacían actuar a una chica tan inteligente como una simple polilla yendo directo a la luz, aun cuando sabía que eso iba a matarla.

—¡¿A dónde mierda crees que vas, White?! —espeté, tomándola del brazo y deteniendo su paso.

—¡Déjame, LuzBel! ¡Esta es mi oportunidad para vengar a mi padre! —gritó furiosa.

No dijo mi nombre, lo que me indicó que la ira le estaba calando hasta la médula, haciéndola perder la razón.

—¡Demonios, Isabella! Tú eres más inteligente que esto —espeté acunando su rostro para que me mirara y se calmara—. Esa nota es una estúpida trampa y no te dejaré caer en ella. ¡Mírame, joder! —precisé, odiando que se negara a verme a los ojos.

¡Puta madre! Estaba claro que eso era obra de Amelia. La maldita chica logró llegar a Isabella y se aprovechó de su vulnerabilidad.

—Estás un poco achispada y no piensas bien. No irás allí —aseguré.

Sobre mi cadáver lograría hacer tal estupidez.

—Sí lo haré —refunfuñó con terquedad.

—Hazlo por mí, Isabella —supliqué cambiando de táctica, aprovechándome de lo que ella sentía por mí—. Déjame cuidar de ti y cumplir mi promesa. —Me miró a los ojos en ese instante y le permití ver mi desesperación—. Vamos a nuestro apartamento y olvida tu venganza, así sea solo por hoy —propuse, confiando en que pronto la sacaría del país y le diría todo para que tomara luego una decisión final. 

Si asesinar a su hermana o dejarla vivir.

—Elijah —susurró cediendo, y le di un beso en la frente, agradecido de que recapacitara.

—Te prometo que mañana averiguaremos mejor sobre esa nota y juntos iremos a donde desees, pero lo haremos bien, White. Con la cabeza fría y sin alcohol en tu sistema. —Me abrazó en respuesta y saqué todo el aire que estuve reteniendo.

Correspondí a su abrazo y le di un beso en la coronilla, y solo cuando la sentí más calmada la llevé hasta el coche, asegurándole el cinturón como si eso fuera a confirmarme a mí que no se retractaría y saldría corriendo al tener la oportunidad. Pero menos mal había entendido de verdad el error que estuvo a punto de cometer, y de un momento a otro la luchadora a mi lado se convirtió en una niña asustada, y odié verla así. Aunque en mi interior celebré el haberla convencido de no ir hasta la boca del lobo.

Y cuando salí del estacionamiento la dejé tranquila en su ensoñación, luego de avisarle que cambié de planes e iríamos a la mansión de mis padres, puesto que allí estaríamos mejor protegidos, además de que yo necesitaba hablar con padre para confesarle lo que estaba pasando y que con suerte él me ayudara a sacar a Isabella del país con mayor efectividad.

«No puedo guiar el viento, pero puedo cambiar la dirección de tus velas».

Maldije en mi interior cuando el recuerdo del mensaje de Amelia llegó a mi cabeza. Esa hija de puta de verdad que se estaba ganando mi odio a pulso.

—No perderé a nadie más por culpa de la venganza. —El susurro de Isabella me sacó de mis cavilaciones cuando me detuve en un semáforo en rojo. La tomé de la mano y la miré a los ojos, notando su decepción con ella misma por lo que estuvo a punto de hacer—. Gracias por estar allí y evitar que cometiera una idiotez, pero, sobre todo, gracias por dejarme estar a tu lado, por no alejarme incluso sabiendo cuanto te…

—Isabella, no…

—Elijah, no me detengas —suplicó, y me callé porque sentí el maldito corazón apretándome el pecho por lo acelerado que me latía—. Debo decírtelo, ya que lo tengo atragantado en la garganta y es insoportable. Sé que te incomoda porque no me correspondes, pero te amo, joder. Te amo, maldito Tinieblo orgulloso, y me es difícil callarlo cada vez que te veo porque tú eres mi…

Me apoderé de su dulce boca, callándola con mis labios desesperados y aterrados a la vez. No lo hice porque no me gustara escucharla decir todo lo que sentía por mí, sino más bien porque yo no podía encontrar la manera de expresarme con ella. No hallaba la forma de decirle lo que me estaba pasando, pues me era difícil comunicarle los pensamientos que guardaba.

Demonios.

Deseaba gritarle que me daba miedo extrañarla, aunque lo hiciera todo el tiempo. Que odiaba esa sensación de no poder respirar y que no la quería. Que no me podía enamorar y por eso trataba de encontrar una razón que nos separara, pero que nada me funcionaba, pues ella era demasiado perfecta y estaba consciente de que era la única mujer en mi vida que de verdad valía la pena.

Mierda.

Quería gritarle que, a pesar de todo lo que estábamos pasando y sabedor de que eso la hacía sentir sola en lo que sea que tuviéramos, yo moriría por ella. Sin dudarlo ni un solo segundo, malditamente era capaz de entregar mi vida a cambio de la suya de ser necesario.

No lo haría por mi madre, aunque eso me hiciera egoísta. Tampoco por mi hermana, por mucho que las amara, pero sí por ella, por Isabella White, mi jodida reina, la chica a la que juré que haría caer y por la cual yo caí primero. 

—¡Oh, Dios! —susurró, jadeando cuando me separé de ella.

—No tienes ni puta idea de lo que me has hecho, White —musité con burla para mí mismo y presioné mi frente a la suya, acariciándole el rostro de una manera que nunca usé con nadie. Dispuesto a confesarle que yo también me había quemado a mitad de nuestro juego—. Yo… yo… ¡Demonios! —gruñí.

No pude decirle nada más porque ambos comenzamos a gritar en cuanto empezamos a dar vueltas en el aire, sacudiéndonos, estremeciéndonos, aterrándonos.

Perdí la cuenta de las veces que giramos, solo pude reconocer que nos habían chocado, y a diferencia de lo que muchos decían, sobre que cuando tenían a la muerte de frente toda su vida se reproducía, yo únicamente pensé en que no podíamos morir. No con tantos planes que aún no habíamos cumplido, no sin antes decirle a esa chica que no se quemó sola.

—¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! —La escuché decir aturdida cuando al fin el coche se detuvo y quedamos de cabeza. 

Gruñí por mi cuerpo adolorido al intentar desabrocharme el cinturón.

—¡Isabella! ¡Dime que estás bien, por favor! —supliqué, y me asusté porque no me respondió.

Maldije en cuanto caí sobre el techo del coche y gemí de dolor sintiendo los hombros dislocados, mareado y con ganas de vomitar; aunque no me concentré en eso porque me urgía más liberarla a ella del cinturón para sacarla de inmediato.

—¡Isabella, mantente consciente, por favor! ¡Pediré ayuda! —exclamé al conseguir sacarla y sentir su cuerpo estremeciéndose.

Asintió como pudo y busqué el móvil, agradeciendo que aún lo llevara en el bolsillo de mi pantalón.

—¡Joder, no! —gruñí al ver que también el coche de Ella y Max había sido embestido, lo que hizo que mi detector de mierda se fuera hasta el tope.

Estaba perdiendo la fuerza en mis manos y la visibilidad, lo que no me dejó ver bien mi móvil y tampoco me permitió percatarme a tiempo de los coches que se detuvieron alrededor de nosotros y los tipos vestidos de negros que salieron de ellos. 

Mierda.

Mierda.

Mierda.

Lo que acababa de sucedernos no fue ningún accidente, era una maldita emboscada que nos montaron como profesionales, y en la cual nosotros caímos como novatos. Teniendo a mis órdenes toda una organización, siendo un jodido hijo de puta, en esos momentos estaba ahí tirado como un vil perdedor, con miedo de que dañaran a la mujer en mi regazo.

Uno de los imbéciles me arrebató el móvil, impidiendo que pidiera ayuda, y entonces Derek salió de otro coche, riéndose con diversión y suficiencia, gozando al ver que después de tanto logró llegar a nosotros sin que tuviéramos a alguien que nos ayudara.

—¡Y es así como caen las ratas, señores! —gritó, y me aferré a Isabella. No servía de nada, pero tenía que intentarlo.

Y en silencio juré que, fuera como fuera, me cobraría cada cosa que ellos nos hicieran, incluida Amelia, la tipa que me subestimó, y quien más sufriría las consecuencias de dañar a una mujer que jamás debió tocar ni en sus sueños.

Un villano de verdad

Elijah

 

Mi respiración no terminaba de regularse, y los golpes y fracturas en mi cuerpo me dolían aún más después de la tortura con agua fría (y a presión) que acababan de darme para que despertara.

Mierda, sentí que iba a ahogarme, pero incluso así no me dio miedo lo que me hacían a mí, más bien me aterrorizó no ver (dentro de lo que pude) a Isabella por ningún lado. Lo último que recordaba era tenerla en mi regazo, desmayada, y luego uno de esos malnacidos me golpeó en la cabeza para noquearme. Perdí el conocimiento, frustrado y desesperado por no poder defenderla. 

—Tarde o temprano vas a rogarnos que paremos, perro —gruñó uno de los tipos, y contuve la respiración para no soltar ningún sonido de dolor.

Dos me sostenían de los hombros, incluso teniéndome amarrado con las manos hacia atrás y sentado en una silla, no se arriesgaban a no soltarme de sus agarres. El imbécil que aseguró tal cosa me daba puñetazos en el rostro y el estómago, pero no estaba dispuesto a ceder a pesar de que sus golpes dolían el triple por las cadenas que se envolvió en los puños.

—Aumenta la presión—ordenó a una de las ratas que me sostenía.

Me preparé para otra ducha y contuve la respiración. Segundos después caí al suelo con todo y silla debido a que los tipos me soltaron para no mojarse. Me mordí el labio negándome a dejar escapar quejido alguno, aunque el corazón se me aceleró por el dolor en mis hombros ya dislocados gracias al choque.

«Sí, hijos de puta, concéntrense en mí», repetí una y otra vez en mi cabeza, tratando de respirar con la boca, aunque atragantándome por el agua que me entraba en ella.

Necesitaba sobrevivir, provocarlos con mi negativa a rendirme ante el dolor para que quisieran doblegarme a base de golpes, pues me aterraba que optaran por torturar a Isabella, ese miedo se me colaba hasta la médula y me helaba la sangre más que la jodida agua a presión que parecía tener cuchillas afiladas hiriéndome la piel.

—Recupera un poco el aliento, porque todavía falta que nos divirtamos contigo —recomendó el imbécil que parecía ser el jefe de ese grupo, rato después de la tortura.

Maldije en mi interior cuando me lanzaron dentro de una celda, con los pies y las manos encadenadas. Pero no dije nada, pues me di cuenta de que mi silencio los estaba sacando de quicio y les despertaba más el deseo de concentrarse en mí.

—Esto tiene que ser una jodida broma. —Bufé por lo bajo cuando minutos después, escuché que le estaban dando a alguien más la misma tortura que me dieron a mí.

Era Elliot, lo reconocí en cuanto comenzó a maldecir a esas mierdas, entre los gruñidos de dolor y el castañeo de sus dientes por el frío que le provocaba el agua helada.

¿Cómo demonios lo habían atrapado? Nunca noté que él nos siguiera. A los únicos que vi fueron a los guardaespaldas de Isabella, a quienes también emboscaron, aunque no supe si los secuestraron junto a nosotros. Y si por alguna razón el hecho de que Elliot estuviera ahí no era algo que Amelia planeó para hacerle pagar por seducirla, engañarla y entregarla, pensé en que ojalá se debiera a un plan que los Grigoris tuvieron para poder dar con nosotros. Puesto que era consciente de que los Vigilantes debieron desactivar mi localizador antes de llevarnos a donde sea que nos tenían. 

—Pasaremos al verdadero espectáculo —avisó el maldito hijo de puta al que le encargaron torturarme. Apreté los puños sin decir nada, aunque me extrañó que dijera eso, pero llegara solo.

—¿Qué? ¿Tanto te quedé gustando que ahora quieres estar a solas conmigo? —me burlé, y él sonrió sardónico.

Sacó un mando a distancia y lo apuntó hacia la parte superior de una esquina en donde ya había notado una pantalla.   

—No eres mi tipo. Pero, si te soy sincero, sí pedí ser yo quien viniera a darte esta primicia —replicó, y mi corazón se aceleró al ver la imagen de Isabella en la pantalla—. Espero que no hayas creído que lo que te hicimos era el plato fuerte, imbécil —se burló, y no me importó el dolor de mi cuerpo, me puse de pie como si no me hubieran torturado, como si nunca hubiera estado dentro de mi coche cuando lo embistieron, y me acerqué a los barrotes de la celda.

—Tóquenla y te juro por mi vida que te haré conocer el infierno sin siquiera morir —advertí, y soltó una carcajada.

—¿Y quién te asegura que no la hemos tocado ya?

—¡Bastardo hijo de puta! —rugí tomando los barrotes, zarandeándolos con el deseo de hacerlos caer para llegar a él.

—Te dije que tarde o temprano rogarías que paremos, perro. Y ni siquiera hemos comenzado con el plato fuerte, vamos a disfrutar antes del entremés.

—¡Prometo que me las pagarás. Que no olvidaré tu rostro de mierda! —juré, y no lo hice solo por decirlo.

Le estaba haciendo una maldita promesa que le cumpliría, aunque fuera lo último que alcanzara a hacer antes de morir. Y noté que Imbécil (como decidí llamarlo) fue consciente de que no hablé por hablar, pues su sonrisa se borró y se marchó de inmediato. Minutos después alcancé a escuchar la misma reacción que yo tuve en Elliot, lo que me aseguró que las putas ratas nos torturarían con las mismas imágenes.

—¡Mierda! —grité dándole la espalda a la pantalla.

Comencé a golpear la pared, todo lo que la cadena en mis muñecas me posibilitaba. Nunca me perdonaría lo que estaba pasando, pues haber permitido que Isabella cayera en las manos de esas mierdas era imperdonable. Su imagen en esa pantalla comenzó a torturarme, a pesar de que ya no la estaba viendo. La tenían sentada en una silla con las manos hacia atrás, como yo desperté en el salón donde me torturaron, que parecía ser el mismo en el que ella se encontraba ya. Inconsciente aún.

Joder.

Mi vida giraba en torno a promesas cumplidas y por cumplir, pero estaba fallando en la más importante que alguna vez hice. Una que comenzó como obligación y terminó siendo una jodida necesidad. Razón por la cual me sentía miserable ahí metido en esa puta celda, impotente porque no era capaz de proteger a mi chica.

Mi chica, joder.

Y por serlo es que Isabella se hallaba en esa situación, ya que estaba seguro de que, si en lugar de haber regresado con ella aquel día, hubiera follado a Amelia como la tipa quería, fingiendo que todavía me importaba, a lo mejor su atención para ese momento habría estado en mí y no en la Castaña.  

«Maldición, White. Esta es solo mi jodida culpa, pues te habría evitado este destino si no te hubiera besado luego de jurar que no le daría mis labios a nadie más, si no te hubiese llevado a mi apartamento para hacerte mía. En un lugar que no profané con nadie. Si no hubieras sido mi primera vez en muchas cosas, jamás te hubiesen visto como mi talón de Aquiles».

—¡Mierda, mierda, mierda! —rugí golpeando la pared con más fuerza.

Le fallé a la única persona que para mí logró ser más importante que mis padres y Tess.

—¡Dios! —Me giré de golpe cuando escuché ese quejido, gruñendo por el dolor en mi cuerpo e ignorándolo en el instante que vi la pantalla.

La desesperación en mi sistema fue capaz de aumentar al ver al mayor de las mierdas derramando agua sobre White.

—¡Despiertaaa, reina Grigori!

La sangre comenzó a brotar de los cortes en mis nudillos cuando volví a aferrarme a los barrotes con furia, viendo el terror de Isabella en cuanto reconoció a Derek frente a ella. Las mierdas que pasaron por mi cabeza dolieron más que la tortura física que recibí antes, y mi piel se erizó en el momento que el corazón se me desbocó.

Isabella le tenía tanto miedo a ese hijo de puta que intentó alejarse de él sin darse cuenta de que estaba sentada y atada a una silla, aunque incluso así logró impulsarse con los pies y cayó al suelo, gimiendo de dolor por el impacto. Los imbéciles que rodeaban a Derek se rieron de ella y yo cerré los ojos, tragué con dificultad y respiré agitado, deseando salir por arte de magia de la celda para ir a ese salón y matarlos por atreverse siquiera a mirarla.

—¡Joder! ¡Ven por qué me encanta esta perra! —inquirió Derek a sus hombres, y vi el atisbo de ira en los gestos de la Castaña—. Es como una fiera a la que nadie puede domar, como un toro que no se puede montar… Hasta que llegué yo —se jactó, y sacudí la cabeza en gesto de negación.

Los recuerdos de las pesadillas que Isabella tenía por las noches, o la manera en la que a veces se alejaba de mí, me provocó más angustia que el hecho de no haber sabido nada de ella hasta ese momento.

—Maldita mierda —escupí zarandeando los barrotes.

A pesar de que Dylan aseguró que enfrentó a mi hermana y que ella negó haber sido ultrajada. O que Isabella se comportaba sin temor hacia mí cuando follábamos (razones por las cuales yo también creí en lo que Dylan me dijo), noté que ese imbécil actuaba como si la tocó, o como si quisiera hacerlo.

Pónganla en la barra, es momento de seguir amansando a mi perra. —La orden de Derek me sacó de mis pensamientos. Miré en la pantalla cómo dos imbéciles levantaron a Isabella del suelo y luego la liberaron de los amarres.

—Joder, Bonita. —Bufé entre orgulloso y aterrorizado cuando vi que no esperó ni un segundo al estar libre y atacó a los tipos que la liberaron—. ¡Mierda, no! —grité porque los demás cobardes se fueron sobre ella.

—¡No! ¡Ah! —gritó Elliot, y por el dolor en su voz supe que lo hicieron gritar a propósito, pues Derek alzó las manos deteniendo a sus hombres e Isabella frenó su ataque de golpe.

Podían escucharnos.

—Me cago en la puta que te parió —espeté, sabiendo que ese sería otro tipo de tortura que infligirían en la Castaña.

—¿Acaso tú también estás ansioso porque te demos lo tuyo? —La voz del maldito que pusieron como mi torturador me hizo desviar la mirada de esa pantalla. Aunque de inmediato volví a verla al escuchar el gruñido de Isabella.

La vi caer al suelo. Un tipo acababa de golpearla, haciéndola ponerse en sus rodillas.

—¡Joder, malditas mierdas! ¡Me tienen aquí, dejen de meterse con ella! —grité lleno de impotencia en cuanto comenzaron a darle latigazos, obligándola a que se encorvara en el suelo para protegerse un poco.

Los tipos que llegaron con Imbécil comenzaron a reírse al obtener de mí lo que tanto estuvieron esperando cuando me torturaban físicamente. Y en otro momento habría alabado a Isabella por su astucia al tratar de defenderse, ya que cogió la correa con que la azotaban, tirando de ella hasta hacer caer a uno de los que la golpeaban, sin embargo, de nuevo se detuvo porque Elliot volvió a gruñir y maldecir.

—¿Crees que tu puta se asustaría igual si te torturáramos a ti en lugar de a su ex?

—Inténtalo para que lo compruebes, maldita mierda —reté al hijo de puta ahí conmigo, y él sonrió.

—Sigue revelándote ante tu amo y tu perro pagará las consecuencias —le advirtió Derek a Isabella—. A diferencia de ti, él está encadenado —añadió.

—Más que tú, por si te lo estás preguntando —secundó Imbécil, refiriéndose a que Elliot estaba más encadenado que yo.

—Eso me ofende —satiricé—. ¿A caso le temes más a él que a mí?

No me importaba en realidad, pero el maldito era un bocón al que se le aflojaba la lengua si sabía provocarlo. Lo comprobé antes, así que quería sacarle información.

—No le temo a ninguno en realidad, pero siempre hay que sacar ventaja en la guerra. Y él, a diferencia de ti, no estaba moribundo cuando lo trajimos. 

Hijo de puta, es de la única manera que tienes el valor de golpear, ¿no? —Dejé de prestarle atención a Imbécil y miré la pantalla al escuchar la voz de Isabella.

Se había sacado el paño de la boca y apreté los puños cuando le propinaron otro latigazo y la contuvieron por la espalda.

—Soy un cazador estratega, mi pequeña perra. Si los encadeno es porque, en primer lugar, ustedes se han dejado cazar —se jactó Derek—. Persiste en hacerlo difícil y tu adorado Elliot Hamilton pagará por ti —le advirtió.

—Tu primito siguió la señal de tu localizador antes de que lográramos desactivarlo. A partir de ese punto te rastreó, demostrando ser un buen perro. Aunque no uno muy listo, ya que cayó directo en la trampa que le pusimos al darnos cuenta de que se acercaba al punto correcto —explicó el imbécil.

Contuve la sonrisa, porque al parecer los que habían caído en la trampa eran ellos y no Elliot, y la certeza de que los Grigoris tuvieran un plan afloró en mi interior, puesto que mi primo, por mucho que lo odiara, no era tan idiota como ese imbécil creía.

—Por esa razón está encadenado del cuello, pies y manos. Ya que venía más entero que tú —siguió.

—Déjame adivinar, ¿te estás preguntando por ese intento patético de amo que te habías conseguido? —ironizó Derek, y puse mi atención en él—. Porque con él eres una perrita faldera muy obediente, ¿cierto? —siguió, y sentí que mi respiración¿Qué tiene él que yo no tenga? se volvía más pesada—.

Incluso amarrada con alambre a una barra de hierro, Isabella alzó una ceja con burla ante la pregunta de esa mierda, demostrándole con ese gesto que estaba más que claro por qué me prefería a mí. Y de nuevo me habría sentido halagado si no estuviéramos en esa situación amenazante.

—¡Ya sé! Te da por el culo y eso te encanta.

—Bastardo hijo de puta —gruñí.

Las carcajadas de sus lameculos no tardaron ante lo que dijo y noté la impotencia de Isabella y cómo se contenía para no responderle, consciente de que eso ocasionaría que siguieran torturando a Elliot. 

—Pues podemos arreglar eso —se mofó él.

—¡No la toques, imbécil! —grité a la pantalla al ver que Isabella se atemorizó más con la cercanía de Derek, intentando retroceder sin éxito y resbalándose en el proceso.

Los imbéciles ahí conmigo se carcajearon y yo sacudí los barrotes, retándolos a que entraran a la celda para enfrentarme de cerca, gruñendo como el maldito león enjaulado que era en ese momento.

—¿Quieres que te folle por el culo, reina Grigori de mierda? —inquirió el malnacido cogiéndola del cuello para que lo mirara a los ojos—. Porque yo estaré encantado de hacerlo para darles una mejor bienvenida a nuestros invitados de honor: Elliot Puto Hamilton y Elijah Mierda Pride, quien, por cierto, también está teniendo su recibimiento e intuyo que es mejor que el de su primo.

—Asegúrate de matarme esta vez, malnacido —le dijo Isabella entre jadeos. Se le estaba dificultando respirar—, porque si no te mostraré por qué soy como el vidrio.

—Porque puedo romperte fácilmente —se burló él.

—Y porque puedo cortarte cuando me pises —añadió ella, y antes de que defendieran a ese maldito golpeó su ingle con la rodilla y, en cuanto se encorvó y la soltó del cuello, le dio un cabezazo en la nariz, alzando las caderas para conectar una patada en su sien.

Puta madre.

La adrenalina me recorrió el cuerpo al verla luchar y sonreí cuando Derek cayó al suelo, gruñendo de dolor con la nariz sangrando. Aunque maldije porque uno de los tipos le dio un puñetazo como castigo, pero la satisfacción en el rostro de mi Bonita me hizo saber que para ella valió la pena lo que provocó.

—¡Malditos cobardes!

—Se lo merece por perra. —Bufó Imbécil ante mi maldición, luego de ver que le dieron otro puñetazo a Isabella que la hizo perder el conocimiento.

Escuché que Elliot también maldijo y yo agradecí que Imbécil siguiera provocándome para no perder la razón por no poder hacer nada para defender a White. Él abrió la celda metiéndose junto a los dos que lo escoltaban, sin contar con que en ese momento estaba tan enfurecido que me dejé ir contra ellos, defendiéndome y golpeándolos todo lo que las cadenas me permitían.

Bien decían que la furia a veces podía ser el mayor incentivo para sacar fuerzas que no sabías que tenías, y yo en ese momento al fin enloquecí con las ganas de destrozar el jodido mundo hasta llegar a Isabella para ponerla a salvo. Mis ansias de protegerla consiguieron que mi memoria muscular se hiciera cargo de todo y en cuanto vi que uno de los tipos tenía un arma en una cartuchera que usaba en la cintura me dejé golpear hasta poder acceder a ella, y maté a dos en un santiamén. Aunque Imbécil logró salvarse y pidió apoyo por no poder controlarme.

Varios Vigilantes llegaron enseguida con armas taser en mano y, sin importar los doce disparos que me lanzaron, alcancé a coger a Imbécil del cuello y lo empotré a la pared.

—Te prometo por mi sangre que te haré pagar por esto —gruñí, perdiendo la fuerza cuando aumentaron la potencia de las taser—. Y, si no llego a cumplirlo, te doy la potestad de que te lo cobres con mi jodida sangre —añadí.

Luego de eso le escupí el rostro para sellar mi juramento con la sangre de mi boca y perdí la fuerza por completo, cayendo al suelo, gimiendo por la patada que dio en mi estómago. Me desvanecí segundos después, aunque antes sentí mi pantalón húmedo de la entrepierna.

Había sucumbido a los voltios que descargaron en mí.

Cuando desperté de nuevo no tenía idea de cuánto tiempo pasó, solo supe que seguía en la misma celda porque me habían encadenado a los barrotes esa vez, con las manos bien sujetas a ellos con el mismo alambre que de seguro usaron en Isabella. Me puse de pie con dificultad al ver hacia la pantalla, notando que Derek estaba volviendo al ataque con la Castaña.

—¿Qué dice el público? ¿Comenzamos lento, medio o fuerte? —gritó el hijo de puta luego de advertirle a Isabella que seguirían con el juego, y creí que los demás imbéciles responderían, pero no lo hicieron.

Instantes después, todo el salón comenzó a iluminarse con una luz roja titilante, incluso el pasillo de la celda donde yo estaba, y una sirena sonando fuerte me aceleró el corazón.

—¡Bien! La mayoría gana —celebró Derek como un niño travieso.

—Joder —dije entre dientes.

—Al menos la electricidad no te fundió el cerebro y entiendes lo que está a punto de pasar. —Apreté la mandíbula cuando Imbécil habló.

Había estado de brazos cruzados, pero no lo vi porque una pared lo cubría un poco. Tenía el rostro hinchado por los golpes que alcancé a darle, y por la tirantez que sentía en el mío intuí que yo estaba igual por los que recibí de ellos.

—Verde es suave, ámbar es medio, e intenso es el rojo —explicó para que entendiera por qué se encendió la luz roja. Negué con la cabeza—. Y nuestro público escogió el rojo.

—No se atrevan —advertí.

—No te preocupes, tú lo experimentarás con ella también —advirtió.

Miré a la pantalla luego de que dijo eso y noté que Derek giró una perilla, acción que no dejó que me diera cuenta de que Imbécil también hizo lo mismo con un regulador que él tenía y había conectado a los barrotes donde me apresaron. Caí de rodillas, apretando los dientes y conteniendo la respiración en cuanto sentí la descarga que me dieron.

Parecía como que la electricidad quisiera recomponerme los huesos dislocados, fracturándome otros en el proceso. El alambre con el que me amarraron las muñecas a los barrotes actuó como un imán y sin quererlo me aferré al hierro, sintiendo como que un rayo me estaba partiendo en dos. Las contracciones musculares se volvieron insoportables y, cuando al fin ese hijo de puta apagó el generador, gruñí y jadeé.

Jodida mierda.

—¡Eso es, reina! Cinco segundos bien disfrutados —celebró Derek, y como pude logré mirar la pantalla para asegurarme de que Isabella siguiera con vida.

—Tu puta no lo sabe, pero estamos jugando a quién soporta más —informó Imbécil.

No le puse atención, lo único que quería era asegurarme de que Isabella soportara la mierda que se nos estaba viniendo encima. Ni siquiera me preocupé por la taquicardia que experimentaba y solo rogaba para que mi jodido corazón no sucumbiera a un fallo cardiaco.

—Otra ronda —ordenó el malnacido de Derek.

—Joder, no —murmuré creyendo que volverían a electrocutarla.

—Reanímenla —pidió.

Me sacudí con brusquedad al ver que dos tipos le lanzaron agua y luego la azotaron.

—¿Qué quieren de mí para que pare esta mierda? —le pregunté a Imbécil.

No podía soportar que siguieran dañándola.

—Nada —aseguró, y estuve a punto de insistir, pero todo el lugar se iluminó con luz verde y eso hizo que Derek detuviera a las mierdas que azotaban a White.  

—La reanimación ha terminado —le dijo a Isabella, y eso consiguió que mi corazón se acelerara más que con la electricidad porque sabía que no auguraba nada bueno—. Veremos si esta vez consigues gritar antes y no después —ironizó, y vi que la Castaña miró hacia el suelo—. ¿Verde, ámbar o rojo? —volvió a preguntar con júbilo.

—¡¿Qué mierda quieren de mí?! —grité zarandeando la celda cuando la luz roja se encendió—. ¿¡Qué maldita mierda…?!

Mis palabras murieron en cuanto Imbécil giró la perilla segundos después de que Derek lo hiciera para Isabella. Mostré los dientes apretándolos con toda mi fuerza y me negué a dejar de ver a la pantalla. La descarga que ese lameculos me estaba dando a mí no dolía tanto como ver a mi chica siendo electrocutada hasta que perdió el conocimiento.

Demonios.

—¡Noooo! —alcancé a gritar.

Mi puto corazón se partió en miles de pedazos al verla siendo torturada de una manera tan atroz. Eso no tenía que estar pasando, jamás debí poner mis ojos en esa chica, nunca debí exponerla a tanto.

Isabella perdió el conocimiento de nuevo; yo recibí un par de descargas más hasta que la luz verde volvió a encenderse, obligando a Imbécil a que parara. El alambre se había enterrado en mis muñecas, la sangre me corría por los brazos, aunque no era mucha como para matarme, solo la señal del desgarro en mi piel. Sostenerme en mis rodillas se convirtió en una tarea difícil, por lo que me senté como pude e intenté respirar.

Aunque no conseguí mucho, ya que vi en la pantalla que Derek pidió que reanimaran a Isabella y, cuando ella reaccionó, deseé morirme por lo que susurró.

S-sol-solo má-ta-me ya. —Escuchar su voz ronca no me estremeció como lo hizo la derrota en su tono.

Habían conseguido lo que querían, la hicieron sucumbir y sentí que mis ojos ardieron.

—No hasta que lleguemos al nivel final del juego, reina —sentenció Derek tomándola del cuello y sonriendo satisfecho—. Ya te rompí el alma, ahora deseo romperte el culo.

—Hijo de la gran puta —gruñí al escucharlo y ver que Isabella sollozó.

—¡Shhh! Calma, cariño. Vamos por partes —la consoló—. Primero te marcaré, ese es el pase para que consigas ascender.

—No, no, no —gruñí, creyendo que el miedo no podía embargarme más y dándome cuenta de que me equivoqué.

La piel se me erizó, la garganta se me secó y toda debilidad y dolor que sentía desapareció. Me puse de pie y vi a Imbécil llegar de nuevo con una sonrisa siniestra adornándole el rostro.

—¡Oh, mi Dios! —bramó Isabella con terror al ver que Derek extendió la mano para que le entregaran una barra de hierro con la punta enrojecida.

—Llama a tus jodidos jefes —le exigí a Imbécil sacudiendo los barrotes, y él negó lentamente con la cabeza—. ¡Lucios! ¡Ame…!

—Cállate, perro —exigió el bastardo dándome una descarga.

Esa vez no caí al suelo, logré mantenerme de pie al ver a Isabella removiéndose, tratando de huir, y a Derek carcajeándose ante la desesperación de mi guerrera gritando.

—¡Puta mierda! ¡No lo hagas! —grité.

Imbécil incrementó los voltios, aumentando la tortura al clavarme un bastón de electricidad en las costillas. Pero incluso con eso no dejé de ver cómo dos tipos anclaron a Isabella de las piernas para que no se moviera y uno más llegó por su espalda para sostenerla rodeándole el pecho.

—¡No, joder! —grité al ver a Derek tomando la barra con las dos manos.

—¡No lo hagan! —suplicó Elliot cuando el hijo de puta la acercó a su estómago.

—¡Por favor, no! —rogó ella.

—¡Isabella! —me escuché gritar, llorando por la impotencia de no poder ayudarla.

Su piel se incendió, sus gritos inundaron todo el lugar, y yo sentí que el corazón se me detuvo porque Imbécil aumentó la potencia de la electricidad.

Mi mundo se desmoronó al ver que la marcaban como a un animal. Lo único bueno que tenía en mi existencia estaba siendo destruido y caí al suelo, siendo sucumbido por sus gritos desgarradores, llenos de dolor y desesperación. Consciente de que nada me torturaría más como ese lamento de la única mujer que llegó a importarme más que la vida misma.

Y a la que también le fallé como jamás le fallé a nadie.

—Al fin te veo como tanto anhelé, perro hijo de puta —celebró Imbécil.

Me importó un carajo su burla, dándole el gusto de escucharme sollozar, puesto que mis demonios también lloraban junto a mí, por lo que el orgullo quedó de lado en ese momento.

Jamás me perdonaría haberle fallado así a Isabella.

 

 

—¡Hijo de la gran puta! ¡¿Qué quieres aquí?! —espeté al ver a Darius.

Casi traspasé la celda queriendo cogerlo de la camisa para molerlo a golpes. El maldito hijo de puta se atrevió a besar a Isabella, la usó de escudo y la acechó durante días, pero no pudo protegerla de esa tortura cuando Marcus aseguró que él no buscaba dañarla.

Aunque tampoco defenderla según lo estaba comprobando.  

—Hablar contigo —respondió, carraspeando para que su voz se escuchara fuerte.

Solté una carcajada.

—¿Dónde mierdas estabas cuándo en realidad debiste buscarme? —pregunté satírico, refiriéndome a que no sirvió para evitarle la tortura a Isabella, y me acerqué a los barrotes.

Me había despertado rato atrás tirado en el puto suelo. Sin las cadenas o el alambre con el que me apresaron antes. La pantalla en la pared estaba apagada, cosa que me preocupó y desesperó porque no tenía idea de lo que pasó con White luego de que esa mierda la marcara. 

—Esta máscara puede salvar la vida de Isabella —insinuó, y levantó la mano para mostrármela. Sentí un poco de alivio, ya que eso me indicó que ella había sobrevivido—. Hay alguien a quien Amelia quiere más que a esa mujer, y eres tú.

Lo tomé de la camisa cuando se acercó más a la celda y él ni se inmutó.

—Escúchame bien, maldito lameculos —espeté—. Si no estuve antes con esa perra, menos lo haré ahora que tocó a mi chica. Así que no digas estupideces porque en el momento que la tenga frente a mí no dudaré en hacerla pedazos —largué, dejándole ver todo el odio que ennegrecía más mi oscura alma.

Odio dirigido a su familia, pero sobre todo a esa puta de la que una vez creí haberme enamorado. 

—No tenemos mucho tiempo, LuzBel —avisó sin inmutarse—. Van a matar a Isabella y la única salida que encuentro es que tomes mi maldito lugar como Sombra a cambio de la vida de esa chica —debatió, y lo solté de golpe.

—¿Fuiste parte de su maldito juego? —pregunté, aunque fuera estúpido de mi parte.

—Jamás, pero me hicieron presenciarlo —aseguró, y dejó entrever la impotencia en su voz—. Por eso sé que solo van a matarla a ella, ya que esa perra, como acabas de llamarla, no te quiere muerto a ti. Y menos a Elliot, pues sabe que con arrebatarle a Isabella le hará pagar por lo que le hizo.

Traté de llevarme las manos a la cabeza, pero no pude porque la punzada de dolor en mis hombros dislocados me lo impidió.

—¿Cómo estás tan seguro de que con tomar tu lugar Isabella vivirá? —indagué.

Estaba tan desesperado por salvar a la Castaña que en ese momento era capaz de venderle mi alma al diablo con tal de que ella viviera.

—Le exigió a Lucius que no te maten, y ella es la mejor arma que ese malnacido tiene, por eso le está cumpliendo sus caprichos. Elliot no les importa, así que no puedo jugar esa carta —explicó, y solté el aire por la boca—. LuzBel, ¿qué tanto estás dispuesto a hacer para que Isabella viva? —preguntó agarrando los barrotes de la celda, y lo miré. 

«Todo vale la pena por ti. Y no me importa quién haya caído o quién caerá en esta guerra, siempre que no seas tú, porque, así no te dé mi corazón, cuidaré tu espalda, quemaré el mundo y congelaré el infierno con tal de mantenerte a salvo».

Las palabras que le dije a Isabella llegaron a mi cabeza en ese instante y tragué con dificultad, sabiendo que todavía no era tarde para cumplirle mi promesa, porque, incluso vapuleada, mi reina seguía con vida. Y no dudaba que ella era de esas guerreras que, costara lo que costara, se recuperaría de lo que atravesó.

Solo tenía que asegurarme de que saliera con vida de ese lugar.

—Congelaría el infierno y haría un pacto con el diablo si es posible con tal de que esa chica viva —le respondí a Darius sin una pizca de duda y con determinación.

—Te ayudaré a bajar al infierno para que pactes con el diablo —dijo complacido y, aunque sus palabras no me gustaron, no desaprovecharía la oportunidad de salvar a White, aunque yo tuviera que quedarme en su lugar.

Dicho eso se dio la vuelta y se marchó dejándome más frustrado, caminando de un lado a otro porque sentía que el tiempo acababa de detenerse. No sabía ni escuchaba nada de Isabella. Ni siquiera a Elliot. Incluso le grité a este último con la esperanza de que me respondiera, pero solo encontré silencio.

—Joder —gruñí y me senté, recostando la cabeza en la mugrosa pared.

Cometí el error de cerrar los ojos con la intención de apaciguar mi mente, pero en cuanto lo hice las imágenes de lo que vivió Isabella me inundaron la cabeza e incluso pude escuchar sus gritos de nuevo. El corazón se me desbocó y sentí la garganta como si hubiera tragado lija. Y menos mal que Darius volvió en ese momento, pues no soportaría más espera.

—¿Conseguiste algo? —pregunté y escuché mi voz más ronca. Sacó una llave y abrió la celda, metiéndose en ella y cerrándola de nuevo—. Veo que eres de los imbéciles que creen que porque el león come de su mano ha dejado de ser salvaje —satiricé y me puse de pie, conteniendo el gruñido de dolor.

Darius no dijo nada, simplemente me miró a los ojos y alzó la barbilla cuando estuve frente a él. Ambos éramos del mismo tamaño y teníamos la misma complexión, era por eso que con el jodido traje de Sombra lo confundían conmigo.

—No soy un imbécil confiado, pero sí un león enjaulado como tú —admitió, y lo miré sin comprender—. Acabo de darme cuenta de que Amelia me usó para su beneficio.

—Explícate mejor —exigí.

Se acercó a los barrotes y miró a los lados, lo imité y, cuando estuvimos a la par, comenzó a relatarme que llegó a ese lugar sabiendo que su padre y hermana iban a castigarlo porque se enteraron de que estuvo en Inferno para evitar que los otros Vigilantes llegaran a Isabella la noche de la gala, pero nunca se imaginó cómo lo harían.

Según él, jamás obedeció las órdenes que le dieron sobre llevar a Isabella hasta los pies de Lucius, pues era consciente de que querían hacer pagar a la Castaña por cosas que no tenía culpa, cuando ella ni siquiera sabía la verdadera historia de sus padres y que, además, ignoraba la existencia de sus otros hermanos.

—Incluso sabiendo que podían matarme, no estuve dispuesto a dañarla. Jamás sería partícipe de la caída de una reina como ella. Pero al final lo he sido —admitió derrotado.

Miré mis nudillos y muñecas, porque era más conveniente concentrarme en los cortes que los adornaban en lugar de hacerlo pedazos.

—¿Escogiste un color? —cuestioné, recordando ese juego retorcido con el que torturaron a Isabella.

—Mierda, ¿cómo crees? —espetó mirándome. Giré el rostro para enfrentarlo y vi cómo sus ojos brillaban por las lágrimas que contenía—. Sabía que iban a castigarme, pero nunca imaginé que lo harían obligándome a ver cómo Derek y sus hombres la torturaban. Eso me ha llevado al borde de la puta locura, porque no poder protegerla me ha hecho fallarle a mi madre —aseguró.

—¿Por qué le has fallado a Leah?

—La encontré cuando estaba muriendo, ella me pidió que protegiera a su hija y creí que se refería a Amelia, pero ahora, viendo todo lo que le hacían a Isabella, supe que me equivoqué, LuzBel. Protegí a la hija equivocada, y sí, sé que Amelia está siendo usada por Lucius y no es inocente, pero tampoco tiene toda la culpa de lo que ha sucedido.

Solté una risa burlona porque esa era la última estupidez que esperaba escuchar.

—Mis jodidas bolas que no tiene toda la culpa —desdeñé.

—Amelia es bipolar —soltó.

—Bipolar, esquizofrénica, loca de remate. Lo que putas quieras, Darius. No me importa, sigue siendo una perra a la que quiero hacer pedazos —espeté.

—Posiblemente no tengas ni puta idea de lo que conlleva esa condición, por eso entiendo tu reacción y estás en todo tu derecho. Pero necesito que comprendas que esto es complicado. Amelia no está bien y nunca ha sido tratada porque Dios libre a los Black de tener a una persona con esa enfermedad mental en la familia —ironizó lo último y me dio a entender que no era algo que él veía de esa manera, aunque sí los demás.

Me quedé en silencio, sin interrumpirlo, para que él siguiera explicándome, y me enteré de que, en efecto, Amelia no era tratada porque para Lucius eso era una vergüenza. Únicamente dejó que un psiquiatra la diagnosticara con bipolaridad y luego encontró la manera de aprovecharse de los altibajos emocionales de su hija, de la manía y la depresión sobre todo, porque eran cambios que le beneficiaban en sus planes.

—Lucius aprendió la manera de manipular esos episodios en Amelia sabiendo que se pierde por completo en cuanto entra a alguno, así que la hizo caer en uno mixto: depresión y manía. Y con ello consiguió que ella llamara a nuestra madre y la citara en el lugar donde la emboscaron —confesó, y se limpió una lágrima con brusquedad—. Así que cuando estuvo con mamá no lo hizo porque deseaba verla como había estado sucediendo, sino más bien para atacarla.

—Mierda, ¿no me digas que ella…?

—Sí, LuzBel. Todo apunta a que Amelia mató a mamá gracias a la manipulación ejecutada por Lucius —recalcó, y negué con la cabeza—. Y, cuando la naturaleza se dignó de ella y superó ese episodio, él le aseguró que la asesinó en defensa propia, pues nuestra madre quiso atacarla.

»Lo que le resultó conveniente a esa mierda porque Amelia tiende a olvidar todo cuando supera los altibajos. Por esa misma razón ella se niega a creer que abusaron de nuestra madre antes de que muriera. Y traté de darle mi versión y abrirle los ojos, pero me mandó a la mierda y me acusó de que yo sí quería manipularla, debido a que Lucius previó mi movida y se aseguró de cubrir ese aspecto al decirle que todo eso era un invento de Enoc para dejarlos como los villanos.

—Hijo de puta —murmuré con asco, dándome cuenta de que el nivel de maldad en esa mierda era desmedida—. ¿Y cómo fue posible que Leah cayera en esa trampa sabiendo los alcances de Lucius?

Necesitaba saber eso, ya que me pintaron a una mujer inteligente, pero la que Darius me describió pecó de ingenua.

—Porque habíamos estado viéndonos con mamá a escondidas. Todo marchó bien durante un tiempo hasta que Lucius se enteró de que Amelia accedió a verla y quiso castigarla usándola para llegar a ella. Yo me di cuenta de lo que haría cuando fue muy tarde, le avisé a Enoc para que me apoyara, pero a duras penas alcancé a sostener a mi madre en brazos para que no muriera sola. Sellé con su sangre el pacto de proteger a su hija, aunque me alejé de los Black.

»No sin antes intentar matar a Lucius con mis propias manos por haber asesinado a la mujer que, aunque no me dio la vida, me amó como su hijo y me acogió en su familia, pero el malnacido tiene poder y por poco muero en el intento. Entonces decidí cambiar de estrategia y, cuando Amelia me pidió que ocupara el lugar de su amigo como Sombra, vi también una oportunidad para hacerle pagar.

Demonios, esa familia era más retorcida de lo que imaginé.

—La versión oficial es que quien citó a mamá en ese lugar fue Charlotte, una artimaña de Lucius con la que finge proteger la inocencia de Amelia. Y con la muerte de Enoc dieron por zanjado todo. Cerraron ese ciclo —prosiguió, sonriendo sin gracia—. Y si Amelia quiere asesinar a Isabella es simplemente para hacerle pagar que ella sí fue amada por sus dos padres, y porque tú la elegiste. A Lucius ya ni siquiera le importa la hija de sus enemigos, pero sí quiere cumplirle todos los caprichos a su mejor elemento, por eso la apoya —añadió.

Y continuó explicándome lo impotente que se sintió cada vez que vio y escuchó gritar a Isabella con dolor mientras la torturaban, sin poder hacer nada, pues se arriesgaba a que lo mataran y ya había aprendido que podía conseguir más sobreviviendo que dejándose asesinar por ceder a los juegos de esas mierdas.

—No tienes idea del asco que me provocó ver sus rostros de satisfacción. Del asco que he sentido de mí mismo por permitirlo, pero ¿qué mierda puedo hacer en contra de este ejército? —No me dejó responderle—. Únicamente conseguí escabullirme para venir a proponerte que tomes mi lugar como Sombra y, cuando regresé para hablar con Amelia, su sonrisa triunfante me hizo darme cuenta de que era lo que esperaba.

—Por supuesto —ironicé, y él me miró—. La maldita zorra astuta es consciente de que no iba a conseguir más que su muerte si venía a proponérmelo ella misma, así que decidió utilizar tu debilidad por Isabella para que fueras tú quien me buscara, pues sabía que ni siquiera iba a tener que pedírtelo, simplemente te haría ver lo que le esperaba a la Castaña si no interferías —deduje.

—Exacto, pero ahora mismo eso no me importa. Si Isabella tiene la posibilidad de salir viva, pues me alegro de que me hayan usado —admitió, y sentí la sinceridad en sus palabras.

Y por mucho que eso me jodiera, agradecí tener una oportunidad, incluso si eso significaba ceder ante los jodidos deseos de esa perra que estaba sabiendo cumplir su promesa al cogerme de las bolas.

—¿Qué quiere de mí? —pregunté, ya no quería seguirle dando vueltas al asunto.

—Que mueras para Isabella, tu familia y amigos. Como ella lo hizo hace años. Y te conviertas en Sombra, su compañero. —Negué con la cabeza—. Solo de esa manera la dejará salir de aquí con Elliot, LuzBel —aseveró—. En este momento está maniaca, así que deberás fingir que te encanta la idea de estar con ella, porque si no tu hermana e Isa sufrirán las consecuencias. 

Fruncí el entrecejo cuando incluyó a Tess.

—Explícame bien las mierdas, porque este no es el momento para dejar información de lado.

—Así que no lo sabes aún —confirmó sonriendo, y me tensé—. Cuando las secuestraron, les implantaron un dispositivo en el cerebro. —Apreté los puños con tanta fuerza que agradecí el dolor de mis nudillos—. Es una tecnología rusa, indetectable para cualquier otra. La creó el gobierno como método de castigo y premio, por lo que proporciona dolor o placer, según lo que quién la maneja desee, y cómo se lo gane quién lo porta.

—¿Provoca migrañas? —pregunté con la voz ronca, y él asintió.

—Un derrame cerebral si lleva al límite del dolor. Y un ataque cardiaco si lo trasladan al extremo del placer. Además, si intentaras retirarlo antes de apagarlo con el aparato que fue creado para eso, provocarías un daño irreparable en la médula espinal.

—Me cago en la puta que los parió —gruñí entre dientes, sintiendo mi respiración irregular.

—Lucius y Amelia son los únicos con acceso al mando que controla el dolor y el placer. Y deduzco que ya sabes en quién lo han estado usando más. —Cerré los ojos procesando la información, entendiendo las migrañas de Tess.

—¡No! ¡No, no y no! —grité con la frustración aumentando en mí—. ¿Cómo mierdas tienen tecnología rusa? —espeté.

—Los rusos son amigos de los enemigos de Estados Unidos, LuzBel. Así que, que no te sorprenda que Lucius sea la puta de ellos —replicó—. Y con esto espero que entiendas que no tienes muchas alternativas si deseas como yo que Isabella salga viva de aquí, o si esperas que tu hermana esté bien. Porque, si aceptas ser Sombra, debes hacerlo como Amelia desea y por tiempo indefinido, lo que significa que sí o sí vas a morir ante el mundo.

Supe en mi interior que Darius no mentía y que, si yo deseaba mantener a salvo a Isabella, tenía que hacer lo que Amelia quería. Por lo que mi decisión no fue tan difícil de tomar.

—No puedo guiar el viento, pero puedo cambiar la dirección de tus velas —susurré las palabras de Amelia y volví a comprenderlas.

—¿Qué significa eso? —preguntó Darius.

—Dile a Amelia que antes de tomar una decisión tengo que hablar con Isabella —respondí.

Ya había decidido, pero buscaría mi oportunidad para despedirme de mi chica porque no era posible que me arrebataran eso también. Y era consciente de que lo jodí todo al permitir que mis sentimientos afloraran de nuevo. Me cagué en la vida de Isabella desde el instante en que dejé que el mundo se enterara de que ella me importaba más de lo que demostraba. Y le fallé a Enoc por no asegurarme de protegerla antes de permitir que la identificaran como mi debilidad.

Pero, si decían que mientras hubiera vida existían las posibilidades, entonces buscaría las mías y les sacaría provecho.

—No hay tiempo, LuzBel. —Bufó Darius desesperado.

—Seré Sombra si es lo que Amelia quiere, pero antes deben dejarme hablar con Isabella por última vez —refuté, y él me miró reticente—. Solo déjenme despedirme de ella, joder —supliqué entre dientes, y mis ojos ardieron.

—Hazlo —concedió una voz que conocía a la perfección, pues la dueña se convirtió en el ser más despreciable para mí—. Darius te explicará luego cómo se hará todo, mientras, te obsequiaré el tiempo suficiente para decirle adiós a esa puta. —Amelia habló con odio, pero no se comparaba al que yo le transmití al mirarla. Ya fingiría después—. Y pobre de ti si intentas pasarte de listo, LuzBel. —Sus ojos estaban más oscuros y actuaba raro. Jamás la vi en ese estado—, porque te juro por mi sangre que será ella y Tess las que pagarán las consecuencias.

No le dije nada porque en ese momento era ella quien sostenía la sartén por el mango, únicamente la miré prometiéndole que no solo moriría para Isabella y mi familia, sino también para la Amelia que consideré en el pasado.

Y a la perra en la que se convirtió le haría arrepentirse el resto de su vida por el hombre en el que me obligaría a renacer, ya que ese le demostraría que el infierno que vivió con su padre era el cielo comparado con el que yo le haría conocer.

Así me tardara una vida, ella, Lucius, Derek, Imbécil y cada jodido Vigilante le temerían al Sombra que yo les daría. Y les demostraría lo que era ser un villano de verdad.

No me subestimes

Elijah

 

—Pase lo que pase, prométeme que cuando salgas de aquí te olvidarás de LuzBel.

—No, no, no, no, Elijah.

—Prométemelo, Isabella.

—Vamos a salir los tres de aquí.

—Lo haremos, White, solo quiero asegurarme de que sepas que nunca fui LuzBel porque jamás pude sacarlo a luz contigo cerca, por más que lo intenté, mi pequeño infierno.

—Yo también, White. Yo también me quemé a mitad del camino.

 

—Siempre cuidando tu espalda, ¿recuerdas?

—Eres una buena razón, Isabella. 

—¡No, no, no, no! ¡No, Elijah! ¡Por favor, no! ¡No me hagas esto!

—¡Dios mío, Elijah! ¡No por mí, te lo suplico! ¡No por mí, amor!

—¡Sí por ti, Bonita!¡No vales la pena, lo vales todo! ¡Vales mi vida!

—¡Dios nooo! ¡Te lo imploro! ¡Nooo!

 

—¡BUH! —Jadeé cuando Imbécil me derramó el agua con hielo encima, despertándome del sueño que me venció después de dos días negándome a dormir. Arrancándome de los últimos recuerdos que tenía de cuando estaba a minutos de perderlo todo—. Lo siento, pajarito, pero tu habitación apesta, así que tenía que bañarte.

No le dije nada, simplemente me apoyé en la pared para poder pararme y abrazarme a mí mismo.

Ese día estaba cumpliendo tres semanas de estar metido en una maldita cloaca, un lugar que me demostró que era claustrofóbico. Aunque ¿quién no lo sería si lo encerraban en un espacio de cuarenta pulgadas de ancho y largo por siete pies de alto?

Lucius me estaba torturando por haber intentado escapar junto a Isabella y Elliot el día de la explosión, pues rompí en la primera oportunidad que tuve la promesa que le hice a su hija de quedarme a cambio de que dejara vivir a la Castaña. Y, ya que supieron lo mucho que la presencia de Imbécil me torturaba, lo dejaron a cargo de mi castigo hasta que aprendiera que los juramentos no debían romperse.

—¿Quién lo diría no? El hijo de puta de LuzBel, el orgulloso malnacido, meándose y cagándose en el mismo lugar donde come y duerme —siguió burlándose, y apreté los dientes cuando me intentaron castañear por la otra cubetada de agua con hielo que me derramó.

Agaché la cabeza y cerré los ojos sabiendo que no me veía, pues estaba en lo alto de la cloaca.

Me sentía demasiado débil, aunque mi orgullo, como señaló esa mierda, estaba intacto, ya que prefería seguir metido en ese lugar, desnudo, soportando el frío y sus burlas, pero seguro de que le cumplí mi promesa a White y conseguí que saliera con vida de ese lugar.

—¡Detente! —Me encogí de hombros ante el poco de agua que Imbécil volvió a echarme encima y reconocí la voz de Darius.

—Tú no me das órdenes a mí —espetó Imbécil.

—Pero yo sí, idiota —le reprochó la voz robotizada de Amelia, lo que me hizo suponer que iba disfrazada de Fantasma.

Se hizo silencio en la sala, únicamente escuché pasos acercándose y luego una maldición proveniente de Darius, seguido de su petición para que le ayudaran a sacarme de ese lugar.

No dije nada y aduras penas colaboré alzando los brazos para que me levantaran. Al estar fuera me cubrí los ojos porque la luz me dañó y luego sentí que me pusieron una tela encima. Minutos después conseguí ver a Fantasma frente a mí y eso hizo que mis fuerzas volvieran como por arte de magia.

—¡Joder! Cálmate, hombre —exigió Darius en cuanto tomé a su hermana del cuello con fuerzas.

—¿Gozas viéndome así, jodida perra? —gruñí y la escuché jadear—. ¿Me sigues queriendo así? ¿Apestando a mi propia mierda?

La solté de golpe y caí de rodillas cuando Imbécil me disparó con una taser. Esa vez me hizo sucumbir con más facilidad porque mi cuerpo a duras penas seguía funcionando, igual que mi cerebro. 

—Sal de aquí —le ordenó ella a Imbécil.

—No lo recomiendo, Fantasma. Este idiota no sabe defenderte —replicó él refiriéndose a Darius.

Había caído sobre mis rodillas y manos, pero tuve la fuerza para alzar la mirada cuando Darius le dio un cabezazo a Imbécil, este gruñó e intentó defenderse, pero Darius no se lo permitió y lo sacó a golpes del lugar donde me tenían. Amelia, en su traje de Fantasma, los ignoró y se dedicó a estudiarme con sus ojos llenos de lástima, lo que me hizo reír.

—Finges bien, hija de puta —me burlé, apoyándome en mis talones y recomponiendo la franela que me echaron encima para cubrir mi desnudez. Ella no me respondió, pero sí le hizo un ademán con la cabeza a los otros Vigilantes que la acompañaban para que salieran, y le obedecieron de inmediato.

Tres semanas atrás ejecutó un plan maestro conmigo. Me hizo morir de la peor manera frente a los ojos de Isabella y Elliot para que no quedara ninguna duda. El ascensor había sido de vidrio inteligente para poder mostrar las imágenes de mi sangre corriendo por él, una ilusión capaz de traumar a cualquiera.

Aunque la mochila que dejaron a un lado contenía la bolsa de sangre que me extrajeron antes, y esa sí que explotó para que los forenses encontraran mi ADN, junto a vísceras y sesos que todavía no sabía si eran reales u otra más de las mentiras que elaboraron para que la farsa se volviera perfecta.

Tras hacer eso me llevaron para la celda en donde antes me tuvieron, e hicieron explotar el piso por donde vi salir a Isabella y a Elliot. Horas más tarde, luego de ver cómo Jacob los encontró y sacó de allí junto a otros Grigoris, me di cuenta de que en realidad había muerto para ellos.

—Cuando regresé por ti a ese edificio, creí que te había recuperado —murmuró Amelia, sacándose la máscara de Fantasma, y solté una carcajada carente de diversión, pero cargada de burla.

Cuando volvieron por mí, junto a Darius como Sombra, fingí porque él me lo recomendó, pero lo único que deseaba era matarla por lo que me obligó a hacer. Aunque tuvo suerte, ya que lo habría hecho si su padre no me hubiera encerrado en esa cloaca para castigarme.

—Ya habías matado a Elijah con tu necedad de dañar a Isabella, y ese día te encargaste de asesinar a LuzBel, Fantasma —la llamé así porque dejó de ser Amelia para mí—. ¿O qué? ¿Creíste que solo moriría para las personas que me importan? —inquirí con amargura.

—Me hiciste una promesa —recordó dolida.

—¡Me he cagado encima de tu jodida promesa estas tres semanas! —largué y me puse de pie para acercarme de nuevo a ella, dejando caer la franela de mi cuerpo sin importarme mi desnudez—. Hazlo si tienes los ovarios —la reté cuando sacó una Beretta y la apuntó hacia mí intentando defenderse.

—LuzBel —advirtió Darius regresando con nosotros.

No le hice caso, en cambio, llegué a un paso de distancia de Amelia y tomé el cañón de su arma para ponerla en mi frente.

—Ya me hiciste explotar frente a tu hermanita, la chica que hizo que te olvidara en un santiamén.

—¡Cállate! —exigió ella, y sus ojos se llenaron de lágrimas, quitándole de paso el seguro a la Beretta.

—¡Dispara, jodida perra! —largué, haciendo más presión con el cañón en mi frente—. Explótame el cerebro, porque es de la única manera que dejaré de pensar en Isabella White, mi chica…

—¡Joder, LuzBel! —gritó Darius lleno de impotencia.

—Mi reina —seguí.

—¡Calla! —volvió a gritar Amelia.

—La mujer por la que cedí a estar aquí, ¿entiendes? —pregunté, y vi las lágrimas rodar por sus mejillas—. No estoy aquí por ti, sino por ella.

—¡Aaah! —gritó, y ni siquiera cerré los ojos cuando comenzó a dispararme, lo hizo tres veces, y noté su arrepentimiento por no haberle puesto balas al arma.

Le sonreí de lado, con toda la maldad que llenaba mi alma, y sin que se lo esperara la tomé de la nuca para acercarla a mí y susurrarle al oído, obligándola a que respirara el hedor a la inmundicia en mí.

—Me querías como Sombra, pues aquí me tienes, cariño. —Se zafó de mi agarre con brusquedad y se alejó de mí.

—Espero que disfrutes de las noticias que recibirás esta noche —siseó, y tras eso se dio la vuelta, dejándome con Darius, quien seguía maldiciendo.

—No tienes idea de cómo acabas de cagarla —espetó él entre dientes.

Respiré hondo, tragué con dificultad y apreté los puños. Sabía que la había cagado, pero no podían esperar que actuara sumiso cuando nunca lo había sido, y peor aún después de tenerme en condiciones deplorables por haber intentado aprovechar una oportunidad para escapar de ellos.

—Intenta pasar siquiera una semana sufriendo de claustrofobia, respirando el hedor de tu propia mierda, tratando de limpiarte con tus meados y comiendo la comida podrida que te dan. Soportando las cucarachas y otros insectos encima de ti, que te den duchas de agua con hielo cuando el frío está en su punto más alto. Trata de dormir en un espacio de cuarenta pulgadas o intenta no hacerlo para que los recuerdos no te torturen, y luego, actúa obediente y agradecido cuando te pongan enfrente a la causante de que hayas vivido todo eso —gruñí.

Me giré para enfrentarlo y vi en su rostro que entendió el error que cometió al llegar con Amelia. 

—Te entiendo y sé de lo que hablas —señaló, y lo miré más tiempo del necesario, comprendiendo que no estaba siendo empático, sino más bien confesándome una verdad—. Y fueron tres semanas como tú. Este es el castigo preferido de Lucius cuando solo quiere dar un escarmiento y no matar a nadie —añadió, y recordé que me comentó que, luego de intentar asesinar a su padre adoptivo, este lo hizo pagar—. Aunque a diferencia de ti, yo salí más débil.

—¿Vas a sacarme de aquí? —pregunté porque no quería hablar de lo que vivimos.

—De esta celda sí, pero no de la cárcel donde te tienen.

—Ahora mismo me basta con que me lleves a tomar una ducha.

Asintió sabiendo que no era momento para que habláramos, pues me urgía quitarme el hedor de encima para poder sacarme de la cabeza un poco de la locura que estaba a punto de hacerme perder esa batalla.

Pasé más de dos horas debajo de una regadera que por suerte tenía agua caliente. Y casi me acabé la pastilla de jabón y el bote de champú que Darius me proporcionó, luego de eso me vestí con la ropa típica de una cárcel, en color blanco, y me calcé unas zapatillas TOMS.

—¿Cuántas personas hay aquí? —indagué cuando estábamos en un comedor.

La comida era una mierda, pero al menos no estaba podrida y era alta en proteína. Antes de llegar ahí Darius hizo que un médico me revisara y terminé con ambos hombros vendados con un material que me apretaba hasta dañarme, pero no me quejé porque era de la única manera que conseguiría que las dislocaciones mejoraran. Por suerte no estaba deshidratado, ya que aproveché las duchas de Imbécil para beber toda el agua que me fuera posible, aunque sí tenía una infección estomacal, aparte de los golpes que me dieron y que iban sanando con lentitud.

—No lo sé. Traté de olvidarme de este lugar luego de que me liberaron, pero no creo que haya muchos presos, la mayoría son Vigilantes que se encargan de supervisar que todo esté en orden. Y son los hijos de puta más confiables de Amelia y Lucius, gente capaz de dar la vida por ellos. Y de buena gana —explicó.

Me metí una cucharada rebosante de avena a la boca, queriendo recuperar la fuerza y energía.

—¿Cómo se llama el imbécil que han puesto para que me torture?

—Fred y, antes de que preguntes, no puedes matarlo. Es el favorito de Lucius y, si le tocas un solo cabello, volverás a la puta cloaca y esta vez los ruegos de Amelia no servirán de nada. —Lo miré alzando una ceja por lo último que dijo—. No te hemos sacado porque te lo ganaste, LuzBel, lo hicimos porque ella rogó por ti y se comprometió a que de ahora en adelante ya no la cagarás.

—Joder, son imbéciles si se comprometen por alguien más, y sobre todo si esta persona ansía venganza —espeté— . Y el hecho de que tu jodida hermana haya rogado por mí no me hará arrepentirme de lo que le dije. Lo hice porque lo sentí y quise sacarlo de mi sistema, y si me la vuelves a poner enfrente volveré a hacerlo. Así que más le vale que esta vez sí le ponga balas a su arma —advertí, y él bufó con cansancio.

—¿Sabías que no tenía balas?

Negué con la cabeza.

—Creí que sí, pero el puto encierro me ha tenido al borde de la locura, así que no me importó ver a la muerte a los ojos.

—Pues tienes suerte de que la muerte también se haya enamorado de ti. Eso sí, no la tientes demasiado porque una vez te lo pasará, y no creas que se quedará así —señaló.

—¿Viniste solo para servir de intermediario?

—No, vine para cumplir la promesa que te hice —soltó, y dejé la comida de lado.

No se lo pedí, salió de él prometerme que me mantendría informado de lo que pasaba con mi gente. Y ni las torturas de esas tres semanas me hicieron sentir tan derrotado como escucharlo hablándome del sufrimiento de mi familia por mi muerte, o de que Isabella había pasado varios días en el hospital gracias a que el shock de lo que vivió y tuvo que observar la hicieron derrumbarse.

Perdí el apetito voraz que me había embargado y terminé vomitando con la noticia de que harían un acto simbólico para despedir mi alma, a eso tuve que añadirle que, mientras Darius me ponía al tanto, le avisaron que Tess acababa de ser llevada al hospital por una migraña insoportable.

Amelia estaba haciéndome pagar por lo que le hice y dije.

—¿Saben algo de Isabella? —pregunté afligido, y negó.

—Únicamente llevaron a Tess de emergencia.

Maldije y tiré lo poco que encontré a mi paso, unos Vigilantes se acercaron para controlarme, pero Darius les ordenó marcharse y le obedecieron únicamente porque dos de ellos eran sus amigos.

Cuando estuve más calmado, Imbécil (lo seguiría llamando así porque le quedaba mejor que su nombre) llegó con un séquito de Vigilantes para escoltarme a mi nueva celda, y si obedecí fue solo porque quería recuperarme, además de que estar fuera de esa cloaca era mi única opción para que Darius pudiera informarme sobre el estado de salud de Tess o lo que averiguara de Isabella.

Y porque para cuando llegara el momento de hacerle pagar a esa mierda todo lo que me hizo, quería tener el tiempo suficiente para deleitarme y bañarme con su sangre.

—Pórtate bien, pajarito. Porque no quiero verme en la obligación de volver a romperte las alas —recomendó cuando cerró la celda, y me limité a sonreír.

Los tipos que lo acompañaban fueron inteligentes y se quedaron en silencio, a diferencia de él, que comenzó a carcajearse.

Esa noche no pude dormir, y no solo porque estar en una cama se sentía extraño, sino porque me desesperaba no saber nada de Tess o Isabella, y porque cada vez que cerraba los ojos los recuerdos de mi despedida con la Castaña y sus súplicas cuando la encerré en el elevador me asaltaban.

Dos semanas después seguía sin saber nada de Darius y la claustrofobia de esa celda comenzaba a sentirse igual que la que experimenté en la cloaca. Me sacaban una hora al día, en la que aprovechaba a ejercitarme a pesar de que mis hombros todavía no sanaban, y cuando la noche caía volvía a hacerlo porque prefería sudar a base de agotamiento físico y no por las pesadillas que no me dejaban en paz. A parte de la frustración porque temía lo peor con mi hermana o Isabella.

Y dejé de preguntarle a esos tipos por Darius, debido a que las tres veces en que lo hice terminé siendo torturado por Imbécil y su séquito, pues al maldito le incomodaba mi voz.

—Lucius quiere saber si ya estás dispuesto a hacer tu juramento para los Vigilantes. —Miré a Imbécil cuando llegó frente a la celda y no respondí—. No creas que me hace feliz que te vuelvas parte de nosotros, pero he pedido que te dejen en mi élite para seguirte amansando.

Bufé una risa sarcástica al escucharlo y noté que los hombres que lo acompañaban se miraron entre sí. No parecían muy de acuerdo con ese hijo de puta, y me refería a que no lo toleraban como se suponía que debían hacerlo.

—Sigues reacio, entiendo. Entonces tendremos que darte un incentivo —continuó con su monólogo, y creí que recibiría otra golpiza, pero me extrañó que en lugar de eso le hizo un ademán a uno de sus acompañantes y este arrastró una mesa con ruedas en las patas.

Había un monitor sobre ella, dividido en dos pantallas, una tenía las letras PPG y la otra PRG. Los colores verde, ámbar y rojo resaltaban en cada una y los recuerdos del maldito juego con el que torturaron a Isabella hace poco más de un mes llegaron a mi cabeza de inmediato, lo que me aceleró el corazón e hizo que me pusiera de pie, ya que me mantuve sentado en la cama.

—Puta Princesa Grigori y Puta Reina Grigori —explicó señalando cada pantalla—. Y esta vez tú escogerás un color. Ámbar o rojo, eso divide el nivel de dolor. Dejemos de lado el verde porque es muy aburrido.

—Atrévete a provocarles daño alguno y prometo que te enseñaré por qué tus compañeros me temen —rugí cogiendo las barras.

—¿En serio le temen a este pajarito enjaulado? —les preguntó él. Los tipos volvieron a mirarse entre sí y negaron levemente con la cabeza, respondiendo porque debían, no porque querían—. ¿Ámbar o rojo? —inquirió para mí con una sonrisa triunfante.

Apreté las barras de hierro y negué enfurecido, aunque también sentí una pizca de alivio porque que ese maldito quisiera torturarme así, era una señal de que tanto la Castaña como mi hermana estaban con vida. Y no podía volver a cagarla cuando principalmente estaba en esa situación para protegerlas a ellas.

—Escojo el juramento —siseé entre dientes.

—¡Nooo! Dame diversión al menos por hoy porque estoy aburrido —se quejó como niño caprichoso—. Anda, ¿ámbar o rojo?

—Dije que escojo el juramento —repliqué fuerte, y él se puso una mano en la oreja, fingiendo que quería escuchar mejor.

—¿Rojo? ¡Joder! Eres rudo —exclamó— .Y para ambas. ¡Demonios! Me dejas sin palabras.

—No te atrevas, maldita mierda —advertí cuando hizo el ademán de presionar el botón con el signo de más.

—Fred —aseveró uno de los que lo acompañaban.

El otro maldijo, dejándome más claro que no estaba de acuerdo con lo que Imbécil hacía.

—¿Te atreves a contradecirme? ¿Es en serio? —inquirió indignado para el que habló.

—Te ha respondido que escoge el juramento, eso es lo que el jefe quiere. Así que apégate a las órdenes —exigió el mismo tipo.

—Estoy por encima de ti, mierda. Así que no te pases de listo conmigo —espetó Imbécil y lo cogió de la camisa.

El que se había mantenido en silencio hizo algo con el monitor y este se apagó enseguida. Imbécil se percató de eso y le propinó un puñetazo que lo lanzó al suelo, totalmente enfurecido, lo que me indicó que él no podía volver a encender el aparato, y solté el aire que estuve reteniendo, agradecido en mi interior por la hazaña del tipo.

—¿Ves por qué no permito que mi hermana se líe con esta mierda, Lewis? —Imbécil se dirigió al tipo que habló antes, señalando al que todavía yacía en el suelo enfurecido y conteniéndose para no irse sobre él—. ¡Demonios! Tienes suerte de que ustedes sean mellizos, porque, si fueran idénticos, tampoco te soportaría a ti.

—Tú eres el de la suerte, Fred. Porque te aseguro que, si el jefe no te protegiera, ahora mismo Owen te estaría haciendo comer mierda por tocarle el rostro —espetó Lewis, y el que supuse que era Owen se puso de pie y escupió sangre.

En ese momento sí noté el parecido entre ellos, no como gemelos idénticos, pero sí como hermanos.

—Agradece que vine acompañado de imbéciles —espetó esa maldita mierda para mí, y se marchó como si le habían prendido fuego en el culo.

Los hermanos gruñeron maldiciones y se fueron detrás de él minutos después.

—Gracias —les dije antes de perderlos de vista.

Ambos asintieron en respuesta y continuaron su camino, yo me senté en la cama, consciente de que, si no hubiera sido por ellos, las chicas habrían sufrido las consecuencias del aburrimiento de ese malnacido que cada día me confirmaba que, en efecto, me tomaría mi tiempo con él cuando llegara mi turno para jugar. 

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Dos meses después me encontraba al borde de la locura, viviendo en esa puta cárcel sin tener ni jodida idea de lo que pasaba. Lucius no reclamó mi juramento luego de que acepté hacerlo, y estuve a punto de volver a la cloaca cuando golpeé a Imbécil porque ya me había explotado los cojones con sus burlas.

Darius no volvió a aparecerse por ahí, tampoco Amelia. Pero Owen, el tipo al que Imbécil golpeó por apagar el monitor con el que pretendía dañar a Isabella y Tess, me dijo que ellas seguían vivas y que por el bien de ambas debía dejar de hacer preguntas, ya que eso era lo que evitaba que me juramentaran para que comenzara mi vida como Sombra. Entonces comprendí que la espera era otro método de tortura que me estaban dando.

—Tienes visitas —avisó Lewis, el mellizo de Owen. Dejé de golpear el saco de boxeo que me habían proporcionado para que me mantuviera ejercitado, ya que, por lo que intuí, no querían que perdiera mi fuerza física, solo la mental.

Y no le respondí, simplemente dejé de golpear el saco y me acerqué a beber agua de la botella plástica que dejé a un lado, y esperé a que me indicara a dónde ir.

—Al comedor —dijo, y esperó a que caminara delante de él para escoltarme.

Él y su hermano no se metían conmigo, aunque tampoco me daban la oportunidad de entablar charla (a excepción de la ocasión en la que Owen me dio su consejo). Se limitaban a seguir las órdenes que les daban sobre mí y cuando no se mantenían al margen para no buscarse problemas.

—¡Joder! Al fin te quitaron la correa —chinché a Darius cuando lo vi sentado en una de las mesas del comedor.

El lugar era ocupado en su mayoría por los Vigilantes que cuidaban la cárcel, ya que en todo ese tiempo no vi a ningún otro reo. Yo era el único.

—En realidad, hasta ahora me dejaron entrar a tu perrera —ironizó él—. Por cierto, has agudizado tus ladridos, te escucho más ronco. —Noté que Lewis disimuló una sonrisa y lo miré alzándole una ceja.

—Tienes treinta minutos máximo para que Fred vuelva. Owen te avisará cuando estés llegando al límite —le dijo a Darius, ignorando mi gesto. Este último asintió en respuesta.

—Supongo que son los efectos de hablar poco, pero espero que no hayas venido aquí para saber en qué condiciones está mi voz —respondí a su pregunta, y tomé asiento cuando él me indicó con un gesto de mano que lo hiciera.

Ya había notado la ronquera en mi voz en las pocas ocasiones que llegaba a hablar, pero no le di importancia. 

—Iré directo al grano: Amelia quiere hablar contigo —soltó, y apreté la mandíbula. Todavía no estaba listo para volver a verla y menos después de lo que le hizo a Tess—. Y te sugiero que la escuches ahora que ha salido de uno de sus episodios, por lo que se encuentra medianamente normal.

Me quedé en silencio porque me conocía y era consciente de que, con lo que la tipa me repugnaba en ese momento, el desquiciado sería yo al verla. Sin embargo, también aprendí mi lección y no dejaría que dañara a mi hermana o a Isabella de nuevo, porque, como pensé antes, no sacrifiqué tanto para actuar como un imbécil que solo conseguiría que quien más le importaba pagara las consecuencias.

—¿Qué sabes de mi familia? —le pregunté antes de darle una respuesta.

—Están tratando de seguir adelante, todo lo que la pérdida de alguien a quien aman les permite —respondió, y evité mirarlo—. Tess ha dejado de tener dolores de cabeza, aunque… —Se quedó en silencio, y fruncí el ceño.

Al verlo a la cara noté que estaba buscando la manera de decirme lo siguiente y eso me alertó.

—Suéltalo, Darius, porque no estoy en el mejor momento para esperar —lo exhorté, y soltó un suspiro largo.

—Le he perdido la pista a Isabella desde la última vez que estuve aquí —confesó, y me puse de pie como si la silla donde estaba hubiera tenido fuego.

—¿Qué demonios significa eso? —formulé entre desesperado y furioso.

—Sé que no está muerta, eso puedo asegurártelo —dijo de inmediato para tranquilizarme—. Todo indica que los Pride la han hecho desaparecer para protegerla de cualquier otro ataque por parte de los Vigilantes. Es la única explicación válida que encuentro, ya que tu familia actúa con la poca normalidad que pueden tener en este momento. Y busqué a mis contactos en la sede de California para que me informaran lo que saben, pero no han obtenido noticias. Tu padre únicamente les dijo que Isabella tomará el lugar de Enoc cuando esté lista.

Volví a sentarme, reconociendo la pizca de tranquilidad que se instaló en mi pecho con la explicación de Darius, y solté el aire que estuve conteniendo cuando lo peor pasó por mi cabeza. De alguna manera me hizo sentir un poco más seguro que padre optara por desaparecer a la Castaña.

—Accedí a hacer el juramento con los Vigilantes hace dos meses, ¿por qué me siguen teniendo aquí? —inquirí, decidiendo no seguir torturándome con una vida que ansiaba, pero que ya no era mía.

Y saber que Isabella estaba siendo protegida me animó a mantenerla así, y eso lo conseguiría solo si me convertía en lo que los Vigilantes querían.

—Ni Lucius ni Amelia creen que estás listo, LuzBel. Ellos piensan que aceptaste para que Fred no dañara a las chicas. Déjame seguir porque no tenemos tiempo —pidió al ver mi intención de hablar—. Quiero que entiendas que no estás tratando con estúpidos porque, de ser así, desde hace mucho yo los habría destruido, pero estando dentro me he dado cuenta del poder que tienen, así que deja de creer que soy un lameculos que únicamente sirve para seguir órdenes.

Ya había dejado de creer eso, pues, con todo lo que esas mierdas nos hicieron, entendí por qué eran los enemigos que más nos había costado destruir.

—Para llegar al rey y la reina, primero debo deshacerme de los peones y escalar a los alfiles, torres y caballos. Y, a diferencia de lo que otros piensan, yo no subestimo a las piezas de poco valor, ya que si están en el tablero es porque se han ganado el derecho a jugar —prosiguió—. Y en este juego no gana el que mueve más rápido, sino el que piensa sus movimientos, LuzBel.

«Por lo que te sugiero que, si buscas un lugar en la partida, te enamores del juego, ya que es de la única manera que los convencerás de que eres parte de ellos, aunque tú estés haciendo movimientos propios para darles jaque mate cuando menos se lo esperen.

«Para sobrevivir me dejé consumir por el odio que mi padre alimentó en mí».

Las palabras de Amelia llegaron a mi cabeza cuando comencé a comprender lo que Darius me sugería, pues, si quería proteger a Isabella y mi familia, la mejor manera de conseguirlo era convenciendo a los Vigilantes y sus fundadores de que yo nací en el lado equivocado de la historia, pues ser villano se me daba mejor.

—Haz el juramento y créete un jodido Vigilante, LuzBel, porque te aseguro que para Lucius no habrá mejor victoria que ver a un nuevo Grigori amando hacer el mal —continuó Darius—. Convéncelos de que naciste para esto, abraza la maldad que tienes en tu interior y gánate tu lugar en el tablero; conócelos desde adentro y muévete a favor de ellos y tuyo a la vez. Y luego, cuando menos se lo esperen, derroca al rey.

«No importa si te tardas días o años. Tárdate una vida si es necesario, pero hazlo bien para que no puedan volver a recuperarse. Eso sí, en el momento que te den un poco de libertad, no cometas el error de buscar a tu familia, porque entonces sí asesinarán a Isabella o a tu hermana. Ya que, cuando te digo que te creas un Vigilante, también me refiero a que aceptes tu muerte, porque te guste o no, moriste para los que te importan. Así que dales a Sombra, sé Sombra, y con él desata al demonio del que tanto alardeas.

—Darius, Fred ya viene en camino. —Ambos miramos a Owen cuando llegó a dar ese aviso.

Joder. Los treinta minutos habían pasado demasiado rápido esa vez.

Darius se puso de pie, esperando a que le dijera algo sobre todo el discurso que me dio, pero, como él mismo aconsejó, debía pensar mis movimientos y no hacerlos a la ligera.

—Supongo que Amelia puede venir aquí cuando quiera —murmuré mirándolo a los ojos.

—Sí, pero evita hacerlo si tú no quieres, ya que, como te dije antes, ahora mismo está cuerda.

—Qué considerada —ironicé, y él rio, negando con la cabeza al ver que me mantenía a la defensiva—. Si quiere hablar conmigo, ya sabe dónde encontrarme —acepté segundos después y noté que lo tomé por sorpresa.

Pero también le satisfizo que yo empezara a seguir sus consejos, ya que con mi respuesta comprendió que, así no dijera mucho sobre su discurso, sí comencé a hacer la primer movida de mi propio juego.

Nos despedimos después de eso porque admitió que no quería cruzarse con Imbécil y que este le fuera luego con el chisme de su visita a Lucius, pues era mejor evitar que pensaran que él estaba malaconsejándome; cosa que comprendí, ya que, si mi intención era empezar a jugar para mi propio beneficio, debía creerme yo mismo el papel que desempeñaría. Así no me resultara fácil, porque estaba consciente de que no lo sería, sobre todo con la necesidad que me seguía embargando de escapar y buscar a Isabella.

Mierda.

Ese era el único pensamiento en mi cabeza, el que pulsaba en mi interior a cada segundo junto a los latidos de mi corazón: salir de ahí y buscar a la Castaña para tratar de borrar de su mente todo lo que le hicieron y lo que tuvo que ver, pero no me haría idiota, pues Darius tenía razón. Si yo conseguía la oportunidad de salir de esa cárcel y la buscaba, la llevaría a una muerte segura.

Y si seguía vivo era para mantenerla con vida a ella, como se lo aseguré el día que estuvimos en la casa del bosque de madre.

—Me cago en la puta —espeté, dándole un puñetazo a la pared. Frustrado, desesperado, impotente y derrotado—. Morí hace tres meses, así que es mejor que empiece a aceptarlo.

Como todas las noches, no dormí casi nada gracias a Imbécil, que tenía de rutina ducharme con esa manguera a presión que tanto le gustaba justo a las cuatro de la madrugada. A veces me sorprendía llegando antes o más tarde porque el hijo de puta decía que era aburrido que no saltara de la cama con emoción por verlo.

—¡Me intrigas, pajarito! ¡¿Por qué sonríes mientras te ducho?! —gritó para que lo escuchara por encima del sonido del agua.

Lewis y Owen habían dejado de acompañarlo desde la vez que me ayudaron a que no dañara a Isabella y Tess, por lo que eran otros Vigilantes que sí gozaban de lo que me hacía los que llegaban con él. Aunque esa mañana los mellizos estaban a su lado, serios, siguiendo órdenes.

—Más pronto de lo que te imaginas, te meteré esa manguera por el culo, ya que veo que la adoras —prometí entre los castañeos de mis dientes por el frío que me provocó el agua.

—Que bueno que ya el encierro te esté volviendo loco, por eso alucinas. Pero hazlo, pajarito, se vale soñar —desdeñó, y sonreí.

Noté que los mellizos escondieron sus sonrisas, de seguro porque sabían que no hablé por hablar.

—Ahora vístete antes de que te refríes y ve a desayunar luego porque tendrás visitas —demandó y soltó una carcajada porque el hijo de puta me mojó la ropa—. Asegúrense de que no se tome más tiempo del necesario —le ordenó a los mellizos, y se marchó.

Apreté los puños para esconder el temblor en mi cuerpo por el frío y negué con la cabeza, maldiciendo en mi interior e imaginando todos los escenarios de torturas que le haría a esa mierda.

—Ve a conseguirle ropa seca —le pidió Owen a Lewis.

—Déjenme así —demandé.

—No te conviene enfermarte —señaló Lewis.

—No pienso hacerlo. Y, con la determinación que tengo en este momento, sé que no lo haré —aseguré—. ¿Puedo saber quién vendrá? —Owen miró a su hermano al escucharme, ya que Lewis tendía a ser más reservado que él.

—Lía —respondió Owen, y fruncí el ceño por qué le llamaran así.

Supuse que nadie más usaba ese apodo con ella a excepción de mí, ya que en su momento me aseguró que únicamente lo toleraba de mi parte. Sin embargo, me importó un carajo que ellos lo utilizaran también luego de unos segundos.

—¿Ustedes son parte de la élite de ella? —Me aventuré a seguir con las preguntas.

—No, somos de la élite de Sombra. —Fue Lewis el que respondió, y comprendí por qué Darius parecía tenerles confianza.

—¿Imbécil a cuál pertenece?

—A la de Fantasma, pero se ha ganado favores con Lucius. —Reí sin gracia con la respuesta de Owen.

—Bien, estoy listo para ir al comedor —dije dando por terminada esa conversación de monosílabos en su mayoría.

Era consciente de que ellos se arriesgaban respondiendo mis preguntas, así como que no podían darme todas las respuestas que necesitaba. Y tampoco me encontraba en condiciones para procesar demasiada información con el jodido frío que me estaba haciendo doler los huesos; me urgía tener algo caliente en las manos y en el estómago porque la ropa tardaría en secárseme. Y no decidí quedarme mojado para darle lástima a Lía, sino más bien para mantener claro que no quería ni podía regresar a esa jodida situación.

Tres horas más tarde le pedí a los mellizos que me llevaran al saco de boxeo para entrar más rápido en calor, mojando de nuevo mi ropa enseguida, pero esa vez por el sudor provocado por el ejercicio. Y únicamente me detuve cuando mi cuerpo se tensó y vi de soslayo la pequeña figura de brazos cruzados mirándome desde una distancia prudente.

—¿Qué te tiene tan absorta? ¿Verme limpio o que siga vivo? —espeté entre jadeos, deteniendo el saco para que dejara de moverse luego de darle el último golpe.

Amelia no respondió, así que me giré para mirarla y disimulé muy bien mi sorpresa al tener frente a mí a la chica que fue mi novia años atrás. Había dejado su gesto de hija de puta, mostrándome más que estaba asustada. Darius se encontraba a su lado y noté que le tocó la espalda en señal de apoyo, o animándola a que hablara.

Bufé una risa.

—Verte —respondió con tono suave, y esa palabra me dio a entender que sentía como si me estuviera viendo por primera vez en años—. Darius me dijo todo lo que he hecho —añadió, y dio unos pasos para acercarse a mí.

No dejó de sorprenderme su capacidad de ser la más perra cuando estaba maniaca y la más estúpida en su estado normal. Y no pensé así porque estaba siendo el hijo de puta orgulloso de siempre, sino más bien porque gracias a sus caprichos me hallaba metido en ese jodido infierno, por lo que la poca empatía que pude tener alguna vez desapareció de mi sistema.

—Y sé que no puedo dar marcha atrás, aunque, ya que estás aquí tampoco quiero —aceptó acercándose a un paso de mí, y me sobresaltó que intentara acariciarme el rostro.

—Ni lo intentes —gruñí y le tomé la mano con brusquedad para alejarla de mí—. Porque el hecho de que me tengas aquí encerrado no significa que me has amansado. Sigo siendo una bestia, y una más furiosa esta vez.

Tragó con dificultad al escuchar mi voz ronca, dándose cuenta de la ira que intentaba contener. Darius negó con la cabeza detrás de ella, indicándome de esa manera que no perdiera el rumbo, pero lo ignoré porque, a pesar de sus consejos, iba a actuar a mi manera, y eso no implicaba comportarme como un marica que perdonaría fácilmente lo que le estaban haciendo.

Cedería solo lo suficiente.

—Sé que Darius te habló de cómo me denominan —dijo dando un paso atrás.

No le respondí, pero recordaba muy bien lo que él me explicó hace meses, sobre la condición de esa chica y de que se la pasaba saltando entre estados maniacos y depresivos todo el tiempo. De las pocas y raras ocasiones en las que la vida le permitía ser normal. Y de cómo Lucius no podía consentir que su hija fuera tratada por enfermedad mental porque la utilizaba para su beneficio.

—Y, aunque no lo creas, solo cuando estuve contigo pude mantenerme cuerda, Elijah. Incluso llegué a pensar que me habías curado —susurró, y en lugar de darme lástima deseé tomarla del cuello y estrangularla hasta que dejara de hablar estupideces—. Fuiste mi salvación, mi protector, mi normalidad y el amor de mi vida. Lo sigues siendo, todavía te…

—¿A eso has venido? ¿A hablarme estupideces? —la corté antes de perder el control.

—Dame la oportunidad de explicarme, por favor —rogó, y escuché a Darius maldecir.

—Vete a la mierda, Amelia —largué, y decidí que era mejor marcharme a mi celda antes de cagarla más.

—Joder, hombre. Espera —aseveró Darius.

—Ya tengo suficiente mierda en mi vida como para añadir más —escupí sin dejar de caminar.

Pero Amelia volvió a hablar y sus palabras me detuvieron de golpe.

—Si haces tu juramento Vigilante y lo respetas y cumples como todas tus promesas, te juro que conseguiré que mi padre deje en paz a tu familia. Y yo me alejaré de Isabella. —No me giré, aunque me quedé escuchándola con atención—. No atentaré más contra su vida, me olvidaré de ella y de tu hermana, pero quiero que tú me jures lealtad, a mí y a la organización. Necesito que me prometas que no la buscarás en el momento que te dejemos salir de aquí. Porque, si lo haces, les explotaré el cerebro.

Sonreí con ironía por lo fácil que dejaba de ser Amelia y se convertía en Fantasma incluso sin ponerse la máscara.

—Si desactivas los dispositivos que tienen en la cabeza, me pongo a tus pies si es lo que deseas —aseguré, dándome la vuelta para enfrentarla.

Tragó con dificultad y noté su pecho hinchado por el aire que contenía.

—Estoy lúcida, no estúpida —satirizó—. Que ellas tengan ese dispositivo es la única garantía para mí de que te mantendrás a raya y cumplirás tu promesa.

Inteligente de su parte, no lo negaría, aunque eso lo mantuviera solo para mí.

—¿Por qué crees que sigues viva, Dahlia? —solté, deseando que siguiera odiando ese nombre. Ella no comprendió la razón de mi pregunta, pero sí se tensó con molestia—. Hace años te prometí que te protegería y si no lo conseguí del todo fue solo porque te abriste de piernas con Elliot y eso me distrajo.

La vergüenza surcó su rostro y me provocó gracia. También vi que Darius se incomodó con eso, pero se mantuvo al margen de esa discusión porque me estaba dejando pelear mi propia batalla. Y no, no le dije nada de eso para mantener mi farsa, al contrario, era verdad y era eso lo que necesitaba: encontrar las jodidas verdades para no mentir y delatarme.

—Pero tuve la oportunidad de asesinarte con mis propias manos cuando volviste —seguí y me acerqué a ella—. Pude entregarte a Isabella para que ella te matara cuando bajaste la guardia conmigo con la ilusión de que te follara —añadí por lo bajo justo al tenerla a centímetros y su respiración se agitó—. Sin embargo, recordaba mi jodida promesa y te dejé marchar sana y completa, aunque con la moral vapuleada por no querer usarte. Solo para que me siguieras jodiendo la vida. Y ahora te da por no creer que, si digo que haré algo, lo cumpliré sin que me amenaces.

—Yo creía ciegamente en el Elijah enamorado de mí —se defendió—. No en el que ha sido capaz de aceptar su muerte por ella. Así que perdóname si me atrevo a dudar de que no la buscarás al tener la libertad.

—Desactiva los jodidos dispositivos y me tendrás para siempre, te lo juro por mi sangre —insistí—. O quítame lo único que me mantiene aquí y te prometo por mi vida que sabrás que lo que viviste con tu padre al volver fue el cielo en comparación al infierno que yo te daré. 

Ambos nos miramos a los ojos luego de mis palabras y sé que ella vio la determinación y la verdad en los míos, lo que la hizo enfurecer y entristecerse al mismo tiempo, pues de nuevo le estaba demostrando todo lo que era capaz de hacer por mi hermana.

Y sobre todo por la suya.

—Los rusos solo nos entregaron cuatro prototipos de prueba, pero no han creado el dispositivo que los desactiva —dijo luego de unos minutos, mas no le creí.

—Haré el juramento para Lucius, David y Fantasma —repliqué, dejando claro que solo sería esta última para mí.

—Elijah…

—Sombra de ahora en adelante, Dahlia. Mataste a Elijah y a LuzBel. Y yo vi morir frente a mis ojos a Amelia. No lo olvides —desdeñé, y apretó los puños.

—Soy Lía ahora.

—Yo solo veo a Fantasma.

—¡Maldición! Vas a quedarte y cumplir, lo sé. Pero para mí eres Elijah y quiero que me des la oportunidad de hablar contigo, de que me conozcas como no pudiste hacerlo mientras estuvimos juntos. Deseo demostrarte que estar en mi mundo no tiene por qué ser un castigo para ti. —Solté una carcajada por sus estupideces—. Dámela y te doy mi palabra de que, así ella mantenga ese dispositivo, mientras no se meta en mi territorio, será intocable para la organización. 

—Dile a tu padre que Sombra está listo para su juramentación —le pedí a Darius, dejándole claro a Amelia que no llegaríamos a nada si seguía usando esa amenaza y si no me daba lo que le pedía, porque yo no era estúpido como para tragarme la mentira de que crearon la enfermedad, pero no la cura.

—Lo haré —aseguró Darius, y con la mirada le agradecí que me apoyara.

Dicho eso volví a darme la vuelta dando por zanjada la conversación y manteniendo claro mi punto, ya que, si ellos me usarían pues yo también los usaría.

—¡Espera! —suplicó Amelia, y la ignoré—. ¡Mierda! —gritó llena de frustración, pero más de desesperación, y escuché que comenzó a correr—. Hay un dispositivo que bloquea de forma parcial el que ya ha sido incrustado, aunque no lo apaga para que pueda ser retirado sin dañar permanentemente la espina dorsal. Sin embargo, tendrás la seguridad que ya no podrá provocar ni castigo ni premio. Solo es uno. Dame a mi Elijah y se lo haré llegar a Tess.

Se había colocado delante de mí y comencé a reírme como un lunático.

—Ya te complací demasiados caprichos, Lía —espeté, enfatizando su apodo—. Y estoy hasta el culo de condiciones y más condiciones, así que jódete —rugí siguiendo con mi camino, y ella me tomó de los brazos queriendo detenerme.

—Por favor, solo quiero recuperarte —rogó con los ojos llenos de lágrimas, y negué con la cabeza.

—Seré Sombra y tú me darás ese dispositivo para que yo me asegure que tendrá el efecto de revertir las consecuencias del que ya les han puesto a las chicas. Y luego me encargaré de hacérselo llegar a quien yo quiera —debatí.

—Quiero a Elijah.

—Lo mataste —le recordé, y comenzó a llorar—. Ahora solo existe Sombra y este te odia tanto como lo hizo Elijah el día que lo hiciste explotar frente a Isabella.

—No seas cruel conmigo. —Ya ni siquiera me sorprendió que fuera tan descarada.

—No soy cruel, soy sincero, Lía. Yo no voy a mentirte ni a ilusionarte para mi conveniencia, ya que la empatía es lo único que no puedo fingir, y cuando la otorgo es porque se lo han ganado. —Soltó un sollozo demostrándome que estaba dándose por vencida y vi mi oportunidad—. Seré Sombra, cumpliré mi promesa y haré ese juramento. Y, si quieres ganarte la oportunidad de que él conozca a Lía, entonces pondrás ese dispositivo en mi mano para que yo decida qué hacer con él. ¿Lo tomas o lo dejas?

No respondió por un par de minutos, solo se dedicó a llorar y sollozar queriéndome dar lástima, y lo único que consiguió fue que la odiara un poco más.

—Lo tomo —logró decir entre hipidos, y alcé el mentón, gozando esa pequeña victoria entre tantas batallas que llevaba perdidas—. ¿Podemos empezar ya a conocernos, Sombra? —añadió, y la curva de mi boca se alzó con maldad.

—¿Tienes el dispositivo?

—Todavía no.

—Y yo todavía no hago el juramento, no uso una jodida máscara ni nada que me cambie la voz. Tampoco tengo el dispositivo en mi mano, así que hasta entonces no podemos —zanjé y la aparté de mí para perderla de vista.

—Eli… ¡Sombra! —me llamó corrigiéndose.

—Si quieres que volvamos a charlar, ya sabes qué hacer, Lía.

—No me subestimes así, hijo de puta, porque puedo hacer que tu zo…

Chilló en el momento que la cogí del cuello sin medir mi fuerza y la empotré en la pared. Vi a Darius detener a los Vigilantes que querían defenderla, pidiéndoles que esperaran sin darse cuenta de que no estaba jugando, aunque dándome la oportunidad de recapacitar y no cagarla más con mi plan.

—Sigue subestimándome tú a mí, jodida perra. Sigue amenazándome con dañarla, con arrebátamela, y conocerás los demonios que solo su existencia mantienen a raya —espeté y, antes de que mi agarre la dañara más de lo que pretendía, la solté y dejé caer al suelo. Ella jadeó intentando recuperar el aire que le robé.

En ese momento, Darius llegó a ella para auxiliarla y con un ademán de cabeza me pidió que me marchara, entonces me di cuenta de que me dejó descontrolarme un poco porque era algo que en efecto me ayudaría en mi plan en lugar de afectarme. Y, consciente de que él conocía mejor a su hermana en ese estado, obedecí y los dejé solos, esperando que el tiempo jugara a mi favor.

Y mientras caminaba a mi celda analicé que no me disgustaba del todo comenzar a ser malo, por lo que decidí que abrazaría ese papel y escalaría poco a poco hasta ganarme un lugar en el tablero de los Vigilantes, pero jugaría mi propia partida, aunque en el proceso tuviera que hacer caer a mi gente.

A pesar de eso me prometí a mí mismo que haría que valiera la pena, ya que no solo buscaría mi libertad, sino también derrocaría desde adentro a los Vigilantes hasta que no quedaran ni las historias de que alguna vez existieron. 

Y solo entonces buscaría a la mujer por la que era capaz de sobrevivir ese infierno.

Lo prometía por mi vida.

 

Ángel

Elijah

 

Me quedé en la pocilga que llamaban celda por un buen rato, caminando de un lado a otro (los diez pasos de largo que tenía el lugar), sintiéndome más enjaulado de lo que ya estaba, con ganas de regresar a donde dejé a Amelia y a Darius para matarla de una vez por todas, y conteniéndome porque el único que saldría perdiendo sería yo.

Y ya había perdido demasiado en mi vida como para seguir haciéndolo.

Cuando comencé a marearme por las vueltas que daba, decidí sentarme en la única esquina seca, pues la cama y todo lo demás seguía mojado gracias a Imbécil. Trabajé en mi respiración para controlar la sensación de náuseas, aunque el pensamiento de que existía la posibilidad de obtener un dispositivo para poner a salvo a Isabella, dentro de lo que se pudiera, no me ayudaba con la euforia que cada vez me revolvía más el estómago.

—Joder —musité, riéndome de mí mismo por lo fácil que tomé una decisión sin pensarlo demasiado.

Y ni siquiera me sentí egoísta por no considerar a mi hermana para que recibiera ese dispositivo, todo lo contrario, estaba seguro de que tomaba la decisión correcta, pues, si tenía que escoger a alguien en mi jodida vida, siempre sería a Isabella White. La chica por la que una vez juré que no daría ni la hora.

Y terminé dando mi vida.

—Vaya imbécil que eres —solté burlón por haber asegurado que de esa agua no bebería, y terminó por darme sed.

—¿Debo preocuparme porque ya estés hablando solo? —Alcé la mirada para ver a Darius en cuanto lo escuché.

Estaba de pie frente a la celda, con las manos metidas en los bolsillos delanteros de su pantalón de casimir oscuro.

—Creí que ya te habías marchado —señalé, y en lugar de responderme se quedó mirando la celda.

—¿Por qué está todo mojado?

—Supongo que llovió. —Me miró con ironía y luego al techo de cemento seco en su totalidad.

—Te van a trasladar a un búnker al norte de aquí. Se encuentra en el mismo terreno, por lo que está bien custodiado por los Vigilantes —avisó, y sentí lo último como una advertencia, pero no le di importancia—. Allí te darán una habitación decente.

—¿Por qué el cambio? —pregunté, y él sabía que no me estaba quejando, o que me haya encariñado con esa puta cárcel.

—Amelia ha hecho cosas por las cuales se ha ganado mi odio, pero incluso así la veo como mi hermana de sangre, lo que no me permite desearle el mal, sino más bien buscar una manera de sacarla de esta mierda en la que la hunde Lucius. Eso significa que me cabrea que la manipulen como lo hiciste hace un rato. —Solté una risa burlona al oírlo.

—Cuando quiera manipularla, no te quedará tiempo de cabrearte, porque haré que te mate antes de que siquiera llegues a protestar —zanjé y me puse de pie—. Así que no tomes lo que hice como una manipulación, ya que simplemente la traté como se lo merece, y créeme que me contuve. Porque, después de lo que me ha hecho, se ha ganado a pulso que la trate como la mierda que es.

—Al punto que quiero llegar —continuó él, y por cómo se abultaron sus bolsillos imaginé que estaba apretando los puños—, es que jugaste bien tu papel y por esta vez fuiste con ella como debías ser para que te facilite adentrarte en el juego. Ha creído en tu palabra y adelantará la juramentación. Además de que está desesperada por conseguirte ese dispositivo para que pongas a salvo a Tess o a Isabella.

Me fue imposible no sonreír al escucharlo. Y no solo porque Darius me confirmara lo del dispositivo, sino también porque estaba harto de ese lugar, de no ver la luz del día. Me moría de ganas por respirar aire fresco y tener la utopía de la libertad, puesto que estaba consciente de que sería la puta de los Vigilantes, el perro al que amarrarían con una soga larga para que pudiera ir hasta donde ellos quisieran.

No a dónde yo quería ir.

—Sé inteligente al menos en el periodo de prueba —recomendó Darius y me sacó de los pensamientos en los que me había perdido.

—Lo seré.

—El brillo en tus ojos y esa sonrisa me hacen dudar —refutó—. Y te comprendo, será difícil para ti ser libre y no poder correr a ver a tu familia, o buscar a Isabella y verla así sea de lejos —siguió, y tragué con dificultad.

Por supuesto que iba a ser difícil cuando solo pensaba en encontrarla para asegurarme de que estuviera bien. Aunque no me engañaría a mí mismo, también deseaba comprobar si Elliot no aprovechó mi muerte para volver a conquistarla. Y no, no la quería destrozada por mi ausencia, pero tampoco feliz por no tenerme, y ese jodido miedo de imaginar a alguien más ocupando mi lugar con ella me ponía enfermo y más posesivo de lo que normalmente era.

—He pactado con el diablo por Isabella. Le daré el dispositivo a ella cuando lo tenga y me asegure de que la salvará de los síntomas del prototipo ruso que le pusieron, pero mantendré mi palabra y cumpliré mi promesa por Tess. Así que créeme, Darius, no correré a cagarla al verme libre.

—Bien. Haz las cosas como se debe, juega con inteligencia y busca a tu gente hasta que hayas ganado la partida —me animó—. Y de acuerdo con lo que pude investigar, ese dispositivo funciona como un inhibidor. En otras palabras: pondrá el prototipo en modo avión para que no la torturen con dolor, pero no lo apagará. Lo que significa que, si intentaran extraerlo, podría dejarla en estado vegetal.

Tragué, porque esa era una clara advertencia de su parte para que no me pasara de listo.

—Me basta con que no la sigan jodiendo —confesé.

—Perfecto, entonces sigue como vas.

Lo miré a los ojos, estudiándolo, pues me había mostrado siempre que estaba de mi lado, incluso consiguió que le confiara cosas con las que bien podía estarme condenando. Aunque en ese instante comprendí que debía ser más inteligente por mucha confianza que me inspirara.

—¿Qué ganarás tú? —Lo enfrenté, y me miró sin entender—. Dices que quieres proteger a Isabella por la promesa que le hiciste a tu madre, pero también buscas salvar a Amelia. Aseguras que la odias y luego actúas como que no. Te contradices, aunque me ayudas.

Sonrió de lado antes de responderme.

—Quiero vengar a mi madre, hacerle pagar al hijo de puta de Lucius por lo que le hizo. Y como te dije antes, Amelia ha hecho cosas despreciables, pero a veces pienso que tiene salvación. Además de que, al conseguir ayudarla como se debe, haré feliz a mamá donde quiera que esté, y Lucius será muy infeliz porque le quitaré a su mejor arma.

Me reí al darme cuenta de que era más astuto de lo que pensé, puesto que con ser un buen samaritano hacía que las piezas se movieran a su favor sin ensuciarse las manos.

—¿Qué pieza eres en este juego? —sondeé, y la sonrisa comemierda que se formó en su rostro me hizo negar con la cabeza.

—Antes era el caballo.

—¿Antes? ¿Cuál eres ahora?

—Ahora no soy una pieza, Sombra, me convertí en el jugador que las maneja.

—Hijo de puta —solté riéndome con burla e ironía por lo que eso significaba.

El maldito me guiñó un ojo comprobándome que no me equivoqué al juzgarlo de astuto, pues dejó de ser una maldita pieza para convertirme a mí en una. Pero eso no me importaría mientras ambos jugáramos para el mismo fin.

Minutos después de eso siguió diciéndome lo que pasaría desde ese día en adelante.

Me moverían para el búnker que mencionó y me instalaría allí como un Vigilante más, además, añadió que dejaría a parte de su élite conmigo, eso incluía a Lewis y Owen. A los otros los conocería pronto. También afirmó que mi identidad estaba siendo bien resguardada porque ni Lucius ni Amelia querían que nadie fuera de su círculo de confianza supiera quién estaría detrás de la máscara de Sombra, por lo que al salir de ese lugar me vería en la obligación de cubrirme el rostro siempre.

Y tres días después de esa charla con él volví a recibir su visita en el búnker. Llegó con la noticia de que en una semana sería mi juramentación.

—Joder, eso ha sido rápido —formulé.

—Te lo dije, hiciste bien tu movida —me recordó—. Por cierto, esta es Serena, se unirá a tu élite junto a Lewis y Owen. Y solo podré dejarte a ellos tres, los demás te los impondrá Lucius y Amelia porque ya sabes que estás en prueba —avisó, y miré a la chica que había llegado con él.

Era alta, de tez morena y pelo largo, rizado y abundante. Guapa y sensual a pesar del uniforme, pero también muy seria; incluso parecía como si no estuviera feliz de que Darius la dejara conmigo.

«Ya éramos dos».

—No te equivocas, no está para nada feliz de estar aquí —señaló Darius adivinando mi pensamiento, o entendiéndolo por mi gesto—, pero es la chica más leal de mi élite y hará su trabajo de forma excelente.

—Yo tampoco estoy feliz, Serena —le dije como saludo—. Así que evita ponerme de malas con tu cara de culo porque, si no, este infierno se nos hará eterno. —Ella apretó los labios al escucharme, pero no le di importancia a averiguar si lo hizo para evitar sonreír o porque la cabreé más.

No obstante, en los siguientes días la vi más relajada y hasta llegamos a charlar sobre su vida como parte de la élite de Sombra, sin tocar temas personales o que perjudicaran a Darius, con lo que comprobé que, en efecto, era fiel a él como el tipo aseguró. Y ni ella ni los mellizos me dejaron solo en los entrenamientos o en las comidas, y siendo sincero, aunque seguía reacio a hacer amigos porque para mí siempre serían el enemigo, me sentí menos solitario y comencé a ver conveniente hacerlos mis aliados.

Esos días había dormido más horas y mis duchas eran con agua cálida en lugar de fría, las torturas pararon y, según Owen, los únicos en ese búnker eran ellos y yo, además de la élite de Fantasma, aunque no los había visto porque solo llegaban cuando Amelia se quedaba a dormir en el lugar, cosa que me sorprendió que hiciera.

—Cuando está en su papel de Fantasma prefiere estar aquí, ya que necesita ser controlada de alguna manera —explicó Lewis al encontrarme en esa charla con su hermano—. Darius tiene unos amigos que le ayudan a conseguir medicamentos, aunque nada delicado, ya que ambos son profesionales en ese campo de la medicina mental y su ética no les permite recetar nada sin un estudio específico. Así que solo le administran calmantes.

—¿Qué traes ahí? —le preguntó Owen a Serena cuando ella apareció a espaldas de Lewis.

Llevaba una bolsa grande y transparente en las manos, con lo que parecía ser ropa bien doblada adentro.

—Tu nueva vestimenta —explicó ella para mí, y me tensé.

En un par de horas llegarían a recogerme para la dichosa juramentación.

Me puse de pie para ir hacia ella y tomé la bolsa, yéndome enseguida a mi cuartucho con la urgente necesidad de estar solo, pues sabía que lo que había adentro me sepultaría todavía más como Elijah. O LuzBel.

Y no me equivoqué.

Miré con detenimiento el uniforme negro. Se trataba de ropa táctica con la V bordada en color rojo en la cinturilla del pantalón y en una de las mangas largas de la camisa. Incluyeron además guantes y un par de botas, junto a un gorro pasamontañas (que servía como máscara en realidad) y el jodido collar para cambiar mi voz.

Me estremecí y tragué con dificultad al ver todo extendido en mi cama. Tenía frente a mí el uniforme que me condenaría por el resto de mi vida, el mismo que a su vez mantendría a salvo a Isabella mientras obtenía el dispositivo, y con el que protegería a Tess.

—Mi condena y su salvación —murmuré cogiendo la máscara—. Mi cárcel y libertad.

—Vendrán por nosotros en media hora. —Escuché que dijo Serena luego de tocar la puerta.

No le abrí porque ella no buscaba eso, sino únicamente dar el mensaje. Y después de hacerlo escuché sus pasos alejándose entretanto yo me quedaba ahí adentro con la garganta cerrada, el corazón acelerado, la máscara apretada entre mi puño junto a mi mandíbula tensa y los ojos ardiéndome. Puesto que solo ese día sentí en realidad el luto de mi propia muerte.

____****____

—¡Lealtad y honor!

—¡Para mi mejor defensor! —Gritaron los Vigilantes de la élite de cada uno de los líderes presentes, quienes fueron los únicos que estuvieron en mi juramentación.

Agradecí tener la máscara puesta, ya que pude sonreír con burla al escucharlos eufóricos, creyendo en unos traidores que desconocían lo que significaban las palabras lealtad y honor.

Amelia como Fantasma, David, Lucius y para mi desgracia Derek (por ser un líder en ciernes), estaban ahí junto al sucesor de Aki Cho, de quien olvidé su jodido nombre. Y esa juramentación en realidad fue para mí una reunión en la que me advirtieron lo que pasaría si quería pasarme de listo con ellos, dejándome más que claro que me darían esa oportunidad únicamente por Amelia.

Y supongo que el control que tuve para no irme sobre el hijo de puta de Derek en cuanto lo vi fue lo único que les demostró a los demás líderes de que no era tan imbécil como ellos pensaban.

—Ya tienes a tres Vigilantes como parte de tu élite, así que te incorporaremos a dos más para que te desempeñes en las misiones como debe de ser —dijo Lucius, y le hizo un ademán con la cabeza a alguien detrás de mí para que abrieran la puerta a mis espaldas—. Sé que ya conoces a Fred, él será tu líder de élite. Un regalo para ti de mi parte.

Sentí que la venda en mi mano se humedeció al apretar el puño. Había hecho un juramento de sangre y mi herida sangró con la acción, pero me fue imposible evitarlo al escuchar que ese hijo de puta volvería para joderme la vida. Amelia notó mi gesto y entrecerró los ojos, estudiando a Imbécil, a quien de soslayo vislumbré que se paró a mi lado y sonrió triunfante.

—¿Me extrañaste, pajarito? —musitó el maldito por lo bajo.

No me lo crucé desde que me sacaron de la cárcel, hasta ese día.

—También tendrás un regalo de mi parte —habló Amelia, e hizo el mismo gesto anterior de su padre.

Escuché otros pasos, aunque no me di cuenta de quién se paró a mi lado derecho porque me quedé concentrado en el gozo de Derek por mi situación. Y, así lo odiara, mantuve el control, permitiéndole disfrutar el que me convirtieran en su puta.

—Y, ya que mi padre ha olvidado un pequeño detalle —siguió Amelia con tono irónico—. Fred será líder de tu élite mientras estés de prueba. Desempéñate como esperamos y tomarás las riendas del grupo.

—Y más te vale que lo hagas —murmuró el otro tipo a mi lado para que solo yo pudiera escucharlo, y sonreí un poco aliviado al darme cuenta de que se trataba de Marcus.

—Así será —solté por lo alto, decidido a salir de esa mierda, sintiéndome extraño de que mi voz fuera robotizada.

Todos se mostraron desconfiados por mi respuesta (a excepción de Marcus), pero no les mentí, pues, como aprendí días atrás con Darius, me creería mi maldita mentira, sería un Vigilante; y encontraría las verdades en esa situación que me convinieran también a mí, para convencerlos a ellos de que podía ser incluso mejor villano que los que me rodeaban.

Aunque por supuesto que las cosas no serían tan fáciles como imaginé, sobre todo el primer mes como Sombra, cuando me resultó imposible no querer huir y buscar a Isabella para comprobar con mis propios ojos que estaba bien. Sin embargo, no podía ser tan egoísta y ponerla en riesgo a ella y a mi hermana, con Imbécil detrás de cada paso que di en la primera misión que me dejaron salir.

El segundo mes cometí la cagada de enfrentarme a Derek cuando este llegó al búnker acompañado de Imbécil y que juntos me provocaran. Estuve a punto de cumplir mi sueño y matar al hijo de puta mayor, pero su gente lo evitó y como castigo llevaron aquel jodido monitor y me obligaron a presenciar cómo torturaban a las chicas con el dolor. A Tess sobre todo, ya que por alguna razón el medidor de Isabella no se movió; cosa que los sorprendió.

Y que a mí me alivió hasta que Serena me avisó que, en efecto, mi hermana terminó en el hospital de nuevo por una fuerte migraña.

—Luego no digas que yo no cumplo, cuando eres tú el que falta a su palabra primero —espetó Amelia.

Ella había llegado junto a los hombres de Derek y accedió a que me torturaran por medio de las chicas.

—¡¿Y qué mierdas querías que hiciera?! —le grité.

Era la segunda vez que nos veíamos desde que hice el juramento, ya que trataba de mantenerme alejado de ella todo lo que pudiera, y la chica lo notó, por lo que me ayudó con la distancia.

—¿Qué pasó en realidad? —La pregunta no me la hizo a mí porque estaba consciente de que no le respondería.

Se dirigió a los mellizos, Serena y Marcus. Los cuatro me miraron pidiéndome autorización para hablar, demostrándole a ella que, así Imbécil fuera el líder de la élite, no respondían a él.

—Había gente de tu élite cuando pasó todo, Lía. Mejor pregúntales a ellos —recomendó Marcus, quien era el único capaz de hacerlo por ser cercano a ella.

—He hecho todo bien desde que te juré mi lealtad. Y, si quieres que siga haciéndolo, evita que esa mierda de primo que tienes vuelva a estar cerca de mí. Es lo único que te diré —siseé con la voz más ronca.

Y no solo por el aparato que usaba, sino por la furia y desesperación que tenía.

Amelia se fue en busca de su gente luego de lo que le dije, y yo me quedé en el salón, desesperado por la noticia que Serena me dio, pero más por la preocupación de no saber lo que pudo haber pasado con Isabella, ya que según Darius el prototipo en su cabeza únicamente podía dejar de funcionar si se le insertaba el inhibidor que lo pondría en modo avión, por miles de millas de distancia o porque el portador hubiera muerto.

—¿Qué quieres que haga? —me preguntó Marcus, sabiendo lo que me estaba pasando.

—Averigua por qué demonios esa pantalla está estática —respondí desesperado y en voz baja. Marcus asintió.

Owen, Lewis y Serena se mantuvieron en silencio. En esos meses con ellos los había estudiado y sabía que eran personas de confiar, que estaban comenzando a verme como su líder en realidad, pero yo todavía no conseguía confiarles mi vida al cien por ciento. Incluso cuando ellos me protegieron en las misiones que ya habíamos hecho juntos.

—Escoge a dos de tu élite y sígueme —pidió Amelia rato después.

Se dio la vuelta sin darme más explicación y miré a Marcus.

—Obedece y llévate a los mellizos, yo me iré con Serena para aprovechar el tiempo —dijo él, y entendí a qué se refirió con lo de aprovechar el tiempo.

Podíamos salir del búnker sin problema, por lo que ellos eran libres de ir a donde quisieran siempre y cuando no afectaran a la organización.

Le pedí a los mellizos que me acompañaran y me sorprendió ver a lo lejos que Amelia se dirigía a la zona al otro lado del búnker, en donde fui torturado en muchas ocasiones, lo que me alertó.

—No creo que sea lo que estás pensando —señaló Lewis.

—Ni yo. Si Lía quisiera torturarte de nuevo, no te hubiera pedido con amabilidad que la siguieras —lo secundó Owen.

—Posiblemente crea que ya me amansó y seré como un perro maltratado, que incluso sabiendo que lo van a joder sigue a su dueño —satiricé, y ambos se rieron.

—Sería así si ya la consideras tu dueña —rebatió Lewis.

Rodé los ojos y bufé.

Los tres caminamos hacia un Buggy todoterreno y me bajé la máscara para cubrirme el rostro. Debíamos recorrer una distancia larga, así que usábamos esos automotores para acortar el tiempo. Y cuando llegamos a la zona en la que vi a Amelia me tensé al encontrar a dos de sus hombres apostados a cada lado de la puerta, aunque me dejaron pasar con los mellizos.

—¿Qué demonios? —musitó Owen en cuanto entramos.

Yo también dije lo mismo en mi mente al ver a Amelia con vendas envueltas en sus manos y sobre estas alambre de púas escurriendo sangre. Imbécil se hallaba sentado en una silla, con las manos hacia atrás y el rostro deforme. Lo reconocí por el tatuaje en su cuello.

—He hablado con mi padre —comentó Amelia entre jadeos por la fatiga que ya tenía de golpear a Imbécil—. Y he hecho un trato con él: si Derek vuelve a buscarte para joderte o interrumpir tu trabajo, estarás en tu derecho de defenderte sin ser castigado.

Me miró cuando di unos pasos cerca de ella, tenía el rostro salpicado de sangre.

—¿Y qué pasa con Imbécil? —Sonrió de lado por mi pregunta, y noté que sus ojos de nuevo estaban más oscuros.

—Mi gente me dijo lo que pasó. Y me refiero a todo lo que hizo para torturarte incluso sin razón alguna.

—No voy a defenderlo, pero lo que me hizo fue por orden de tu padre —señalé.

—Y por lo mismo esta tarde perderá a su mejor perro —espetó ella y escupió a Imbécil—. Así que aquí lo tienes, y perdón por las condiciones, pero necesitaba castigarlo por mi cuenta. Solo me aseguré que siguiera respirando. —Me mordí el labio para no sonreír a pesar de que no me vería—. Haz lo que quieras con él.

—Espero que no pienses que esto cambiará algo —advertí y la miré a los ojos, ella exhaló un suspiro.

—Esto no, lo sé —confirmó, y sospeché lo que encerró su respuesta—. Y tampoco cambiará nada que te diga que nunca quise que te maltrataran mientras estuviste encerrado, eso fue algo que mi padre ordenó sin que yo lo supiera y por eso voy a quitarle a esta mierda. Para que entienda de una jodida vez que, si quiere mi respeto, debe respetarme.

—No sabes cómo ansío hacerle pagar a este pedazo de mierda todo lo que me hizo, pero no estoy para tener más problemas con Lucius —aseveré.

—No los tendrás porque, aunque le lamía las bolas a él, nunca dejó de ser parte de mi élite. Simplemente le di la ilusión de liderar en la tuya —aseguró ella. Y no confié, pero mis ganas por desquitarme con Imbécil todo lo que me hizo y lo que le quería hacer a ella y su familia me ganó.

—¿Vas a quedarte para que te hagas una idea de lo que te pasará a ti cuando te llegue la hora? —inquirí con sorna, y la vi reír.

Lo hizo de verdad, con auténtica diversión. Yo la imité, pero al ver a Imbécil reaccionar y mirarme con terror.

—¿Recuerdas la promesa que te hice, pajarito? —pregunté con burla y me saqué la máscara, notando cómo se le aceleró la respiración y comenzó a negar con la cabeza—. Lewis, consígueme una manguera —pedí, sonriendo con júbilo al percatarme de que el terror en Imbécil aumentó.

—Joder, voy a gozar esto.

—Vamos —le aclaró Lewis a Owen cuando este último aseguró tal cosa.

____****____

Seis meses después…

 

 

Luego de aquel día en el que me dejó obtener una de mis venganzas (y le cumplí mi promesa a Imbécil hasta que me bañé en su sangre, murió y Owen terminó verde y vomitando incluso lo que no había comido), traté de no estar cerca de Amelia. Y, cuando fue imposible evitarlo, me limité a hablar con ella lo necesario para la organización, aunque la tipa seguía creyéndose mi dueña.

Y en teoría lo era por tenerme cogido de los cojones para que siguiera haciendo lo que ella quería con tal de mantener a salvo a mi hermana e Isabella, de quien me costó conseguir algún tipo de información incluso con la ayuda de Marcus, su hermana Alice (que bien podía ser una versión femenina de Connor con respecto a la tecnología) y Darius.

La Castaña había desaparecido de la faz de la tierra y durante dos meses viví aterrado con la idea de que hubiera muerto, pero un día me crucé con Cameron porque el tipo seguía infiltrado con los Vigilantes (y esperaba que se mantuviera como espía y no se hubiera torcido en el proceso) e hice que Serena se acercara a él para obtener algún tipo de información, ya que ella poseía la habilidad de leer el lenguaje corporal.

 

—Sigue siendo un Grigori y la chica está viva, te lo aseguro —me dijo ella en su momento, luego de convencer a Cameron para que se tomaran unos tragos.

—¿Por qué lo dices?

—Me he especializado en leer el lenguaje corporal y tengo años de experiencia con ello, Sombra. Así que la duda ofende. —En ese instante todavía me incomodaba que me llamaran así, pero callé y la dejé seguir—. Y este tipo a pesar de que tiene un buen entrenamiento, y que no suelta palabra que no le convenga; no es complicado de leer para mí —se jactó, y evité rodar los ojos porque a veces era bastante engreída—. Hablamos sobre su tiempo en Grigori y fue muy convincente, pero su cuerpo me dijo que cuida lo que soltará de la organización y solo da información que no hará mayor daño. Y cuando le mencioné a la chica no vi rastros de dolor o pena en su rostro, lo que indica que está viva, pero en efecto no sabe nada de ella.

—¿Y su hermana? —sondeé pensando en la miedosa de Jane.

Si alguien podía saber algo era ella.

—No habla con nadie de su familia. Ni los visita, otra razón para confirmar que sigue siendo Grigori —recalcó ella, y asentí—. Por cierto, me pidió ayuda para pertenecer a tu élite. —Sonreí de lado.

Claro que seguía siendo un infiltrado, con eso lo confirmé yo. Pero así quisiera ganarme su confianza para saber sobre Isabella, no me convenía tenerlo cerca porque me conocía y terminaría por delatarme con él. Así que haría todo por alejarlo de mi élite.

 

Dos días después de eso, y tras largas semanas intentando acceder a los servidores de Grigori con la ayuda de Alice, ella consiguió hackear uno de la sede de Perseo Kontos, que resultó ser el único vulnerable de la organización, aunque solo pudo entrar unos segundos antes de que la descubrieran. Sin embargo, fueron los suficientes para buscar y descargar los correos electrónicos entre los líderes, en los cuales padre les aseguraba que Dylan tomaría el lugar de Isabella mientras ella volvía de su viaje. Lo que me hizo confirmar que el dispositivo en su cabeza no funcionaba por la distancia que había puesto con el país. Y, aunque me alegró saber que no podrían dañarla para joderme, también me entristeció confirmar que existía el cero por ciento de posibilidades de encontrármela en algún momento, así fuera de lejos.

—Tengo que deshacerme de ellos de inmediato, ya que hice parecer que el sistema tenía un virus, pero con lo precavidos que son van a querer rastrear cualquier información para asegurarse de que no haya salido de sus servidores —explicó Alice refiriéndose a los correos, y asentí de acuerdo.

Yo todavía mantenía los códigos de acceso de la sede de padre, pero no nos sirvieron de mucho, ya que Connor, Jacob y Evan, junto al equipo tecnológico, se habían encargado de blindar mejor los servidores, por lo que resultó imposible entrar. E imaginé que esa acción por parte de los chicos se debió a la violación que sufrimos meses atrás por Amelia.

Con la sede de California y Nueva York sucedió lo mismo. No obstante, Alice se mantuvo intentando acceder con mi guía, pues yo conocía un par de trucos que Evan me enseñó, lo que sirvió para encontrar la vulnerabilidad del sistema en la sede de Kontos.

Y no se trataba de nada peligroso, pero que sí los alertaría para reforzar el sistema.  

—Borra hasta el rastro más mínimo de ellos, ya que no quiero que Marcus intente matarme por arrastrarte en esto —recomendé, y ella sonrió.

Nos habíamos vuelto cercanos porque a ella le gustaba pasar tiempo con Marcus cada vez que tenía días libres en su trabajo, y yo me la vivía con el moreno la mayor parte del tiempo, lo que nos hacía convivir mucho. E igual que él, Alice me inspiraba confianza, además de que ellos eran los únicos con los que podía hablar abiertamente de mi pasado, y pedirles ayuda más específica con respecto a Isabella y mi familia.

Un poco más tranquilo con ese tema, decidí enfocarme en mi plan. Darius optó por trabajar conmigo y pasó a ser de la parte externa de mi élite en cuanto me dieron el liderato. Y debía aceptar lo mucho que él me apoyaba y aconsejaba, y cómo poco a poco me hizo ganar la confianza de Lucius, al punto de encargarme misiones más delicadas en las que también me siguieron probando, pues hice cosas de las cuales no me sentía orgulloso, maté a algunos Grigoris y saboteé su trabajo con tal de conseguir mi objetivo.

Eso sin contar con que les di los medios para que consiguieran una buena alianza con la Cosa Nostra, además de señalarles a los políticos más fuertes de Estados Unidos y decirles cómo conseguir que ellos se unieran (obligados) a su nómina de aliados, algo que los posicionó un peldaño más arriba del poder que ya tenían.

También comencé a ser parte activa del tráfico de armas, aunque en un principio únicamente como estratega, consiguiendo que personalidades del gobierno local se vendieran con los Vigilantes después de amenazarlos con ventilar sus secretos, mismos que obtuve como Grigori.

—Eso solo lo conseguirías si te acercaras a Amelia, porque es quien maneja esa área —explicó Darius cuando le pedí ayuda para que me dieran misiones fuera del país.

Durante meses después de lo último que supe de Isabella, mantuve la corazonada de que solo saliendo de Estados Unidos tendría posibilidades de averiguar sobre su paradero. Y sí, sabía que era mejor dejar eso por la paz, pero cómo carajos le hacía entender eso a mi cerebro cuando decidió ponerse de acuerdo con mi…

—¿Y por qué quieres salir del país? —siguió Darius, interrumpiendo mis pensamientos.

—Porque estoy aburrido —mentí. Sentí la mirada de Lewis y Serena en mí. Ellos junto a Marcus y Owen nos acompañaban en la pequeña sala de ocio de nuestro búnker—. Pero, si esa es la única opción, prefiero seguir aburriéndome.

Con eso sí fui sincero, ya que prefería mil veces soportar mi corazonada a tener que optar por acercarme a una mujer a la cual odiaba. Puesto que no importaba lo que ella hiciera para ganarse mi confianza o acercarse a mí, seguía sin poder soportarla.

—Como sea, es tu elección. Me voy a dormir —avisó y se levantó del sofá para ir a la habitación que había tomado en el búnker.

Lo hizo luego de que se unió a algunas misiones con mi élite, aunque seguía prefiriendo mantenerse al margen la mayor parte del tiempo, lo que me llevó a sospechar que nos acompañaba únicamente para asegurarse de que continuábamos siendo colegas y no enemigos.

—Voy a darte un consejo. Tú sabrás si lo tomas o lo dejas —dijo Serena minutos después y la miré—. Eres frío y enigmático la mayor parte del tiempo, pero cuando te saben tocar ciertas fibras te vuelves fácil de leer, por lo que te recomiendo que uses algo adicional a esa máscara si no quieres cagarla o que te reconozcan con facilidad.

—Ella tiene razón. Y mira que yo no tengo su habilidad, pero con Darius dejaste muy claro que quieres salir del país por una razón distinta al aburrimiento —se le unió Marcus.

—Yo también lo noté, hasta Owen, y con eso ya te digo mucho.

—Imbécil —se quejó este último al reconocer la ofensa implícita en las palabras de Lewis.

Los demás se rieron, yo no.

—¿Qué me recomiendas? —le pregunté a Serena.

—Lentillas, de preferencia que sean de un solo color, ya que cuando dejas ver los iris es más fácil leer tus emociones —respondió de inmediato.

—Sería épico que además alternes las máscaras y uses diferentes diseños —añadió Owen.

—Parece tonto viniendo de ti, pero tienes un punto —se burló Serena.

—Pequeña idiota —espetó él haciéndola reír.

Owen no era ningún imbécil, incluso a veces se veía más serio y rudo que Lewis. Pero, cuando se dejaba conocer, era fácil notar la bondad que aún poseía en ese mundo de mierda al que pertenecían, cosa de la cual se burlaba su hermano y los demás de la élite, aunque eran capaces de matar por él si alguien más se atrevía a llamarlo tonto.

Él junto a Lewis y Serena habrían sido excelentes Grigoris si los Vigilantes no los hubieran reclutado antes; a los mellizos al sacarlos de una pandilla a la que se unieron desde niños para sobrevivir a la pobreza, y a la chica al salvarla de las casas de acogidas en las que le tocó ir saltando luego de que sus padres murieran y su abuela no se hiciera cargo de ella.

Y Marcus que se mantenía en la organización más por lealtad a sus padres.

—Ya, volviendo al tema. Lo que Owen dice tiene sus ventajas —siguió Serena—. Si usas diferentes lentillas, así como máscaras, le complicarás las cosas al gobierno para que te reconozcan si las misiones que ejecutamos siguen siendo así de exitosas. Ya que tú eres la cabeza de este grupo, así que serás el primero al que querrán cazar —puntualizó.

Y supe que tenía razón, ya que pensar como Grigori me hizo ser más consciente de lo que podía hacer y lo que no, para complicarle el trabajo al gobierno.

Desde ese día, todas las misiones que ejecutamos las hice utilizando diferentes máscaras, así como lentillas. Y cada una tuvo más éxito que la anterior gracias a que mis estrategias eran analizando como Grigori y actuando como Sombra, un jodido Vigilante. Lo que me llevó a escalar en la organización y ganarme un poco más de libertad. Me seguía creyendo mi mentira, me metía en mi papel como si hubiera nacido de ese lado del mundo, aunque por las noches tuviera que recordarme que no era malo, que simplemente estaba haciendo lo necesario para un día poder ser libre de verdad y regresar con mi gente.

Estaba sobreviviendo, eso era todo. 

—¡Privado solo para nosotros! —gritó Darius al verme llegar a uno de los clubes de Lucius.

La música resonaba en la planta baja y el privado era como una habitación, pero en lugar de paredes normales tenía vidrio tintado. Aunque aun así no me quité la máscara a pesar de que él me aseguró que podía permanecer sin el disfraz de Sombra.

Serena, los mellizos y Marcus lo acompañaban, estos habían pasado toda la tarde convenciéndome de que me uniera a ellos e intentara divertirme, ya que ese club era uno de los pocos a los que se me permitía ir sin problema. Y no me apetecía estar ahí, sin embargo, opté por unírmeles cuando la desesperación por ir cerca de Richmond, a alguno de los clubes Grigori (y con eso arriesgar a mi hermana), me estaban ganando.

—Quítate esa máscara y disfruta un poco —me animó Darius, y noté que, a parte de la élite, los acompañaban dos tipos más que no conocía, y algunas chicas a las que tampoco había visto antes, aunque por sus vestimentas imaginé que eran parte del personal del club—. Son de mi entera confianza.

—Pero no de la mía —gruñí.

—Será más sospechoso que te mantengas con la máscara, viejo. Escucha mis consejos —replicó. Solté el aire por la boca y obedecí porque tenía razón—. Ven, quiero presentártelos. —Caminé con desgano detrás de él y me saqué la máscara—. Ellos son los hermanos Fabio y Dominik D’angelo —anunció en cuanto llegamos frente a los tipos. Uno era más rubio que el otro y se mantuvieron sentados en el enorme sofá de cuero negro, ambos con una chica en sus piernas—. Hermanos, él es Sombra. Mi mejor amigo —añadió, y sonreí burlón.

Lo hice por la astucia de Darius a pesar de que estaba achispado, por su broma sobre nuestra amistad y porque seguía pareciéndome una ironía que después de odiar a Sombra me convertí en él.

—En realidad solo somos compañeros de trabajo —corregí.

—¡Hijo de puta! Hieres mis sentimientos, creí que éramos amigos —replicó Darius.

Perfecto, no estaba achispado, sino borracho.

—Ya me caíste bien —exclamó entre risas el tipo que tenía una complexión similar a la mía, así como muchos tatuajes—. Yo soy Dominik, por cierto —aclaró y estiró la mano, pero no se la tomé.

—Déjalo así, hombre. No sé en dónde has tenido las manos en este rato. —Señalé a la tipa en sus piernas, y Dominik rio, consciente de que no estaba siendo maleducado, sino precavido.

—Tipo inteligente, me agradas —habló el otro, burlándose de Dominik—. Somos amigos de este imbécil borracho, así que siéntete en confianza —me animó y señaló a Darius, este se encogió de hombros restándole importancia al adjetivo que le puso.

Asentí en respuesta, sabedor de que no me diría su nombre porque estaba demás, pues, si su hermano se llamaba Dominik, el suyo era Fabio.

Me senté en el sofá libre, entablando una plática con ellos de inmediato, acompañados de los demás chicos de la élite que se unieron a nosotros al verme más partidario de estar ahí. Y transcurrido un rato, con un par de tragos ingeridos, podía decir que por primera vez en meses estaba disfrutando un poco de la noche.

Darius se divertía con algunas putas del club, puesto que el lugar ofrecía ese servicio así como bailes privados y otras cosas que complacían hasta a los que poseían gustos más bizarros, o rudos. Dominik, los mellizos y Marcus lo imitaban; Fabio parecía estar llegando a algo con una chica que vestía con lencería de cuero y un collar de perro en el cuello. Y Serena se hallaba a mi lado, ambos disfrutando de los tragos y riéndonos de las estupideces de los más borrachos.

—¿Por qué no vas y te diviertes con él? —inquirí para Serena al notar cómo le brillaban los ojos cada vez que miraba a Dominik.

—¿Acaso no ves las chicas con las que está? —señaló ella, y las miré.

—No quiero sonar imbécil, pero, por muy bien que follen, hay hombres que preferimos un polvo con una chica que no sea de ese mundo cuando existe la posibilidad —expliqué refiriéndome a que las mujeres con Dominik simplemente estaban trabajando.

Serena sonrió un poco tímida.

—Me refería a que parece que le gustan las chicas más femeninas —aclaró, y la miré. Llevaba un vestido verde esa noche, bastante corto, lo que hacía que sus piernas tonificadas se lucieran. Y si me fijé en eso fue nada más porque me llamó la atención verla con ese atuendo después de acostumbrarme a que se la viviera en uniforme—. Menos rudas, Sombra —puntualizó ante mi confusión—. Owen y Lewis siempre me han dicho que parezco marimacho.

Me fue imposible no soltar una carcajada y ella frunció el ceño, posiblemente creyendo que compartía la opinión de esos mellizos idiotas.

—Contando la manera en la que tú los jodes, es obvio que te dirían algo como eso, Serena. Pero, si mi opinión cuenta para ti, no me gustas, no eres mi tipo, sin embargo, puedo reconocer que eres guapa y, vestida como estás, hasta te confundo con una de ellas.

—Si tu intención era subirme la moral, has errado, idiota. —Bufó, pero se mordió el labio para no reír, y yo me encogí de hombros.

—Solo es mi forma de señalar que te veo igual de femenina. —Noté que se sonrojó con mi declaración, y negué divertido—. A pesar de que tengas bigote.

—Posiblemente el que a ti no te sale, doble idiota —soltó entre risas.

Medio sonreí por la manera de intensificar su insulto y le di un sorbo a mi bebida. Serena me recordaba a Tess en muchos sentidos, quizá por eso tendíamos a discutir mucho, aunque siguiera mis órdenes y yo tomara en cuenta sus consejos.

Se quedó unos minutos conmigo, luego cogió el valor para acercarse a los D’angelo. Los tipos eran italoamericanos según me explicaron. Nacieron y vivían en Italia, aunque pasaban largas temporadas en Estados Unidos. En esa ocasión Dominik se quedaría más tiempo en la ciudad para terminar su doctorado en psicoanálisis y reforzar su carrera como psicólogo, Fabio en cambio volvería a su país de nacimiento porque estaba por concluir la especialidad de su carrera y ya se desempeñaba como médico en un hospital de Florencia.

—¿No te gustan las mujeres? —preguntó Fabio al verme sin una en las piernas a diferencia de ellos. Darius se rio de la pregunta.

Ambos habían regresado a los sofás junto a Dominik, cuando se cansaron de bailar.

—Si tu pregunta en realidad es si soy gay, no, no lo soy —aseveré—. Los coños me vuelven loco, pero no los de aquí —puntualicé, y él me miró.

El tipo era gélido y reservado por momentos, pero cuando decidía entablar plática alguna se volvía directo y serio incluso con las charlas casuales, por lo que no era tan fácil llevarle el ritmo, pues me había costado distinguir cuándo hablaba de forma civilizada y cuándo estaba bromeando.

—Uno en especial —aseguró, y fruncí mi entrecejo.

—Deja de ser entrometido —lo regañó su hermano, y Fabio le hizo un gesto para que no se metiera.

Darius, a pesar de su borrachera, notó que yo seguía reacio a hablar de cosas privadas, así que los distrajo tocando temas más triviales y unos minutos más tarde me despedí de ellos con la excusa de que necesitaba volver a mi casa para resolver asuntos personales. Marcus y los mellizos intentaron irse conmigo, pero les dije que no era necesario, pues no les jodería la diversión solo porque yo seguía sin sentirme parte de ese entorno. Además, habían perdido de vista a Serena, por lo que tendrían que buscarla y asegurarse de que la chica estaba bien.

Al salir del privado no me puse la máscara, pero sí me subí hasta el tabique de la nariz la bandana tubular que siempre llevaba en el cuello para esconder mis tatuajes, además de colocarme el gorro de la cazadora. Al pasar cerca de un pasillo de la primera planta escuché llantos y gritos femeninos, me detuve de golpe por curiosidad y encontré a una chica forcejeando con un imbécil borracho.

—Malnacido —murmuré, aunque seguí mi camino porque esa situación no era de mi incumbencia.

Sin embargo, ralenticé el paso al escuchar que alguien corría detrás de mí, y al girarme por instinto, para evitar que me atacaran por la espalda, vi que era la misma chica del pasillo intentando huir con desesperación.

—¡Ayúdame por favor! —suplicó y se lanzó a mis brazos.

La cogí más por inercia. Ella lloraba dejando entrever su terror y tal cosa pareció cabrearle al puto malnacido, a quien ya de cerca lo reconocí como el encargado del club. Lo supe porque antes de ir esa noche al lugar lo estudié para estar seguro de a dónde me metería.

—¡Esa puta es mía, déjala! —exigió al ver a la chica en mis brazos.

—Por favor, no —susurró ella aferrándose más a mí.

—Aléjate de la mercancía, bastardo de mierda —ordenó de nuevo el tipo.

Y sí, me era fácil alejarme porque la chica no era mi maldito problema. Se trataba de una trabajadora del club, ¿qué más daba? Pero el imbécil pretendía que le obedeciera, hablándome como a uno más del lugar, y ya estaba harto de las órdenes, de acceder y permitir situaciones que iban en contra de lo que yo quería. 

—La quiero para mí, ¿cuánto por ella? —dije solo para joderle la diversión, y el idiota se carcajeó con burla.

—Ese chocho es una primicia y será mío antes de que sea de los demás, quiero estrenarla.

Me tensé al escucharlo. Las primicias eran chicas vírgenes y por alguna razón (que no se debía solo a que ella intentaba huir), sospeché que esa no estaba en el club por voluntad propia.

—Te pregunté cuánto —espeté—. Este chocho será mío a menos que prefieras que hable con Lucius y le informe que te estás estrenando a las primicias —amenacé y al verlo tan asustado sonreí con suficiencia.

Era más que obvio que un perdedor que se refería a una chica como chocho también sería fácil de asustar.

—Cinco verdes y fóllatela como quieras —masculló, y asentí.

La pequeña rubia me miró asustada al escuchar el trato, pero no le di tiempo a que me jodiera la farsa y la tomé de la mano para llevármela a una de las habitaciones destinadas a utilizarlas para follar. Ella intentaba contenerse al caminar, aterrada de mí en ese momento, y no la culpaba, ya que actué como el auténtico cabronazo que era.

—Por favor, no —suplicó entre sollozos.

No le hice caso y seguí fingiendo, consciente de que el tipo podría estarnos viendo para asegurarse de que no buscaba únicamente auxiliarla. La hice entrar a la habitación de lujo en cuanto llegamos, ya que con las vírgenes también optaban por ofrecer solo ese tipo de recámaras para una mejor experiencia. Y debía admitirlo, Lucius era inteligente y sabía cómo sacar una buena partida de su negocio.

—Debiste haber pensado mejor esto antes de terminar aquí —la regañé.

No llevaba mi cambiador de voz, pero no me importó en ese momento.

Cerré la puerta de golpe y ella se abrazó a sí misma para contener el respingo. Vestía una minifalda y top blanco, unos tacos plateados y su cabello rubio estaba suelto y en ondas. Se giró para quedar frente a mí, ya que se mantuvo de espaldas luego de hacerla entrar a la habitación, y me dejó ver la súplica en sus ojos claros, que su boca no podía soltar a causa del llanto.

Era muy bonita. Y con ese rostro que parecía haber sido hecho de porcelana, podría haber sacado una mejor ventaja por su cuenta, en línea, sin ser tocada.

—¿Por qué trabajas aquí si le temes a lo que podamos hacerte? —le cuestioné, y las lágrimas que siguieron brotando de sus ojos fueron más gruesas.

—Me trajeron obligada. Tienen a mi familia secuestrada y, si no hago esto, no podré salvarlos —dijo entre titubeos.

Apreté los puños con odio, no porque ignorara que Lucius se desenvolvía bien en la trata de blancas. De hecho, aparte de ser un traidor, era por esa razón que más lo perseguíamos con los Grigori. Pero en ese momento reaccioné así por la empatía que me provocó el que esa chica viviera una situación similar a la mía.

—Sé que vas a pagar mucho por mí, pero, por favor, sé cuidadoso. Yo nunca he… —Calló y noté la rojez de sus mejillas, junto a la resignación.

—No te voy a follar —le aseguré, y sus ojos se abrieron demás al escucharme—. Me pediste ayuda y es lo que estoy haciendo.

—Gracias —exclamó y se arrodilló frente a mí. Su acción me dejó pasmado, aunque fue solo un segundo. Al siguiente la tomé de los brazos para ponerla de pie—. Eres mi ángel —prosiguió, y me reí de ello.

—No, no te equivoques. De ángel no tengo un carajo, soy más un demonio egoísta que te salvó para joder a ese malnacido —le aseguré, y me miró a los ojos.

—¿Sabías que, cuando Dios quiere actuar, utiliza incluso a los demonios para llevar a cabo sus milagros?

Quiso instruirme con su pregunta y la miré como si estuviera loca.

—Yo no creo en Dios —zanjé, y ella sonrió con ternura.

—¿Cómo te llamas?

—No es necesario que sepas mi nombre —largué.

—¿Mi ángel entonces? —propuso, y bufé una risa.

La chica era terca.

—No vuelvas a decirle a nadie cómo te retienen aquí, ya que no sabes si pueden estarte probando. Y al hacer eso los delatas. Cosa que puedes pagar caro —aconsejé ignorando su terquedad.

Asintió y volvió a sonreírme, ella era joven y con la vida jodida por haber caído en manos de Lucius.

—No lo has preguntado, pero soy Hanna —se presentó—. Y siempre agradeceré lo que has hecho por mí —añadió y sin esperármelo me besó en la mejilla cubierta por la bandana—. Gracias, Ángel —susurró.

Y, aunque me sentí ridículo por ese apodo, no le dije nada porque la sinceridad y el agradecimiento que escuché en su voz me dejó un poco perplejo. Pero tenía la seguridad de que no sería la última vez que me cruzaría con ella.

Y que habría más oportunidades para confirmarle a Hanna que yo no era ningún ángel.

Puedo fingir ser ella

Elijah

 

Un año después…

 

Con cada día transcurrido perdía un poco más la ilusión de encontrar a Isabella. Y vaya que Darius y Marcus me recomendaban hasta el cansancio que dejara de buscarla por las buenas (antes de que me descubrieran), que era mejor que ella estuviera desaparecida; pero yo ansiaba verla, y tenía noches en las que la desesperación por comprobar con mis propios ojos que estaba bien me ahogaba más que las duchas de agua fría que aquel imbécil me dio en sus torturas. Por lo que me negaba a darme por vencido y seguí insistiendo en encontrarla con la ayuda de Alice, quien se convirtió en mi mejor aliada con ese asunto, utilizando incluso las herramientas de su trabajo para tener más posibilidades.

Además de eso, ella hizo algunos viajes a Japón para tratar de averiguar algo en la academia de Baek Cho, aunque nunca se arriesgó a acercarse demasiado a él para no levantar sospechas. Simplemente actuaba como una turista, y tuve muchos problemas con Marcus por eso, hasta que lo hice entender que su hermana me ayudaba porque quería, porque lo veía como una aventura y no únicamente porque yo se lo pedía.

«Si alguna vez la dañan por tu culpa, olvidaré que eres mi amigo». Me había amenazado él cuando se enteró del segundo viaje a Tokio de Alice. Y me quedé en silencio porque lo comprendí.

En ese tiempo ya había obtenido un poco más de poder en la organización y, según los rumores que mi élite escuchaba, nos catalogaban como uno de los mejores grupos, puesto que nuestras misiones siempre eran exitosas gracias a que me comprometí a desempeñarme mejor de lo que Lucius esperaba, para que no tuvieran dudas de que ya era parte de ellos y que con eso se olvidaran de mi hermana y no sospecharan de lo que hacía con Alice.

El malnacido estaba tan feliz con mi trabajo que incluso evitaba que me cruzara con Derek, y no por el trato que hizo con Amelia, sino más bien para no incomodarme a mí, cosa que me causó gracia, aunque fingí agradecimiento para seguir ganándome su confianza.

—Hagamos un trato: yo te doy misiones fuera del país si tú instruyes a uno de mi élite, o de la élite de Derek, para que sepan cómo presionar a las autoridades. No tendrás que cruzarte con él, te lo garantizo —me dijo.

Acababa de pedirle que me enviara a mí con sus aliados rusos, como apoyo que ellos solicitaron para una misión. Y vi mi oportunidad para averiguar sobre el dispositivo que Amelia me prometió y que todavía no me entregaba.

—De ninguna manera —zanjé, y el hijo de puta sonrió de lado porque esperaba esa respuesta de mi parte.

Esa era otra de las razones por las que me empeñaba en que mis misiones fueran un éxito, pues no estaba dispuesto a darle mis secretos de cómo manipular a las autoridades locales, o de cómo joder más a Grigori, ya que, aun así yo lo hiciera, trataba de mantenerlo todo controlado para no entregarles más poder del que a mí me convenía que tuvieran. Y Lucius aseguró que no tenía ningún problema con eso mientras le respondiera como lo estaba haciendo. 

—Perfecto, mi querido Sombra. Yo te dejo operar a tu manera mientras me des excelentes resultados, eso ya lo sabes. Pero no me pidas más si tú no estás dispuesto a darme lo mismo —replicó con tranquilidad, y asentí, agradecido de que no pudiera ver mis gestos porque me cabreé demasiado.

Dejamos de hablar cuando uno de sus colaboradores entró para una reunión que ya tenía programada, y en la que me pidió estar porque se trataba de un cargamento de armas, y esa era un área que yo ya estaba manejando personalmente. Y menos mal no duró mucho, puesto que me urgía dejar de verle la cara decrépita a ese maldito.

—Te propongo un trato para que compruebes que no deseo ser malo contigo —ofreció cuando estuve a punto de salir de su oficina. Me giré para mirarlo al dejar pasar a su colaborador para que se marchara—. Manejas las mejores rutas con las armas y los guardacostas únicamente quieren colaborar contigo, y tú no quieres instruir a nadie más con eso, lo acepto y dejaré que sea así. Entonces, si deseas ganarte esas misiones fuera del país, muéveme tres cargamentos.

—Explícate mejor —pedí porque se quedó en silencio, esperando una respuesta de mi parte.

—De personas —aclaró, y me tensé. Había planeado algunas estrategias para él con respecto al tráfico de personas, pero jamás quise inmiscuirme de manera más personal porque, por muy hijo de puta que fuera, eso iba en contra de todos mis principios—. Solo tres, Sombra, y tendrás todas las misiones que se requieran fuera de Estados Unidos —reafirmó, y me mantuve en silencio—. Piénsalo, yo no tengo prisa, así que dame tu respuesta cuando lo consideres prudente.

Me marché sin decirle nada, más enfurecido de lo que ya estaba, al comprobar cómo me seguían teniendo de los cojones esos malnacidos. Al confirmar que seguía siendo el perro al que amarraban del cuello con una cuerda larga para que se sintiera libre.

Afuera me esperaban Lewis y Owen, los mellizos ya habían aprendido a conocerme, por lo que no dijeron nada y se mantuvieron a cada uno de mis lados. En el camino hacia afuera del búnker principal de la organización me crucé con Cameron, este se quedó mirándome, pero lo ignoré. Y era muy consciente de que me gané su odio en ese tiempo, ya que conseguí que lo trasladaran a trabajo de oficina para que no intentara inmiscuirse en mis planes y me los jodiera al informarle a padre de mis movimientos. Además de que con eso le cubría el culo para que no lo asesinaran si pillaban que era un infiltrado.

Pero él, como era obvio, lo tomó como una provocación de mi parte.

—¿Vamos por unos tragos? —ofreció Lewis cuando nos subimos al coche.

—Por favor, necesito bajarme este susto. —Miré a Owen en cuanto dijo eso, ya que únicamente los dejé afuera de la oficina, por lo que no entendía por qué podía estar asustado—. Sigues sin tener idea de lo nervioso que me pones cuando estás en modo psicópata, ¿cierto? —me dijo, y bufé mientras me sacaba la máscara.

Escuché a Lewis reír y llamarlo imbécil marica.

—Es increíble que Serena tenga los ovarios más hinchados que tú las bolas, hombre —refutó Lewis sin esconder su diversión.

—No me jodas, bro. Serena es mujer, por eso se aprovecha. Tener ovarios le evita que él la golpeé por pasarse de lista —se defendió Owen.

—Deja de hablar como si no estoy aquí —largué, y lo vi con ganas de hacerse uno con el asiento en el que iba. Lewis apretó los labios para no soltar una carcajada.

—Cuando te comportas tan marica, me avergüenza que seas mi mellizo.

Sobrevivo, formuló Owen como respuesta para Lewis, sin hacer ningún sonido, y fruncí el ceño.

—Espero que tengas en cuenta que no soy ciego —señalé.

Se hundió más en su asiento y por dentro me reí al comprobar, otra vez, que Owen podía tener mi estatura, un poco más de músculos que yo inclusive, y ser intimidante con su pinta de matón. Pero en su interior parecía habitar un osito de felpa, o un panda torpe como Serena solía decirle.

Lewis se puso en marcha hacia Vikings, el club al que nos habíamos vuelto asiduos por ser el único en el que no nos cruzábamos con la gente de Derek, luego de que yo aceptara también los tragos, ya que los necesitaba para bajarme el coraje que sentía. Owen propuso avisarle a Marcus y a Darius para que se nos unieran y tener una noche de chicos, lo que permití porque podría aprovechar para comentarles sobre la propuesta de Lucius.

Aunque al llegar me di cuenta de que tendría que dejarlo para después porque encontramos en el estacionamiento a Darius acompañado de Dominik; ambos llegaron juntos y, según dijeron, habían estado en Vértigo, un club neutral que Darius manejaba, pero al que no le gustaba que yo fuera mucho porque eso implicaba que los Vigilantes que todavía me seguían, para asegurarse de que no cometiera una estupidez, se inmiscuyeran en sus tierras.

Y no me disgustaba Dominik, todo lo contrario, me había hecho cercano con él y Fabio porque ambos siguieron uniéndose a nuestras noches de tragos cada vez que estaban en la ciudad (ya que Dominik regresó a Italia luego de terminar su doctorado). De hecho, descubrí que Darius los conocía porque Fabio fue alumno de Aki Cho y lo acompañó en varias ocasiones que el japonés llegó al país para reunirse con sus colegas, aunque él se mantenía alejado de ese mundo. En lo cual se parecía mucho con Darius si lo pensaba mejor.

Pero, incluso con ese conocimiento, no me gustaba inmiscuir a Dominik en situaciones que pudieran ponerlo en peligro, aun cuando a él le entretuviera jugar a ser yo como Sombra, luego de una noche en la que se vistió de negro y se colocó mi máscara, confesando que le llamaba la atención saber lo que se sentía estar detrás de ella. Y a todos los que estuvimos presentes esa ocasión en el privado nos sorprendió que luciera exactamente igual a mí, cosa que a Dominik le emocionó y que después de esa vez siguió haciendo siempre que nos reuníamos, aunque nunca para nada importante, simplemente por la diversión de confundir a mi élite.

Al menos a él le regocijaba ser yo.

—¿Estás cien por ciento seguro de que solo te amará a ti? —me preguntó Dominik.

Las horas habían pasado y con ellas los tragos, razón por la que todos estábamos bastante borrachos ya. Y yo terminé por hablar de Isabella sin mencionar su nombre, gracias a que Darius comenzó a contarnos sobre una chica con la cual se topó dos años atrás. Fue un encuentro fortuito en el que hubo únicamente palabras de disculpa y contacto físico educado debido al choque accidental, pero nos confesó que no conseguía sacársela de la cabeza.

Y sonó muy confiado al asegurar que podía jurar que tampoco ella se lo sacaría a él.

Su confesión llevó a la de Marcus, quien nos dijo que se sentía confundido con la chica que estaba saliendo desde hace varios meses. Owen por su parte aseguró que seguía ilusionado con una mujer a la cual jamás podría tener y Lewis se rio, asegurando que el amor era para imbéciles. Y pude verme reflejado en él, lo que me hizo reír tajante y orgulloso. Fue en ese momento que Dominik me preguntó qué opinaba y sospeché que con nosotros estaba poniendo en práctica sus habilidades de loquero.

Y bueno, tuvo suerte de que los tragos me tuvieran relajado y puesto melancólico, por lo que opté por hablarles de la Castaña.

—Estoy cien por ciento seguro de que cumplo mis promesas, y a ella le hice unas cuantas —le aseguré a Dominik.

—Dinos la más importante —pidió Owen, y por esa vez noté que todos tenían la misma curiosidad que él.

«Que mientras yo viva haré todo porque ella también lo haga», pensé enseguida.

—Que, si la hacía mía, no sería de nadie más —dije en cambio, aunque no me refería al cuerpo, a follarla—. E incluso con mis errores, sé que conseguí que me amara como jamás volverá a amar —añadí con orgullo, y sentí la mirada intensa de Darius sobre mí—. Ella fue, es y será únicamente del hijo de puta frente a ti —expuse, y me señalé con ambas manos.

—¿Y tú, hijo de puta? —preguntó Darius sabiendo que lo último lo dije más para él porque intentó acercarse a Isabella en su momento como Sombra. Tomé mi cerveza y le di otro trago—. ¿Después de ella ha habido alguien más?

Me reí sin gracia. Si hubiese estado lúcido, creo que jamás le habría respondido aquello.

—Es que tampoco la hubo antes. —Fue mi sencilla respuesta.

Rápida, segura, sin duda alguna.

Dominik levantó el botellín de su cerveza para brindar conmigo y Darius sonrió, uniéndose. Y a él le siguieron los demás, incluso Lewis. Y mi borrachera no me permitió identificar cómo me sentí, aunque sí reconocí que me puse un poco más ebrio.

—Ella es de esas reinas que hacen reyes, ¿no? —musitó Darius, recordándome las palabras que le escribió a la Castaña en aquella nota de disculpas.

—Y que le pertenece solo a uno —zanjé yo.

Seguimos con nuestra noche dejando de lado ese tema y concentrándonos en otros menos complicados, hasta que me sentí a punto de perder la consciencia, entonces decidí que era mejor volver a mi búnker para dormir un poco. Tenía la opción de quedarme en el club, ocupando una de las habitaciones en las que me escondía con Hanna cuando la ayudaba, porque sí, continué haciéndolo para evitar que la tocaran. Sin embargo, no me apetecía verla ni estaba de humor para escuchar sus monólogos sobre los libros que leía.

A veces pensaba que llegué a tolerarla porque en ciertas cosas me recordaba a Elsa, por su pasión por los libros de hecho. Incluso tenía actitudes que me hacían pensar en Jane. Hanna era sumisa y complaciente, pero también fuerte al soportar una vida que jamás buscó para proteger a su familia. Y nunca tuve intenciones de ser su amigo, menos el aprovecharme de ella y follarla en lugar de fingir que lo hacíamos, en ese punto prefería seguir con mis pajas cuando la tensión amenazaba con explotarme las bolas.

Como dije antes, la que hablaba era ella, y entre esas noches juntos aprovechó a contarme muchas cosas sobre su vida. Me habló de sus sueños y objetivos, y trató de que yo le contara los míos, y me limité a reír y pedirle que no se metiera donde no la llamaban porque por algo me mantenía en silencio. No la había dejado verme el rostro, tampoco volvió a escuchar mi voz real, pero se conformaba con lo que yo quería darle.

«Tu compañía me basta. No necesito nada más».

Eso me repetía casi como una oración, luego optaba por leerme en voz alta con la esperanza de que le cogiera el gusto a la lectura. Y no lo hice, aunque sí me di cuenta de que, con todo lo que me había pasado en la vida, podía ser fácilmente el protagonista de una de esas novelas que le robaban el sueño.

O el villano.

A pesar de todo eso, las cosas con ella, Alice y con Serena (que eran parte de las cuatro mujeres de las que me rodeaba), funcionaban más fáciles que con Amelia, con quien todo marchaba medianamente igual. La única diferencia residía en que ya no sentía el impulso de matarla cada vez que nos cruzábamos, me limitaba a ignorarla y, cuando no podía, trataba de soportarla y librarme de su presencia con cualquier excusa. Incluso Lucius me ayudaba con eso, aunque sospechaba que él lo hacía porque le convenía más que siguiera odiando a su hija. 

Y por supuesto que ella seguía intentando hablar conmigo, queriendo explicarme cosas que no me importaban porque no cambiarían nada de mi situación, además de que todavía no me daba lo único por lo que le prometí una oportunidad para conocer a Lía.

—Ven —pidió Darius dos días después de la noche en Vikings.

Estábamos en el búnker principal, cerca de la oficina de Lucius. Ese pasillo era un poco solitario porque no consideraban que hubiera peligro alguno por el cual estar alertas. Seguí a Darius con cautela, intrigado porque me habló bajo, y me sorprendí cuando se detuvo frente a la puerta entreabierta de la oficina de su padre y me hizo un ademán para que hiciera silencio.

—Estas son las cosas por las cuales no la dejo sola —susurró señalando a Amelia, quien estaba en el interior con su padre—. Ha tenido días lúcidos, pero, como te dije la otra vez, este hijo de puta sabe cómo manipularla para usarla a su conveniencia.

Me quedé en silencio para escuchar la conversación entre padre e hija. Si es que a eso se le podía llamar así.

—¡Ya, papá! ¡Detente! —suplicó Amelia y comenzó a caminar de lado a lado.

—Lo haría si no me obligaras a recordarte que estás viva porque yo luché por ti —aseveró él indignado—. Y me duele, me decepciona que, incluso siendo yo el único que te ama, me desobedezcas y no valores mi amor por ti. —Negué con la cabeza, lleno de ironía por la actuación de ese malnacido—. Soy la única persona que te acepta como eres, hija mía. No busco cambiarte, sino que mantengas esa esencia que te hace especial. ¿Acaso no lo has comprobado miles de veces ya?

Amelia lo miró llena de dolor y preocupación cuando Lucius se giró dándole la espalda, ella dio un par de pasos hacia él y alzó la mano con la intención de ponerla en su hombro, pero se contuvo y dejó que sus lágrimas corrieran libres por sus mejillas.

—Tuve que encerrar a Leah y mantenerla vigilada para que no te abortara. Y cuando te dio a luz la obligué a amamantarte porque ella pretendía dejarte morir. Por eso le fue fácil abandonarte en cuanto se le presentó la oportunidad.

—Ahora le dirá que mamá me amó más a mí, que me prefería por encima de ella. Y luego añadirá que yo también busco cambiarla porque soy como nuestra madre y no la acepto tal cual es —susurró Darius, segundos después Lucius formuló lo que él acababa de decirme—. Ha aprendido muy bien a reconocer sus días maniacos, en los cuales Amelia es más manipulable por la soberbia que la invade, pero, cuando comienza a pasarle, opta por llevarla a la depresión donde ella es sumisa por completo y esa mierda puede utilizarla a su antojo.

Darius se alejó de la oficina luego de decirme eso y noté su impotencia. Incluso yo llegué a sentirla, aunque odiara a la chica. No obstante, en ese momento sentí lástima de ella. Y mi odio por ese hijo de puta aumentó, ya que me pareció demasiado vil que dañara a su hija, que le importara un carajo el dolor que le provocaba con esas palabras.

—¿Por qué es tan difícil para ti que te crea? —le pregunté al seguirlo.

Me había dado cuenta de lo mucho que él intentaba que Amelia confiara y creyera en su palabra, y de lo poco que conseguía hacerlo porque la chica tendía a refugiarse más en Lucius o en Derek.

—Porque yo también la abandoné —admitió, y eso me tomó por sorpresa.

Me pidió que fuéramos a mi búnker y estando ahí me confesó que, en cuanto logró hacerse independiente, huyó de su casa porque no soportaba más el maltrato físico y psicológico que le daba Lucius, pues estuvo a punto de volverse loco, y consideró que era mejor poner distancia, sanar mentalmente y luego conseguir apoyo para regresar por Amelia, pero cuando lo hizo el maldito ya había conseguido envenenarla más y la convenció de que todos la abandonarían siempre.

—Ya sabes que Fabio y Dominik me ayudan a conseguir calmantes para ella, pero, si Amelia nunca accede a buscar ayuda por su cuenta, no mejorará. Sobre todo ahora que está más convencida de que es bipolar porque la vida así lo quiso, y quien no lo acepte que se joda. Y Lucius junto a Derek le han hecho creer que ellos la quieren tal cual es, aunque en realidad lo que quieren es la facilidad con la que la manipulan.

Asentí de acuerdo con él, aunque no di ninguna opinión, simplemente dejé que Darius se desahogara y traté de entender y analizar todo el trabajo maestro que Lucius había hecho con su hija para convertirla en un arma perfecta. Ella era como una bomba nuclear con el poder de destruir el mundo entero, pero no por su cuenta.

—Has visto la excelente estratega que es, el liderazgo que corre en sus venas, la maldita capacidad que tiene para negociar y conseguir lo que se le antoja. La inteligencia que posee… Mierda, si lo piensas bien, es Amelia quien maneja a los Vigilantes después de que Aki murió, porque David no da un paso sin que Lucius se lo permita.

—Sí, Amelia maneja a los Vigilantes, pero Lucius la maneja a ella —señalé lo obvio.

Darius dijo todo lo que yo ya había notado, y de lo que me enteré por medio de la élite. Fantasma era temido en la organización por despiadado, pero también respetado por su inteligencia, como Lucius, e iba a reconocer siempre eso. Aunque este último llevaba lo cruel a otro nivel, siendo capaz de destruir a su hija con tal de mantener su arma letal. 

Cuando Darius se marchó, decidí ir a la zona de entrenamiento, donde también había un gimnasio con todo lo básico, y me pasé un par de horas ejercitándome porque no quería darle oportunidad a mi cabeza de sobre pensar la situación de Amelia, además de prepararme porque luego de lo que vi en aquella oficina era cuestión de horas para tener de regreso a Fantasma, quien podía ser más insoportable, si es que eso era posible.

Al terminar mi rutina me fui para el comedor común por una bebida hidratante y me sorprendí al encontrar a Amelia en una de las mesas, sola y bebiendo directo de una botella de vodka, con las mejillas manchadas del rímel que se le corrió a causa de las lágrimas. Era la primera vez que presenciaba uno de sus estados más patéticos y, conociendo los motivos, no me extrañó.

Sentí su mirada puesta en mí en cuanto me fui directo a la cámara refrigerante, pero la ignoré y actué como si no había nadie más en el comedor, ya que a pesar de todo quería evitar su presencia o atención. No obstante, en cuanto tomé la bebida y caminé fuera del lugar, sus palabras me detuvieron.

—¿Por qué tuve que nacer si nadie iba a quererme? —Su voz fue lastimera y el dolor en ella muy palpable—. ¿Por qué las personas que amo no pueden amarme?

—Darius te ama —señalé, recordando todo lo que él me dijo.

Amelia sonrió burlona.

—El amor y la lástima suelen confundirse, pero yo he tenido mucho de lo último como para reconocerlo a miles de distancia —aseguró—. Darius no me ama, y está aquí porque supuestamente se lo prometió a su madre —añadió.

Yo también pensé lo mismo en su momento.

Alcé las cejas cuando ella comenzó a reírse y enseguida de eso terminó llorando. Le dio un sorbo al vodka para bajarse los sollozos de la garganta y la manera en la que su rostro se contrajo me dejó ver muy claro el dolor por el que estaba atravesando. Ya comenzaba a hundirse en lo peor de su mundo de mierda.

—Si yo fuera tú, me iría a llorar a mi habitación antes de permitir que se burlen de mí y me vean como débil —zanjé, señalando a los Vigilantes de su élite, quienes por supuesto no se atreverían a burlarse de ella, pero los utilicé para que mi punto quedara un poco más claro.

Amelia se limitó a encogerse de hombros.

—Si yo fuera tú, también me odiaría —susurró rendida.

—Por lo menos estamos de acuerdo en eso —satiricé, y soltó una risa acongojada.

Nos quedamos en silencio unos segundos y luego me di cuenta de que ya le había concedido mucho de mi tiempo, así que pensé en seguir con mi camino.

—Me desperté en una clínica psiquiátrica —soltó de pronto, y la miré sin comprender—. Dos semanas después de lo que pasó con Elliot, pero la mayor parte del tiempo me mantenían drogada para que no les diera problemas y me recuperara del disparo que Derek me dio. Luego, cuando estuve bien, me metieron en una habitación de cristal para experimentar conmigo.

Fruncí el ceño.

—¿Experimentar?

—Con virus. Mi padre tiene aliados en el rubro farmacéutico y, para saber si la cura funcionará, antes deben saber cómo actúa la enfermedad. Así que me dejó con uno de sus amigos como castigo —explicó, y mis ojos se abrieron demás—. «Si sobrevives seis meses y aprendes la lección, te daré una segunda oportunidad», me dijo sin remordimiento alguno porque estaba muy dolido de que te haya preferido a ti.

En ese instante entendí por qué me aseguró que había vivido un infierno. 

—Vamos a mi habitación —ordené sin pensar, y su mirada subió a mi rostro de inmediato, ya que se había mantenido mirando la botella. Ella no podía creer lo que le propuse, y ni yo, pero sentí el impulso y la curiosidad de saber lo que vivió, aunque mis intenciones no eran del todo buenas, pues también quería probar si tenía la oportunidad de sacarle información que me conviniera.

Me di la vuelta sin esperar a que me siguiera, aunque supe que sí lo hizo porque escuché sus pasos detrás de mí. La invité a pasar luego de abrir la puerta, y me causó gracia que se comportara con timidez, aunque no le dije nada sobre eso, simplemente la miré a la vez que me sacaba la camisa mojada por el sudor.

—Tienes más tatuajes —confirmó al verme—. Cuando nos conocimos tu torso estaba limpio, tu cuello también —recordó.

—Tomaré una ducha —avisé, sin decir nada sobre su señalamiento—. Descansa un rato y cuando salga hablamos si es lo que quieres, si no, pues duerme para que se te pase la borrachera. —No quería que me viera tan interesado en saber lo que vivió, así que opté por seguir siendo frío, aunque sin influir más en lo miserable que ya estaba gracias a Lucius.

Asintió en respuesta y se acercó a la mesita de noche para poner la botella de vodka sobre ella. La imité para tomarla y frunció el entrecejo.

—¿Vas a beber?

—No, voy a tirar el contenido —respondí, y noté sus ganas de protestar, pero se contuvo. A lo mejor por el temor de que la sacara de la habitación si me cabreaba.

—Yo también necesito una ducha —señaló de pronto, y me reí con ironía porque, aunque tenía razón, lo estaba haciendo más para provechar el momento, según ella.

—Tomaré mi ducha y luego si quieres te lavas el rostro, no más —advertí, e hizo un mohín.

Negué con la cabeza y me metí al cuarto de baño, poniendo el seguro porque sabía que era capaz de meterse para intentar provocarme, y no tenía ánimos de lidiar con eso. Abrí la ducha y, mientras esperaba unos segundos para que el agua estuviera en su punto, vacié la botella de vodka en el váter. En todo ese rato mi cabeza no dejó de pensar en lo que Amelia confesó, además de que reconocí que era una mujer fuerte dentro de la maldad con la que se manejaba, pues no debía ser fácil lidiar con su condición, tratar de mantenerse a flote y no quitarse la vida en sus estados depresivos.

—¿De verdad vas a escucharme? —preguntó esperanzada luego de que salió del baño con el cabello recogido, el rostro limpio y los ojos hinchados.

Había aprovechado a vestirme mientras ella se ocupaba de sí misma.

—Sí, mientras no te pases a temas que no me interesan —respondí con tono de advertencia, y sonrió.

Me senté en la silla del escritorio y la animé a que ella lo hiciera en la cama; se mantuvo indecisa un par de minutos, aunque luego soltó el aire por la boca y comenzó a hablar, empezando una vez más con lo que vivimos en aquel motel, llorando cuando le era imposible no hacerlo y reviviendo lo que en efecto fue un infierno en todo el sentido de la palabra. Haciendo que de nuevo me diera cuenta de que, en su afán de proteger a Isabella, Enoc le ocasionó un daño irreparable a la otra hija de su mujer. Y dudaba de que algo así se perdonara tan fácil, incluso si el mayor culpable siguiera siendo Lucius.

La infectaron con virus que la mantuvieron entre la vida y la muerte, la drogaron para que siempre fuera dócil, la convirtieron en adicta y luego la obligaron a rehabilitarse con el fin de que siguiera siendo un chivo expiatorio. La rompieron y la reconstruyeron de nuevo porque Lucius no solo la estaba castigando por haberme elegido a mí, sino también consiguió hacer de ella su perrita fiel.

Y cuando terminó de contarme su infierno, comprendí que era casi imposible que Darius recuperara a su hermana.

—Bueno, al menos eres inmune a muchas enfermedades —comenté en son de broma, y ella me miró incrédula, pero enseguida soltó una carcajada.

—Demonios, en serio posees el tacto y la empatía de un glaciar —señaló, y sonreí de medio lado.

No se trataba de que mi empatía fuera fría, sino más bien de que no existían palabras de ánimos para todo lo que vivió, y menos con la tensión que seguía existiendo entre nosotros.

—Duerme un rato, Lía —propuse de pronto, utilizando su diminutivo sin ser sarcástico en ese momento.

—¿Aquí?

—Puedes hacerlo afuera, en el comedor, donde quieras. Por mí no hay problema —aseguré encogiéndome de hombros.

No era mi intención comportarme como un idiota, pero tampoco pretendía que ella confundiera las cosas.

—Quiero dormir aquí —admitió.

—Hazlo, la cama es toda tuya —la animé, y asintió, pero comenzó a quitarse la ropa y entonces me arrepentí—. ¿Aún duermes desnuda? —pregunté, recordando que cuando estuvimos juntos siempre lo hizo así, y me confesó que era su costumbre.

—Sí, no puedo hacerlo de otra manera.

—Está bien, nos vemos luego —dije poniéndome de pie, pero ella se apresuró a llegar a mí.

—No, por favor. Si no quieres que esté desnuda, entonces no dormiré —suplicó—, pero no te vayas, Eli… Sombra, tú me calmas —se corrigió y confesó.

La miré con seriedad.

—¿Cómo podría calmarte si no te soporto? —cuestioné.

—Porque yo te amo, aunque tú me odies —confesó—. Y lo acepto porque sé que me lo merezco, que me lo he ganado a pulso. Pero incluso odiándome me das más sinceridad que quien dice aceptarme como soy —añadió y se abrazó a sí misma—. Por eso tu presencia me calma, y porque recuerdo lo feliz que fui contigo, la normalidad que me diste cuando estuvimos juntos —siguió y regresó a la cama para hacerse un ovillo—. Y no me da vergüenza aceptar que muchas veces he deseado ser como ella, tener un poco de lo que ella tuvo.

Maldije en mi interior porque sabía que se estaba refiriendo a Isabella y no quería que la volviera a poner en su mira para intentar joderla, aun así la Castaña estuviera desaparecida. No era conveniente que Amelia utilizara sus recursos para encontrarla.

—Leah sí la amó y estuvo a su lado siempre, su padre también —continuó—. Casi la idolatraban. Tiene amigos que son capaces de dar la vida por ella, te tiene a ti que hasta fingiste morir porque viviera. ¡Elliot me usó y entregó para salvarla a ella! —gritó y, mientras lo hacía, lloraba cual niña abandonada—. Yo en cambio nací para ser despreciada y luego utilizada. —Sollozó y en esos momentos fui capaz de ponerme en sus zapatos. La miserable chica sufría por su enfermedad, la mentira y la manipulación de su padre—. Y a pesar de todo eso tus desprecios se sienten mejor que no tener nada.

—¡Mierda, Lía! No digas eso —pedí. Y sí, la odiaba por todo lo que me obligó a hacer, pero no podía ser tan apático con una chica de la que creí haberme enamorado, una mujer que actuaba engañada por su miserable progenitor—, tú naciste para ser amada, solo tienes que buscar a la persona correcta para ti —aseguré sentándome a su lado.

—Ese es el problema, Sombra —me imitó al sentarse y se acercó a mí—, que ya te amo a ti y no puedo evitarlo. Y por la misma razón no quiero buscar a nadie más.

—Estás obsesionada conmigo, no me amas —corregí, y negó, tomándome el rostro para que la mirara a los ojos.

—Sé qué es la obsesión. Y no es lo que siento por ti. —Sonrió con tristeza—. He intentado dejar de amarte y no lo logro —se quejó, y bufé.

Vaya mierda de suerte la mía, la que me amaba me tenía y la que yo… La chica que yo quería tener, no la tenía.

Amelia aprovechó mi momento de reflexión y se acercó más para besarme, pero justo antes de que llegara a mi boca me giré para impedírselo, aunque me besó en la mejilla. Sin embargo, no se lo reproché y tampoco quise ser tan hijo de puta, al contrario, la abracé porque entendí que ella no era más que una mariposa con alas rotas.

Un ángel corrompido por su propio padre.

—Gracias por este momento, Elijah —susurró separándose de mí rato más tarde, ya que nos quedamos abrazados hasta que dejó de llorar. Y la vi buscar algo en el bolsillo de su pantalón—. Es demasiado valioso para mí que me lo hayas dado antes de que te cumpliera mi promesa —añadió y a la vez puso un vial en mi mano.

Lo miré dándome cuenta de que se trataba de una especie de semilla de mostaza contenido en un líquido viscoso.

—¿Es lo que pienso? —indagué con el corazón acelerado, y sonrió asintiendo.

—Y la razón por la que mi padre esté furioso, ya que hice un trato con los rusos a cambio de esto —confesó, y la miré incrédulo—. Solo cumple tu promesa, porque no respondo —añadió.

Tras eso se puso de pie y se marchó, y me reí porque, así como yo no podía dejar de ser un hijo de puta con ella, Amelia tampoco dejaba de ser la cabrona insufrible que me tenía cogido de las bolas por más que cumpliera su promesa. 

____****____

—¡¿Qué demonios has estado haciendo?! —me reprochó Darius al enterarse de que estuve ayudando a Hanna, aunque él en verdad creía que follábamos.

—Siendo un buen samaritano, supongo —satiricé, y me miró dándome a entender que no era momento para bromear—. Estás exagerando las cosas, imbécil, ya cálmate.

—¿Exagerando? ¿Lo dices puto en serio? —espetó, y rodé los ojos—. Deberías agradecer que todavía te siga cuidando el culo a pesar de lo idiota y terco que eres. —Reí sin gracia por eso.

—Me cuidas el culo porque te conviene, porque hago el trabajo que tú no has podido hacer, así que no tengo que agradecerte por eso —largué, y él bufó.

—No tienes ni puta idea de lo que le va a suceder a esa chica cuando Lía se entere de que la desfloraste y ahora es exclusiva para ti, ¿cierto? —inquirió, y fruncí el entrecejo.

Amelia no era nadie para actuar en contra de Hanna.

—Primero, no la he desflorado. Segundo, no es mi exclusiva. —Me miró confundido—. Y tercero, no tengo por qué darte explicaciones a ti y menos a Amelia. Pero, para que te quedes tranquilo, solo ayudé a Hanna porque el cobarde del administrador pretendía aprovecharse de ella igual que lo hace con todas las chicas vírgenes que llegan al club. Y hemos estado fingiendo que follamos únicamente para que otros hombres no la toquen —aclaré.

Y, aunque su expresión cambió del enojo a la tranquilidad, siguió confundido, pero no le expliqué nada más, simplemente me marché, cansado de que él también pretendiera que debía darle explicaciones, y me fui en busca de Marcus para entregarle el vial con el diminuto chip que me dio Amelia la noche anterior, porque él se lo llevaría a Alice para que ella lo estudiara con el fin de confirmar que inhibiría los efectos del dispositivo que tenía la Castaña, además de que necesitaba saber si se podía clonar.

Darius había llegado a buscarme porque le fueron con el chisme de que yo tenía una puta exclusiva en Vikings, y se preocupó de que su hermana, quien entró en un estado maniaco después de que estuvo conmigo, provocara una masacre si también se enteraba de lo de Hanna. Y para ser sincero, yo igual me alerté y maldije en mi interior al pensar que Amelia podría dañar a la chica por creer que obtenía lo que le negaba a ella. 

Así que esa noche llegué a Vikings con la excusa de reunirme con Dominik y los demás chicos, aunque buscaba más asegurarme de que Amelia no cometiera una locura si acaso ya sabía los chismes que le llegaron a su hermano. Serena pasó de estar con nosotros porque me aseguró que se aburría y, aparte, había cosas de las cuales ocuparse, puesto que teníamos un envío de armas a la vuelta de la esquina y necesitaba que todo estuviera en orden.

Darius sí que se unió, pero lucía tenso, y supuse que se debía a mi supuesta exclusividad con Hanna. Él se tomaba muy a pecho lo de proteger de alguna manera a las chicas que trabajaban en el club, aunque a veces no consiguiera hacer mucho porque las órdenes de su padre no se saltaban.

—Ves, por esto digo que el amor es algo inventado por nosotros. No un sentimiento que en realidad exista —dijo Lewis.

—No te equivoques, el amor sí existe, pero Marcus lo está confundiendo con la pasión —replicó Dominik con la voz robotizada.

En ese momento tenía puesto mi cambiador de voz y la cazadora que yo había estado usando cuando llegué. También la máscara porque era una de esas noches en las que quería ser Sombra. Y se metió en una discusión con Lewis luego de que Marcus recibiera una llamada de su chica y, que al igual que otras veces, terminaran discutiendo. Owen se atrevió a preguntarle por qué seguían juntos si en lo único que parecían funcionar era en el sexo, a lo que el moreno respondió que creía que la amaba y por eso no podía dejarla.

Yo me limité a escucharlos y a reírme cada vez que soltaban alguna tontería siempre que Marcus intentaba dar excusas, y a pesar de la actitud de Darius estábamos disfrutando de una noche entre amigos. Lo que me hacía recordar mis noches de fiesta con los Grigoris, las idioteces de Jacob, las peleas entre Connor y Evan por creerse uno más listo que el otro, o la manera en la que Dylan fingía querer estar con una chica para que yo no sospechara que estaba con mi hermana.

Me reí de pronto, no por lo que escuchaba de mi élite y Dominik en ese momento, sino por recordar también todos los problemas en los que me metí con mis amigos después de cada noche de fiesta. Aunque de pronto me ganó la melancolía porque mi cabeza se llenó de pensamientos en los que la Castaña y yo fuimos los únicos protagonistas.

Puta madre.

Tragué con dificultad al imaginarla con sus vestidos cortos y tuve que acomodarme en mi asiento al sentir mi polla medio erecta por recordar que no usaba bragas y cómo ese hecho me ponía como un puberto ansioso, con ganas de meterla en cualquier lado donde no nos vieran, para penetrarla sabiendo que siempre estaba lista para mí.

Me puse de pie y me acerqué al ventanal tintado cuando When I was your man comenzó a sonar, y vi a tres chicas subidas en la tarima principal, bailando la melodía con algo que pretendía ser ropa interior cubriendo sus cuerpos. Y, aunque las noté, no me concentré en ellas, sino en la letra de la canción. Y fui capaz de ver en el cristal las imágenes de mis momentos con Isabella.

«Joder, Bonita. Tuve que haber hecho tantas cosas para ti que mi orgullo no me permitió, y luego el miedo. Y ahora me aterra que otro esté haciendo todo eso por ti», pensé y apreté el vaso en mi mano, bebiendo el licor de un sorbo.

—¿Estás viendo bailar a las chicas o pensando en ella? —me preguntó Marcus, parándose a mi lado y refiriéndose a Isabella.

No le respondí.

—¿Ves la diferencia? —le preguntó Dominik a él y, aunque no entendí a qué se refería, tampoco le di importancia.

Simplemente miré a Marcus riéndose sin gracia, negando con la cabeza. Y a Dominik con un porte orgulloso, viéndose como el auténtico Sombra.

—Claro que piensa en ella, en su reina —murmuró Owen a mis espaldas, y me serví otro trago, gracias a que estaba cerca de la mesa con licor.

Y no negué lo que dijo, porque al parecer les había permitido que me conocieran más de lo que pretendía, y así no soltara ni una sola palabra, era capaz de demostrar que no solo pensaba en la Castaña, sino también la deseaba, necesitaba tenerla conmigo con uno de sus vestidos cortos, confirmando que no usaba bragas.

«Nunca quise extrañarte como te extraño, Isabella White», dije en mi cabeza y me bebí el licor de un tirón, porque a pesar de los estragos que estaba haciendo la abstinencia en mí no quería a la Castaña solo para follar. La necesitaba para que calmara mis demonios y me diera la paz que tanta falta me estaba haciendo.

Pero gracias a su maldita hermana no podía tenerla y quizá jamás volvería a hacerlo.

—¿A dónde vas? —preguntó Darius al ver mi intención de salir del privado.

Fruncí el ceño por su tono.

—Al baño —largué—. ¿Puedo? ¿Vas conmigo? ¿O me quito la polla y la llevas por mí?

Lewis y Owen se rieron, ya que estaban más cerca y nos escucharon.

—Come mierda —replicó Darius, y me reí también.

Tras eso me coloqué el gorro de la sudadera y me subí la bandana tubular al tabique de la nariz porque no tenía ánimos de pedirle a Dominik mi disfraz y porque me encontraba despreocupado por tomar precauciones, o demasiado confiado con el lugar en el que me encontraba.

Al salir del privado y comenzar a caminar me di cuenta de que en realidad estaba más borracho que achispado, lo que no era raro luego de haber ingerido casi la botella entera de ron. Bufé un poco exasperado cuando bajé y me encontré a Hanna escoltada por el administrador, lo que me indicó que de nuevo el imbécil pretendía venderla con alguien más.

—Eso me gusta, que sepas atender mis necesidades —ironicé, y él rodó los ojos, fastidiado porque le jodí los planes. Le eché un brazo a la rubia sobre los hombros y ella sonrió aliviada cuando la encaminé a una de las habitaciones sin decir más, actuando como su maldito dueño.

No hablamos, y al estar en la intimidad del pequeño lugar opté por usar el baño privado de ahí; y al vaciar mi vejiga analicé que no me podría ir tan pronto como era mi intención, porque entonces no sería creíble que la quería follar.

—Gracias de nuevo, Án…

Negué con la cabeza, dándole a entender que no estaba de humor para escucharla llamándome así. Sonrió y asintió, y tras eso me tumbé en la cama, sintiendo más el mareo provocado por la borrachera, pero deseando beber más.

—Pediré ron. ¿Quieres algo? —ofrecí, ya que no estaba dispuesto a escucharla hablándome.

Y tampoco quería ser imbécil, puesto que ella no tenía la culpa de lo que me estaba pasando.

—Beberé lo mismo que tú.

—¿Segura?

—Sí —respondió entre risas, y tras eso cogí el teléfono de la habitación para pedir que me llevaran una botella de ron.

—¿Estás bien? —me preguntó, y se sentó en la cama junto a mí en cuanto dejé de hablar por teléfono.

—Un poco borracho.

—Se siente increíble volver a escucharte —señaló, y entendí que se refería a que de nuevo estaba escuchando mi propia voz y no la robotizada—, pero sería mucho más increíble no ver tus ojos llenos de tristeza y desesperación.

No usaba lentillas de un solo color esa vez, aunque sí llevaba unas con los iris negros. Y que Hanna haya notado mi estado incluso sin ver el verdadero color de mis ojos, me hizo comprender que Serena siempre tuvo razón: debía cubrirme mejor para no permitirle a nadie que me leyera y así usara mis debilidades para joderme más.

—Me siento más feliz que nunca, así que no entiendo de qué hablas —mentí, y ella sonrió con ironía.

—No tienes por qué mentirme, Sombra.

—No, Hanna. Tú no tienes por qué pretender que me conoces —espeté, y la hice dar un respingo por mi manera brusca de hablarle.

Maldije en mi interior porque no pretendía ser un idiota, pero tampoco iba fingir que me encontraba feliz de estar en esa habitación con ella. Yo odiaba las hipocresías y, aunque sí quería ayudarla, prefería pasar el rato con los chicos de la élite, ahogándome con el alcohol hasta sacarme solo un segundo de la cabeza a Isabella.

Hasta dejar de añorar una vida que ya no me pertenecía.

—Lo siento —musitó cohibida, y negué con la cabeza.

Antes ella era mi tipo de chica perfecta para llevármela a la cama. Pero la clave estaba en el antes.

Agradecí que tocaran la puerta y ella se pusiera en pie de inmediato, yendo por nuestro pedido. Asentí cuando se ofreció a servir la bebida y salí de la cama, encaminándome al reproductor para poner algo de música. Tomé el vaso en cuanto me lo ofreció y le di la espalda, bajándome un poco la bandana para beberme el licor de un sorbo.

—¿Más? —ofreció, y asentí regresándole el vaso, cuidando que no me viera el rostro.

Volví a darle la espalda y me recargué con ambas manos en la mesa del reproductor, esnifando con profundidad y soltando el aire con lentitud por la boca, rindiéndome de pronto a todo lo que se me había acumulado en esos dos años.

Deseaba que ese mareo, que con cada segundo se sentía más fuerte y prolongado, me dejara inconsciente y me ayudara a olvidar por una noche que era Sombra, el maldito hijo de puta que estaba matando a su propia gente de Grigori, chantajeando a hombres que siempre le fueron fiel a padre, desmoronando todas las cosas buenas que construí junto a él. Actuando en contra de todo lo que mi progenitor me inculcó y a punto de ceder a lo peor con tal de que me dejaran salir del país para tener más oportunidades de encontrar a Isabella.

Porque sí, iba a aceptar la propuesta de Lucius y le haría esos tres envíos si con eso yo conseguía salir de Estados Unidos.

«Esa es la diferencia entre tú y yo. Te crees un hijo de puta, pero, cuando se trata de Isabella, yo lo soy más. Soy un puto egoísta, LuzBel, y me importa una mierda si matan a mi prima o a Elsa. Mi prioridad siempre será Isabella, mi objetivo es salvarla a ella y que muera quien tenga que morir».

—Que se queme el maldito mundo si es necesario, pero, mientras ella esté a salvo, todo lo demás puede irse al demonio —musité por lo bajo las palabras con las que Elliot terminó de decirme todo aquello en el recuerdo que tuve.

Haciéndolas mías en ese instante porque lo entendía más que nunca.

—¿Puedo hacerte solo una pregunta?

—Ya la estás haciendo —le dije a Hanna, tomando el vaso cuando me lo ofreció, y sonrió tímida—. Hazla —la animé, girándome para beber el trago.

—¿Por qué nunca me has tomado si has tenido la oportunidad? —Estuve a punto de atragantarme con el ron.

Esa era la última pregunta que esperaba de ella.

—Porque nunca te he ayudado con la intención de follarte —respondí tras carraspear, sintiendo la nariz arderme por el poco de licor que se me filtró hacia ella.

—Y porque no soy ella —señaló. Me terminé el trago, bajé la bandana y me giré para enfrentarla con las cejas alzadas.

—¿No eres quién? ¿Según tú?

—La chica por la que eres tan frío, por la que nunca te he visto con nadie. Al menos aquí —replicó, y sonreí, aunque no me viera.

Me sentía un poco somnoliento, pero sin ganas de parar de beber. No lo haría hasta perder la consciencia, ya lo había decidido.

—Definitivamente no eres ella —afirmé, y noté que estaba comenzando a arrastrar un poco más las palabras.

Caminé hacia donde estaba el ron y me serví otro poco, luego me senté en la cama, acomodándome con la espalda en el respaldo de ella. Pensé que Hanna se ofendería por lo que dije, pero contrario a eso le dio un sorbo a su bebida, después puso el vaso en la mesita de noche y me sacó los zapatos, masajeándome los pies en el proceso. Situación que me sobresaltó, aunque no me aparté porque se sintió demasiado bien el gesto.

—De todas las veces que estuvieron juntos, ¿cuál recuerdas más? ¿O cuál te marcó más? —sondeó.

—¿Por qué tanta curiosidad?

—Responde, Sombra, por favor —suplicó, y contuve un gemido cuando hizo algo con sus manos en mis pies que se sintió demasiado bien para mi gusto.

—La primera vez que la hice mía —concedí—. Cuando me entregó su virginidad.

Mi mente voló a ese momento. Y todas las veces con Isabella fueron únicas, pero la primera siempre sería inolvidable. Incluso con la borrachera podía recordar claramente sus gestos de gozo mientras la torturaba con placer y la hacía rogarme para que la llevara al orgasmo. Su imagen de mejillas sonrojadas, boca entreabierta y ojos brillosos se formó en mi cabeza.

Mierda.

Incluso era capaz de sentir su piel febril y tersa, el sabor de su sexo en mi lengua o la manera en la que sus pezones se volvían capullos endurecidos en cuanto los metía en mi boca. Tragué con dificultad cuando mi estómago se apretó y mi polla se endureció, sintiendo el corazón acelerado únicamente con el recuerdo de haber estado con mi Bonita.

—Quiero perder mi virginidad —dijo Hanna sin tapujos. La miré dándome cuenta de que había cerrado mis ojos mientras recordaba la primera vez que follé con Isabella y noté mi pantalón abultado de la entrepierna—, y deseo que sea contigo.

Me sobresaltó su declaración, aunque no dije nada. Y menos en el momento que comenzó a subirse en mi regazo. Tampoco la aparté porque de pronto mis brazos se sentían demasiado pesados como para alzarlos, o quizás eso quería creer para no sentirme tan hijo de puta.

—Deberías escoger mejor con quien perderla, porque se supone que para ustedes eso debe ser especial —aconsejé.

Hanna sonrió con una mezcla de dulzura y picardía, a la vez que tomó mis manos y las puso sobre sus caderas en cuanto se sentó en mi miembro endurecido.

—Por eso te estoy escogiendo, Sombra. No porque no tenga más opciones, sino porque en todo este tiempo, fingiendo hacerlo, he deseado que me tomes. Que me hagas tuya —admitió y puso las manos en mi rostro sin quitarme la bandana.

Confieso que en otros tiempos no hubiese dudado en aceptar su propuesta, es más, la habría hecho mía desde el primer día en que la ayudé, pero no eran otros tiempos.

—No estoy duro porque te tengo en mi regazo, Hanna —aclaré cuando movió levemente las caderas, indicando que estaba reaccionando a su provocación—. Estoy así porque la he recordado a ella.

—Mejor aún —señaló, y no comprendí—. Puedo fingir ser ella si lo prefieres, solo hazme tuya de una buena vez.

No sé qué demonios me pasaba, pero en cuanto dijo que podía fingir ser Isabella, comencé a ver a la Castaña y mi polla reaccionó aún más que con su recuerdo. Incluso tomé esas caderas femeninas con fuerza y la hice restregarse más en mi regazo, dándome cuenta de que mi tiempo en abstinencia comenzó a jugarme mal.

—¿O no me deseas? —preguntó Hanna un tanto insegura.

—Ahora mismo has conseguido que lo haga —admití.

Y cuando enterré el rostro en su cuello, me bajé la bandana y me perdí en los recuerdos.

Quién es ella?

Elijah

 

—Mierda, estás tan caliente —gruñí y me empujé más fuerte en su interior—. Tan mojada que tu coño reviste mi verga —dije en su boca, besándola mientras le soltaba mis palabras crudas. Esas que la hacían sonrojarse tanto como excitarse—. Tan estrecha que me estrujas con violencia. 

—¡Joder! —gimió, y no supe si fue por mi vocabulario o por cómo me hundí más profundo en su coño.

Me volvía loco que arqueara la espalda para encontrar mis embistes. Y estaba tomando todo mi autocontrol no ser tan bruto con ella, consciente de que era su primera vez.

—Eso es, Bonita. Qué perfecta eres —alabé, besándola con suavidad—. Mírame —pedí al encontrarla con los ojos cerrados, quedándome quieto un momento—. Te follaré hasta que tus piernas tiemblen y grites mi nombre una y otra vez —advertí en cuanto me obedeció y sus ojos miel fueron capaces de hacerme sentir como si me estaba adorando. 

Me mordí el labio, gruñendo a la vez al volver a salir de su interior y disfrutar como nunca de la sensación de mi polla entrando de nuevo en ella, abriéndome paso entre su calidez y sus fluidos, complacido al ver su rostro lleno de placer cuando el dolor la abandonó.

—No pararé hasta que te grabes en la mente que a partir de hoy…

—¡Dios! ¡Sí! —jadeó sobre mi boca, callándome un momento y aumentando mi orgullo porque, siendo la primera vez, estaba disfrutando de nuestro encuentro.

—… Eres mía, Isabella —continué, y gritó de puro éxtasis, arqueándose de nuevo, rozando sus senos en mi pecho.

Arrastré una de mis manos por su cuerpo, deteniéndome unos segundos en su teta para amasarla, continuando a su cuello hasta sostenerla del rostro para que me mirara cuando la posesividad en mí aumentó al darme cuenta de que nada de lo que le estaba diciendo era solo por el calor del momento. En realidad quería a esa chica solo para mí.

—Solo mía —gruñí, rogando para que lo entendiera de verdad.

—Solo tuya —concedió cegada por el placer, y sonreí porque me sentí como el diablo haciendo un trato con ese ángel inocente.

Sus palabras pudieron ser provocadas por el placer, pero a mí me valían tanto como el sello de un pacto irrompible entre nosotros.

La penetré con más intensidad, lamiéndole la oreja, chupándole el cuello, gruñendo de placer absoluto. Ella me tomó de la cintura, guiando mis movimientos, y me recargué en mis manos para mirarla a los ojos, grabándome su imagen, su cuerpo perlado por el sudor; respirando la ambrosía que era en lo que se había convertido el aroma de nuestras fragancias mezclándose, drogándonos aun más que con el gozo de convertirnos en uno.

Soltó un gemido más intenso cuando enganché mi brazo en la parte interior de su rodilla, subiéndole la pierna más allá de su cintura para llegar más profundo, y que con eso sintiera mis perlas desde un ángulo distinto. Movió las caderas y apretó mi polla con sus paredes vaginales en cuanto su orgasmo comenzó a construirse, y yo opté por ser más duro con mis penetraciones para enloquecerla de gozo.

—¡Joder! No vayas a detenerte esta vez, por favor —suplicó, y la besé como respuesta para esconder mi sonrisa orgullosa.

Sus movimientos de caderas se volvieron más intensos, llevándome a mi límite cuando ella estaba a punto de alcanzar el suyo.

—¡Mierda! —gruñí.

—¡Sombra, joder! ¡Abre la maldita puerta! —Me senté al reconocer la voz de Marcus a lo lejos.

Estaba desorientado y miré a mi alrededor, encontrándome totalmente desnudo, con Hanna a mi lado, despertando asustada por mi reacción. Mis ojos se abrieron demás al verla con el cabello revuelto, intentando cubrir su desnudez con la sábana.

—¿Pero qué demonios? —me quejé, llevándome una mano al rostro. Me asusté cuando no encontré nada cubriéndome. Hace unos segundos estaba en mi habitación, follando con Isabella, y segundos después desperté ahí, con una rubia que lucía cansada, recién follada por mí.

Jodidamente por mí.

—Por favor, ¿dime que recuerdas todo lo que hicimos? —suplicó ella al ver mi reacción, sosteniendo la sábana con el interior de sus brazos mientras ponía las manos como si fuera a rezar.

Lo último que recordaba era llegar a esa habitación con ella, luego de encontrarla con el maldito administrador escoltándola para llevarla quién sabía con quién. Después de eso reviví la primera vez que estuve con Isabella y cuando estaba a punto de correrse, desperté con los gritos de Marcus, quien volvió a tocar con insistencia la puerta en ese instante.

—¡Puta madre, Sombra! ¡Debes salir ya, joder!

—¡Dame un segundo! —pedí saliendo de la cama, porque lo escuché demasiado preocupado como para averiguar qué mierdas había hecho con Hanna.

Toda mi ropa estaba regada en el suelo junto a la bandana tubular con la que me había estado protegiendo. Miré a Hanna mientras me vestía, su actitud era humillada y sin saber qué hacer.

—¿Nos cuidamos? —pregunté cuando no vi ningún condón usado.

No me podía hacer más el imbécil, aunque no tuviera ni jodida idea de lo que habíamos hecho, pero que era más que obvio.

—Me diste la opción, pero a la vez añadiste que preferías sentirme en carne propia. Y yo me estoy cuidando y… también quería sentirte piel a piel —admitió un poco cohibida, y volví a maldecirme porque esas palabras fueron las que le dije a Isabella años atrás.

—Algo grave pasa, así que tengo que ir a ver de qué se trata, pero, Hanna, nunca debiste verme el rostro. Y no estoy acusándote de nada —me apresuré a decir cuando me miró con ojos asustados, creyendo que la estaba culpando—. Simplemente quiero que entiendas que acabo de ponerte en peligro, así que por tu bien no menciones que me viste la maldita cara —pedí.

—Ya suponen que te he visto, Sombra. Es lógico después de tanto tiempo fingiendo que nos acostábamos, ¿no crees?

—Suponer todavía podría salvarte la vida, Hanna. Pero ahora que me has visto, si te confrontan con sus métodos, pueden saber que les mientes cuando digas que no, y eso va a condenarte.

—Después de lo que me hiciste, moriría feliz —aseguró con una sonrisa satisfecha, y la punzada de culpa en mi pecho fue algo nuevo para mí—. Pero tienes mi lealtad, Ángel, así que no te preocupes porque jamás saldrá de mi boca que he visto ese rostro tan atractivo del que eres dueño. Será nuestro secreto que he confirmado que mi apodo ahora tiene más sentido.

—Estás bien loca, chica —señalé haciéndola reír—. Hablaremos luego —avisé terminando de cubrirme el rostro y caminando apresurado a la puerta antes de que Marcus volviera a tocar.

Sintiéndome culpable por lo que sea que hice con ella, y extraño a la vez porque, después de dos años sin follar, debía estar satisfecho por la liberación, pero en cambio me sentía frustrado porque Marcus me despertó justo en el mejor momento de aquella vivencia, así que mis bolas me apretaban el pantalón y las imaginaba todavía azules.

—Jodida mierda. —Bufé rascándome la cabeza por debajo del gorro de la sudadera.

Marcus estaba frente a la puerta y maldijo cuando también alcanzó a ver a Hanna cubierta con la sábana, cerré de inmediato y me enfrenté a su mirada furiosa.

—Se supone que ibas para el baño —reprochó.

—Fui al baño.

—Desde hace cuatro horas, imbécil.

Mierda.

—Dudo mucho que la preocupación de que me haya extraviado te hiciera buscarme en las habitaciones hasta encontrarme y casi tirar la puerta. —Bufé con las sienes punzándome de dolor.

También tenía la garganta reseca y me urgía beber al menos un litro de agua.

—Sabes que me importa una mierda si te follas a esa rubia o a quien quieras que no sea mi hermana —replicó, caminando a mi lado al volver al privado—. No me meto en tus asuntos si estos no joden nuestros planes, pero hoy la has cagado luego de buscar a la chica con el chisme que le llegó a Darius.

—No me digas que él te envió, o voy a matarlo por entrometido y a ti por apoyarlo —sentencié.

—Vete a la mierda, idiota. Te busqué porque Lía se apareció desesperada por encontrarte. —No me avergonzaba admitir que palidecí en cuanto lo escuché decir eso—. Le dijimos que habías ido al baño, pero al parecer el chisme de tu puta exclusiva también llegó a sus oídos e intentó ir a buscarte a las habitaciones.

—¿Vio a Dominik con el traje?

—Dominik había ido al baño en ese momento, Sombra. Owen se asustó al ver a Lía queriendo asesinar a todo el mundo porque te estábamos negando, así que le dijo que él mismo la llevaría contigo. A Darius no le quedó más que seguir el plan improvisado y le llamó a Dominik para avisarle lo que pasaba y que te cubriera mientras te encontrábamos.

—¡Me cago en la puta! —me quejé, deteniéndome en el pasillo solitario a esa hora—. ¿Hace cuanto pasó eso?

—Hora y media más o menos. Owen llegó a avisarnos que Lía se llevó al supuesto Sombra para la oficina de su padre aquí en el club. Darius se fue enseguida para ver qué podía hacer, pero no consiguió mucho, ya que encontró el lugar con seguro.

—Demonios —espeté, y comencé a caminar en la dirección contraria del privado, sabiendo a la perfección dónde estaba esa oficina.

Marcus me explicó que los mellizos se mantenían cerca por si la élite de Lía descubría que no era yo quien estaba detrás de la máscara e intentaban atacar a Dominik, y por dentro rogué para que él no cometiera ninguna estupidez que terminara comprometiéndome, y para que por una vez Darius no me jodiera más de lo que yo ya me había jodido a mí mismo al beber como un puto alcohólico, y luego encamarme con una chica a la que nunca deseé y a la cual puse en peligro por imbécil.

Y, por si todo aquello era poco, estaba el hecho de que no recordaba absolutamente nada.

—Lewis y Owen van a distraer a los hombres de Lía para que no te vean —avisó Marcus, y supuse que se estaba comunicando con ellos por mensajes, ya que esa noche no salimos en plan de misión, por lo que no contábamos con los intercomunicadores de siempre.

En cuanto llegué al pasillo de la oficina, vi a Darius en cuclillas cerca de la puerta, con un gesto de impotencia bien marcado, y me asusté por eso.

—No que solo ibas a mear —me reprochó en susurros, poniéndose de pie para ir a mi encuentro.

—¿Qué está pasando allí adentro? —le pregunté ignorando su furia. Y, aunque le daba la razón, no le permitiría que me siguiera tomando como al hermano rebelde al cual debía controlar día y noche.

Y no me respondió, así que me acerqué a la puerta en silencio para tratar de escuchar algo sin exponer a Dominik, ya que de hacerlo me expondría a mí mismo. Sin embargo, deseé tirar abajo la puerta al escuchar los gemidos de placer en el interior.

—¡Hijo de la gran puta! —espeté en voz baja, y miré a Darius sin poder creerlo—. ¡No, no, no! —gruñí entre dientes y apreté los puños, alzando uno con la intención de agarrar a golpes la puerta.

Pero Darius me tomó de la muñeca y negó, suplicándome con la mirada que no siguiera cagándola.

—Créeme, yo también dije lo mismo, pero no pudimos evitarlo porque Lía llegó como loca exigiendo verte. Owen actuó con la intención de cubrirte la espalda al verla dispuesta a ir a buscarte a dónde fuera que estuvieras, y matar a quienquiera que te acompañara. Y a mí ya me habían avisado antes que te vieron entrar con esa chica a una habitación, mas no quise joderte al ir allí para devolver tu culo con nosotros porque trato de respetar tus decisiones, aunque estas jodan mis planes —espetó más furioso en ese momento—. Por lo que no me quedó más que pedirle a Dominik que te suplantara, confiando en que después de tanto usar ese disfraz también haya aprendido a interpretarte porque, de lo contrario, todas las chicas que sirven en el club pagarían las consecuencias, incluida Hanna. Puesto que no dudo que en su estado mi maldita hermana las mataría con la mínima sospecha que tuviera de que se han acostado contigo.

No pude alegarle nada, puesto que por primera vez en esos años Darius no me dijo más que jodidas verdades en la cara, por lo que me tocaba quedarme con la frustración y el cabreo de que Dominik se atreviera a tocar a la única mujer que jamás debió tocar llevando el maldito disfraz de Sombra.

—Me cago en tu puta madre —repliqué con los dientes apretados, seguro de que así Amelia se tragara la mentira de que era yo quien la estaba follando en ese instante, esa noche estaban salvando a muchas chicas, a Hanna incluida, pero me condenaban un poco más a mí.

Y ya suficiente me había hundido con lo que hice rato atrás.

Y sabedores de que no conseguiríamos nada quedándonos como imbéciles esperando en el pasillo, volví al privado con Darius y Marcus. Owen y Lewis se quedarían para apoyar a Dominik, actuando como si esperaban al líder de su élite. Y si antes la tensión entre Darius y yo era palpable, en ese momento se volvió insoportable.

—Sombra viene hacia aquí —avisó Marcus media hora después, y me escondí por si acaso Amelia llegaba con él.

—Intentaré sacar a Lía del club —avisó Darius en tono gélido, y salió del privado sin esperar respuesta de nosotros.

Cinco minutos después vi entrar a Dominik escoltado por los mellizos y, cuando Owen me vio, supe que mi aspecto de nuevo era como el de un psicópata por la precaución que inundó su rostro.

—Voy a suponer que mantuviste puesta la máscara y el cambiador de voz —traté de no hablarle con rudeza porque al final me había hecho un favor, aunque mi furia seguía siendo palpable—, pero de verdad espero que te protegieras y no la besaras en la boca —advertí.

El hijo de puta tenía una sonrisa orgullosa grabada en el rostro cuando se sacó la máscara y me la entregó.

—Sombra, en todo este tiempo he aprendido a conocer bien tus gestos, tus gustos, tus límites —confesó con calma.

—Eso es muy enfermo de tu parte —señalé.

—Demasiado —me apoyó Marcus, y Dominik sonrió complacido.

—Más que enfermo, considero que ese doctorado que tiene se lo ganó a pulso —opinó Lewis, recordándonos que no solo era psicólogo, sino también psicoanalista.

—Digamos que he pasado mucho tiempo aburrido y nunca había tenido un momento lleno de tanta adrenalina como el de esta noche —la modestia de Dominik fue absurda—, así que agradéceme por haber querido honrar esa máscara que usas. Y, cuando quieras, aquí estoy —añadió y se sentó en el sofá, exhalando un suspiro, luciendo más satisfecho que yo.

—Por tu culpa luego dicen que los ricos somos unos enfermos y mimados que consiguen todo lo que se proponen a costa de lo que sea —le dijo Marcus, y concordé con eso.

Dominik no era un mal tipo, y sabíamos bien que había luchado por todo lo que tenía, igual que Fabio (a pesar de la fortuna de su familia), pero en ese momento sí se mostró como un tipo rico y caprichoso.

Aunque Lewis también tenía un punto con su señalamiento.

—Aquí lo que debe importarles es que hice bien mi tarea. Así que tranquilo, hermano, porque, sin salirme de tu papel, he conseguido que esa chica se vaya a casa a soñar con unicornios de colores lo que resta de la noche. Se lo prometí como Sombra y él cumple sus promesas ¿no?

Joder, deseé asesinarlo en ese momento.

—¿En serio soy así de engreído? —cuestioné para los mellizos y Marcus.

Owen se negó a responder, Lewis sacudió la cabeza riéndose y Marcus se encogió de hombros.

—Si tuviera la máscara puesta en este instante y no estuvieras aquí, creería que eres tú. Así que espero que eso responda tu pregunta —acotó el moreno, y maldije.

Mierda, me estaba cayendo mal yo mismo.

—Actué frío con ella y no, no la besé. De hecho, fui tan hijo de puta que le advertí que de la única manera que la follaría es como Sombra, que es en lo que te convirtió según lo poco que me has dicho sobre eso. Y todo lo que se merece de ti. Y gracias a que tenemos el mismo color de ojos, no le extrañó verme sin lentillas. —Alcé las cejas porque eso sí me tomó por sorpresa, ya que olvidé por completo lo de los ojos—. Aceptó porque asegura que te ama y que, si es lo que quieres darle, lo toma sin queja alguna.

—Ven cómo sigo confirmando mi teoría —insistió Lewis, y con Amelia sí comprendí que él tenía razón al pensar así, puesto que la chica se aferraba a que no estaba obsesionada conmigo.

Y si en realidad no era obsesión, entonces el amor era cosa que ella se inventaba para excusarse en seguirme jodiendo.

—Después de todo, hacerme pasar por ti no es tan malo —ratificó Dominik, dejando que entreviéramos que sí estaba más que satisfecho.

Y para ser sincero, lo entendía, porque recordaba lo apasionada que era Amelia en el sexo, aunque no extrañara nada de eso ni lo considerara algo extraordinario, a diferencia de lo que seguía experimentando en mis recuerdos, por muy frustrado que eso me hiciera sentir luego.

—Y el que Amelia sea bipolar juega mucho tu favor, porque puede estar maniaca, pero eso no significa que mienta cuando dice que está enamorada de ti. Te ama con todo y su locura, y así fuera frío con ella, la hice pasar un buen rato, mañana me lo vas a agradecer. —Me guiñó un ojo, y negué con la cabeza.

Vaya mierdas en las que me metía.

—Así esto me haga más hijo de puta, te obligaré a pasar una buena temporada aquí, porque de ninguna manera la tocaré yo, pero tú sí. Por lo que te recomiendo que te compres unas lentillas negras —advertí, aunque con su sonrisa supuse que es lo que estaba esperando de mí.

Era posible que, después de todo, eso es lo que Dominik estuvo buscando siempre, no obstante, si me servía de ayuda, no me quejaría.

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Odiaba admitirlo, pero en efecto tuve muchas ocasiones en las que en mi interior le agradecía a Dominik luego de lo que hizo, porque seis meses después de acostarse con Amelia (y de que lo siguiera haciendo al pasar en el país una buena temporada antes de incorporarse como psicólogo a la clínica de Fabio), conseguí muchas cosas. Más libertad sobre todo, y que los malditos Vigilantes que siempre me seguían dejaran de hacerlo, porque Fantasma llegó a confiar en mí de una manera que nadie se lo esperaba, y contra eso Lucius no podía interferir como deseaba. Y menos cuando su hija lo amenazaba con deshacer ciertos tratos que los aliados de la organización únicamente hacían con ella.

Y hablaba en específico de la mafia irlandesa, puesto que según mis investigaciones, Amelia fue amante de uno de los hijos del capo, su sucesor de hecho. El tipo que la salvó del infierno al que la sometía su padre por petición de Lucius. El hombre que se enamoró de ella y quien la dejó ir únicamente porque ya estaba prometido con otra mujer, un matrimonio pactado desde que era un niño, una promesa que no se podía romper.

Pero a Amelia en realidad le convino todo eso, ya que solo buscaba que el tipo la ayudara a salir de ese infierno, y de paso se aseguró de que los irlandeses no volvieran a tratar con Lucius a menos que fuera ella la intermediaria (como recompensa de lo que tuvo que vivir en sus manos), y por lo mismo ellos se convirtieron en los aliados más fuertes que los Vigilantes tenían. Sobre todo porque la chica seguía siendo la amante del capo en ciernes, lo que mantenía esos lazos casi inquebrantables. 

—Esta noche quiero que me acompañes a una cena que tendremos con Frank Rothstein —dijo Amelia.

Estaba en la sala de planeación de nuestro búnker junto a mi élite, la cual había aumentado a cuatro miembros más en los últimos meses. Dos de ellos eran Lilith y Belial (como se apodaban), compañeros sentimentales y unos psicópatas en todo el sentido de la palabra, demostrándole a Owen que yo era un bebé en comparación. Pero dejando eso de lado, lo más importante era que ambos resultaron ser un buen apoyo para mi equipo.

Con el otro par de súbditos, Alex y Mario, seguía teniendo mis dudas, y me obligaban a cuidar más mis pasos, aunque me apoyaban sin rechistar en lo que debían.

—Déjennos solos —ordené a mi equipo.

Esa noche haríamos el último envío de personas que le prometí a Lucius para que me diera acceso a salir del país, que de todo lo que me propuse, era lo último que me faltaba por conseguir.

—Sabes perfectamente que los envíos no se hacen sin mí. Y me interesa terminar con este de una buena vez, así que no cuentes conmigo —zanjé para Amelia cuando estuvimos solos.

—Sombra, esta reunión es importante. Rothstein es el líder de una organización que triplica en su poder a Grigoris, Vigilantes y todas las organizaciones criminales y anticriminales mundialmente conocidas. Y me refiero a todas ellas juntas —enfatizó—. Cillian está en el país y también será parte de esto porque comenzará a hacer tratos con él y es posible que yo asegure una alianza personal que me dará más ventajas con mi padre, puesto que te estoy hablando de algo que supera los pactos que ya tenemos con la Yakuza, la Bratva, la Tríada, la Cosa Nostra y la mafia irlandesa. Y será algo solo mío, así que quiero que me acompañes —exigió, acentuando lo último de una manera que me provocó gracia y rabia en partes iguales.

Y no pasé desapercibido el hecho de que Cillian O’Connor, su amante irlandés, sería parte de la reunión.

—Espera, ¿me quieres llevar porque tu amante está en el país? Y supongo que con su mujer, por eso no podrás aprovechar la noche con él —me burlé entre risas, y alzó la barbilla, indignada por mi señalamiento—. Sabes qué, no respondas. No es necesario porque en realidad me importa un carajo si te reunirás con el puto presidente, Lía. Esta noche haremos un envío de personas y por ningún motivo delegaré en nadie la responsabilidad. Y menos la detendré por tu jodida reunión cuando con mi misión conseguiré lo que más deseo.

No estaba siendo inmaduro ni orgulloso. Todo lo contrario, fui inteligente y preví que ella en realidad quería retrasar mi salida de Estados Unidos.

—¿Irte lejos de mí? —preguntó con sarcasmo, confirmando mi punto, y respiré hondo para no cagarla con mi respuesta.

Por esas cosas no siempre estaba feliz de la hazaña de Dominik.

Ninguno de los dos estábamos cubiertos del rostro, así que era más fácil leernos, y Amelia estaba a punto de perder el control, y que fuera una bomba de tiempo me obligaba a ser más cuidadoso con mis palabras. Por lo que, si quería mandarla a la mierda, antes me la tenía que comer yo para no deshacer todo lo que ya había conseguido en esos dos años y medio.

—Podría convencer a la señora O’Connor de irse conmigo, así te dejo el camino libre con Cillian para que refuercen los lazos —satiricé con verdadera diversión.

—Pareces celoso —señaló ella con cierto orgullo, y me mordí el labio para no reír.

—Un poco herido de mi orgullo más bien —rebatí, metiéndome en el papel que más me resultaba con ella—. No me es grato que quieras lucirme como tu trofeo únicamente para demostrarle a él que has seguido adelante.

—Sabes perfectamente lo que siento por ti, así que no te compares con un trofeo —exigió, y decidí ponerle fin a ese tema.

—Necesito irme del país, Lía. Al menos por un tiempo, porque, así esté cumpliendo mi promesa contigo y tu padre, no es fácil seguir en el mismo radio de mi gente y no poder acercarme a ellos. Así que facilítame el seguirte cumpliendo —pedí, y me acerqué para tomarle el rostro. Se sorprendió porque era la primera vez que lo hacía sin la máscara, y sin que Dominik estuviera detrás de ella—. ¿O no me lo he ganado?

Mi tono fue más suave, y con ese gesto le estaba demostrando que en realidad no me importaba que su amante estuviera en el país. Y que después de todos esos años dejando que me usaran, perdí el remordimiento por usarla, a pesar de su condición, pues al final solo le estaba devolviendo un poco de lo que recibía.

Owen aseguraba que dejé de ser el chico bueno que llegó a aquella cárcel, el que permitió que lo torturaran y aguantó todo lo que le dieron. Lewis por su parte le decía que me convertí en un tipo de villano más inteligente que Derek, aunque todavía no llegaba a la crueldad y locura de Lucius y Fantasma, pero, como Marcus aseguró, para eso únicamente necesitaba que me provocaran lo suficiente, ya que estaba a un paso de demostrar mi verdadera esencia.

Y siendo sincero conmigo mismo, de alguna manera me llegó a gustar ser quien era con esa máscara, puesto que me liberé de cierta moralidad que en su momento me hizo sentir hipócrita.

Lo único que me limitaba aún era el hecho de que debía seguir manteniendo a salvo a Tess e Isabella.

—Está bien, no me acompañes, pero ven a casa conmigo luego de esa misión —propuso, encubriendo la orden con dulzura en su tono, y se puso de puntitas para envolver los brazos en mi cuello.

—No puedo, estoy con la regla —repliqué, y me aparté de ella.

—No seas imbécil, Sombra.

—Me duele la cabeza —continué, acercándome a la mesa para tomar unos documentos que necesitaría.

—No te aproveches de mi buena voluntad —exhortó.

—Lía, a diferencia de lo que muchas mujeres creen, nosotros los hombres no siempre tenemos deseos de follar. Así que, si tú sí quieres hacerlo, pues convence a la señora O’Connor de hacer un trío con Cillian. Yo no soy celoso. —Comencé a caminar hacia la salida de la sala para poner fin a esa conversación, sabedor de que no estaba feliz con mi negativa.

—No lo eres conmigo, pero sí con ella, ¿no?

—¿Quién es ella? —Fingí demencia para que no se le ocurriera mencionar a Isabella, y me detuve en la puerta.

—La puta exclusiva que tienes en Vikings y quien ocupa el lugar de la zorra Grigori —soltó entre dientes, y me limité a mirarla.

No me volví a acostar con Hanna después de aquella noche que seguía sin recordar, pero sí convencí a Owen para que ocupara mi lugar con ella y le ayudara a no ser vendida con nadie más, dejándole claro que, si ambos querían, pues podían follar en lugar de fingir, ya que a mí eso no me quitaba el sueño y menos me ponía celoso.

La rubia siempre fue una chica a la que quise ayudar con su destino de mierda, no más.

—Sabes muy bien que mi única puta aquí eres tú. —Bufé y a duras penas conseguí apartarme cuando me lanzó una daga que se sacó de la cintura.

Joder, esa debía ser la herencia Miller en esas chicas.

—¡Desaparece de mi vista antes de que te mate, hijo de puta! —gritó enfurecida, y le sonreí de lado, haciéndole una reverencia como el caballero que no era, encantado de obedecerle esa vez.

Salí del salón de inmediato, yéndome en busca de Serena porque no se apareció en la reunión que mantuve con la élite y tampoco me avisó de su falta. Y la necesitaba para cuadrar lo que faltaba del plan de esa noche. Mi actitud con Amelia y su cabreo en ese momento no me preocupó, ya que era otra de las ventajas que conseguí con la interacción de Dominik, pues cuando él llegara al país en esa semana se encargaría de arreglar las cosas con el sexo. Y yo mantendría mi posición con ella.

Al final era un ganar, ganar para ambos.

—Hasta que te encuentro —abordé a Serena al llegar al comedor común.

Me bajé el gorro pasamontañas al darme cuenta de que no estaba sola, cosa que me extrañó, sobre todo porque la mujer que me daba la espalda en ese momento sostenía a un bebé en brazos. Un chico de aproximadamente dos años o menos.

—Sombra, siento mucho no haberte avisado nada, pero surgió algo de último momento —explicó Serena y se puso de pie, puesto que había estado sentada frente a la mujer en una mesa para dos.

—¿Quién es ella? ¿Y por qué no me avisaron que tendríamos visita? —inquirí.

Se suponía que ese búnker era exclusivo para mi élite y la de Amelia, nadie más a excepción de nosotros entraba ahí porque era en el único lugar donde podíamos mostrar nuestra verdadera identidad, así que me molestó que nos metieran a alguien extraño sin previo aviso.

—A eso me refería con algo de último momento —esclareció Serena, y soltó el aire que supuse que la tensión le había hecho contener—. Ella es Alina Spencer y su pequeño Dasher —los presentó y la mujer se puso de pie, abrazando a su hijo como señal de protección cuando se giró para mirarme.

Había estado llorando, lo deduje porque tenía ojeras pronunciadas por el rímel, así como la nariz y ojos hinchados y rojos.

—¿Qué hace aquí, Serena? —cuestioné perdiendo la paciencia porque no me auguraba nada bueno la presencia de la mujer y su pequeño, quien comenzó a llorar un poco asustado al verme con el gorro sobre la cara.

—Son personas de confianza, y víctimas como tú. Darius me dijo que la trajera aquí mientras logra convencer a su padre de que no los envíe a la cárcel de al lado. —Me tensé al escuchar lo último, porque, así me haya vengado de Imbécil, las torturas que recibí en ese lugar me hacían tener pesadillas de vez en cuando—. El esposo de Alina, Jarrel Spencer, fue un fiel colaborador de la madre de Darius, pero en cuanto ella desertó Lucius lo obligó a él y a su gente para que siguieran trabajando para los Vigilantes. Sin embargo, se cansaron de ser usados y, en su afán de salir de ese yugo cruel, cometieron faltas que para el jefe son imperdonables, y por eso decidió secuestrarla a ella y a su bebé como castigo para Jarrel.

El niño en sus brazos había comenzado a llorar más fuerte y asustado al verme con el rostro cubierto, pues el diseño que tenía el gorro era de terror para los infantes. La mujer intentaba consolarlo sin éxito y yo me sentía cada vez más enfurecido por confirmar, de nuevo, hasta dónde eran capaces de llegar esos hijos de puta con tal de salirse con la suya.

—¿Cuál fue la orden directa de Lucius? —indagué.

Y, sabiendo que Serena se dedicaba a leer a las personas y en el caso de esa mujer, era más que obvio que no estaba en el búnker para jodernos, me saqué la máscara para que el pequeño dejara de llorar de una maldita vez, antes de que me explotaran los tímpanos con sus gritos.

—Llevarla directo a la cárcel, pero quienes se encargarían de eso no son tan desgraciados como los otros de la élite de Lucius, así que me permitieron traerla aquí mientras esperamos a ver qué consigue Darius.

—No me importa si me llevan a mí, solo les suplico que no permitan que arrastren a mi bebé en esto —pidió Alina, y Serena fue lista en tomarla del brazo cuando la mujer trató de ponerse de rodillas para rogarnos.

Era un poco tonta al confiar en nosotros con eso, pero entendía que también estaba desesperada y en ese momento representábamos la única esperanza para ella y su hijo. El pequeño había dejado de llorar, aunque se quedó sollozando y mirándome de reojo, atento a que no volviera a ponerme el gorro, o para estar seguro de que no era ningún monstruo que iba a dañarlo.

—Darius está haciendo lo posible para que te quedes aquí, así que cálmate o vas a asustarlo más —recomendó Serena, refiriéndose a su hijo.

—Sombra, debemos… ¿qué carajos? —Owen se interrumpió él solo al darse cuenta de Alina y su hijo.

Lewis y Marcus lo seguían, y los tres actuaron sorprendidos. Serena se encargó de explicarles lo que pasaba y yo me quedé ahí en un rincón, esperando que Darius convenciera a su padre de no llevar a la mujer a la cárcel y pensando en cómo podía ayudar con eso.

Un par de minutos después Lewis consiguió sacarle algunas sonrisas al pequeño, incluso lo cargó con el permiso de la madre y los ojos llenos de esperanza de ella se sentían como láseres perforándonos la piel.

—¿Y los demás? —Quise saber, refiriéndome a la pareja de psicópatas y los otros dos de mi élite, Alex y Mario, cuando Marcus se acercó a mí.

—Se adelantaron para la vigilancia en el muelle —avisó, y asentí—. Viejo, dudo que Darius consiga algo bueno para esta mujer y el pequeño —añadió. Yo también me lo temía, pero no quería ser pesimista—. Tú en cambio podrías si se lo pides a Lía.

—No en este momento —aseguré, viendo cómo Owen pedía su oportunidad para cargar a Dasher mientras Serena le decía algo a Alina—. Ella pretendía que dejara la misión de esta noche para acompañarla a una reunión en donde estará presente O’Connor, pero me negué y encima terminamos peleando.

—Dile que la acompañarás a cambio de que ella dé la orden para que la mujer y su pequeño se queden aquí —pidió, y negué.

—No voy a seguir sacrificándome por nadie más, Marcus. Así me veas como el más jodido de los hijos de puta —aclaré ante su mirada incrédula—. Tú de toda la élite sabes bien por qué quiero salir del país, y todos los años llenos de torturas y humillaciones que he aguantado para esto.

Tenía los brazos cruzados a la altura del pecho, aun así vi cómo apretó los puños, pero no se atrevió a decirme nada en ese momento porque él sabía de lo que hablaba. Le había confiado el chip que me dio Amelia a su hermana para que lo guardara por mí luego de que lo estudiara y confirmara que inhibiría los efectos del otro dispositivo, pero no podía clonarse. Así que no descansaría hasta encontrar a Isabella para colocárselo.

Y para eso necesitaba más libertad.

—Es un niño, hermano —insistió—, un bebé, maldición. Ve con Amelia esta noche y yo me encargaré del envío, te lo prometo.

Me sorprendió que se ofreciera porque él odiaba al igual que yo lo que estábamos haciendo, pero incluso así me apoyó, como los demás, por lo que me motivó a acceder. Aunque se limitaba a ejecutar lo necesario y me dejaba lo más delicado a mí.

—Es el último envío, Marcus, no puedo cagarla ni cometer errores. Es mi pase para salir del país, así que no lo delegaré en nadie más —zanjé.

Iba a decirme algo, pero en ese instante Amelia entró al comedor y frunció el ceño al ver a Alina y su hijo.

—¿Qué haces aquí? ¿No se supone que deberías estar en la cárcel de al lado? —inquirió, y ya ni siquiera me sorprendió que supiera lo que ordenó su padre y que se mostrara tan tranquila con eso.

Todos los de la élite me miraron, esperando que le pidiera que la dejara en el búnker. Serena sobre todo, y me limité a bufar una sonrisa porque, así me apoyaran en todas las misiones y demostraran que eran fieles a mí, no les importaba que yo me siguiera hundiendo, y más cuando creían que siempre me beneficiaba de la cercanía con Amelia.

—¿Por qué a la cárcel cuando es su marido quien la cagó con tu padre? —le pregunté. Amelia me miró con su porte orgulloso y una leve sonrisa de suficiencia en el rostro—. Y con ese niño además. Joder, me sorprende lo mierda que puedes ser.

—Jarrel debió pensar antes lo que haría, porque él sabía que sería su familia quien pagaría las consecuencias y aun así le faltó a mi padre. Así que la mierda no soy yo —se defendió—. Nadie sale de aquí —advirtió cuando los mellizos intentaron salir con Dasher en brazos luego de que Serena convenciera a Alina para que se los permitiera, y que así el chico no se traumara con la discusión.

La madre llegó a ellos para recuperar a su bebé y yo maldije porque no estaba dispuesto a cambiar mis planes, aunque Marcus me rogara con la mirada que lo hiciera.

—Cuando me pediste que conociera a Lía, creí que fue porque ella era mejor que Dahlia —la provoqué.

—Te has beneficiado de Lía, y mucho. Así que no me salgas con estas tonterías —espetó.

—¿Beneficiado? —Caminé hacia ella luego de decir eso y la tomé del brazo para alejarla de los demás, inclinando la cabeza para hablarle de cerca en cuanto sentí un poco más de privacidad—. ¿Y Lía no se beneficia de mis servicios como su gigolo? —susurré, y su respiración se volvió errática.

La hipersexualidad era algo de lo que ella padecía constantemente debido a su condición, así que a veces solo tenía que susurrarle en el tono adecuado para que sus hormonas enloquecieran.

—¿Vas a interceder también por ella y su hijo? ¿Qué me ofrecerás a cambio? —indagó, y reí sin gracia.

—No seas una mierda como tu padre, Dahlia negra —aconsejé, y alcé la mano para acariciarle la barbilla con los nudillos—. Para castigar a ese tipo basta con que le digan que tienen a su mujer en la cárcel junto al pequeño, aunque ella se quede aquí. —Se mordió el labio al disfrutar de mi caricia y dio un paso más cerca de mí—. Deja de condenarte más y comienza a ganarte la lealtad de tu organización siendo un poco más humana.

—¿Eso hacía ella?

Maldición, la obsesión que tenía con Isabella era demasiado enfermiza. Y sabía que hablaba de ella porque la Castaña también era parte de una organización.

—Que no te importe eso. Sé tú, joder —gruñí y la tomé de la nuca y la barbilla para hacer que me mirara a los ojos—. Me gustaste años atrás siendo Amelia, ¿por qué buscas compararte con alguien más cuando puedes hacer que el mundo se arrodille ante ti, siendo esa chica que conocí?

—Tú eres mi mundo. Y no te arrodillas ante mí —debatió con tono triste, y la solté.

—Porque no lo hago te gusto —zanjé—. Yo no me arrodillo ante nadie ni siquiera para dar placer —musité.

Esa era una jodida mentira, pues ya me había arrodillado para darle placer justamente a la chica que Amelia odiaba con todo su ser. Y sabía que Dominik no cometió ese error en los encuentros que siguió teniendo con ella, puesto que fui claro con él con respecto al sexo para que no hubiera dudas de que seguía siendo yo detrás de la máscara, incluso en esos momentos.    

—Cena mañana conmigo, sin sexo. Cuando tú ya no tengas misiones que hacer personalmente —pidió en voz baja.

Podía decirle que sí con la condición de que ella convenciera a su padre para que Alina y su hijo se quedaran en nuestro búnker, pero ya había aprendido que a veces me resultaba mejor ceder un poco sin pedirle nada a cambio, pues eso la ilusionaba más con el hecho de que de verdad quería conocerla. Y, tal cual noté antes, ya no sentía remordimiento con usar a mi favor lo que me ponía en las manos.

—Sin sexo —advertí, y sonrió triunfante.

Yo lo hice al darle la espalda cuando comencé a irme del comedor y la escuché ordenarle a Marcus que llevara a la mujer y su hijo a una habitación, actuando como si tal cosa fuera parte de la benevolencia que ella quería tener como líder. Y la dejé ser porque al final yo estaba obteniendo algo que quería sin descuidarme de mis propios planes.

Y menos mal que resultó, porque, si no, en ese momento habría sido el más odiado de la élite, puesto que no le mentí a Marcus cuando aseguré que no me sacrificaría por nadie más, y menos mis planes.

Por la noche llevé a cabo el último envío de personas que eran parte de mi trato con Lucius. Me encargué de traficar a quince mujeres como si fueran armas, drogas, o cualquier otro tipo de mercancía con la que los Vigilantes se lucraban y, aunque fue un éxito como los otros dos, todo estuvo a punto de irse a la mierda porque al parecer los Grigoris habían estado detrás de nuestros pasos y nos vimos envueltos en un emboscada que lideraban Dylan y Tess.

Vi a mi hermana por primera vez después de un par de años. Y dos de mis amigos la acompañaban junto a otros Grigoris. Dylan, Jacob y ella lucían más rudos, y sentí orgullo de que la tonta zanahoria ocupara un lugar que siempre estuvo destinado para mí.

—Defiéndanse, pero no toquen a esos tres ni permitan que la gente de Derek lo haga —le ordené a mi élite.

Trabajar con la gente de ese imbécil no me agradaba, pero lo toleré porque no permitiría que mi odio me hiciera desviarme de mi objetivo.

—¿Y qué pasa si ellos nos tocan a nosotros? —preguntó Lilith.

Miré a la mujer de cabello azul y rosa, Belial estaba a su lado, ambos luciendo como una versión alterna del Joker y Harley Quinn.

—No me hagas pensar que eres una estúpida que no sabe esquivar unos buenos ataques —dije, y rio sin ofenderse por mis palabras.

—¿Te gusta la pelirroja? ¿Por eso no quieres que se le toque? —me chinchó.

Antes de que siquiera lo imaginara, la tomé de la nuca y la empujé fuera del escondite en donde estábamos. Tess se hallaba cerca, así que se lanzó hacia ella para atacarla. Belial me miró incrédulo por lo que hice, pero, como el psicópata que era, sonrió de lado al ver a su chica defendiéndose y siguiendo mis instrucciones de esquivar los ataques de mi hermana.

Al parecer, al desquiciado le excitaba eso. Y no lo culpaba.

—Voy a darle un par de azotes a esa pelirroja si toca el rostro de mi nena —advirtió.

—Hazlo si consigues traspasar a ese psicópata igual que tú —lo alenté al ver a Dylan pendiente de lo que pasaba con su novia—. Solo asegúrate de ponerle el bozal a tu chica cuando regresen al búnker, y sigue mis órdenes.

—¿Qué pasa con los otros Grigoris? —Quiso saber al ver mis intenciones de irme.

—Mis órdenes fueron claras, Belial. No toquen a esos tres —repetí, consciente de que no podía interceder por toda la organización de padre—. ¡Ah! Y asegúrate de que esta noche Derek se quede con menos gente —añadí, y su risa fue desquiciada.

Le eché un último vistazo a Tess, había mejorado su técnica de pelea y me alegré de que luciera bien a pesar de la amenaza que llevaba en la cabeza sin saber. Jacob por su parte se veía que estaba saliendo adelante luego de la pérdida de Elsa, aunque ya tuviera poco del chico extrovertido que yo recordaba.

Y Dylan me sorprendió para bien, pues al parecer, tomar el lugar de su padre lo hizo madurar de una manera que siendo sincero, no creí que fuera posible en él.

—Te afectó verlos más de lo que imaginé —comentó Marcus cuando llegamos al búnker.

Serena y los mellizos se quedaron con los demás de la élite en la batalla para asegurarse de que mis órdenes fueran cumplidas, por Alex y Mario sobre todo, ya que Lilith y Belial las seguirían a pesar de nuestra manera ruda de interactuar.

Me quité la máscara y me serví un trago. No le respondí porque no quería mentir ni negar lo obvio. Por supuesto que me afectó ver a mi hermana y no poder acercarme a ella para preguntarle cómo estaba y si sus dolores de cabeza habían mermado.

Me afectó no poder buscar a Jacob y asegurarle que cumpliría, que no me olvidaba de mi promesa.

Me afectó no poder ir con Dylan y preguntarle cómo estaba llevando el tomar un lugar que nunca quiso, que siempre odió para sí mismo, aunque lo respetó para su padre o hermana.

Mierda.

Me afectó tener el recuerdo de mi vida al alcance de mi mano y conformarme solo con verlo, como la sombra que era.

—Si no salgo pronto de aquí, voy a cagarla —acepté con la voz ronca, y Marcus asintió.

En lo único que pensaba en ese momento era en ir a Richmond (a casa de mis padres) para verlos desde lejos. A madre sobre todo.

—Lo siento, hermano —replicó con sinceridad, y lo miré porque no comprendí su disculpa—. Siento mucho no haber entendido tu desesperación por salir del país hasta esta noche que te vi cerca de ellos, conteniéndote para no acercarte y decirles que eras tú. Ninguna de las torturas anteriores te dañó tanto como esta.

Me quedé en silencio y tomé asiento, pensando en que, si fue difícil ver a mis amigos y hermana, sería inefable volver a tener a Isabella tan cerca de mí.

Y pasaría, estaba seguro de eso.

 

Copias

Elijah

A Lucius le sorprendió que la poca gente que quedó de Derek le comentara lo que pasó cuando los Grigoris nos emboscaron queriendo jodernos la misión, pues, como me lo dijo a mí al reunirnos al siguiente día, nunca esperó que yo diera la orden de que mi élite atacara a la organización de mi padre estando mi hermana en el medio.

Lo que él no sabía es que fui muy explícito al pedir que no la tocaran ni a ella ni a los chicos. Lilith no estaba feliz conmigo por eso, pues Tess la dejó con varios cortes y un ojo morado, y Belial consiguió lo suyo gracias a Dylan, que nunca se descuidó de mi hermana.

—En un mes vas a viajar con tu élite a Grecia. Allí te unirás a Andru Vlachos y Aris Raptis, ambos son nuevos fundadores de mi organización, hombres en los cuales confío para iniciar a los Vigilantes en su país. —No demostré cuánto me satisfizo escucharlo y, aunque no era tan pronto como quería salir del país, al menos ya tenía un destino y tiempo aproximado.

—¿Quieres que les enseñe algo en especial? —me jacté, y el viejo sonrió de lado.

—Odio admitirlo, pero, si tu padre me hubiera seguido cuando deserté de Grigori, ahora mismo seríamos imparables, ya que no dudo de que, si eres como eres por una promesa, siendo parte de los Vigilantes porque lo deseas y respetas, te haría tener el mundo a tus pies, Sombra. —No le dije nada sobre eso, simplemente miré cómo sacó un puro de una caja de madera y se lo llevó a la boca, arrugando más el rostro en cuanto lo encendió—. Tú, Amelia y Derek son los descendientes perfectos.

—No me pongas en el mismo saco que pones a ese hijo de puta —pedí, y rio mientras le daba una larga calada al puro.

—Si haces bien tu trabajo con los griegos, te enviaré a Italia luego de que ejecutes tus envíos de armas aquí, puesto que no vas a descuidar esa área —advirtió cambiando de tema porque él sabía que era lo mejor—. Y prepárate, ya que este mes cubrirás los que no harás en las tres semanas que estarás en Grecia.

—Eso es explotación, ¿no crees?

—No, simplemente le saco provecho a mi gente cuando me veré en la obligación de prescindir de ella. —Se me revolvió el estómago al escucharlo llamarme su gente—. No me falles, chico. Porque, a diferencia de mi hija, odio recurrir a las amenazas.

Asentí en respuesta.

Por supuesto que eso no era cierto, pero no iba a perder mi tiempo señalando lo obvio, prefería seguirlo invirtiendo en mis objetivos, y fue lo que hice al salir de las oficinas, pues le llamé a Alice a un número que ella se encargaba de codificar para que no pudieran pinchar nuestras llamadas.

—Puedo hacerlo, tengo mis vacaciones anuales, así que las tomaré —aceptó en cuanto le pregunté si podía viajar en un mes.

Ella era la única con la capacidad, y acceso a buena tecnología, en la que confiaba casi el cien por ciento con el tema de Isabella y, si al fin iba a poder salir del país, necesitaba que estuviera conmigo.

—Por cierto, Leonel ha conseguido dos noches como Dj en Grig, así que luego de ese viaje podría intentar solicitar trabajo como mesera o bartender.

—¿No interferirá con tu trabajo en el C3[1]? —Quise saber, y esperaba que no, ya que necesitaba que entrara al club sin levantar sospechas, y así pudiera darme información de mi gente.

Marcus iba a matarme si se enteraba, pero correría el riesgo porque, conociendo los métodos de mi padre o su gente para contratar al personal, sabía que solo Alice era apta para algún puesto en uno de los clubes Pride. Además de que los Vigilantes no se fijaban en ella porque la creían inofensiva, pues sus padres se encargaron de mantenerla lejos de todo lo que tenía que ver con la organización.

Y su dichoso novio sería la carnada perfecta para que todo se diera de una manera más casual en su entrada al club.

—Mi horario es de cuatro horas al día, y en casa, LuzBel. Y lo manejo tan bien que ni Leo sabe a qué me dedico en realidad. Según él trabajo para un centro de atención al cliente. —De todos a mi alrededor, solo ella me seguía llamando por mi apodo anterior.

Y de alguna manera, eso me ayudaba a mantener los pies sobre la tierra.

—Porque ese tipo es un imbécil —repliqué con respecto a su novio, y la escuché bufar.

—No empieces, que ya suficiente tengo con Marcus metiéndose en mi vida cuando él no sabe ni manejar la suya —aseveró, y me reí porque le daba la razón con respecto a su hermano.

Aunque tal cosa no borrara el hecho de que Leonel era un imbécil de primera, un oportunista que se la vivía haciéndole préstamos a su chica, que nunca le pagaba. Al menos no con dinero, pues sospechaba que era de esos que creía que con el sexo arreglaba todo.

—Está bien, te llamaré luego. Mientras, comienza a decirle a tu novio que te gustaría trabajar en Grig pronto, para que lo comente con su jefe y te den un puesto por recomendación suya. Eso sí, asegúrate de que al menos esas noches en el club a él le funcionen las neuronas para que haga un buen trabajo y así no lo despidan antes de que tú puedas entrar.

Eres insoportable —se quejó, y me reí.

Tras eso corté la llamada y me dirigí hacia el búnker para intentar relajarme un poco antes de mi encuentro con Amelia, pues ella optó porque cenáramos en su apartamento esa noche y necesitaba hacer acopio de toda mi calma, para saber llevar esa situación.

Al llegar me encontré con Darius, él estaba en la sala de ocio con Alina y su hijo, este último jugaba con un balón de fútbol pequeño, adecuado para sus piernas cortas. Le dio una patada con un poco de dificultad y el objeto salió por la puerta; lo detuve con mi pie y, en lugar de devolvérselo, comencé a jugar, pateándolo con la punta de mi bota y haciéndolo rebotar sobre ella varias veces.

Me desconcertó un poco que el chico comenzara a reírse, viendo atento lo que hacía, disfrutando embobado de mi destreza. Le devolví el balón con una patada suave minutos después y él me miró sin miedo esa vez.

—Másh —dijo con su vocecita infantil, y tomó el balón para ponerlo en mi bota de nuevo.

Lo complací y volví a escucharlo reír, dándome cuenta de lo fácil que era para los niños disfrutar de las pequeñeces, ignorando la mierda que los rodeaba, puesto que Dasher estaba ahí, en un lugar para castigar, y se reía como si estuviera en el paraíso.

—Ahora tú —le animé al devolverle el balón, y lo intentó, aunque cayó sentado en el suelo.

Se puso de pie y volvió a intentarlo, pero únicamente consiguió darle una patada al juguete. Lo detuve antes de que rodara más lejos y jugué un par de minutos con él a lanzarle la pelota.

—Másh —repitió, llevando el balón a la punta de mi bota una vez más.

—Oye, tampoco te aproveches —repliqué, y el niño me miró sin entender, esperando a que volviera a hacer mi truco con el balón. Escuché a Darius reírse e imaginé que nos estaba viendo—. Ve a jugar con él —animé a Dasher.

Le di una patada al balón para pasárselo a Darius y Dasher se quedó mirando la dirección que tomaba.

—Ven aquí, amor —pidió Alina.

Su hijo obedeció solo porque estaba al lado de Darius y él tenía el balón en ese momento. Tras eso la mujer me sonrió agradecida y me limité a asentir, yéndome enseguida a mi habitación para tomar una ducha, sintiéndome un poco más liviano de un rato a otro sin entender la razón, pues mi vida seguía siendo jodida.

Al terminar de vestirme, dos horas más tarde, escuché que tocaron la puerta de la habitación y encontré a Darius detrás de ella al abrir.

—Serena me dijo lo que hiciste ayer. Vengo a darte las gracias —soltó, y fruncí el ceño al no entender—. Convenciste a Amelia para que Alina y su hijo se quedaran aquí.

—Ah, es eso —resollé con aburrimiento—. Espero no arrepentirme de ello en unas horas —añadí, y sonrió.

Supuse que ya sabía que iría a cenar con su hermana y él era consciente de que, si no era Dominik el que estaba detrás de la máscara, mis encuentros con ella no siempre terminaban bien.

—Lucius me pidió que ocupe tu lugar cuando vayas a Grecia, a cambio de dejarlos quedarse aquí, además de que me amenazó para que no intente buscar a Jarrel y le diga lo que pasa —admitió, y esperé a que añadiera más—. Él cree que he aprendido tus trucos para manejar a los guardacostas, así que pretendía que siguiera con los envíos de armamentos, a parte de los de personas.

—Todavía no aprende que eres demasiado debilucho para llenar mi lugar, eh —satiricé, y rio.

Y no era débil, pero sí tenía bondad, algo de lo que yo carecía y por lo cual conseguía manejar las cosas a mi favor sin llegar a la tiranía, como Derek intentó hacerlo en su momento. Puesto que este último también trató de manipular a los guardacostas sin llegar a nada.

Les costaba entender que con ellos no se debía ser ni muy bondadoso, porque te creían débil, ni demasiado tirano, pues su orgullo y poder era mucho y no se dejaban doblegar. Así que yo me encontraba en el punto medio, manejándolos a través de secretos que conocía de sus superiores, apretando lo justo para que trabajaran a mi favor.

—¿Tanto te has encariñado de esa máscara que ya te crees dueño de ella? —se burló, y bufé una risa.

—Por supuesto que no, pero la porto mejor que tú —lo chinché.

Las cosas entre nosotros ya no eran tensas desde que dejé de ayudar a Hanna por mi cuenta, pues Amelia había desistido de querer matar a las chicas del club para que ninguna tuviera la oportunidad de acostarse conmigo. Además de que Dominik la mantenía relajada, hasta donde ella podía conseguir tal cosa.

—Ya, imbécil engreído. Al punto que quiero llegar es que estaba dispuesto a volver a usar esa máscara con tal de que Alina y Dasher estuvieran bien, pero, esta mañana cuando llegué a la oficina para decirle a Lucius que aceptaba, Amelia se encontraba con él, notificándole que los tomaría a ambos bajo su custodia. Luego hablé con Serena y ella me comentó lo que pasó aquí ayer.

Me habría preocupado escuchar eso si antes no hubiera estado con Lucius y que él me asegurara que cumpliría su parte del trato, pues el viejo odiaba cuando su hija le jodía los planes si era para complacerme a mí.

—No le pedí que los dejara aquí, aunque sí le sugerí que se ganara el respeto de su gente —aclaré.

—Lo sé y te entiendo. Comprendo que no estuvieras dispuesto a cancelar la misión de anoche, pero aun así conseguiste que Amelia te complaciera y con eso me evitaste volver a usar esa máscara. Así que gracias de nuevo.

—Mejor no agradezcas, porque en algún momento voy a cobrarte todo esto —advertí, y curvó las comisuras de su boca con diversión.

Posterior a eso le pedí que me hablara sobre Jarrel Spencer y toda la situación que lo llevó a que Lucius raptara a su familia. Y descubrí que, en efecto, el hombre fue un fiel aliado a Leah y juntos crearon La Jungla, una compañía en la que creaban los mejores dispositivos de seguridad, desde cámaras de vigilancia hasta cajas fuertes y otras cosas, pero, cuando ella huyó de los Vigilantes, el tipo trató de desligarse de los Black e intentó seguir adelante con su empresa por el lado bueno.

No obstante, Lucius no se lo permitió.

Aunque llegaron a un acuerdo que les beneficiara a ambos, y La Jungla pasó a ser una sede de los Vigilantes, la cual utilizaban para lavar el dinero proveniente de todo tipo de actividad ilícita de la organización, hasta que Lucius intentó utilizarlos para crear armas, puesto que Jarrel era ingeniero nuclear. Entonces este se negó e incluso trató de implicar a la CIA para que le ayudaran, sin saber que le tenderían una trampa.

—Ahora está obligado a seguir trabajando con Lucius para proteger a su familia. Le han pedido fabricar una bóveda en Karma —añadió Darius, refiriéndose al club favorito de su padre.

—¿Sabes para qué quiere esa bóveda?

—Supongo que para almacenar el dinero que todavía no puede lavar —explicó, y asentí—. Aunque conozco a Lucius, Sombra. La bóveda no es lo único que quiere y presiento que va a conseguir lo que sea de Jarrel ahora que su mujer e hijo están bajo su posesión.

—¿Intentarás persuadir a Amelia para que los libere? —indagué, sospechando que buscaba eso.

—Sí. Hablaré con Dominik para que me ayude.

—Menos mal que tienes a ese idiota para prostituirlo, maldito proxeneta —me burlé, y él rio.

—Dominik se entrega gustoso a la causa, no hay necesidad de prostituirle.

—Buen punto —señalé, y ambos reímos.

Para nadie era un secreto que ese hijo de puta se llevaba la mejor parte de ser Sombra, pues no se exponía a ningún otro tipo de peligro más que actuar bien y follar de ensueño a Amelia.

____****____

Había maldecido en mi interior cuando entré al apartamento de Amelia, ubicado en una de las zonas más exclusivas de la ciudad. Marcus me llevó hasta ahí y se marchó luego de que le dije que volviera por mí en dos horas, pues no estaba dispuesto a tardarme más que eso con ella.

Y sobre todo luego de verla vestida de manera sensual, aunque elegante. Maquillada y peinada como si tuviéramos una cita. El apartamento olía bien gracias a las miles de velas que encendió por doquier y el ambiente se sentía demasiado romántico para ser solo una cena sin sexo.

—Sería fácil dejarte inconsciente y luego incendiar este lugar para que te quemes con él, sin que me acusen de asesinato —comenté, y le di un sorbo a mi copa de vino.

—Así como sería igual de fácil envenenarte con ese vino que tan gustoso estás bebiendo. Y a mí no me preocuparía que me acusen de haberte asesinado —soltó, y me reí por lo fácil que me devolvió la pulla.

Ya habíamos terminado de cenar y no comimos en silencio como planeé, pues ella aprovechó para hablarme de su reunión la noche anterior, con lo cual analicé por mi cuenta que ese Frank Rothstein sí era un tipo poderoso como aseguró, ya que era el líder en Estados Unidos de una organización criminal y mundial conformada por los gobiernos más poderosos.

The Seventh, para muchos un mito que el lado oscuro del gobierno se encargaba de mantener en la clandestinidad.

Por esa razón nunca escuché de ellos y, según lo que Amelia me dijo, jamás lo haría porque los séptimos estaban en un nivel que ninguna organización anticriminal o criminal alcanzaría, pues hablábamos de los titiriteros que nos movían a su antojo. Quienes siempre serían un secreto a voces que nadie se atrevería a desvelar.

Y de hecho, los envíos de personas que hice fueron el trabajo que Lucius se encargaba de ejecutar para Lujuria (como se apodaba esa persona que no se sabía si era hombre o mujer), otro miembro de los séptimos.

—¿Y quedarte sin mí? —inquirí engreído por lo que me dijo—. No te arriesgarías —aseguré, y sonrió con burla y tristeza.

—Odio y amo en partes iguales que sepas cuánto me importas —musitó.

—Entonces, ¿Cillian llegó a algo con Rothstein? —pregunté, obviando lo que dijo, y ella exhaló un largo suspiro antes de responder.

Sabía que no le daría alas para hablar de temas que no me importaban.

—Sí. Los O’Connor son los farmacéuticos más influyentes en Irlanda y sus alrededores, por lo que a Frank le conviene utilizarlos. Además, el padre de Sile es muy amigo del presidente irlandés, por lo que es otro lazo más que a él le conviene amarrarse —explicó, mencionando a la esposa de su amante.

—Me da curiosidad saber cómo es que le conseguiste esa reunión a tu amante —admití, y me regaló una sonrisa pícara que me hizo alzar una ceja—. Joder, ¿no me digas que te reuniste con dos amantes y la mujer de uno de ellos?

Me pareció increíble que se sonrojara con lo descarada que era.

—Frank llevó a su esposa también —aclaró, y solté una carcajada porque no me estaba negando lo anterior—. ¿Me crees una puta por eso? —preguntó de pronto, y noté la preocupación en su tono, cosa que me tomó por sorpresa.

Siendo sincero, yo podía llamarla puta únicamente por ofenderla, ya que la mayoría de las mujeres eran muy fáciles de lastimar e incluso resentirse con esa palabra. Pero en realidad, para mí Amelia era astuta e inteligente, pues sabía cómo hacer que un hombre hiciera lo que ella quería por las buenas o por las malas. Por medio del placer o el dolor. Del miedo o la tranquilidad.

Y no solo ella, también otras mujeres conseguían lo que se proponían utilizando lo que fuera necesario. Así que puta podía ser solo otra definición de intelectual y sagaz.

—Calculadora más bien —le respondí sincero.

Se acostó con Cillian para que él la salvara del infierno al que la sometieron. Y lo hizo con Rothstein porque descubrió que el sexo era una manera eficaz de conseguir los favores de alguien poderoso como ese hombre. Así que la chica estaba utilizando todo en su arsenal para asegurarse de que Lucius no obtuviera más poder que ella, ese fue el pacto que reafirmaría por su cuenta al ser parte de la reunión en la que estuvieron.

Y se lo aplaudía.

—¿Ninguna de esas mujeres sospecha que te acuestas con sus maridos? —Quise saber.

Supe que Cillian tuvo que dejarla ir por su matrimonio con Sile, pero nunca me enteré si la mujer tenía conocimiento de que su marido continuaba acostándose con Amelia.

—Claro que no. Puesto que, aparte de placer, les doy la seguridad de que yo misma me encargaré de que sus parejas no se enteren de nada. Además, no son mis amantes como tales, simplemente nos acostábamos cuando se daba la oportunidad. Sin embargo, desde que estoy contigo nos concentramos solo en nuestros negocios —explicó sincera.

Y sonreí con ironía porque diera entender que lo de nosotros, o lo que tenía con Dominik en realidad, era algo serio.

—Sexo social —satiricé sin negarme a lo que dijo, y se encogió de hombros en respuesta.

—Si quieres verlo así, perfecto. Con el único que me acuesto porque lo deseo y disfruto es contigo.

—Yo no —aseveré porque estaba comenzando a ir demasiado lejos, y se mordió el labio para contener la sonrisa.

—Pues finges demasiado bien que sí. —La sensualidad y orgullo en su voz fue muy notable.

«Hijo de puta», repliqué en mi mente al pensar en que el jodido de Dominik debía bajarle un poco a su intensidad y no olvidar que lo que tenía con ella era solo sexo, para no dejarme a mí en una posición complicada.

—Ya sabes que soy de los que hace todo perfecto, aunque no le guste —me mofé, saliendo de esa encrucijada a mi manera.

—Maldito engreído —soltó entre risas, y la imité al encogerme de hombros. 

Y menos mal que, a pesar de todos sus defectos, respetaba las promesas que me hacía, ya que no intentó seducirme y me dejó ir sin rechistar cuando Marcus llegó por mí a la hora que acordamos. Puesto que, aunque nuestra cena no haya sido mala, tampoco fue amena. Y porque, por mucho que Amelia se comportara a veces como la chica que conocí en el pasado, entre nosotros habían sucedido cosas demasiado jodidas por las cuales no la perdonaría jamás.

Durante las siguientes semanas seguí dedicándome a ser el más bueno de los malos y el más malo de los buenos, y únicamente cuando llegaba a mi búnker me permitía ser yo: el tipo que seguía sobreviviendo. Y para ser franco, me di cuenta de que el pequeño Dasher ayudaba a que ese lugar tuviera un poco de luz y empezara a gustarme estar ahí, puesto que siguió con nosotros igual que su madre, y los mellizos incluso le estaban enseñando a que nos llamara tíos. Además de que llegó un momento en el que comenzó a tener la costumbre de esperarme con su pelota porque le gustaba jugar conmigo.

—Eres un idiota sin remedio —replicó Serena para mí mientras los demás se reían.

Me lo dijo porque acababa de decirle al chiquillo que parecía un cachorrito esperando por su dueño, cuando lo encontré en la sala de ocio con el balón debajo de su brazo.

—Esa es su forma de demostrar que el chico le agrada —dijo Owen en mi defensa, y rodé los ojos.

—¿O sea, que para ti, cuando te golpea en la cabeza, significa que le agradas? —le preguntó Serena y Owen se encogió de hombros, mirándome de reojo.

Evité reírme.

—No seas idiota, hermano. A Sombra no le agrada ni su propia sombra —lo regañó Lewis.

Marcus a lo lejos se reía con Belial y Lilith al escuchar la discusión en la que los mellizos y Serena se habían metido. Alex y Mario le ayudaban a Alina a cocinar mientras yo me encargaba de seguir jugando con Dasher.

—A mí solo me agradas tú porque todavía no hablas bien —comenté para el pequeño, y este rio cuando le desordené el cabello—. A ver, Serena, consigue galletas, que le enseñaré otros trucos —pedí para chincharla.

—¡Arg! —gritó ella llena de impotencia luego de que trató de putearme, pero Owen la calló enseguida, diciéndole que no podía decir palabrotas enfrente del chico.

Me reí, porque juntos éramos las personas más mal habladas que existían, pero, cuando Dasher estaba presente, Owen exigía que habláramos bien porque no quería que el chico aprendiera a decir palabrotas.

____****____

Cuando el mes se cumplió, me encontraba junto a mi élite abordando un jet privado para viajar a Grecia. Amelia llegó a despedirme actuando como una novia triste por separarse de su chico, y en el momento que me abrazó, tuve que hacerle una petición especial, puesto que, aunque Darius se quedaría para estar pendiente de Alina y su hijo (y no solo porque ellos eran víctimas inocentes sino también porque él se había encariñado con el niño más que Owen y Serena juntos), la noche anterior al viaje me buscó y me dejó ver su terror, incluso llegó a suplicarme que hiciera todo bien, ya que temía que, si no lo hacía, mis acciones enloquecieran a su hermana y esta se desquitara con la familia de Spencer.

—Estaré de regreso en tres semanas, pórtate bien y tal vez te invite a mi apartamento. —Su sonrisa fue enorme al escucharme.

Ese pórtate bien implicaba muchas cosas que Amelia conocía. Y evité ser específico porque tampoco pretendía dejarle ver qué me importaba más de todas, para que no las usara en mi contra como le encantaba hacer. Darius estaba con ella y disimuló su sonrisa, aunque me miró agradecido porque era sabedor de que hice mi movida para que Dasher y su mamá siguieran en nuestro búnker.

Y lo de invitarla a mi apartamento era otra estrategia en realidad, puesto que con Dominik llegamos a la conclusión de que sería más fácil intercambiarnos en un lugar que nosotros aseguráramos, sin que los Vigilantes metieran sus narices. Y, ya que yo tenía la libertad y posibilidades para conseguir un lugar propio, pues opté por arrendar un apartamento, aunque me la vivía en el búnker porque de alguna manera eso les hacía creer a mis enemigos que me sentía cómodo entre ellos.

Otra estrategia que usaba en mi juego.

—¿Allí sí estarás conmigo sin la máscara? —preguntó esperanzada.

—No seas avariciosa —la regañé con un susurro—, todavía estás muy lejos de ganarte el honor de follar con Sombra sin su máscara. —Antes de que me hiciera un reproche la sorprendí al presionar mi boca, cubierta por la máscara, en su frente, como señal de un beso de despedida.

Tenía mis lentillas puestas, pero aun así miré a Darius con la esperanza de que leyera que todo eso que estaba haciendo se lo anotaría en mi lista larga de cosas por cobrarle. Y sabía que Dominik le tenía otra, quien, por cierto, había estado en el país por dos días para darle el sexo de despedida a Amelia por mí.

La primera semana en Grecia estuvo llena de presentaciones y reuniones con Andru Vlachos y Aris Raptis, quienes no me cayeron mal, puesto que, a pesar de que eran imbéciles a los cuales no les importaba joder su país con tal de lucrarse, tampoco eran unos desgraciados. Simplemente estaban aprovechando las oportunidades que les llegaban a las manos.

Vlachos manejaba una compañía tecnológica, por medio de la cual conseguía los secretos más sucios de los políticos y gente influyente, mismos que le pasaba a su compañero Raptis, quien se encargaba de hacer sus extorsiones millonarias. Juntos eran una dupla peligrosa que mataban sin derramar sangre si se lo proponían.

—¿Por qué estás hablando tú en lugar de él? —le preguntó Andru a Marcus.

Estábamos reunidos, explicándoles cómo acomodar a sus aliados griegos en el rango de mando para la sede de los Vigilantes en el país, puesto que Lucius quería que fuera igual que en Estados Unidos.

—Porque su cambiador de voz se ha dañado —explicó el moreno.

De hecho, Belial era el culpable de eso, ya que me lo dañó en el entrenamiento que tuvimos un día antes. Y no estaba dispuesto a que escucharan mi voz real, por eso le pedí a Marcus que hablara por mí.

—¿Puedo verlo? —me preguntó Andru, y saqué el aparato de mi bolsillo para entregárselo. Se quedó estudiándolo un par de minutos y luego volvió a hablar—. Puedo diseñarte un cambiador superior a este, uno que ni siquiera se note —ofreció, y asentí de acuerdo—. Se podría incrustar en tus muelas o en tu lengua. —Fruncí el ceño pidiéndole con ello que se explicara mejor—. ¿Has usado o usas algún tipo de joyería?

Pensé en mis perlas, pero supuse que no se refería a eso. Y asentí porque igual seguía utilizando mis piercings.

Comenzó a hablarme del nivel de tecnología que creaba en su tiempo de ocio y cómo llegó a diseñar cambiadores de voz para que Raptis los usara a la hora de hacer las llamadas para sus extorsiones. Así que me ofreció algunos, aunque el que más me llamó la atención fue el de un piercing en la lengua, por ser perenne y cien por ciento seguro de que no fallaría. Pero pensando en que Dominik ocupaba mi lugar, decidí también aceptar un dispositivo que se acomodaba en la dentadura y el cual podía quitarse en el momento que quisiera.

Además de eso, el tipo tuvo la amabilidad de ofrecerme nuevas lentillas con la capacidad de poder ver con ellas en la oscuridad.

—No verás a colores, pero sí en grises o blanco y negro. Que es mejor que ver solo negro —bromeó—. Además de que son de alta definición.

Cuando tuve el cambiador de voz nuevo, le pregunté por qué hacía todo eso, y su respuesta fue sencilla: porque quiero y puedo. Además de que aseguró que le gustaba consentir a su gente porque de esa manera no solo se ganaba el respeto de ellos, sino también la lealtad.

Con eso comprendí que era un tipo astuto además de inteligente, pues actuaba como el diablo: adulaba a las personas, las consentía, les daba todo lo que querían hasta que los atrapaba en su red y conseguía que hicieran lo que él quería. Y cuando se daban cuenta de que eran títeres en sus manos, ya era tarde, pues le habían vendido el alma creyendo que era Dios.

Nos quedamos en Grecia dos semanas más porque Andru así se lo pidió a Lucius, pues el hombre quería que nos deshiciéramos de una piedra en su camino luego de que nos vio ejecutar una misión de manera limpia y exitosa. Y a mí me convenía, ya que tanto él como Raptis confiaban en mí y me dejaban actuar a mis anchas sin ponerme vigilancia, puesto que para ellos era un Vigilante de fiar y leal.

Tremendo error de su parte que yo aprovecharía.

—Mantente cerca de mí —le pedí a Marcus.

Estábamos en Florencia, Italia, ya que la dichosa piedra en el camino de Vlachos se encontraba ahí luego de pedirle refugio a los camorristas que operaban en parte de la ciudad. Toda mi élite se encontraba dispersa en varios puntos de la zona en donde cuadramos la presencia del tipo, atentos a cualquier cosa y avisándome sobre los pasos que daba nuestra víctima.

—Me cago en la puta que parió a estos malnacidos —espetó Owen por el intercomunicador.

—¿Qué sucede? —inquirí.

—El objetivo está en el parque a tu derecha —respondió Lewis por su hermano.

—¿Y? Eso ya lo sabíamos, ¿no? —dijo Marcus a mi lado, escuchando también por su intercomunicador.

—Está en la zona de niños, joder. Y hay muchos jugando —replicó Owen.

—¿Y por qué crees que nos enviaron a nosotros a deshacernos de él? —desdeñó Lilith.

Ella y Belial se encontraban ya en el parque, corriendo como una pareja que salió a ejercitarse.

—Acabamos de pasar a su lado. Viste una sudadera gris y una gorra negra, está sentado enfrente de los balancines —añadió Belial.

Sombra, debemos abortar la misión —me exhortó Serena, y la escuchamos muy asustada.

—Ya escuchaste a Lilith, nos enviaron a nosotros porque saben que somos los únicos con las bolas de llevar a cabo todo sin importar dónde —aseveré, consciente que ella sugería hacer tal cosa por los niños.

—Estamos en el café al otro lado de la zona de juegos de niños, por si acaso el tipo pretende huir —avisó Alex, refiriéndose a él y Mario. 

Owen y Serena nos dejaron escuchar sus maldiciones.

—Salgamos ya de esta mierda y luego nos vamos por esos tragos que prometió Dominik —recomendó Marcus.

Esa mañana hablé con el susodicho para comentarle que estábamos en su ciudad, así que nos propuso ir a un club con él y Fabio.

—Iremos únicamente si hacemos esto con éxito.

—Me ofende que siquiera dudes de que tendremos éxito —le dejé saber a Lewis en cuanto replicó tal cosa—. Andando —animé a Marcus.

Ambos nos habíamos puesto barbas falsas y usábamos pelucas por debajo de las gorras, ya que yo no podría usar mi disfraz de Sombra, aunque sí utilizábamos mascarillas de protección gracias a la pandemia que nos dejó con la necesidad de protegernos del aire que respirábamos. Además de eso nos pusimos unos guantes especiales que Vlachos nos dio, lucían como nuestras propias manos, pero sin tatuajes.

—¿Se han dado cuenta de que lucen como pareja con esos osos de felpa? —nos dijo Serena segundos después de pasar por su lado.

—¿Te tomo de la mano, nene?

—Que te den —repliqué para Marcus al proponer tal cosa.

Eso quiere —señaló Owen, y los ignoré.

Llevábamos esos osos junto a un ramo pequeño de rosas para esconder las armas con silenciador, puesto que no podíamos llevarlas dentro de la ropa porque pretendíamos asesinar a ese tipo con rapidez. Por lo que sacar las glocks de nuestras cinturas nos quitaría valiosos segundos.

—Creo que hay unos camorristas escoltándolo, vamos a encargarnos de ellos —avisó Mario.

¿Necesitan apoyo? —preguntó Belial, y escuché un sí por parte de Mario, y luego Alex los guio.   

—Mierda —gruñí entre dientes al darme cuenta de que nosotros no éramos los únicos imbéciles al pretender asesinar al tipo en un lugar lleno de mujeres y niños, puesto que la Camorra no parecía tener escrúpulos tampoco, y les importaba un carajo exponer a los demás con tal de cuidarle el culo a nuestro objetivo mientras tomaba un poco de sol.

—Ahora entiendo a Owen y Serena —murmuró Marcus al ver lo mismo que yo.

Seguir adelante con esa jodida misión iba en contra de mis códigos como Grigori y mis enseñanzas como Pride, pero mientras caminaba con Marcus a mi lado recordé que era un puto cobarde Vigilante y, aunque no llevara la máscara, actuaría como Sombra. El malnacido insensible que asesinaría a alguien en un parque infantil. 

—Justo frente a ti, Sombra —avisó Lewis.

Detuve el paso y miré el reloj en mi muñeca, fingiendo que esperaba a alguien. Llevaba gafas de sol, así que sin erguir la cabeza dirigí mi mirada hacia el tipo y estudié mi entorno. Noté que cerca de nosotros (Marcus estaba a unos pasos de mí) se hallaban unas chicas cuidando a dos pequeños, cosa que me extrañó porque eran varias al cuidado de ellos.

—A mi derecha. Son muchas niñeras para dos niños —dije para mi equipo.

—O son hijos de gente importante o los pequeños son unos demonios que necesitan más de dos niñeras —añadió Marcus llegando a mi lado, y me reí.

—Definitivamente son hijos de gente muy dura. Y esas chicas parecen estar bien entrenadas porque, aunque actúan normales, sus cuerpos delatan que están atentas a cualquier peligro —advirtió Serena.

—¿Hijos de políticos?

O de mafiosos —acotó Lewis a mi pregunta.

—Más bien parecen ser hijos del diablo, hombre. Mejor muévanse de ahí porque una de ellas parece sospechar de ustedes —recomendó Owen, y rodé los ojos por lo miedoso que era a veces.

—Eres un…

—¡Tuti! —Arrugué la frente al escuchar aquello, y Owen maldijo. Corté de golpe lo que iba a decir porque uno de los pequeños se acercó a nosotros señalando el oso en mi mano—. ¡Tuti! —repitió con entusiasmo esa pequeña cosa y llegó hasta mí.

Parecía de la edad de Dasher o poco menos, aunque caminaba muy bien para lo pequeño que era. Y noté que tenía mucha energía en cuanto comenzó a tirar de mi oso. Marcus se asustó por eso, pero con astucia escondí el arma y me puse en cuclillas.

—¡Dios mío, Sombra! Ten cuidado y recuerda que no son cachorros —suplicó Serena en mi oído.

Era una exagerada.

Esto es mío —dije en italiano para el pequeño, y me impactó un poco ver sus ojos porque eran idénticos a los míos.

Casualidad por supuesto, ya que el color de mis ojos no era único. Pero los de ese niño de cabello castaño me impactaron y no entendía la razón.

—¡No! ¡Tuti mío! —replicó con su voz torpe, y dejé que tomara el oso de mi mano.

Sentí algo extraño ante su felicidad por obtener el juguete y abrazarlo con las fuerzas que tenía. Sus mejillas estaban rojas y resaltaban más por su piel blanca, la parte delantera del cabello se le pegaba a la frente por el sudor y noté que sus rasgos eran demasiado familiares para mí, aunque no comprendí de dónde.

—Este cachorro sí le asusta —comentó Marcus entre risas.

—¡Aiden! —gritó una de las chicas que lo cuidaban, y me sorprendió que le hablara en inglés y no en italiano—. Déjale eso al señor que es de él, no tuyo.

—¡No! —reprochó el chiquillo y se aferró más al oso.

Me era imposible dejar de verlo porque sus rasgos físicos me impresionaban en sobremanera por la familiaridad que me transmitían.

Disculpe, por favor. —En ese momento la chica sí habló en italiano y supuse que me creyó un nativo—. Cariño, eso es de él. Devuélveselo o lo harás llorar —le dijo al niño volviendo al inglés, y trató de tomar el oso, pero el chico parecía ser bastante terco y no lo soltó, incluso hizo un puchero.

—E mío —aseguró.

—Aiden, no… 

Está bien, déjaselo —la tranquilicé cuando quiso volver a quitárselo—. Total, parece que nuestras citas nos han dejado plantados —añadí, manteniendo el italiano.

Otra chica de aspecto más serio se acercó a nosotros, llevando al otro niño en brazos, y noté que ambos eran copias casi exactas el uno del otro, a diferencia del color de ojos, pues los de este se veían de dos colores. Le dijo algo a su compañera en un idioma que me pareció ser asiático, aunque no identifiqué de qué país exactamente.

—Lo siento mucho, todavía están aprendiendo a compartir y respetar lo que no es de ellos —me dijo la nueva chica, también en italiano, y asentí en respuesta.

Si tu hermano tiene uno, tú toma el otro —dijo Marcus de pronto, y extendió su oso para el niño en brazos de la chica, pero esta alzó la mano deteniéndolo y dio un paso atrás.

—No es necesario —aseguró.

—Joder, dejen de hacer eso porque las demás se están alertando. Aléjense de esos niños ya —pidió Serena, y me tensé.

Pero no por lo que me dijo mi compañera, sino porque al pequeño en los brazos de la chica se le pusieron los ojos acuosos, ya que se quedó con la manita extendida cuando Marcus le ofreció el oso. Y odié que la tipa se interpusiera entre el niño y el juguete a tal punto de hacerlo llorar, aunque también la respeté por ser tan cuidadosa con ellos. 

—Oye, vas a hacer llorar al pequeño sin razón alguna —señaló Marcus al notar lo mismo que yo—. Vinimos a una cita doble, pero parece que nos han plantado, así que, si su hermano tiene un oso, que él se quede con este porque de lo contrario vamos a tirarlos a la basura junto a las rosas —explicó para tranquilizarla.  

Serena y los mellizos maldijeron ante la situación, avisando a la vez que nuestro objetivo podía irse del lugar donde no nos apresuráramos.

Mierda.

—No lo hagas llorar. Revísalo si quieres para que te asegures de que todo está bien. Ha sido solo una casualidad —acoté al ver a la chica reacia, sin importarle el llanto silencioso del pequeño.

—Toma, D —ofreció al que llamaron Aiden, al ver que su hermanito estaba llorando.

Sonreí detrás de mi mascarilla porque parecía que era muy protector con su gemelo. El otro chico se inclinó para tomar el juguete y se aferró a él como lo hizo su hermano antes. Y a la mujer no le quedó más que ceder cuando Aiden miró con anhelo el oso en la mano de Marcus, esperando obtenerlo también.

—Está bien. Y lo siento de nuevo. Incluso lo de sus citas en un parque infantil —añadió la mujer con un toque de ironía en lo último, y decidí ignorarla.

Marcus también la ignoró y extendió su oso para Aiden esa vez, y este no se tardó en tomarlo.

—¡Tutiiii! —gritó enseguida, y su hermano rio, acercando su oso para chocarlo con el de él, celebrando esa pequeña hazaña.

Gracias —le dije a la chica, y no entendí qué le agradecía en realidad.

Ella asintió y volvió a hablar con su compañera en otro idioma, esta tomó a Aiden en brazos y luego se dieron la vuelta para marcharse del parque al parecer, mientras yo me quedé ahí, viendo cómo se alejaban. Y segundos después, como si se hubiesen puesto de acuerdo, ambos pequeños giraron el rostro para mirarnos y nos sonrieron.

Tragué con dificultad sin poder corresponder a aquel gesto tan genuino de ambos, no porque no pudiera, sino porque me sentía petrificado.

—Y tú decías que solo Dasher le sacaba el lado bueno —señaló Lewis, e imaginé que se lo dijo a Owen.

—Nos quedamos sin osos —murmuró Marcus sacándome de mi estupidez.

Y sin víctima si no nos apresuramos —informó Serena, y con Marcus miramos al tipo que seguía esperando paciente por sus ángeles de la muerte.

Busqué con la mirada una última vez a las pequeñas copias, pero ya no estaban, y sentí un vacío extraño instalarse en mi pecho.

Joder, convivir con Dasher me estaba afectando demasiado.

[1] Siglas en inglés de Centro contra Delitos Cibernéticos de HSI.

Fuimos nada

Elijah

Volvimos a Grecia dos días después de haber llevado a cabo el crimen perfecto, como lo denominó Aris luego de que los noticieros de Italia se llenaran con titulares sobre el asesinato que cometimos a plena luz del día, en un callejón entre tiendas cercanas al parque infantil (a donde arrastramos a nuestra víctima, gracias a que Belial, Lilith, Alex y Mario consiguieran manipular a los camorristas que atraparon, para guiarlo hasta allí).

Y lo que más feliz hizo tanto a Aris como a Andru fue que dicho crimen lo atribuyeron a la misma Camorra y no a la mafia griega.

Ambos nuevos líderes estaban tan complacidos con el trabajo de mi élite que incluso inventaron excusas para retenernos en Grecia por más tiempo. Y me sorprendió que convencieran a Lucius de buena gana, pues en mi tiempo con los Vigilantes había notado que el orgullo del viejo no le permitía aceptar lo que otros querían, ya que se creía el líder absoluto de la organización luego de que Aki fuera asesinado por Enoc. Esa situación me hizo convencerme de que los griegos eran más poderosos de lo que yo suponía.

—Lo tienes bien merecido, muchacho —señaló Aris luego de que Andru me entregara una caja de cuero.

Cuando la abrí, encontré adentro varios pares de lentillas de diferentes diseños, todas ya con la visión nocturna incluida. Y me sorprendió que fueran automáticas, puesto que no necesitaría más que esperar alrededor de treinta segundos para que se adaptaran a la oscuridad luego de estar en la luz.

—Lo sé —me jacté sin decir gracias, y ambos rieron en lugar de molestarse por mi falta de modales.

Según ellos, lo tomaban como señal de comodidad y lealtad de mi parte.

—Por cierto, Fantasma a solicitado unirse a la formación de los Vigilantes aquí en Grecia. He recibido esta mañana una llamada de Lucius para notificarme que lo enviará, además de que pretende que supervise tu trabajo con nosotros —informó Andru, e hice una mueca de disgusto.

No podían verme por la máscara, aunque tampoco me importaba que lo hicieran.

Marcus me miró con gesto de «Dominik no estará aquí para atenderla por ti», pues ambos sabíamos que a Amelia le importaba un carajo la formación de los nuevos Vigilantes en Grecia; lo que ella buscaba en realidad era estar cerca de mí. Y tampoco me estaba jactando con eso, lo aseguraba porque desde que llegué al país tres meses atrás evitaba responder las llamadas que me hacía a diario y la obligaba a conformarse con mis mensajes de texto de ahora mismo no puedo responder o los de estoy ocupado.

A veces, cuando Darius me lo pedía para mantenerla bajo control, le escribía un entiende, nena, estoy trabajando. O incluía alguna frase cariñosa en los otros mensajes para que no se sintieran toscos.

—¿Por casualidad no tienes alguna otra piedra en tu camino a la que haya que eliminar fuera de Grecia, en los días que Fantasma esté aquí? —le pregunté a Andru, y este rio al darse cuenta de lo que pretendía.

—¿Tanto te molesta su presencia que prefieres asesinar a mis estorbos? —indagó con curiosidad y diversión.

Me encogí de hombros como respuesta.

—Pensándolo bien, podríamos enviarlo a hacerle una visita a Dubois —le propuso Aris—. Francia necesita recordar que nos debe un par de favores —añadió.

Andru me miró con una ceja alzada, y lo entendí como si me estaba preguntando de esa manera si me servía ese plan, así que asentí, pues no me importaba a dónde iría, solo no quería estar en Grecia con Amelia de visita.

—Bien, hagámoslo. Y de paso vamos a dejarle claro a Lucius que somos socios, no sus súbditos. Y que, aunque él sea el único fundador general de los Vigilantes, no habría entrado a Grecia si no fuera por nuestro poder —replicó Andru, y sonreí victorioso.  

También le di la razón en lo que dijo, pues los dos eran poderosos, así que no tenían por qué doblegarse ante Lucius, y era bueno que le enseñaran lo que olvidó como Grigori: respetar las sedes de sus socios. Y en mi interior les aplaudía a esos griegos que, sin temor alguno, le dejaran claro al viejo decrépito que el único pelele que no daba un paso sin su permiso era David Black, su hermano.

—Ya comienzo a entender por qué le lames las bolas a estos griegos —me chinchó Lilith estando en Francia.

—Para que coman de mi mano como Belial come de la tuya —le dije. Belial estaba a su lado, por lo que rodó los ojos al escucharme—. Así que ya sabes, ella no busca darte placer, sino embobarte para que siempre hagas lo que quiere —añadí para él.

—Algún día te veré comiendo de la mano de alguna chica, entonces sabré que te lame bien las bolas. Y tú entenderás el placer que se siente al complacerlas —se defendió él, y me reí, sin pasar desapercibida la mirada ilusionada que le dio Lilith por lo que dijo.

Esos dos tenían más de diez años juntos y, a pesar de su locura, lucían como recién enamorados en sus primeros meses de relación.

Los griegos habían cumplido y me enviaron a hacerle una visita a Dubois, un político corrupto que se lucraba de la trata de blancas. Con ese viaje evité ver a Amelia las dos semanas que estuvo supervisando la creación de los nuevos Vigilantes, y estaba demás decir la infinidad de mensajes que recibí de su parte, en los que me reclamaba por no esperarla ni notificarle a mis verdaderos jefes que había salido de Grecia para misiones fuera de las que ellos me dieron.

Maldita ilusa.

—Te recuerdo que solo soy un súbdito más que sigue las órdenes que le dan —refuté tras responder una de sus llamadas por recomendación de Marcus, puesto que ella había comenzado a llamarle a él también para contactarse conmigo.

Y la escuchó más histérica que de costumbre, por lo que comenzó a temer que cometiera alguna estupidez para obligarme a darle la atención que exigía.

Qué curioso que ahora sí tu orgullo te deje llamarte a ti mismo súbdito —espetó, y me alejé el móvil de la oreja por su grito.

Con ella estaba aprendiendo que, cuando me convenía, podía hacer el orgullo a un lado.

—En lugar de estar molesta, aprovecha a ir a Irlanda, ya que has salido de Estados Unidos, y hazle una visita a tu amante. De seguro él se emocionará de verte, total, aunque aún siga las órdenes de su padre, no es un súbdito como yo —la chinché, y Marcus rodó los ojos al escucharme.

No me provoques, Sombra. Y te recomiendo que vuelvas a Virginia por las buenas. —Apreté la mandíbula por su amenaza.

—Es tu padre quien ha permitido que siga con sus socios, así que déjate de mierdas —largué y, antes de decirle algo más de lo que podía arrepentirme luego, le colgué y apagué el móvil para que no jodiera con sus llamadas.

Y menos mal que Aris y Andru siguieron ocupándome en Grecia luego de regresar de Francia, pues gracias a eso cumplí cuatro meses en su país, viajando a la vez por toda Europa para ejecutar favores personales que solicitaban ambos; aunque en esa semana recibí una llamada de Darius en la cual me pedía que le ayudara a hacer que los guardacostas de Virginia colaboraran con él, puesto que se vería en la obligación de volver a portar la máscara de Sombra para llevar a cabo los envíos de armas y algunos de personas, ya que Amelia dejó de proteger a Alina y Dasher, molesta porque me negué a regresar a Estados Unidos y también a verla un mes atrás.

Así que Lucius aprovechó la necesidad de su hijo adoptivo de proteger a los Spencer y lo chantajeó para que llevara a cabo mi trabajo a cambio de que Alina y su pequeño siguieran en mi búnker.

—No te preocupes, voy a encargarme de eso. Solo sigue mis instrucciones cuando uses la máscara y espera mi llamada —prometí antes de colgar.

No me quería sentir responsable de esa situación, porque sabía que no era mi culpa que esa loca estuviera obsesionada conmigo e intentara hacerme pagar porque sospechaba que Vlachos y Raptis me mantenían en su país más por ayudarme a estar lejos de ellos, pues tan idiota no era.

Y Darius también era consciente de eso y me lo dejó claro, además de que comprendía que ya suficiente me había dejado joder por los Black como para no aprovecharme de la buena voluntad que los griegos tenían conmigo. Asimismo, sabíamos que con esa movida Lucius estaba aprovechando su oportunidad, pues, a parte de quedar bien con sus nuevos socios al mantenerme con ellos, seguiría facturando con el tráfico de armas y personas utilizando a Darius, ya que acertó con el hecho de que a él yo sí le ayudaría de buena gana con mis contactos y este haría lo que su padre quería con tal de que los Spencer estuvieran bien, aunque siguieran secuestrados.

—Marcus va a matarte —avisó Alice cuando llegó a la suite del hotel que renté para que se quedara en los días que estaría en Grecia.

La primera vez que llegó, cuatro meses atrás, no pudimos conseguir nada de lo que yo pretendía, así que tuvo que regresarse a Estados Unidos con la misión de comprar por mí un relicario igual al que perdí años atrás en aquel edificio donde murió LuzBel. La joya debía encargarla en Stone, la compañía del padre de Laurel.

—Me viene amenazando con eso desde hace mucho —le recordé.

—Pero ahora lo hará en serio —aclaró.

—¿Por qué estás tan segura?

—Porque el idiota jura que le estamos viendo la cara. Y dice que ya no cree que mis viajes sean solo para ayudarte —explicó, y me reí.

No negaría que esa rubia platinada de ojos azules y cuerpo esbelto era muy guapa, pero nunca me atrajo sexualmente. Y quería creer que se debía a que era hermana de mi amigo, y eso en otras palabras era casi como si Alice tuviera bigote para mí, pero ella aseguraba que en realidad se debía a que yo no tenía ojos para nadie más.

—Y me ofende que no me conozca como imaginaba y suponga que hombres como tú son mi tipo.

—¿Y qué tipo de hombre soy, según tú? —pregunté con curiosidad.

Me miró sin poder creer que no lo supiera, luego se concentró en poner su maleta de mano sobre la cama para comenzar a abrirla.

—Frío, serio, dominante, descortés, ¿sigo?

—¿Por qué aseguras que soy así, si nunca me has visto en una relación? —inquirí divertido, y se encogió de hombros.

—No somos tan diferentes en una relación a como somos con los amigos —aseguró—. Pero el punto es que Marcus sabe que a mí me gustan los chicos románticos, caballerosos, detallistas y amigables. De esos que buscan protegerte siempre. Aunque esto último sí eres.

—Vaya, gracias —ironicé, y rio.

Miré cómo revolvía las cosas en su maleta buscando algo y cuando lo encontró se acercó para entregármelo.

—Me lo hicieron llegar junto a un pendrive para instalar el programa de rastreo —explicó lo que ya sabía.

Abrí la cajita de terciopelo y saqué de ella una réplica exacta de la placa (relicario) que siempre usé en el pasado.

—Lo bajé en mi Tablet e hice una cuenta nueva solo por si acaso —añadió.

No la necesitaríamos porque programaría el rastreador del relicario con mi cuenta anterior, con la esperanza de que Laurel haya cumplido mi petición a pesar de lo que pasó, y le entregara a Isabella el que mandé a fabricar para ella.

Y así al fin saber dónde estaba.

—¿Listo? —preguntó Alice, y asentí con la cabeza—. Actívalo —me animó, refiriéndose al localizador de mi relicario para que pudiera buscar el de la Castaña al hacer la clonación.

Acto seguido, encendió su portátil y luego de unos minutos la conectamos al relicario para acceder a mi cuenta y llevar a cabo todo el proceso que, en ese momento, se sintió como una especie de ritual en el que esperábamos ser bendecidos por la diosa a la que se lo hacíamos.

Puta madre.

Me reí ante la metáfora que usé.

—No olvides que no es seguro que ella lo use. Y si sí lo hace, su localizador también debería ser activado manualmente para que se conecte al tuyo —me recordó, y supuse que mi gesto era demasiado esperanzador como para que tuviera que controlarme con esas palabras.

—Si no funciona eso, tendremos la foto, ¿no? —repliqué, y ella me sonrió con empatía.

Sí, sabía que mi nivel de patético nadie lo superaría, pero dejó de darme vergüenza que ella me viera así desde hace mucho.

—Por supuesto. Ya tengo mi as bajo la manga —aseguró.

Por no haber tenido la fotografía de Isabella (gracias a que a la única que podía acceder solo se podía ver en el relicario y no en mi cuenta. Y que además no había ninguna otra en las redes de mi hermana o los Grigoris), ni el programa que Alice usaba en su trabajo, fue que no pudimos hacer nada cuando me visitó meses atrás.

—¡Dios! ¿Cómo conseguiste que ella se fijara en ti? —preguntó minutos después, cuando logré entrar a mi cuenta y la fotografía de Isabella apareció en el relicario.

—No te hagas, que el hecho de que no sea tu tipo no significa que no ves lo guapo que soy —la chinché, tratando de ignorar todo lo que sentí, y ella rodó los ojos.

—Lo eres, pero esta chica podría tener a sus pies a tres como tú y otros cuatro más guapos —me devolvió la pulla, y me limité a reír.

Miré la imagen de Isabella en mi relicario y comprendí a la perfección la reacción que tuvo Alice. Casi iban a cumplirse tres años desde que la vi por última vez y mi pecho se apretó, pues era la primera ocasión desde entonces, que la veía fuera de mis pensamientos.

Mierda.

Desde que obtuve esa imagen suya en su cumpleaños dieciocho, decidí añadirla a mi relicario, justo al lado de la de mis padres y Tess. Y a pesar de que en ese entonces, tenía más fotografías de ella en mi antiguo móvil, me decidí por esa porque justo ese veinticinco de abril me di cuenta de que, sin pretenderlo, la Castaña se había convertido en mi debilidad.

Esa noche Isabella me demostró que no solo podía superar su propia belleza, sino también mis juegos, ya que supo provocarme con su inocencia, me enloqueció con su manera de retarme y me hizo actuar tal cual un adolescente explorando su sexualidad, en el momento que descubrí que no usaba bragas.

Sin embargo, casi me tuvo a sus pies cuando no le importó lo que me había asegurado que nunca haría por mí, y asesinó por primera vez en su vida para salvarme. Manchó sus manos de sangre con tal de que yo siguiera existiendo.

Así que tenía razones más que suficientes para llevar esa imagen en mi relicario. Y no solo por lo hermosa que se veía esa noche.

—Como me lo temía: si lo lleva puesto, el rastreador está apagado —dijo Alice sacándome de mis pensamientos, y la miré.

Había comenzado a trabajar con la ubicación de Isabella rato atrás. Y al parecer no consiguió nada.

—Prueba con la fotografía —la animé, y asintió.

Sacó su móvil y le tomó una foto a la imagen de la Castaña en mi relicario, tras eso la desplegó en la portátil para meterla a la base de datos y abrió el programa donde vi en grande el mapa mundial y, a un lado de él, muchas líneas de letras y números que parecían coordenadas, junto a las iniciales C3.

—Con el localizador habría sido más fácil, pero tu chica salió dura de cazar —bromeó.

—No me lo recuerdes —murmuré.

Posterior a eso, Alice se puso en contacto con uno de sus compañeros de confianza, quien le ayudaría con unos códigos para poder usar el programa de incógnito, pues no queríamos arriesgarnos a exponer a White si conseguíamos dar con ella.

—Cruza los dedos —recomendó luego de poner la imagen de la Castaña en el buscador del programa.

—No creo en la suerte —confesé, aunque por dentro estaba rogando para obtener buenas noticias.

—Pues deberías, ya que si ella se fijó en ti fue porque la suerte estaba de tu lado en esa ocasión.

—Marcus es un imbécil al pensar que entre tú y yo podría haber algo —repliqué, y soltó una carcajada.

La imité, sabiendo que ella buscaba alivianar esa situación tan tensa, aunque no dejé de ver la pantalla que parecía como si nos hubiera metido en algún juego de azar y estuviera buscando los números ganadores.

El C3 utilizaba ese programa de reconocimiento facial, accediendo a cualquier dispositivo con cámara para dar con las personas que buscaban. Tal cual lo hacía el ojo de Dios que mencionaban en las películas. Algo que yo tomaría en cuenta para que no me atraparan.

—Oh, Dios —exclamó Alice de pronto.

Sentí la garganta reseca y el corazón acelerado al ver lo mismo que ella. Incluso respirar se me dificultó cuando varias imágenes de Isabella se desplegaron en diferentes países del mapa, todos de Europa, Asia e incluso del Medio Oriente.

—Está viajando por medio mundo —señaló Alice.

Era lo que yo estaba viendo.

Las fotografías eran borrosas, pero el buscador acotó los rasgos con la imagen de base y dieron un noventa y ocho por ciento de exactitud. En todas únicamente se veía su rostro y solo una coincidió el cien por ciento, era la más nítida, una en la que White usaba gorra y gafas de sol. Y fue suficiente para comprobar que esa mujer estaba más hermosa que años atrás.

—Joder —dije restregándome el rostro y tragando con dificultad.

El corazón me latía tan rápido que hasta escuché el estrépito de ellos al golpear mi pecho como si me odiaran.

—El registro tira que ayer estuvo en Italia, pero hoy aparece en el Líbano —explicó Alice—. Al parecer, no se mantiene mucho tiempo en los países que visita, aunque hay algunos a los que vuelve con frecuencia.

—¿A cuáles? —Carraspeé al escuchar mi voz ronca luego de esa pregunta, y no se debía al cambiador de voz que ya usaba en mi lengua, puesto que lo había apagado.

Mi respiración seguía errática.

—Japón, Francia, Inglaterra, China y últimamente el Líbano. Italia tiene frecuencia, pero mínima en comparación a los demás países. Japón parece ser su favorito.

—Tiene lógica, vivió allí una temporada —le expliqué.

—Puedo tratar de seguirle el rastro, pero si me permites una sugerencia: no te lo notificaré porque no creo que eso sea bueno para ti.

—¿Por qué no, según tú?

—Es obvio, LuzBel. Estás en Grecia, has ido a Italia y Francia, pero todavía no puedes ir a esos países cuando se te dé la gana. Sigues dependiendo de los permisos de tus jefes.

Bufé molesto, pero no con ella, sino porque tenía razón. Sin embargo, odié más que nunca el recordatorio.

Miré la fotografía actual de Isabella y sentí una jodida impotencia que incluso dolió. Y no sé qué gesto puse, pero fue suficiente para que Alice se atreviera a tomarme de la mano como señal de apoyo, o consolación.

—Está viva. Y lejos de ese aparato que podría matarla —me hizo ver, y negué con la cabeza.

—Quiero… No, necesito verla, así sea de lejos —admití.

—Marcus se molestó que viniera no solo por su tonta idea de que tú y yo tenemos algo, sino también porque asegura que has molestado a Fantasma y con vernos me expones —dijo, y comencé a entender a dónde quería llegar—. Si ella decidiera enviar a su gente para monitorear lo que haces, entonces los llevarías directo a tu chica. Y no estás soportando todo lo que soportas para cometer ese tremendo error.

—Lo sé, maldición —aseveré poniéndome de pie.

Alcé la voz, pero sabía que Alice comprendía que no estaba siendo imbécil con ella.

—Sigue ganándote voluntades, LuzBel. Consigue la fidelidad total de tu élite, asegúrate de que ninguno de ellos te traicionará. Haz que te den más libertad y entonces la rastrearé de nuevo por ti para que la mires de lejos, te lo prometo.

Respiré hasta donde mis pulmones lo permitieron, retuve el aire todo lo que pude y luego exhalé lento y pesado. Necesitaba calmarme antes de volver a hablar.

—Tendremos que planear bien cómo le pondrás el chip —señalé, y ella asintió.

En eso habíamos quedado tiempo atrás: daríamos con White y luego Alice se acercaría a ella, buscando ganarse su confianza para colocarle el chip sin que se tomara como ataque. El objeto solo debía ser incrustado por medio de una inyección en la nuca, por lo que sería rápido, pero ni Isabella ni nadie más podía darse cuenta de ello por el peligro que eso implicaba.

—No dejes de rastrearla y mantenme informado de los países en los que se encuentra —insistí a pesar de lo que me dijo antes.

—No.

—¿No? —inquirí alzando una ceja.

—LuzBel, veo tus ganas de irte ahora mismo para el Líbano con la intención de verla, incluso sabiendo que con eso te matarán a ti si tienes suerte, o a tu hermana. Y, si te estoy actualizando de dónde se encuentra, únicamente servirá para tentarte y lo lamentarás mucho si das un paso en falso. Así que no.

—Demonios, Alice —largué molesto porque de nuevo tuviera razón. Iba a decirle algo más, pero mi móvil sonó con una llamada entrante, y fruncí el ceño al ver que se trataba de Darius—. Te dije que esperaras por mi llamada, hombre. Y no me coges en un buen momento —espeté.

—Las cosas se han ido a la mierda, Sombra. No sé qué carajos le dijo Amelia a Lucius, pero…

—Habla de una jodida vez —gruñí porque se quedó en silencio por demasiado tiempo.

—Mi gente acaba de avisarme que el administrador de Vikings llevó a Hanna con Lucius, y por los gritos que escucharon de ella temen que la tomó por la fuerza.

Negué como loco al escuchar tal cosa y grité, dándole a la vez un puñetazo a la mesa frente a mí. Alice se asustó por mi reacción y se alejó un par de pasos.

—¡Maldito hijo de puta! —espeté, sintiendo que todo me estaba llegando de golpe de nuevo.

Eso no podía estar pasando.

Me alejé de Hanna precisamente para que no fueran a dañarla por vincularla conmigo y me enervaba, a la vez que me hacía sentir muy miserable, que al final de todo no haya servido de nada porque la maldita de Amelia quería cumplir sus jodidos caprichos a costa de lo que fuera, y de quién fuera.

—Cálmate, por Dios —suplicó Alice en un susurro para que solo yo la escuchara.

La miré, y lo hice comprendiendo de una buena vez que tenía razón: no podía llevar a Amelia y sus jodidos Vigilantes directo a White si intentaba verla. Podía ser egoísta con el mundo entero, menos con ella, así que dejaría mis deseos de lado y me conformaría con saber que estaba viva.

Eso era todo lo que importaba.

Por ella seguía valiendo la pena seguir en ese jodido infierno.

____****____

No podía precipitarme ni actuar a lo imbécil, por lo que volví a Virginia dos semanas después de haber recibido la llamada de Darius, en la que me avisaba lo que le hicieron a Hanna. Eso sí, regresé con la determinación de dejarle varios puntos claros a Amelia, porque no podía seguir permitiendo que tuvieran de dónde seguir manipulándome. Aunque opté por esperar a que Lucius me pidiera volver, ya que pedírselo yo no era una opción que me conviniera.

Contrólate, maldición —me pidió Serena por medio del intercomunicador.

Había salido de la oficina de Lucius en Vikings, luego de reportarme con él, ya que al malnacido le dio por frecuentar más que antes el club. Y el control que tuve al tenerlo enfrente, con su sonrisa arrogante, rebasó el poco autocontrol que ya me quedaba. Así que cuando me crucé con Amelia en el camino, no pude contenerme y la cogí entre la barbilla y la garganta con fuerza, arrastrándola hasta un cuarto de servicio.

—Veo que me has extrañado —se mofó, y su sonrisa burlona me hizo comprender que todavía tenía un límite que no había cruzado.

—Comienzo a creer que Leah te parió por el culo, porque eres una mierda, Amelia Black —largué, y el cambiador intensificó la ronquera y molestia en mi voz.

No vayas por ese camino, joder —replicó Darius, quien también escuchaba por el intercomunicador junto a Serena.

A Amelia por supuesto que no le gustó lo que le dije e intentó zafarse de mi agarre, pero no se lo permití.

—No olvides que caminas en tierra minada, hijo de puta. —Gimió tras decir eso porque reforcé más mi agarre, consiguiendo que sus mejillas se hundieran ante la presión de mis dedos.

—Pues vas a explotar conmigo, pequeña mierda —gruñí—. ¿Qué carajos le dijiste a tu padre para que se ensañara con una puta?

—Nada —respondió con dificultad, frunciendo el ceño con dolor.

Me cogió de la muñeca. Y era obvio que podía zafarse, pero le encantaba someterse a mí cuando me veía molesto, una señal clara de su dependencia a mi atención. Por eso únicamente me apretó para que moderara mi agarre, algo que no estaba dispuesto a hacer.

—¿La violó por simple diversión? Porque, si es así, entonces no puedo esperar que algún día tú vuelvas a ser aquella chica por la cual cometí locuras, ya que desciendes de ese engendro.

—¿Ella te importa? —preguntó comenzando a descontrolarse—. ¿Crees que te da más placer del que yo sé darte? —Fui un estúpido al sorprenderme de que a Amelia le importara más eso que lo que provocó—. Anda, Sombra, déjame demostrarte que soy mejor que esa puta —pidió, y llevó las manos hacia mi cinturón.

La solté como si me diera asco y, a pesar de que no me veía el rostro, también lo notó.

—¿Sabes en lo que sí aciertas? —No la dejé responder—. En que tú, a diferencia de las chicas que trabajan en este club, sí eres una jodida puta.

—¡Maldito bastardo! —gritó, y alzó la mano queriendo golpearme, pero se la tomé antes de que la estrellara en mi rostro y la hice girar en su eje hasta empotrarla en la pared.

Gimió en cuanto le estampé con brusquedad los pechos sobre la superficie dura, y alcanzó a girar el rostro antes de golpearse también la frente.

—Debería follarte tal cual lo hizo tu padre con Hanna, para que puedas comprobar por tu cuenta si la violó o no —desdeñé en su oído. Mi autocontrol se había ido al demonio y escuché a Darius y Serena pidiéndome que no cometiera una locura. Amelia se removió intentando zafarse, mas no la dejé—. Pero te conozco y sé que eres más fácil que la tabla del uno, así que no conseguiré dañarte como quiero —reí con sorna al escucharla maldiciendo—, pues te tomarías muy a pecho eso de flojita y cooperando —me burlé.

—¡Aaah! ¡Te odio! —gritó entre sollozos.

Mis palabras la hirieron más de lo que esperé, ya que en ese momento sí se zafó de mi agarre y me giró el rostro de un puñetazo, sacando a la vez su arma y apuntándome con ella.

Espero que la muerte siga enamorado de ti, idiota —largó Darius. Su voz estaba atestada de impotencia y preocupación.

Mi boca se llenó del sabor metálico de mi sangre y me reí.

—¿Por qué me odias, jodida zorra? ¿Por qué hagas lo que hagas, bueno o malo, sigo repudiándote? ¿Por qué soy capaz de follarte y hacerte probar el cielo, aunque luego te dé lo peor de mi infierno?

—¡Dios mío, Sombra! ¡No la provoques más! —suplicó Serena, y la ignoré.

Amelia comenzó a sollozar e hipar. La mano con la que sostenía el arma le temblaba (sospeché que esa vez sí tenía balas) y sacudía la cabeza para que las lágrimas no le obstruyeran la visión. Y por un segundo pensé en que cualquiera que nos viera sin conocernos me creería a mí el peor de los hijos de putas y a ella la víctima total.

Que fácil era estigmatizarnos.

—He seguido las malditas órdenes de tu padre y las tuyas al pie de la letra. Estoy cumpliendo mi promesa, uso este jodido disfraz por ti. Y a la primera oportunidad que tienes caes más bajo de lo que ya has caído y embaucas a Lucius para que denigren a tu género, Dahlia —reproché, y ella se mordió el labio para contener el llanto. Yo contribuía a que odiara más ese nombre porque lo usaba casi siempre que peleábamos—. Me decepcionas cada día más.

—Y a mí… me decepciona que hayas pasado todo un año follando con esa tipa. A una prostituta, joder —logró decir entre lágrimas. Su gesto de dolor era inconfundible—. Me decepciona que yo haga tanto por ti, pero que siempre sigas prefiriendo a otras antes que a mí.

Solté una carcajada llena de ironía.

—No sigas provocándola, viejo. Todos tenemos claro que lo que dice es una estupidez, pero, donde sigas así, va a matarte —farfulló Darius.

«Con lo que me importaba en ese momento, donde la furia estaba a punto de cegarme», pensé.

—No importa si me la tiré por todo un año o no, lo que debió importarte siempre es que, después de que volví a follarte a ti, no estuve con nadie más. Y que con quien quería follar al volver de la misión era contigo, no con esa puta —desdeñé, y tragó con dificultad.

Sus ojos incluso se abrieron más y ladeó la cabeza en un gesto de angustia. Y antes le hubiera tenido lástima, en ese momento, en cambio, únicamente me dio asco la facilidad con la que se dejaba manipular por mí.

—Pero no querías volver y tampoco me quisiste ver cuando fui a visitarte —recordó con voz agónica.

—Yo no pedí quedarme más tiempo, Dahlia. Hice mi trabajo, los griegos querían más de ello y se lo solicitaron a tu padre, a lo que él accedió, te lo dije hace semanas —recalqué, pero únicamente negó con la cabeza—. Y cuando fuiste de visita estaba cumpliendo órdenes como el súbdito en el que me convertiste.

Hasta a mí me sorprendió el descaro con el que había comenzado a mentir en esos años aprendiendo de los más miserables.

—Pero volviste en cuanto supiste lo que le pasó a esa zorra —reprochó, y bajó el arma.

Aunque no dejó de empuñarla, lista para usarla si lo ameritaba.

Mierda. Lucius le ha estado mintiendo. —Darius reflexionó lo que yo también sospeché.

—Lo supe hoy que llegué. Y volví porque tu padre ordenó que lo hiciera, así que no me acuses de nada —exigí para Amelia, y frunció el ceño. Podíamos tener razón con eso de que Lucius la estuvo engañando, pero eso no obviaba el hecho de que ella provocó lo que le pasó a Hanna—. Y vaya sorpresa la que me has dado —añadí con sorna.

—Sombra, yo… —Alcé la mano para que callara y negué con la cabeza.

—Así como tú no te dignas a preguntarme nada y prefieres creerle al manipulador de tu padre, yo no tengo por qué escuchar tus malditas excusas —largué—. Por lo tanto, ahórrate lo que sea que vayas a decirme, porque para mí eres tan culpable de violación como él. 

—¡No! ¡Espera! —pidió afligida al ver que comencé a irme del cuarto—. ¿Qué quieres que haga para enmendar este error? Pide lo que sea y te juro que te lo daré —suplicó, y giré el rostro para mirarla.

—Piensa bien lo que dirás a continuación —recomendó Darius.

—Libera a Hanna. —Amelia me miró un tanto molesta por lo que pedí, pero se limitó a alzar la barbilla con orgullo—. Míralo de esta manera, tú tienes celos de esa prostituta, crees que me importa, entonces deja que se vaya y así ni ella se volverá a cruzar en mi camino ni yo en el suyo —aconsejé, y noté que lo estaba considerando.

—No puedo hacer eso… Déjame terminar —pidió en cuanto quise replicar—. Lo que sí puedo hacer es darles un día libre a todas, encárgate con tu élite de raptarla o lo que sea que se te ocurra, y sácala del país.

—Tú padre sabría de inmediato si la intento sacar del país —le recordé.

Lo que me proponía era una movida muy peligrosa que debía saber jugar. Además de eso, todavía no poseía los medios ni la libertad de hacer y deshacer a mi antojo, ni siquiera yo podía salir del país sin que Lucius lo supiera. Y tampoco contaría con la ayuda de Alice en esa ocasión, puesto que suficiente la estaba exponiendo ya con lo de Isabella.

—No si te haces cargo del tráfico de personas —garantizó Amelia, y alcé una ceja, aunque no viera que lo estaba haciendo—. Derek se encarga de los secuestros, pero tú de los envíos. Tienes comprados a los guardacostas, así que alguno de ellos puede ayudarte a desembarcarla antes de que llegue a manos de los socios de mi padre. Así podrás desaparecerla, incluso aquí en el país.

—Siendo sincera, no me parece un plan descabellado.

Tampoco a mí —coincidieron Darius y Serena.

—Eso sí, una persona puede pasar desapercibida, pero no intentes hacerlo con todas porque entonces ya sabes lo que pasará. Y no te estoy amenazando, únicamente te recuerdo que no solo yo manejo los dispositivos rusos —siguió Amelia, y reí sin gracia.

—¿Cómo sé que esto no es una trampa? —sondeé, y exhaló un largo suspiro, a la vez que se guardó el arma.

—Leah no me parió por donde crees —murmuró en voz baja, y su mirada se volvió más triste de lo que ya estaba—. Y yo no quería eso para esa tipa, por muy celosa que me sintiera. Simplemente le dije a mi padre quien era luego de que el administrador le comentara que tuviste una exclusiva por un año.

—Al menos dime si te das cuenta de cómo te manipula —farfullé, refiriéndome a Lucius.

Hizo un gesto de conformidad, con las comisuras de su boca hacia abajo, y se encogió de hombros, dándome a entender que lo prefería a nada.

—Cuando él y Derek son felices con mis actos, me hacen sentir especial e importante en sus vidas —confesó.

—Y yo le importo una mierda —se quejó Darius.

—¿Prefieres ser importante para unos manipuladores y no para tu hermano? —inquirí yo, y Amelia sonrió con ironía.

—Él al igual que tú, buscan cambiarme —se defendió ella.

—Darius no quiere cambiarte, Amelia. ¡Busca ayudarte, joder! —enfaticé—. Deja de hacerte la estúpida con eso.

—¿Y tú? —preguntó probándome.

Cuidado, Sombra —formuló Serena, y respiré hondo, sabiendo que, si me equivocaba, no podría rescatar a Hanna.

—Escoge una verdad y mantente en el juego —razonó Darius.

Miré a Amelia a los ojos por varios minutos y respondí únicamente cuando me sentí preparado.

—Yo solo quiero que dejes en paz a mi hermana, por eso sigo cumpliendo la promesa que te hice.

No podía fingir que de un segundo a otro ella me importaba, pero tampoco debía seguir ofendiéndola. Y, cuando Amelia sonrió entre agradecida y triste, entendí que no erré al escoger esa verdad.

—Me enamoré de ti por, y a pesar de tu sinceridad, tu descaro y frialdad, Sombra. Por eso siempre serás mi perdición, mi maldición y bendición a la vez —reconoció caminando hacia la puerta donde yo estaba—. Y créeme, así me eleves solo unas horas a tu cielo, me bastan para soportar mi infierno, que es peor que el tuyo. —Se había detenido frente a mí, alzando la cabeza para alinear su mirada con la mía, por lo que vi cómo sus ojos opacos por la tristeza brillaron con las lágrimas que se negó a derramar en ese momento—. Saca a esa tipa de mi vista cuanto antes —recomendó para luego abrir y marcharse.

Me quedé mirando su espalda mientras se alejaba de mí, en ese instante con un sabor agridulce por la situación, ya que no estaba siendo tan distinto a Lucius al utilizar sus métodos para conseguir un poco de lo que deseaba.

Puta mierda, volviste a conseguirlo —habló Darius en mi oído con una mezcla de alivio, tristeza y diversión en su tono.

Y reconocí que Alice tenía razón, pues yo no creía en la suerte, pero a veces me acompañaba, sobre todo cuando la muerte decía estar enamorada de mí.

____****____

En los siguientes días evité ir a mi búnker y opté por quedarme en el apartamento que rentaba, ya que, en la primera ocasión que fui para reunirme con mi élite y armar un plan con respecto a lo de Hanna, el pequeño Dasher me recibió con una felicidad absoluta y corrió a buscar su balón para que jugara con él.

Por unos minutos me planteé hacerlo porque no negaría que también me alegró verlo, incluso me hizo pensar de la nada en los gemelos roba osos de Italia (a quienes, para ser sincero, recordaba más de lo que era normal), pero en los siguientes segundos decidí que era mejor que no. Y todos me miraron como el peor de los humanos, un cabrón que ni siquiera podía tener tacto con los niños.

Owen incluso se indignó conmigo.

Y en el momento que Darius intentó consolar a Dasher, proponiéndole que podía jugar con él para que no llorara, lo tomé del brazo y me lo llevé hacia la sala de planeación. Alina había presenciado el desplante que le hice a su hijo, aunque, a diferencia de los demás, ella no me fulminó con la mirada.

Incluso pareció que fue la única que me comprendió.

—¿Qué carajos te pasa? Es solo un niño, jodido bastardo —reprochó Darius soltándose de mí.

—Deja que los mellizos se encarguen de él —exigí al ver que Owen y Lewis se habían quedado jugando con el pequeño.

—¿Y cuál es el problema si quiero hacerlo yo? —me retó.

Me di cuenta en ese momento de que estaba más encariñado de ese niño de lo que me temí.

—Yo no voy a limpiar tus malditas cagadas luego, Darius —advertí, y me miró sin comprender—. No he sido un insensible de mierda con el pequeño solo porque se me antojó serlo, joder. Mira lo que le hicieron a Hanna por mi cercanía con ella… ¡Puta madre!

Las cejas casi le llegaron al nacimiento del cabello al entender mi actitud.

—Lo estás protegiendo —susurró más para él, y bufé.

—He tenido que ser una completa mierda con las personas que me importan y créeme que no me funciona como espero. Pero, si no lo soy, las cosas serían peor —confesé con cansancio—. Y, si se ensañan con ese niño únicamente por cogerme más de las bolas, no me lo perdonaré jamás, Darius, y no quiero sacrificarlo a él si me dan a escoger —acepté con la voz ronca.

—Puta mierda —resopló, restregándose el rostro.

—Aléjate de ellos porque ya tu padre ha notado que te importan, pero existe la pequeña posibilidad de que crea que quien te interesa de verdad es Alina. Aunque ambos sabemos que no es ella —aconsejé y señalé al mismo tiempo.

Serena en una ocasión me mencionó que él trataba a Dasher como si fuera su hermanito, desde ese momento comencé a observarlos, pero me di cuenta que en realidad actuaba más como un padre con el pequeño. Se lo comenté a Serena de regreso para que lo estudiara bien y días después me confirmó que no me equivoqué, aunque aseguró que Darius intentaba no demostrar nada y nadie se daría cuenta tan fácilmente.

No obstante, sabiendo de quien nos rodeábamos, no podíamos confiarnos.

—Entiendo el punto, pero me da miedo alejarme por completo y que aprovechen mis ausencias para dañarlos —confesó frustrado.

—Hemos vuelto, viejo. Lewis y Owen se quedarán aquí. Serena también, y los tres pueden protegerlos en caso de que algo pase, o al menos avisarnos para que nosotros actuemos —le recordé, y soltó la respiración que había estado conteniendo.

—Esto es una mierda. —Bufó desesperado.

Aunque en cuanto lo hizo me miró y noté una comprensión en sus ojos oscuros que antes no estaba ahí. Y supe que no se trataba del hecho de que entendía mi actitud hacia Dasher, sino más a que, a pesar de que presenció todo lo que tuve que hacer en esos años, jamás se puso en mis zapatos como en ese instante.

Desde ese día ambos nos ausentamos del búnker, y tanto los mellizos como Serena se encargaban de estar con los Spencer para cuidarlos, aprovechando cada descanso que teníamos, aunque Owen también se mantuvo atento al plan que hicimos para rescatar a Hanna, puesto que él la consideraba una amiga luego de pasar tiempo juntos, en los que aseguró que no tuvieron contacto físico.

Cosa que no me importaba.

—Será hoy —informó Darius.

Amelia le había avisado del permiso que comenzó a darle a las trabajadoras de Vikings, ese día era el turno de Hanna y yo ya tenía todo preparado para embarcarla en uno de los barcos en los que traficaba las armas y personas, ya que sí, me hice cargo de eso y a Lucius no le extrañó, puesto que estar dispuesto a ayudarle a Darius lo llevó a creer que después de los tres envíos que hice antes de ir a Grecia comprendí que no había nada de malo con eso.

«Total, tú solo los envías, no haces nada peor que eso», me dijo en su momento, dejándose ver como si hablara del cambio climático.

Maldita mierda.

A Amelia no la volví a ver luego de la pelea que tuvimos, y no me extrañó que se ausentara. De hecho, había comenzado a sospechar que siempre hacía eso con la esperanza de que cuando la volviese a tener frente a mí no la tratara mal. Un tipo de estrategia de su parte que le resultaba porque me convenía.

—Belial, avísale a tu amigo —pedí, y este asintió.

Tanto él como Lilith provenían de una banda de moteros, así que mantenían sus contactos y amigos incondicionales por los que ponían las manos al fuego, ya que aseguraban que la fidelidad entre el grupo era inquebrantable. Uno de sus colegas se encargaría de secuestrar a Hanna y se la entregaría a Owen en un punto acordado antes de que a la pobre le diera un ataque por el susto.

Era cruel hacerlo de esa manera, pero lo mejor para que el plan resultara.

—Hasta el momento, Lucius sigue sin darse cuenta de que la familia de la chica ya no vive en la ciudad. Lo que significa que está seguro de que la ha manipulado bien —añadió Darius, y asentí.

Él y Marcus se habían encargado de averiguar sobre la familia de Hanna, descubriendo que no estaban secuestrados como le hicieron creer a ella, aunque el engaño que perpetuaron jugó de ambos lados, puesto que el padre de la rubia estaba convencido de que su hija se había ido a trabajar a otro estado y le enviaba dinero cada mes.

La situación nos facilitó hacerles creer que Hanna los quería de visita, así que Darius los sacó de Virginia por tierra y, si todo salía bien, pronto se reunirían con ella para que les explicara lo que en realidad pasó.

—Al fin conoceré a la dichosa Hanna —comentó Serena por la noche, cuando me avisaron que ya habían desembarcado a la rubia y otro amigo de Belial la recibió en un bote para llevarla a una playa cercana.

Esa banda de moteros me estaba resultando muy útil, aunque bastante caros.

—Pues no, te quedarás aquí con Darius —le dije, y frunció el ceño.

Teníamos un envío más esa noche y Darius tomaría mi lugar como Sombra mientras yo me iba con Belial y Lilith hasta la ciudad en donde nos entregarían a Hanna.

—No puede ser, merezco conocer a la chica que te ha hecho cometer esta locura —se quejó, y me reí.

—Lo habrías hecho si, en lugar de quedarte mirando tus series, te hubieras ido a las noches de fiesta en Vikings con nosotros —señalé, y rodó los ojos.

—Lewis se encargaba de dejarme claro que eran noches de chicos, Sombra. Era obvio que no me querían con ustedes.

—Yo nunca dije eso, y tu líder soy yo. —Ella chasqueó con la lengua en respuesta.

Aunque ya no dijimos nada y rato más tarde hice cambio con Darius tal cual lo planeamos, yéndome enseguida con Belial y Lilith, sintiéndome aliviado de poder proteger y alejar de mis enemigos a una de las personas que pretendían añadir a mi lista para que siguiera haciendo al pie de la letra lo que ellos querían.

«¿Te das cuenta de que solo te descarrilaste un poco y han tomado sus medidas?».

La discusión que tuve con Marcus semanas atrás en Grecia comenzó a reproducirse en mi cabeza mientras Belial conducía un coche que le proporcionó su banda. Tomaba el volante con una mano y la otra la ocupaba para coger la de Lilith, y miré fijamente ese agarre en ellos, perdiéndome en mis pensamientos.

—Te lo prometo por mi vida, hermano. Si le pasa algo a Alice por tu culpa, yo me encargaré de que lo lamentes por el resto de tus días —amenazó el moreno sin dejarme decir nada—. Y no soy un mal amigo, espero que lo entiendas. Simplemente sé dónde estoy parado y, así estés haciendo todo esto por tu chica y tu hermana, no será la mía quien sufra el daño colateral que provocarás.

—¿Me rindo entonces? ¿Dejo que tu gente se salga con la suya? —le reproché cansado.

Me sentía como una mierda por haber visto a White, por saber dónde estaba y no poder ir a buscarla, y que luego Darius me llamara para decirme que se aprovecharon de Hanna por mi culpa.

—Maldición, no. Solo te pido que no la cagues en la primera oportunidad que te dan en años. No cometas los mismos errores de un principio —recalcó, y maldije—. Nunca me ha molestado que Alice te ayude, pero entiende que, si le han hecho eso a Hanna porque has manipulado a los griegos para que te mantengan aquí, no quiero ni pensar en lo que podrían hacerle a mi hermana con todo lo que está haciendo para ti.

—No dejaré que sepan de ella —juré, y él sacudió la cabeza queriendo creerme.

Lo comprendía y no podía molestarme porque protegiera a su hermana, pues estaba haciendo lo mismo que yo, aunque esas mujeres ya decidieran por sí solas.

Tras esa conversación, y tranquilo porque Marcus se convenciera de que no tenía nada con Alice más allá de una amistad, le pedí a ella que se regresara a Estados Unidos y acepté que no me actualizara del rastreo de White a menos que por alguna razón la chica decidiera regresar a Virginia, o a California, ya que entonces sí tendría que recurrir a su ayuda para que se acercara a la Castaña y le pusiera el chip.

Y con ese plan en mente llegamos a la conclusión de que sí o sí debía entrar a trabajar a uno de los clubes de mi padre, puesto que eso le daría más posibilidades de acercarse sin levantar sospechas. Incluso le pedí que se hiciera amiga de alguno de los chicos de mi élite en Grigori, o de mi hermana y la miedosa de Jane si se daba la oportunidad.

—Nos esperan adentro. —La voz de Lilith me sacó de mi recuerdo.

Segundos después de eso Belial se estacionó en uno de los lugares libres de un parque frente al mar, en el que también había restaurantes y cafés.

—Nico es dueño de ese restaurante. —Belial señaló con el dedo el lugar de su amigo—. Se especializa en mariscos, todo fresco, por lo cual no es raro que entre al mar a pescar.

Y por eso se le había facilitado recibir a Hanna.

—Vayan por ella, yo espero aquí —los animé.

No era conveniente que me vieran con la máscara y tampoco me arriesgaría a entrar únicamente con la bandana puesta.

Le extendí un sobre a Lilith con el dinero que se le pagaría a su colega, y mientras esperaba le escribí a Serena para que me avisara lo que estaba pasando en el puerto, puesto que el envío faltante debía salir como si yo lo estuviera manejando para que no hubiera sospechas de mi ausencia.

Diez minutos después vi a mis compañeros de élite acercándose al coche de nuevo, Hanna caminaba con ellos, abrazándose a sí misma con un gesto contrito en el rostro que solo indicaba el miedo por lo que estaba pasando. Desde que volví de Grecia únicamente la miré de lejos cuando fui a Vikings para reportarme. Owen en cambio la buscó para saber cómo estaba llevando todo, aunque la chica se negó a hablar con él por miedo a lo que pudiera pasarle.

La gente de Darius le había comentado a él que, desde que yo me reuní con Lucius, el maldito dejó de llevarla a las habitaciones, e intuimos que se debió a que en ningún momento demostré molestia por lo que hizo y actué como si se tratara de una prostituta más del club. No obstante, eso no eliminaba el hecho de que se mantuvo abusando de ella un par de semanas.

—Sube —la animó Belial, abriendo para ella la puerta de copiloto. Yo me había acomodado en el lugar del piloto porque él y Lilith no continuarían ese viaje conmigo, regresarían al punto acordado con los demás para llegar juntos a nuestro búnker.

Yo llevaría a Hanna con las personas de confianza de Darius para que la sacaran de inmediato de la ciudad.

—Su Uber está listo, señorita —le dije en cuanto se subió.

Me miró asustada y sorprendida al principio, luego, al procesar lo que estaba pasando, su gesto se volvió lleno de dolor y enojo a la vez.

—Supongo que eres el Uber designado para las putas como yo —reprochó, e instintivamente recordé mi discusión con Amelia, pues esa había sido la única vez que utilicé esa palabra en voz alta para referirme a ella.

—Vaya, no sabía que eras de las que escuchaba las discusiones ajenas —me burlé, y sus ojos se ensombrecieron con más dolor. Imaginé que esperaba una disculpa de mi parte, o que negara que la llamé así. No que me burlara de ella—. ¿Qué tanto escuchaste?

—No creas que soy masoquista, solo escuché que le dijiste a tu novia que era una puta y me marché de inmediato, ya que fue suficiente lo que me pasó como para seguirme dañando más.

Hice un gesto de fastidio porque estaba harto de los dramas a pesar de entenderla, y me puse en marcha tras enviarle un mensaje a Darius en el que le avisé que iba en camino a reunirme con su gente. De soslayo noté que Hanna se limpiaba una lágrima de la mejilla, y sí, escuché en su voz que seguía dañada y dolida, no solo por lo que le pasó, sino también por mi actitud, puesto que me alejé de ella sin decirle nada luego de nuestra noche juntos; y después volví pretendiendo hacer algo para salvarla cuando ya la habían jodido por creerla alguien especial para mí.

—Pretendí hacer lo mejor para ti —le dije en cuanto me aburrí de escucharla llorando en silencio.

No podía ser tan cabrón luego de lo que le pasó.

—Hubieras comenzado por decirme que tenías novia, y que era la sobrina de ese viejo inmundo —reprochó. Hanna, igual que los que no eran parte de nuestras élites, creían que Amelia era hija de David y que se llamaba Lía—. Yo no imaginé que eras ese tipo de hombre.

—No, tú eres una pequeña ilusa que me creía un ángel. Y se le olvidó que Lucifer también lo fue antes de convertirse en el diablo —señalé.

—¿Y ahora me llevarás a conocer tu infierno? —se burló, y sonreí de lado, consciente de que no me veía—. Igual tienes razón, eres el diablo y con esa máscara lo dejas claro —añadió.

Esa noche usaba una máscara con diseño demoníaco y lentillas de iris rojos.

—Te llamé puta porque era de la única manera que convencería a Lía para que dejaran de joderte —expliqué—. Y no porque creo que lo seas, incluso si te has acostado con otros por dinero —aclaré.

—No me he acostado con nadie más después de lo que hicimos tú y yo, ya que como tonta creí que esa noche también fue especial para ti y por eso enviaste a tu amigo a ayudarme, para que nadie más me tocara mientras tú no pudieras estar conmigo de nuevo.

—No me jodas, Hanna —repliqué entre risas que carecían de diversión.

—Oye, lo siento por tergiversar tus señales, pero pasamos meses juntos, me ayudaste, nos hicimos amigos, me enamoré de ti y luego esa noche decidí cumplir algo que venía deseando desde hace mucho, y tú fuiste… —Fue bajando el tono de voz mientras decía cada cosa. Yo me quedé idiota porque lo que menos esperaba era que se enamorara de mí cuando nunca le di alas para que lo hiciera—. Jamás había hecho el amor, pero esa noche sentí que pasó eso, que me hiciste el amor.

Solté una carcajada sin poderlo evitar.

—¿Te estás escuchando? —La miré un segundo, ella se mordió el labio, pero ni aun así pudo contener el puchero. Los labios le temblaban por la intensidad del llanto—. Ni siquiera recuerdo haberte desnudado, Hanna. Lo único que recuerdo es que bebí como un adicto y luego me desperté soñando con…

Me quedé en silencio porque no podía decirle nada más, aunque lo que ella dijo a continuación me dejó imbécil:

—¿Isabella? Seguro que sí, ya que me llamaste con ese nombre mientras…mientras me quitabas la virginidad.

—Me cago en la puta —solté, deseando haber estado sin máscara y poder restregarme el rostro—. ¿Por qué demonios te enamoras de alguien que te folla pensando en otra?

—¡Porque soy una estúpida que se enamoró de la ilusión que se formó en mi cabeza de ti y de mí juntos! —recriminó, y sentí que fue más para ella misma—. Te creí mi príncipe y cuando te alejaste de mí y llegó tu amigo diciéndome que lo enviaste a ocupar tu lugar, porque se lo pediste para que no me dañaran, esa fantasía creció y pensé que a lo mejor para ti también fui especial, a pesar de cómo se dio nuestra primera vez. —En ese instante su llanto había aumentado—. No me importaba el tiempo que te tardabas, Sombra, ni tu ausencia me hizo dejar de estar enamorada de ti; entonces ese maldito administrador me llevó con el enfermo de su jefe. Y no tienes idea del choque de emociones que experimenté en el momento que él me dijo que necesitaba comprobar por qué era tu favorita.

Detuve el coche en cuanto colapsó con los recuerdos y me bajé para ir a su lado y obligarla a salir.

—Lo siento —pedí tomándola del rostro para que me viera a los ojos.

Podía odiar que se haya enamorado de mí. Me fastidiaban esos dramas, pero también me hacía sentir miserable que tuviera que pasar por ese calvario por mi culpa, puesto que por protegerla la expuse a algo peor.

—Me pidió… que imaginara que estaba contigo, porque si no lo hacía se encargaría de que el dolor fuera peor —consiguió decir entre el llanto, y la rabia que me inundó me hizo apretarle más de lo debido el rostro, aunque no la dañaba porque no trató de apartarse—. Y sí, quería comprobar si he visto tu cara, pero lo negué todo lo que pude, así que siguió llevándome a esa habitación hasta que se aburrió de no conseguir más que un no de mi boca. Luego dejó de buscarme, entonces volviste y, aunque esperaba que tú me buscaras, supuse que no podrías. Así que imagínate mi sorpresa cuando encima de eso te escucho llamándome puta y asegurándole a tu novia que solo soy eso para ti.

Le solté el rostro y pegué la espalda a la carrocería lateral del coche, maldiciendo por la jodida situación.

—No te busqué más porque a Lía le llegó el chisme de que eras mi exclusiva y que cada vez que iba al club era para pasármela contigo. —No le debía ninguna explicación, pero tras lo que pasó pensé en que se merecía eso de mi parte—. La última noche que estuvimos juntos ella llegó para comprobar si era cierto lo que le dijeron y sí, iba dispuesta a matar a quien fuera que encontrara en la cama conmigo, por eso mi amigo llegó por mí.

«Por eso ya no volví a buscarte, no quería exponerte más. Aunque tampoco te mentiré, Hanna: yo no recuerdo nada de esa noche, así que no fue especial para mí como lo fue para ti; además de eso, siempre te he visto como una chica miserable a la cual debía ayudarle un poco por el destino que te tocó.

A pesar de la oscuridad de la carretera y los árboles, por la noche que caía sobre nosotros, logré ver que mis palabras la lastimaron más de lo que ya estaba, pero me negaba a mentirle e ilusionarla. Ya suficiente mentía como para seguir haciéndolo hasta con las personas que no se lo merecían.

—Le pedí a Owen que tomara mi lugar, porque sabía que iban a querer seguir vendiéndote al mejor postor y siempre he notado que le temías a eso. Así que, si pasabas a ser exclusiva de él, lo respetarían, lo hacen si hay buen dinero en el medio —aclaré—. Eso también quitaría los ojos de ti y dejarían de tacharte como alguien por quien era fácil cogerme de las bolas. Luego de eso tuve que salir del país y volví lo más pronto que pude en cuanto me enteré que, a pesar de todo, te dañaron por mi culpa.

—¿Volviste por mí? —susurró ilusionada.

Era como si necesitara mi respuesta para borrar todo el dolor que le provocaron, o para aumentarlo, ya que escuchar mi verdad le afectaba más de lo que esperé.

—Para sacarte de este infierno —aseguré, y eso la tomó por sorpresa—. Estoy consciente de que no borraré lo que te hicieron con un lo siento, pero espero que lejos de esta mierda y rodeada de tu familia puedas recuperarte poco a poco.

—Pero ellos tienen a mi familia.

—No, te han mentido. Tu familia está esperándote en una bonita casa de California.

Por primera vez en la noche vi un brillo de felicidad y emoción en sus ojos.

—¿Hablas en serio? —preguntó tomándome de la mano enguantada, y asentí.

Comencé a decirle lo que descubrimos de su familia, así como del plan que armamos con mi élite, y con cada palabra que le fui soltando Hanna fue creyendo que de verdad era libre. Y sí, era muy posible que tuviera que esconderse por un tiempo, pero al menos estaría alejada del engendro que buscaba dañarla para dañarme.

Y le dejé claro que lo que estaba haciendo no era del todo benevolente, pues también tenía mis propios intereses con eso. Por ejemplo: quitarle a Lucius un medio para manipularme, aunque a ella no le importó, puesto que todo sería una bendición a sus ojos estando lejos de esa ciudad.    

—Ves como sí eres mi ángel —dijo Hanna cuando llegamos al punto de encuentro con la gente de Darius—. Y no fue tu culpa, tú me salvaste, Sombra.

Fruncí el ceño porque debía estar loca para decir eso.

—No impedí que te dañaran —señalé.

—Eso es algo que se salió de tus manos —aseguró—. Me salvaste y no me refiero solo a hoy, sino a cuando me entregué a ti, porque, imaginaras a quien imaginaras, me tomaste como lo más valioso que tenías entre tus brazos, haciendo de esa primera vez algo inolvidable. Le entregué mi virginidad a la persona correcta y con eso evité que cuando ese… —Supe en ese instante a donde quería llegar.

Lucius la habría dañado más si hubiese abusado de ella con su himen intacto, y, aunque con eso tenía un punto, era absurdo que pensara que la salvé con desflorarla. Todo lo contrario, le puse una diana más grande en el culo.

—Gracias por esto que haces por mí —prosiguió, obviando lo que diría, y la entendí.

—Te lo mereces.

—Ven conmigo —propuso de pronto, y la miré por un segundo—. Escapa conmigo, Ángel, no mereces esta vida y podría ser tu oportunidad. —Reí irónico por su propuesta, ella era demasiado inocente e ingenua.

—Aunque no lo creas, soy adicto a mi relación tóxica con Lía —mentí.

Lo hice para evitar explicarle lo inexplicable, y para que su ilusión por mí muriera de una vez.

—¿Y qué pasa con la chica que mencionaste aquella noche? —Quiso saber, y entendí que se refería a la Castaña.

Estábamos tomándonos unos minutos para charlar por última vez, ya que no volveríamos a vernos, aunque ella prometió que me llamaría cuando todo fuera seguro.

—¿A qué te refieres? —cuestioné indiferente para que no se hiciera ideas que no convenían.

—¿Fue tu novia? ¿Ese amor imposible que no puedes tener y por eso te conformas con esa loca asesina? —Solté una carcajada.

Mi novia.

—Nadie importante en realidad. —Me reí de mí mismo por lo fácil que me era decir esas palabras, y lo difícil que resultó creérmelas cuando intenté engañarme con ellas—. Tuvimos una aventura hace años, pero no pasó a más. Nunca nos pusimos etiquetas, así que fuimos nada.

—La dueña de tus besos, el motivo de que tu voz robotizada se entrecorte al pensarla, tu nada y tu todo a la vez. —Rio al decir aquello—. Tienes razón, jamás se le podría poner etiqueta a eso. —Me quedé en silencio, procesando sus palabras—. Ojalá Dios me recompense algún día con un hombre como tú, porque me encantaría ser su nada.

—Te castigaría entonces —señalé, y chasqueó con la lengua.

—Me bendeciría, Sombra —replicó.

Me sentía un poco más tranquilo porque, a pesar de que confesó que se había enamorado de mí, no tomó a mal darse cuenta de que no le correspondía. Y eso me hizo ver por qué, a pesar de todo, pudimos entablar una amistad, puesto que era fácil con una chica que en lugar de lamentarse por sus desgracias, o por las cosas que no salían como ella esperaba, optaba por seguir adelante y tomar lo que la vida quería darles.

—Deberíamos irnos ya, antes de que perdamos la mejor oportunidad de pasar desapercibidos —recomendó uno de los hombres de Darius, y asentí.

Hanna exhaló un largo suspiro.

—Estarás bien —le aseguré, y asintió sonriendo.

—Nunca me cansaré de decirte gracias y ojalá pueda volver a verte, Sombra —se despidió dándome un abrazo que correspondí.

—Mejor ruégale a tu Dios que no —recomendé al separarme de ella, y negó divertida.

Segundos después de eso caminó junto al chico que llegó con su recomendación, y yo solté el aire que no sabía que estuve reteniendo, satisfecho de haber conseguido hacer esa misión con éxito.

Un segundo más

Elijah

 

No negaré que en los días siguientes al rescate de Hanna nos mantuvimos a la expectativa de lo que podía pasar, incluso tuvimos que llevar a cabo otros secuestros de las trabajadoras del club para que no fuera obvio lo que sucedió. La banda de moteros, amigos de Belial, hizo una fortuna con eso, por lo que tuve que pagarles, mas no me quejé porque ejecutaban un buen trabajo para no dejar rastros de ello.

Lucius, por su lado, estaba al borde de la locura porque le estaban robando a sus chicas, incluso Derek tuvo que instalarse en la ciudad (ya que luego de nuestro altercado lo enviaron a otra zona para no cruzarnos) y trabajar de lleno con su élite, asegurando que él pararía con los secuestros. Y pude haberle pedido a los moteros que se detuvieran, pero seguía siendo un cabrón orgulloso, así que en lugar de eso opté por ayudarles. Y, en las semanas que aquel malnacido pretendió hacerse cargo del asunto, secuestramos a tres chicas en un mismo acto, pues las pobres salieron juntas creyendo que con ese método evitarían el destino que tuvieron las demás.

—Dile a Nico que se ponga en contacto con Lucius y pida rescate por las mujeres que están en Vikings por voluntad propia —le ordené a Belial.

Era la primera vez que se pediría rescate.

—¿Y qué hacemos con las que no? —Quiso saber Lilith.

—Ofrézcanles la oportunidad de huir, pero que ya no vuelvan a acercarse por estos rumbos. A las que son de otros países podrían llevarlas a sus embajadas —recomendé, y la pareja asintió.

Tres días después de eso, Lucius me convocó para informarme que Derek se retiraría de esa misión, pero quería que yo me hiciera cargo y me exigió conseguirle información sobre la banda que osó ofenderlo de esa manera, para luego matarlos con sus propias manos. Y estuve tentado a decirle que por qué no le demandó tal cosa a su sobrino predilecto, pero me contuve porque la respuesta era obvia: así el malnacido fuera un mediocre, la puta de los Vigilantes seguía siendo yo.

—Los bastardos me piden un rescate por las últimas tres que raptaron —masculló, y bebió el licor de su vaso para pasarse ese trago amargo con otro.

Lucía demasiado cabreado, yo en cambio estaba divertido de verlo así, pero él no lo notó por mi máscara.

—Supongo que te resultará más económico reemplazarlas por otras putas. —Mi tono era desinteresado, incluso usando el cambiador de voz.

—Lo sería si ellas no fueran las exclusivas de unos socios, por lo que debo recuperarlas.

—Conociendo la calaña de tus socios, podrán escoger a otras de las zorras del club como exclusivas ¿no? —Me mantuve usando las palabras despectivas para que él siguiera creyendo que me acoplaba perfectamente.

—No se trata de que puedan o no, sino de que: no recuperarlas sería como un golpe a mi orgullo y a toda la trayectoria casi intachable que tengo en este mundo. Y no permitiré que estos imbéciles me lo jodan —reprochó, y sonreí, consciente de que no me vería—. Lo entenderías si tú también quisieras recuperar a tu puta exclusiva —señaló.

Mi sonrisa se borró de golpe y nunca agradecí tanto usar la máscara como en ese momento, ya que intuí que me estaba probando porque Hanna fue la primera en ser raptada, y yo continué con mi vida como si nada hubiera pasado. Aunque también lo hice al volver de Grecia y jamás caí en sus insinuaciones sobre ella y las noches que le daba, así que no debía parecerle extraño.

—Yo solo tengo una exclusiva. Y evitaré decir su nombre porque quiero creer que para ti está claro de quién se trata —desdeñé, y noté cómo apretó la mandíbula.

—¿Sugieres que mi hija es una puta? —largó, y casi le creí que le ofendió mi insinuación.

—Joder, lo estás sugiriendo tú. Yo mencioné la palabra exclusiva, y esa no solo define a las tipas que trabajan en el club —expliqué seguro, incluso con un toque de altanería.

Él rio sin gracia.

—Cuando quieres eres inteligente. —«Y tan manipulador como tú, jodido bastardo», pensé—. Dame buenos resultados esta semana porque a la siguiente irás a Tokio con tu élite para apoyar a mis socios de la Yakuza —pidió cambiando de tema, y lo último me tomó por sorpresa.

—Si quieres que te dé excelentes resultados, explícate mejor —sugerí en tono neutro, pues no lo podía provocar con el cabreo que tenía por los secuestros.

Comenzó a hablarme de que en Tokio había una organización que no estaba dejando trabajar a la Yakuza con el tema de la trata de blancas, ya que ellos exportaban a sus mujeres hacia América, Europa y Rusia como un intercambio que llevaban a cabo con sus socios de dichos continentes. Y debido a que sus intereses estaban en juego (y sobre todo un pedido especial que hizo y que debía llegar sí o sí a Estados Unidos), Lucius enviaría a una comitiva de Vigilantes para asegurarse de que los líderes de la mafia hicieran bien su trabajo.

Algo que igualmente ellos hacían cuando la situación lo ameritaba, pues a lo largo de esos tres años vi ir y venir a miembros de diferentes mafias mundiales que llegaban para monitorear lo que la organización hacía, por lo tanto, Lucius también estaba en su derecho de hacer lo mismo.

Y decía eso únicamente porque me convenía salir del país.

—Ya sabes que acato tus órdenes, pero te advierto que, si me envías junto a Derek, es seguro que solo uno de nosotros volverá. Y seré yo, te lo prometo —murmuré con tranquilidad, y él soltó una risa amargamente divertida.

—Tienes tanta suerte de que mi hija te proteja. —Pensé en todo lo que podía responderle para provocarlo, pero me mordí la lengua—. Y no, Derek irá a Irlanda con Amelia para una reunión con los O’Connor —Lo dijo con tanta malicia que entendí que quería ponerme celoso porque, por supuesto, él sabía de los enredos de su hija con Cillian.

—Perfecto —me limité a decir.

No me había vuelto a ver con Amelia desde nuestra pelea, pero esa semana Dominik llegaría a la ciudad, por lo que pronto propiciaría un encuentro para que él se encargara de darle una buena despedida, así no me jodería a mí luego, o reclamaría cuando no le respondiera las llamadas, ya que me daba mi espacio estando en el país, no obstante, había comprobado que se volvía más intensa en cuanto estaba fuera.

Además de que no me convenía que se siguiera decantando por Cillian, pues no podía sentir celos, pero sí debía mantener mi estrategia.

Esa semana ideamos un plan con Belial y Nico para poder darle a Lucius lo que pretendía, y al final, el motero sacó su ventaja (y no solo económica) al inculpar a una banda enemiga de la cual siempre había querido deshacerse. Íbamos a tomar un riesgo con eso, ya que los tipos podían delatarnos, pero en cuanto le entregué a Lucius a tres del grupo, como el despiadado que era, ni siquiera los dejó explicarse y los torturó hasta matarlos con sus propias manos.

—Mierda —se quejó Marcus al ver que a uno de los tipos se le saltó un ojo de la cuenca luego del puñetazo que le propinó Lucius.

Solo él y yo estábamos en el granero de tortura junto a la élite de Lucius. Los demás miembros de mi equipo se quedaron afuera por órdenes mías.

Y, aunque no me intimidó lo que pasaba, sí me puso un poco nervioso la manera en la que ese malnacido se estaba ensañando con esos hombres, ya que lo hacía parecer como advertencia y supe que al estar en Tokio debía tener más cuidado con lo que haría. Incluso deseché la idea de enviarle a Alice el mensaje de texto que pensé en escribirle esa mañana, en donde le pediría que me actualizara sobre las ubicaciones recientes de Isabella.

—Andando —animé al moreno luego de que crucé unas palabras con Lucius cuando este terminó de matar a los pobres diablos que le di.

Se mostró satisfecho y hasta desinteresado en recuperar a las chicas por las cuales Nico le pidió rescate, incluso me dio los cuatro días que restaban antes del viaje a Tokio para que me los tomara libres junto al equipo.

—Si no le importan, ¿qué pasará con ellas? —preguntó Marcus en cuanto le dije que Lucius no pagaría el rescate de las chicas.

—Van a morir. —Mi voz robotizada dejó entrever la frialdad en esas palabras.

—Estás jodiendo, ¿cierto? —Quiso saber, y negué con la cabeza. Me tomó del brazo cuando salimos del granero y me hizo verlo a la cara—. Esas chicas son inocentes y conoces mi postura con respecto a las mujeres, Sombra.

—Pedir rescate por ellas fue una movida peligrosa, Marcus. Y, si el destino me está dando una segunda oportunidad de enmendar ese error, voy a tomarla, ya que con entregarlas me arriesgaba a que las tres, o una de ellas, haya visto a alguien o algo y se lo dijera a Lucius. Cosa que mandaría al carajo mi teatro.

—Me cago en la puta. Yo no estaré dentro de esto —advirtió con voz desesperada, y me encogí de hombros, siguiendo de inmediato mi camino y avisándole a los demás que podíamos marcharnos.

Me subí a la Todoterreno en la que nos esperaban Lewis y Owen, y minutos después Marcus le dio un portazo a la puerta de su lado al cerrarla tras subirse también. Entendía su actitud, por eso me quedé en silencio (dejándolo hacer su berrinche), pero no cambiaría de opinión con respecto a esas chicas, ya que no le mentí cuando dije que cometí un error al pretender que Nico las devolviera, pues ellas podían delatarnos.

Y menos mal que se me presentó la oportunidad de enmendarme, y no me importaba cuanto más me hundiría asesinarlas. Era la única opción que tenía de asegurarme de que jamás fueran a hablar de lo que pudieron haber visto, ya que enviarlas lejos no era garantía de que no volvieran por su cuenta con sus clientes exclusivos para sacar ventaja con ellos. 

—¿Todo bien? —preguntó Lewis.

—¡No! ¡Nada puede estar bien! —espetó Marcus mientras yo me sacaba la máscara.

Todos los coches que usábamos tenían los vidrios negros, los cuales me permitían quitarme la máscara cuando necesitaba respirar sin la tela de por medio.

—Viejo, sabemos que el jefe es un descendiente de Maquiavelo. Solo respira —le aconsejó Owen, refiriéndose a que ya ambos habían presenciado antes las torturas que Lucius impartía a sus enemigos.

Para ese momento ya me había dejado de sorprender lo que nos hicieron con la Castaña años atrás.

—Pues este hijo de puta también lo es —espetó Marcus refiriéndose a mí.

—¿Y lo estás analizando hasta hoy, cuando has visto cómo ha torturado a nuestros contrincantes en las misiones? —acotó Lewis.

Me tensé al recordar que tuve que torturar a un Grigori tiempo atrás. Por dentro lo lamenté, pero por fuera todos creyeron que lo disfruté.

—No me importan los demás, me jode que sepas mi postura con respecto al género femenino y aun así me hagas partícipe de lo que pretendes hacer con esas chicas —respondió el moreno para mí, y los mellizos se miraron entre sí al no comprenderlo.

—Tú no harás nada, imbécil. Así que deja ya el escándalo —repliqué.

—Pero me has dicho lo que pretendes.

Sí, cometí un grave error con eso.

—¡Porque es eso o dejar que alguna de esas chicas le dé una pista a Lucius sobre quiénes las secuestraron en realidad, y él comprenda que le hemos mentido, joder! —espeté. Lewis decidió ponerse en marcha y Owen optó por indicarle el camino, aunque su hermano lo conocía hasta con los ojos cerrados—. Entiendo tu postura y la respeto, y sí, cometí un error al decirte lo que pasaría. Pero respeta tú que a estas alturas de la partida, si debo sacrificar a mis peones, lo haré sin pensarlo y sin remordimiento alguno.

—Espero que sigas pensando lo mismo cuando te toque sacrificar a un peón al cual le hayas tomado cariño —largó, y esnifé todo el aire que me fue posible para luego soltarlo con lentitud.

Estaba seguro que él no le tenía cariño a ninguna de esas chicas, pero respetaba demasiado su propia postura y luchaba por ella cada vez que podía, por eso su actitud.

Cuando Lewis me dejó en mi apartamento y ellos partieron hacia el búnker, me puse en contacto con Belial para que Nico le entregara a él a las tres chicas. Y le di indicaciones a Lilith de que las interrogara sobre lo que sabían; Serena la acompañaría para leerlas y asegurarse de que dijeran la verdad, pues de eso dependería que vivieran o no.

Y no me equivoqué, las tres mintieron a pesar de que Lilith fue bastante ruda, por lo que me hice presente en el lugar a donde las llevó Belial, y las hice beber agua envenenada.

—Un tiro entre ceja y ceja es tu estilo, ¿qué pasó ahora? —El tono que Lilith usó fue de broma, pero me tensé mientras veía a la última chica dejar de sacar espuma por la boca.

Serena se había ido al búnker rato atrás.

—No con las mujeres. —Fue todo lo que dije.

Y menos con la chica de cabello rizado y oscuro a la cual me planteé dejar vivir, hasta que Serena me dijo que era la que más ocultaba lo que había visto mientras estuvo secuestrada.

____****____

—¡Jesús! —Dominik se sentó de golpe en el sofá de la sala luego de despedir a Amelia.

Lo escuchaba cansado pero satisfecho.

—No me hagas quedar mal, viejo —lo chinché.

Me crucé de brazos mientras recargaba el hombro en el marco de la puerta de la recámara de visitas, donde me mantuve todo el rato que él ocupó mi lugar por tercera vez dentro de los cuatro días que me dieron de descanso.

—Por hacerte sentir orgulloso me duele la polla —se quejó, y apretó su entrepierna a la vez que se sacaba la máscara. Él usaba el cambiador de voz que se adhería a la dentadura—. ¿Nos escuchaste?

—Por supuesto que no —me apresuré a responder.

La primera noche que invité a Amelia al apartamento para hacer las paces cometí el error de creer que serían silenciosos y maldije que las habitaciones estuvieran una al lado de la otra. Y menos mal él tenía audífonos a la mano (ya que sus cosas estaban en la recámara de invitados), lo que me ayudó a escuchar música desde mi móvil para no tener que oír cómo hacía gemir de placer a la mujer que yo solo quería que lo hiciera de dolor.

—Tengo la mala suerte de venir siempre que está hipersexual —musitó, y alcé una ceja.

—Creía que eso era bueno para ti.

—Diablos, no… O bueno, sí lo es cuando voy a darle el primer polvo, pero luego debo comenzar a rezarle a todos los santos del mundo porque la chica es insaciable y cree que, porque ella se recupera rápido, yo también —explicó, y me mordí el labio inferior tratando de no reírme abiertamente de lo que dijo.

No ignoraba de lo que hablaba, pues, aunque años atrás no supiera nada de la condición de Amelia, siempre me pareció una mujer insaciable por días y apagada sexualmente en otros.

—¿No que esas eran las ventajas de ser yo? —bromeé, y rodó los ojos.

—¿No te dolía la polla a ti? —preguntó a cambio, y negué divertido.

—También soy hipersexual sin ser bipolar —apostillé, y bufó.

—Eres narcisista, por eso no aceptarás que te dolía la polla, aunque sí lo hiciera —acusó, y solté una carcajada—. Anda, tráeme hielo —pidió segundos después, y volví a alzar una ceja con ironía esa vez.

—Que te la folles por mí no significa que seré tu sirviente —aclaré sin dejar de reírme.

—Anda, no seas mierda, que siento las piernas como gelatinas.

—Eres un marica —me quejé.

—Son tres días consecutivos de follar como conejos, Sombra. Eso equivale a correr una maratón por el mismo tiempo.

—Mierda, creo que me hubiera salido más ventajoso pedirle a Fabio que ocupara tu lugar —satiricé, y lo vi tensarse.

—Tal vez sí cuando él también estuviera en sus días de hipersexualidad, pero no cuando entrara a la depresión. —Fruncí el ceño y analicé lo que me estaba diciendo.

Enseguida recordé que tanto él como Dominik sabían mucho de las condiciones mentales y nos daban el medicamento justo para que Amelia recuperara la calma en sus peores días. Y lo relacioné a sus carreras, hasta ese momento.

—No me digas que Fabio es…

—¿Bipolar? Sí, lo es —me cortó él.

En ese momento comprendí mucho de la actitud de su hermano.

Dominik tuvo la confianza de decirme todo sobre la condición de Fabio, aceptando que se guiaban mucho de lo que él experimentó y seguía experimentando, para poder ayudar a Amelia sin perjudicarla más. También aprovechó para confesarme que se había tomado el atrevimiento (en un par de ocasiones) de hablar con ella usando sus tácticas como psicólogo, y descubrió que todavía no era tarde, que la chica podía salir de ese pozo oscuro, y sobre todo de las garras del manipulador de su padre.

—Comprendo tu postura, pero la conociste en su mejor momento y tengo la esperanza de que muy dentro de ti todavía comprendas que ella no es mala —me dijo. Teníamos alrededor de una hora hablando—, y que no es tarde para que recuperemos a esa Amelia.

—No me interesa recuperarla —zanjé. Me removí en mi asiento para acomodarme, y él soltó un suspiro.

—De esa manera le quitarías la mejor arma a su padre, LuzBel —recordó, y me tensé.

Ya sabía mi apodo gracias a Amelia, aunque por suerte, casualidad o lo que fuera, ella nunca lo llamó por mi nombre real. Y no desconfiaba de Dominik, para nada. Dejarlo seguir siendo Sombra lo demostraba, pero prefería que ignorara mi nombre y apellido, a pesar de que fuera muy probable que ya lo supieran él y Fabio, tomando en cuenta que este último fue alumno de Aki y el tipo fue conocedor de que su hermano trabajaba de cerca con los Grigori.

—Además, no desconoces lo que ha vivido, todo lo que sufrió a pesar de que ella ahora hable de eso como si no fuera nada. Y sí, nadie negará que ha cometido errores imperdonables, pero eso tampoco quita que sigue siendo una chica a la que han usado siempre y, cuando no han podido, pues ha pagado consecuencias duras.

—¿Qué tanto te ha dicho? Porque hablas como si sabes más de lo que me dijiste, Dominik. Y eso no pudo habértelo comentado en un par de ocasiones —satiricé, y sonrió de lado, diciéndome así que lo pillé fácil.

—Sí fueron un par de ocasiones, pero hablamos largo y tendido —se defendió—. ¿Ya sabes que no recuerda nada de cuando asesinó a su madre porque luego de eso le dieron electrochoques? —Fruncí el ceño, y fue respuesta suficiente para él—. Lo que ella cree que hizo es porque su padre se lo dijo y, aunque sé que sospecha que le mintieron, todos los que estuvieron presentes ese día manejan la misma coartada que Lucius, así que no hay nadie que lo desmienta, por lo que ella sigue siendo la asesina de su madre.

—Maldición —murmuré, pensando en todo lo que Darius me dijo años atrás, analizando que había mucho que él desconocía por la manera en la que Amelia lo alejaba de ella.

Dejé que Dominik siguiera hablándome de todo lo que sabía de Amelia y me sorprendió que fuera tanto, o lo suficiente como para comprender por qué ella aseguró que mi infierno era mejor que el suyo.

Mierda.

Incluso comencé a sentir un poco de empatía a pesar de las cosas que me hizo (y hacía) para seguir manteniéndome a su lado, y hasta llegamos a presuponer (Dominik sobre todo) que era muy posible que, dejando de lado el amor enfermo que me profesaba, podía estar sufriendo en realidad de dependencia emocional a causa del trastorno de apego que posiblemente atravesó, cuando Leah tuvo que huir del malnacido de Lucius.

—Sinceramente, yo creo que ella es un diamante que han tratado de hundir hasta lo más profundo en aguas pantanosas. Y, si te atrevieras a ayudarle a salir de allí, no solo tendrías a la mejor aliada, sino a una amiga poderosa. Si lo quieres ver desde el punto que te conviene. —Miré a Dominik luego de que me dijo eso.

Lucía apasionado y no supe si era en realidad porque amaba su carrera o por algo más.

—¿Pretendes que, aparte de fingir que la follo, finja que me cae bien? —inquirí.

—No pretendo que finjas, viejo. Te sugiero que te des la oportunidad de ser su amigo porque no tienes idea de cómo ella te idealiza —aclaró, y se puso de pie.

Lo imité porque ya era la una de la madrugada y al siguiente día ambos debíamos tomar un vuelo, él para regresarse a Italia y yo para ir a Tokio junto a mi élite.

—Me lo pensaré —prometí, y asintió—. ¿Le dijiste que cuidara de los Spencer? —pregunté.

A Darius y a mí nos preocupaba lo que podía pasar con ellos en esas semanas solos, pues, aunque nos habíamos ausentado del búnker, no descartábamos la posibilidad de que ya los hubiesen fichado. Y a pesar de que Darius se quedaría esa semana al pendiente de ellos, a la siguiente se uniría a mí porque Lucius le pidió que fuera él quien asistiera a las reuniones con el jefe de la Yakuza, y cedería únicamente para no cabrear al viejo y que eso lo motivara a ensañarse más con Alina y Dasher.

—No la dejé correrse hasta que me prometió por su vida que lo hará.

—Hijo de puta, no tienes por qué ser tan abierto con esos detalles —me quejé, y rio.

—Sí tengo que serlo, hermano. No olvides que te interpreto a ti, así que, antes de que ella te pregunte algo de lo que no tengas ni idea, aguántate los detalles, puesto que no creas que es de mi agrado contártelos —aseguró, y le di la razón.

Me despedí de él tras eso y le di las gracias por cubrirme esos días, luego me fui a la habitación de invitados que en realidad yo ocupaba, aunque mis cosas personales se encontraran en la principal para que no hubiera dudas de que era mía cuando Amelia llegara.

Cabe destacar que no dormí nada, puesto que debía estar en el hangar en tres horas para reunirme con mi élite y parte de la de Lucius, para partir en su jet hacia Japón. Y ya todos estaban ahí cuando llegué, Marcus todavía molesto conmigo por lo que hice, gracias a que dos días atrás los noticieros y los Vigilantes le hicieron saber de la muerte de tres damas de compañía a las que supuestamente contrataron para una noche de pasión, y terminaron asesinadas por múltiples golpes y envenenamiento por parte del cliente enfermo que las contrató.

Vikings estaba siendo investigado a causa de eso y, con la ayuda de un movimiento feminista que pedía justicia para las chicas, los policías vendidos con Lucius se vieron en la obligación de sacar adelante el caso, aunque el viejo se las arregló para que culparan a los tipos que le entregué y que él torturó.

—Darius me pidió que te avisara que se unirá a Serena como vigía, en el edificio ya acordado —avisó Marcus—. Activa el intercomunicador para que puedas escucharlo.

Había pasado un poco más de una semana y nuestro trabajo en Tokio se volvió entretenido, pues la Yakuza de verdad estaba teniendo problemas graves con los miembros de LODS, como lograron identificar a la organización (gracias a que vieron esas letras grabadas en el tahalí de uno de los ninjas a los que atraparon) que estaba mandando al demonio cada envío de mujeres que pretendían hacer, o los secuestros que querían llevar a cabo.

Nos unimos a ellos en varias de sus misiones y conseguimos tener éxito, aunque solo logramos hacer un envío de los tres que hacían cada semana.

—Creí que iba a tardarse más con el kumichō[1]—comenté mientras activaba el intercomunicador.

Había aprendido a decirle jefe en japonés al líder del clan, porque era un hombre muy tradicional que odiaba cuando lo llamaba así en mi idioma. Y dirigirme a él por su nombre no era una opción viable ni inteligente, ya que se tomaría como una falta grave de respeto; y, aunque estuviera obligado a ser un Vigilante más, no pretendía ser enemigo de todas las mafias del mundo.

—Al parecer, él le pidió que nos apoyara —explicó el moreno.

Las cosas entre Marcus y yo ya estaban mejor.

—Sinceramente, su esposa se pasó de copas y comenzó a tirarme los tejos. Por suerte, el tipo entendió que no es mi culpa ser irresistible y mejor me envió con ustedes —dijo Darius por el intercomunicador.

El idiota había escuchado parte de lo que hablábamos.

—Cuidado, no vaya ser que pretenda que mueras en batalla para no meterse en un problema con Lucius —le dije, y lo escuchamos reír.

Estábamos por llegar a Zeus, un club donde nos reuniríamos con miembros de la Yakuza para planear nuestra siguiente movida.

—No tiene ni idea de que el viejo le daría las gracias por hacer el trabajo que él no puede —ironizó él.

—Pero qué dices, hermano. Si papi haría una guerra por ti —lo chinchó Marcus, y contuve la risa.

Come mierda —Marcus se carcajeó al escucharlo.

—Owen y Lewis entrarán con Marcus y conmigo al club, los demás tomen posiciones discretas y dejen que los Yakuza y la élite de Lucius se encarguen de cuidar el lugar a la vista del público —ordené, cerrando la comunicación del otro intercomunicador para que solo me escuchara mi equipo.

Escuché un «de acuerdo» por parte de cada uno y enseguida de eso entramos a Zeus, un club excéntrico y muy característico de la ciudad. Los Yakuza, igual que nosotros, no eran para nada discretos (debido a que tenían comprada a media ciudad), ya que ellos usaban uniformes ninjas negros y nosotros el traje táctico del mismo color que nos identificaba como Vigilantes.

Demonios.

Si alguien me hubiera dicho tres años atrás que me llamaría Vigilante por cuenta propia, no hubiera vivido un día más, pero ahí estaba esa noche, creyéndome mi mentira y portando esa máscara, con el diseño de Ghost, como un malnacido que merecía lo peor del mundo por todas las cosas que había hecho.

—Alice me preguntó esta tarde si tu móvil funcionaba —dijo Marcus en un susurro, porque el líder del grupo estaba explicando lo que querían hacer dentro de dos días.

Asentí como respuesta, mi móvil funcionaba, pero olvidé cargar la batería y murió mientras íbamos al club.

—Está allí, cargando —expliqué, y señalé el aparato con la cabeza, conectado a la corriente.

—Pide que lo revises en cuanto puedas.

—Vale —murmuré, y puse atención a lo que decía el tipo.

No tenía idea de lo que estaba haciendo en realidad, pero, luego de la charla que tuve con Dominik, le respondía a Amelia todas las llamadas que me hacía, a excepción de los mensajes de texto, ya que me quitaban el tiempo. Mayormente hablábamos de lo que estábamos haciendo, ella en Irlanda y yo en Tokio, por esa razón olvidé cargar la batería del móvil esa tarde.

Evitaba las conversaciones subidas de tono, aunque sí le tiraba sus pullas de vez en cuando con respecto a su amante. Y ella por lo general se acoplaba a lo que yo quería hablar, siendo como siempre la chica complaciente que pretendía hacerme olvidar la verdadera razón de estar con los Vigilantes.

Y lo aceptaba, le estaba dando una oportunidad que ella aprovechaba bastante bien, puesto que luego de dos días sintiéndome obligado a escucharla, al tercero comencé a sentirme cómodo.

—¿De qué edades dijiste que eran esas personas? —le preguntó Marcus al líder del grupo mientras yo me acercaba a mi móvil para encenderlo.

—No lo dije —respondió él con su acento asiático bien marcado, igual que la arrogancia.

—¿De qué edades son? —indagué yo, más arrogante que él, en lo que mi móvil se actualizaba.

—Ya te dije que eso no importa —zanjó, pues le hice esa misma pregunta en el envío pasado que hicimos.

—Y ya sabes mi respuesta, así que no me hagas perder el tiempo. —Las aletas de su nariz se abrieron y cerraron demostrando la molestia por mi respuesta, y apretó la mandíbula sin dejar de mirarme.

Yo tampoco dejé de mirarlo y deseé que le ardieran los ojos, como Owen aseguró que le ardían a él cuando me veía con esas lentillas totalmente negras que utilizaba. Eran las que me regaló Andru cuando estuve en Grecia.

Y únicamente me retiré de esa guerra de miradas cuando mi móvil vibró con el mensaje que Alice me envió horas atrás.

Lo leí dos veces sin comprender, pero a la tercera mi corazón se aceleró, la garganta se me secó y mi respiración hizo que mi nariz aleteara más que la de ese japonés que se creía más que yo.

Tan cerca y tan lejos, con un mundo de distancia y decisiones que la aumentaban. Mismo país, ciudad y día. Y debía verla como el lobo a la luna. Estaba más que claro, Isabella se encontraba en Tokio, y apreté el móvil en mi mano con la necesidad de escribirle a Alice ¿dónde la había visto?

—Es el envío especial de tu jefe.

—Explícate mejor —exigió Marcus al tipo, y ambos me sacaron del trance en el que entré.

—Entre diez y quince. —Puse mi atención de nuevo en ellos cuando el imbécil dijo tal cosa.

—¿Personas?

—Años —respondió a mi pregunta.

—No.

Vete a la mierda. —Escuché por el intercomunicador a mi élite en cuanto el tipo aclaró que se trataba de las edades de nuestras víctimas, y yo negué con la cabeza.

—Estoy en el tráfico de armas e incluso de mujeres —enfaticé con voz gélida, aunque se escuchara robotizada—, pero jamás de niños.

—Órdenes son órdenes —desdeñó él.

—Pues métetelas por el culo, hijo de puta, pero ni mi gente ni yo apoyaremos eso —espeté, y noté que Owen y Lewis se pusieron alertas, igual que Marcus.

Darius giró indicaciones para los demás.

—Según nos dijeron, este es el envío más especial de tu jefe. Por eso los trajo a ustedes, para que saliera a la perfección.

Me tensé al escucharlo, sintiendo en el fondo de mi ser que algo muy malo pasaría si me negaba, mas no podía, ya suficiente me había rebajado como para cometer algo tan atroz. Me convertí en un jodido despreciable y acaté cada orden que me dieron, incluso asesiné a esas chicas, a los Grigoris, con tal de proteger a White y a Tess, pero los niños jamás estuvieron en la ecuación.

—No…

Hay movimiento de personas a dos edificios de aquí. —Me quedé en silencio cuando Alex dio ese aviso.

—Y están sacando a un grupo de la Yakuza a la parte trasera del club, la élite de Lucius están incluidos —avisó Belial.

Escuchamos un alboroto afuera de la sala en la que me encontraba con esa bola de imbéciles y mis hombres, y de pronto uno de la Yakuza entró como alma en pena, gritando algo en japonés.

—¡Demonios! Los malditos LODS han llegado y emboscaron a un grupo de nuestra gente —avisó el líder, traduciendo lo que dijo su súbdito.

Maldije en mi interior por lo cabreado que estaba, debido a lo que ese imbécil dijo de los niños, y le di más la razón a esa organización que luchaba contra ellos. Incluso deseé hacerme a un lado y permitir que masacraran a esas mierdas como ya lo habían hecho antes, pero no me podía arriesgar tanto. Por lo que me acomodé el sable (que comencé a usar de nuevo con los Yakuza, a pesar de que me lo dieron tiempo atrás cuando trabajé con la élite que quedaba de Aki Cho) en mi tahalí y decidí ir tras los demás para apoyarlos.

—Actuaré como si tomo las riendas, pero manténganse al margen y dejen que acaben antes con los nativos y los del jefe —ordené para mi grupo, tanto para los que me escoltaban como para los que me escuchaban por el intercomunicador, refiriéndome por último a la gente fiel a Lucius—. ¿Saben cuántos son?

—Quince al menos, sin contar a los que tenían infiltrados —avisó Serena.

—Mierda, son pocos, pero más listos de los que imaginé.

—Es obvio que lo son, si no, ¿por qué pondrían a cagar a los Yakuza? —debatió Owen para Marcus en cuanto este se sorprendió de que hayamos tenido infiltrados.

Esa era la razón por la cual conseguían truncar nuestros planes.

—Mi hermanito tiene un buen punto —celebró Lewis.

Marcus rodó los ojos a la vez que desenfundaba su arma y le quitaba el seguro. Owen sacó sus Sais y Lewis los Kama que compraron antes de viajar a Tokio, según ellos para encajar. Los jodí en su momento con que no podían ni usarlos, pero me sorprendieron al demostrarme que sí, y me explicaron que cuando Aki estaba vivo los hacía entrenar con su élite para que supieran manejar todo tipo de armas.

—Los que han llegado visten como ninjas, pero en vinotinto. Los infiltrados se colocaron un lazo del mismo color sobre el uniforme negro de la Yakuza —avisó Darius.

Me acomodé bien la máscara y me preparé para salir y enfrentarme a los intrusos que dejaron de ser desagradables esa noche, tomándome mi tiempo para entrar en acción en el momento correcto. 

—Así que ustedes eran los imbéciles forasteros que están atemorizando a la ciudad —largó una voz masculina con dureza y frialdad.

Fruncí el entrecejo y miré a Marcus, él también estaba sorprendido de que el intruso no hablara japonés, aunque por su acento supuse que era británico.

—Tú también eres un puto forastero —espetó el líder de grupo con el que estuvimos reunidos—. Y no éramos, somos —corrigió con la arrogancia que lo caracterizaba.

Estábamos escondidos, pero pude ver que todos los hombres de Lucius fueron los emboscados junto a unos pocos de la Yakuza. Los miembros de LODS en efecto vestían como ninjas con traje color vinotinto, y se cubrían el rostro.

«Me gusta Deadpool».

Esa declaración con la voz de la Castaña resonó clara en mi cabeza, y sonreí al imaginarla portando con orgullo un uniforme igual al de esas personas.

—Eran, porque te aseguro que de aquí no saldrás vivo. Ninguno, de hecho —satirizó aquel ninja sacándome de mi pensamiento.

Parecía un tipo orgulloso, de esos que me encantaba mandar al infierno porque no podía haber más altaneros que yo en el mundo, pero esa noche decidí dejarlo vivir, ya que me ayudarían a truncar un envío que no haría. Y debía buscar la excusa perfecta para que no jodieran a Tess.

—Sombra, en ese grupo hay varias chicas, pero he visto a dos muy interesantes —dijo en mi oído la voz de Darius.

—Estás enfermo, hermano. ¿Cómo estás viendo chicas en un momento como este? —le reprochó Lewis en un susurro.

No me refiero a ese tipo de interesante. Sombra, estate atento porque usan katanas y me son familiares —explicó Darius, y el mensaje de Alice llegó a mi cabeza, seguido de una presión en el pecho que por poco me dejó sin respiración.

¿Sería posible que la vida me diera ese premio y tortura esta noche?

—¡¿Qué te hace pensar que será fácil deshacerte de nosotros?! —Escuché un mierda por parte de mi equipo en el momento que, cegado por la necesidad de comprobar que ni Alice ni Darius se equivocaban, salí de donde estaba para enfrentarme a esa organización.

A ese ninja arrogante sobre todo.

Él se sorprendió un poco al verme, lo pude notar por la manera en que sus ojos se abrieron demás en cuanto la luz de las farolas me dio de lleno en ese callejón. Sonreí de lado consciente de que no me verían, pensando en que, a esas alturas, todavía me seguía causando gracia la impresión que provocaba en los que se topaban conmigo por primera vez.

El contorno de mis ojos pintados de negro y las lentillas del mismo color, junto a la máscara y mi aura llena de peligro, siempre hacía que los demás trataran de alejarse. Los inteligentes, por supuesto.

—Es que no lo pienso. Será fácil —reiteró el ninja británico sin inmutarse, y me causó tanta gracia su seguridad que terminé riéndome—. Váyanse de aquí los que puedan, o mueran en batalla —añadió, queriendo mostrarse benevolente al darnos esas opciones.

A tus nueve y cuatro en punto —indicó Darius en mi oído, miré en esas direcciones sin delatarme y comprendí lo que me dijo antes—. ¿Sería demasiada coincidencia?

No iba a responderle, únicamente pensé en lo acertado que era usar esas lentillas, ya que así no se daban cuenta de los movimientos de mis ojos, ni de mi reacción al ver esos cuerpos femeninos enfundados en trajes bastantes sexis para querer pasar desapercibidas.

Ambas mujeres tenían el cabello cubierto con las capuchas de sus trajes, así como el rostro escondido desde el tabique de la nariz hasta el cuello, detrás de unas máscaras hechas de la misma tela de su uniforme. El contorno de los ojos lo llevaban en color vinotinto y usaban katanas, aunque desde donde estaba no podía ver el color de los hilos que bordeaban los mangos de esas armas.

—Será en batalla —desafié para el ninja, deseando que la pelea se desatara solo para poder acercarme a esas mujeres y comprobar si por una vez podía confiar en la suerte.

Me dejé ir contra él, aunque antes de lograrlo uno de sus compañeros infiltrados se interpuso en mi camino e intentó detenerme.

—Operen como siempre —demandé a mi equipo, pidiéndoles de esa manera que salieran de sus lugares.

Nunca los quería al frente, sino todo lo contrario, con ellos prefería que fueran los otros Vigilantes quienes murieran primero, y de paso también esos Yakuzas imbéciles que seguían las órdenes sin importarles a quién joderían. Por esa razón aproveché a asesinar a algunos de la élite de Lucius antes de deshacerme de los miembros de LODS que insistían en atacarme.

Miré de soslayo a aquellas mujeres luchando como las asesinas profesionales que eran, y en cuanto pude me acerqué a una de ellas dispuesto a sacarla del campo de batalla para comprobar si era Isabella, pero al estar cerca, mientras se enfrentaba a un Yakuza, hizo un giro que la obligó a quedar frente a mí, y noté que sus ojos no eran los de color miel que me tenían ahí, desesperado y hasta…

¡Dos detrás de ti! —gritó Serena por el intercomunicador.

Me giré en un santiamén, ya con el sable desenfundado, y lo clavé en el estómago de un ninja mientras que la daga que alcancé a sacar la hundí en el cuello del otro.

—¡Mierda! No te descuides, hombre —replicó Darius.

En efecto, me había vuelto descuidado en cuestión de minutos.

Me metí de nuevo en la batalla, visualizando dónde estaba la otra chica para comprobar si ella sí tenía esos ojos miel que me estaban volviendo loco de nuevo en ese instante. La encontré deshaciéndose con facilidad de los Yakuzas y otros Vigilantes que intentaban lastimarla.

—Aléjate de ella —le pedí a Owen por el intercomunicador al ver su intención de acercarse para atacarla.

Y sabía que le extrañó mi orden, pero obedeció de inmediato, no sin dejar de ver (igual que yo) cómo esa mujer disfrutaba de matar sin piedad a los enemigos que la rodeaban. Me cautivó notar que literalmente danzaba llevando a la muerte en sus movimientos y una vez más me encontré con el corazón acelerado.

Tenía que ser ella, porque me negaba a reaccionar así de imbécil, y de nuevo por otra chica que no fuera esa Castaña de ojos miel.

Joder, ten cuidado que la gente de la Yakuza te está viendo —aseveró Darius cuando clavé mi sable en varios Vigilantes fuera de mi equipo, que me estorbaban en el camino hacia esa chica.

—Belial y Lilith, encárguense de ellos —gruñí, apresurando el paso, porque esa chica trató de alejarse de mí en cuanto me vio caminando hacia ella.

Ahora mismo —respondieron ambos al unísono.

Dejé de prestarles atención en el momento que reconocí aquella katana en las manos de la pequeña ninja. Era la misma que le entregué a White el día de su juramentación.

«Mírala como el lobo a la luna».

El mensaje de Alice estuvo a punto de detenerme. Debía conformarme con verla de lejos, pero estando a unos pasos de ella me fue imposible, así que seguí mi camino mientras White (porque mis demonios la reconocían cada vez más), luchaba por alejarse de mí creyéndome Sombra. Lo que me obligó a amenazarla con mi sable únicamente para que no diera un paso más.

Lo puse en su garganta, pero reí porque para ese momento ella ya tenía su katana sobre mi cuello.

«¡Demonios! Nunca me sentí tan excitado de tener a la muerte respirándome en la nuca como en ese momento».

—¿Qué eres? —cuestioné, agradecido de que mi voz robotizada escondiera el titubeo que se me escapó.

Isabella me miró sin comprender que me refería a la leyenda en su katana, la misma que ella me enseñó, y esos iris color miel consiguieron que mis rodillas se debilitaran.

¡Puta madre! Era ella.

Jodidamente tenía a mi Bonita frente a mí luego de tantos años extrañándola, añorando ese momento entre las torturas que soportaba; y los ojos me ardieron, la respiración se me volvió más errática y deseé acunarle el rostro, quitarle esa máscara y besarla mientras le susurraba en la boca que era yo, Elijah Pride. No Sombra, la persona que tuve que ser para que ella y mi hermana estuvieran bien.   

—¿Protectora de vida o portadora de muerte? —me obligué a seguir, y noté el shock en sus ojos al comprobar que sabía lo que decían los hiraganas.

Mi voz robotizada se escuchó más ronca.

—Sombra, sea lo que sea que estés viendo, no te comportes tan obvio —pidió Darius, y reconocí el desasosiego en su voz.

También comprendí que tenía razón cuando Isabella salió de su estupor y apretó más la katana en mi cuello. Hice una leve presión en el suyo con mi sable solo para que no se atreviera a seguir por ese camino, ya que no estaba dispuesto a morir cuando a penas la encontraba.

—Eso leo en tu katana, así que tengo curiosidad —expliqué. Se había quedado en silencio, o quizá no quería que escuchara su voz, creyendo que yo no tenía idea de que era ella detrás de esa máscara.

«Te reconocería hasta con los ojos cerrados, Bonita», quise decirle, pero me mordí la lengua.

Sobre todo porque con agilidad se alejó de mí y enseguida tomó posición de ataque, situación que me hizo sonreír, porque por supuesto no me lo pondría fácil.

—Bien, me siento halagado de que ya no quieras huir de mí —la provoqué.

Y menos mal preví lo que pretendía, por lo mismo ya estaba preparado cuando me atacó sin remordimiento alguno, dispuesta a matarme y gozar de bañarse con mi sangre como lo hizo con los otros hombres a los que asesinó.

Joder.

Se había superado en todo, ya que su técnica era perfecta y no la perdía incluso con la furia que oscurecía sus ojos, parecía que de verdad me odiaba, y me maldije a mí mismo por haber creído en su momento que ella caería con Sombra años atrás.

Me defendí como pude sin hacerle un daño extremo, y sonreí en el momento que consiguió derribarme y tomó la katana con ambas manos con toda la intención de hundirla en mi pecho. La bloqueé y me puse en pie de inmediato, llevándola hacia una pared cercana para empotrarla en ella.

—Sombra, no te confíes porque podemos estar equivocados —aconsejó Darius.

Por un momento olvidé que él podía vernos desde el edificio en el que estaba apostado con Serena. Y, aunque yo no dudaba de a quién tenía a centímetros de distancia, analicé que debía irme con cuidado porque sus deseos de matarme no fueron imaginarios, por lo que me vi en la necesidad de mantenerla inmóvil poniendo el antebrazo en su cuello.

Mierda.

Mi respiración estaba acelerada por el cansancio de la lucha, pero mi cuerpo reaccionó al suyo y debí tener cuidado para que no sintiera mi erección y me creyera un jodido enfermo. Aunque la manera en la que se tensó con mi cercanía no ayudaba.

—Peleas de puta madre —decidí halagarla, deseando hacerla hablar esa vez—. Así que no comprendo por qué querías huir. —Intentó zafarse de mi agarre y lo afiancé más para que no lo consiguiera.

Por si acaso, siempre me referí a ella como Bella o Pequeña —informó Darius, y deseé tenerlo cerca para darle un puñetazo.

Y no solo porque me sentí celoso de los motes, sino también por la esperanza y emoción que inundó su voz. Y más le valía que fuera porque comenzaba a verla como hermana, ya que, si no, yo sí le haría el favor a Lucius de matarlo.

—¿Eres muda? ¿O no entiendes lo que digo, Pequeña? —Me odié por tener que llamarla así, pero era una carta que podía jugar para que ella entendiera que la había reconocido.

Y no porque fuera fácil, puesto que para ojos extraños parecía alguien más, no la reina Grigori. Y a pesar de su shock por cómo la llamé, volvió a removerse y esa vez consiguió ponerme de nuevo la katana en el cuello.

¡Me cago en la puta!

Mi falta de sexo me estaba haciendo una mala jugada, ya que solo un enfermo podía excitarse con esas amenazas de su parte.

—Muda, excelente luchadora, con buenas curvas y lista —decidí enumerar con diversión—. Y quiero comprobar si también eres hermosa —concluí y, cansado de esperar por ver su rostro completo de nuevo, le bajé la máscara sin que se lo esperara.  

Y ahí estaba mi reina.

No era más la princesa que conocí hace cuatro años. Los rasgos de la nena de papi la abandonaron para darle paso a los de una mujer que volvió a cautivarme en segundos. Y esa Isabella frente a mí sin duda alguna era más peligrosa.

Jodida mierda. —largó Darius en mi oído. Su voz llena de emoción y miedo fue inconfundible e identifiqué en él parte de lo que me embargaba a mí—. ¡Alerta todos! Alejen la pelea de Sombra —ordenó.

Le permití a Isabella que se alejara de mí en cuanto hizo un nuevo intento, y me obligué a espabilar.

—¡Mierda, al fin! —proferí con la necesidad de carraspear—. Estaba a punto de llevarme a la otra chica.

Llévatela de ahí —recomendó Darius.

—¿A qué te…? —Chilló cuando la tomé de la cintura, aprovechando su aturdimiento y me la llevé hacia la oscuridad entre unos edificios cercanos a los cuales Darius me estaba guiando—. ¡Suéltame, imbécil!

No sé ni cómo logré moverme con ella en brazos luego de esas ganas de vomitar el corazón que me inundaron tras ver su rostro. Mi cerebro todavía no se recuperaba bien del cortocircuito que hizo al comprobar que mis demonios no se equivocaron al reconocerla incluso con ese traje que usaba. Y sí, la vida se me fue y regresó en cuestión de segundos en el momento que le solté la cintura y acuné su rostro entre mis manos en cuanto estuvimos lejos de la batalla que libraban los demás.

«Maldito seas, Andru», pensé.

En realidad estaba agradecido con ese viejo por las lentillas que me dio, ya que se acoplaron a mi entorno y no permitieron que perdiera de vista los rasgos de mi Bonita. De esa hermosa Castaña que me tenía en ese instante al borde de la locura, a punto de perder la razón y arrancarme esa puta máscara para que descubriera que era yo, a pesar de lo que le pasaría a mi hermana.

«Y a ella misma si regresaba a Estados Unidos o descubrían dónde estaba».

Ese pensamiento fue lo único que me detuvo.

—¿Tienes una maldita idea de cuánto te he buscado? —inquirí tratando de contener la molestia que me despertó saber que no podía decirle quién era—. ¡Demonios! Te he buscado en cada maldito rincón del planeta.

—Mierda, deja de ser tan obvio —me regañó Darius.

—¿Sabías que era yo? ¿Por eso dijiste que estuviste a punto de llevarte a otra chica? —Las preguntas de Isabella y que se alejara de mí hicieron que, una vez más, le diera la razón a Darius.

Su rostro estaba lleno de sorpresa.

—No sabía, tuve sospechas al ver a esos ninjas y, mierda, no es fácil olvidar lo amante que eres de las katanas y tu manera de luchar. Aunque has perfeccionado tus técnicas —expliqué con una mentira mezclada con la verdad.

Ella frunció el ceño y yo volví a sonreír como estúpido.

—Perfecto, te felicito por tus observaciones —satirizó recomponiéndose, y a mí debían darme un jodido premio por la manera en la que estaba controlándome, ya que lo único que quería era callarla comiéndole la boca—. Y no sé para qué demonios me has buscado, contando con que haya sido cierto lo que me dijiste años atrás sobre no seguir órdenes contra mí y no querer dañarme.

—Le dije eso en el cementerio de Richmond —explicó Darius.

—A menos que quieras colgarte algún tipo de favor con el hijo de puta de tu jefe. De no ser así, y si sigues manteniendo tu palabra, te recomiendo que te vayas de aquí antes de que mis ganas de segarte el cuello se vuelvan incontenibles —exigió Isabella.

—Estás tan diferente —señalé, porque, a pesar de que me estaba amenazando, yo me concentré más en conocer esa nueva versión suya—. Más hermosa y no dudo que más madura. —Traté de acercarme a ella, pero me detuvo alzando la mano, y le obedecí como un puto perro porque noté que no le gustaban mis halagos—. Pero también más fría y sádica, según el disfrute que mostraste al matar a mis hombres.

Tenía algunas manchas de sangre que se confundían con la pintura que llevaba alrededor de los ojos. Y nunca esperé ver esa imagen de ella porque fui testigo de cuánto le dolía asesinar antes.

—Y como me sigas provocando también disfrutaré de matarte a ti —replicó, y su tono demostró la seguridad en sus palabras—. Vete, Sombra, desaparece para siempre de mi vida porque te juro que, si no lo haces, te mataré lentamente para que compruebes lo sádica que me he vuelto.

Apreté la mandíbula porque ya me había acostumbrado a que me llamaran así, pero odié que ella también lo hiciera, que viera en mí solo a aquel hijo de puta que tomó mi lugar en Inferno. Y eso me hizo recordar cómo lo defendió porque creía que yo estuve follando con Alice en una de las habitaciones.

—No, no lo harás —me mofé—. Pero tampoco gastes tu tiempo en amenazarme —aconsejé—. Me alejaré de ti, por tu bien y el mío. Ahora ya sé que estás viva y que has seguido adelante. Eso es todo lo que quería comprobar.

Y con lo que debía conformarme.

—Cumple tu palabra y olvida que te has cruzado en mi camino —exigió, y sonreí sin gracia.

—No, Bella. Pides imposibles porque jamás podré olvidarlo. Y, aunque ahora seas diferente al ángel que conocí, estás viva. Eso es todo lo que importa.

No podía saber con certeza lo que estaba pensando, pero vi en su rostro la impotencia y molestia que la embargaron.

—Puta madre —siseó, y arrugué el entrecejo.

Se veía como si por dentro se estuviera debatiendo con algo que la superaba y, cuando no pudo más, me dio la espalda. Lo hizo con la intención de marcharse y, aunque era lo mejor, yo todavía no estaba dispuesto a dejarla ir, así que me acerqué a ella y pegué mi pecho a su espalda.

«¿Por qué te confías así de Sombra, Bonita?».

—Ves, la chica que conocí hace años sigue estando ahí —hablé antes de soltar esa pregunta que dejaría entrever mis celos estúpidos—. Solo ella podría confiar en darme la espalda cuando tengo varias dagas que podría clavar en su precioso cuello —proferí eso pensando en la Isabella que apenas estaba descubriendo nuestro mundo, la que todavía confiaba demasiado en su entorno, muy distinta a la que me dejó ver esa noche.

Y, necesitando sentirla así fuera un poco, envolví la mano en su cuello sin dañarla, esperando que eso la hiciera pensar en Elijah. Diciéndole sin palabras que era yo, el maldito posesivo que se adueñó de ella.

El mismo que la seguía creyendo mía.

—La diferencia es que ahora eres un ángel de día y un demonio de noche —susurré en su oído y, por cómo se tensó, supe que mis palabras le afectaron—. Y es un jodido alivio que todo haya valido la pena, Pequeña. —A pesar de que odiaba usar esos motes, me concentré más en nosotros y me aventuré al bajar la mano a su vientre, dejándola donde recordaba que estaba su cicatriz.

Las imágenes de aquel maldito día llegaron a mi cabeza como un tornado mortal que deseaba arrasar con todo a su paso. Sus gritos de dolor, su lucha, su fuerza, su llanto, la esperanza, el terror, las súplicas porque me metiera a aquel ascensor con ellos. Su rostro incrédulo, en shock por lo que la obligaron a ver y creer.

Se me cerró la garganta al recordar que ese día yo morí para que ella viviera. Y así me doliera tenerla entre mis brazos en ese momento mientras me creía otro, estaba seguro de que volvería a hacerlo todo de nuevo con tal de verla bien.

Déjala ir, hermano —pidió Darius con la voz ronca—. Serena está bajando ahora mismo para dejarte entrar al edificio —añadió, puesto que él me guio entre los edificios donde se encontraban.

Y apreté los labios al comprobar que, si la primera despedida con esa Castaña dolió, la segunda me convertiría en alguien peor de lo que ya era.

«Si tu destino se vuelve a cruzar con el mío una vez más, voy a odiarme a mí mismo, Isabella White, porque, así sea como Sombra, volveré a tenerte. Y con eso sepultaré a mi hermana».

—Y a pesar de que ahora no lo entiendas, quiero que recuerdes que todo fue por ti —le dije en cambio, y corrí hacia la puerta entreabierta del edificio antes de que ella tuviera la oportunidad de pedir explicación por mis palabras, y que con eso yo no pudiera controlarme más.

Porque por muy consciente que fuera de que yo ya no pertenecía a su lado, únicamente era necesario un segundo más en su presencia para pecar y morir.

 

[1] Significa jefe. En este caso, jefe del clan de la Yakuza.

Lástima

Elijah

 

Cuando llegué al lugar donde nos estábamos quedando, acompañado de Darius y Serena, todavía no me había calmado del todo, puesto que, luego de meterme a aquel edificio, estuve a punto de regresar con Isabella, ya que dejarla ir fue como permitir que me dieran puñetazos en el estómago hasta quedarme sin aire.

El vacío que sentía me estaba volviendo loco e incluso terminé golpeando a Darius por un comentario que se atrevió a hacer y que en ese momento no toleré. Serena se aterrorizó al verme fuera de mis cabales y quiso saber quién era esa mujer (ya que nunca la vio cuando Darius usó la máscara de Sombra), o lo que significaba para mí como para desquiciarme. Y bastó que Darius le murmurara la sucesora de Enoc para que ella comprendiera todo.

—Al fin llegan. Aquí todo es una locura —avisó Marcus al vernos, y alzó una ceja al notar el labio partido de Darius.

Él negó con la cabeza para que no le preguntara nada y Marcus intentó conseguir algo de Serena, pero ella todavía iba pálida y agitó sus manos en señal de negación.

—¿Qué está pasando? —le pregunté yo, y mi voz robotizada sonó más grave.

—Hay muchas bajas, tanto Yakuzas como Vigilantes. De nuestro equipo únicamente Belial salió herido, pero nada que lo mate. Ya los jefes se han enterado y quieren un informe completo, así que Tetsuo nos está esperando para una reunión —explicó, refiriéndose al líder del grupo con el que estábamos trabajando.

—Fantaseé con la idea de que lo mataran en la batalla, pero tiene suerte el hijo de puta —desdeñé.

—Yo también. Y lo habría hecho con mis propias manos si se hubiera descuidado —replicó el moreno.

Desde que entramos a la gran casa no dejamos de caminar mientras hablábamos (Marcus y yo, ya que Serena y Darius optaron por callar), hasta llegar a la sala de entrenamiento que también utilizábamos para reuniones de planeación.

—Debo decirte algo. —Owen se escuchaba un poco preocupado al interceptarme en la entrada a la sala.

Fruncí el ceño al notar cómo miró a los demás, inseguro de si debía hablar frente a ellos o no.

—Habla —lo animé, siendo más rudo de lo que esperaba debido a mi estado.

—Alejamos la pelea de ti y de ella, pero algunos la reconocimos —confesó, y apreté la mandíbula.

Escuché un joder de Darius, aunque no entendí si lo dijo porque alguien más vio a Isabella, o porque intuyó que Owen me estaba dando ese aviso en el peor momento para todos.

—¿Quiénes son esos algunos? —inquirí en tono determinante.

Owen carraspeó antes de responderme, a lo mejor temiendo que esa noche terminaría peor de lo que ya estaba siendo.

—Lewis, Mario y yo, hasta donde sé. Aunque Mario se lo comentó a Alex hace unos minutos en el dormitorio.

Del grupo me atrevía a confiar en todos, menos en Alex y Mario, por lo que saber eso me sentó pésimo en un momento como ese.

—Tú y Serena vayan a la sala para no llamar la atención —demandé hacia Darius y ella, y ambos siguieron su camino—. ¿Qué más le dijo Mario a Alex? —cuestioné, y Owen me miró, estudiándome.

—Piensa que Lucius nos subirá de nivel en cuanto le digas que encontraste a la hija de Enoc.

—Oh, mierda —profirió Marcus.

Él no había visto quién estaba detrás de la ninja a la que me llevé lejos de la pelea, y tampoco se enteró de mi encuentro con ella, ya que Darius se encargó de cerrar la comunicación con todos para mantenerla únicamente conmigo en el momento que estuve con la Castaña en aquel callejón. Sin embargo, junto a Darius y los mellizos (y Serena que también pareció saberlo), Marcus era de los únicos sabedores de que mi razón para ser Sombra era Isabella.

Por lo que suponían cuánto me importaba.

—Alex le respondió que, si te la llevaste lejos, es porque tienes tus propios planes, así que debemos respetarlos y aguardar, pero… Mario susurró que espera que hagas lo correcto para el equipo porque, si no, lo tendrá que hacer él.

—Demonios, ya decía yo que el maldito olía a muerto —satirizó Marcus.

Él ya le había hecho esa advertencia al tipo porque a veces tendía a ser el rebelde e inconforme del grupo, pero al parecer no lo entendió.

—¿Te vieron? —Quise saber.

—No, nunca supieron que los estaba escuchando. Por eso comprobé quién de esos dos es la manzana podrida de este grupo —enfatizó Owen.

—Llévense a ambos para la huesera que Belial descubrió. Voy a hacerme presente en la reunión y luego los buscaré —ordené con voz gélida—. Y encárguense de pasarle el mensaje a todos porque los quiero presentes.

—¿Los interrogamos? —preguntó Marcus, y negué al entender que se refería a Alex y Mario en específico.

—No necesito saber nada de ellos —aclaré—. Simplemente haré un poco más creíble que la pelea fue dura y que por eso yo también perdí hombres. —Vi a Owen tragar con dificultad al escucharme y entender lo que dije entre líneas, y me limité a sonreír.

Acto seguido me fui para la sala, pensando en que Mario me dio la excusa perfecta para descargar todo lo que sentía y que estaba a segundos de volverme loco. Darius y Serena notaron que mi mente no estaba con ellos cuando me incorporé a la reunión, así que se encargaron de comentarle al japonés lo que nosotros atravesamos en la batalla con los LODS.

En la lejanía escuchaba que mis compañeros se habían ideado una buena coartada para que no sospecharan que fue mi equipo quien asesinó a los vigías de los Yakuzas, porque ellos vieron mi encuentro con la Castaña y cómo asesiné a varios Vigilantes. Me limité a secundarlos en lo que era necesario y, cuando no, me perdí en mis recuerdos de lo que viví esa noche y volví a sentir las mismas emociones que cuando tuve a esa mujer frente a mí. 

—Sin importar lo que pasó esta noche, los jefes quieren que llevemos a cabo el envío especial lo antes posible —zanjó el japonés después de la explicación que le dieron.

Había escogido el peor momento para ser un lamehuevos.

—De ninguna manera. No voy a exponer a mi equipo con esa organización pisándonos los talones —espeté.

—Son órdenes de nuestros superiores y hay que obedecerlas te guste o no —me retó él.

En ese momento, mi impulso por matarlo fue casi incontrolable, sin embargo, el encuentro con Isabella pulsó en mis sienes y me obligó a pensar que no podía cagarla y exponerla, ahora que estaba más cerca de los hijos de puta que la dañarían sin que ella pudiese defenderse.

—Hablaré con los jefes y les daré mi versión de lo que sucedió —resollé escondiendo mi ira, y de refilón vi a Darius alzar una ceja y a Serena mirándolo sin poder creer lo que escuchaba de mí—. Seguiremos adelante luego de eso si recibo las instrucciones por parte de ellos, no de un gato como tú —zanjé, y el maldito no escondió sus ganas de matarme—. Y, si no hay más que decir, me retiro para curar mis heridas.

Me giré sin esperar respuesta de su parte y escuché los pasos de Darius y Serena detrás de mí.

No dijeron nada mientras me seguían, aunque al llegar al dormitorio que compartíamos, me fijé que Darius le hizo una señal de cabeza a Serena para que ella se quedara cuidando la puerta, lo que significaba que él quería hablar de algo delicado conmigo. Y esperaba que no fuera de lo que pasó con la Castaña, ya que no estaba en mi mejor momento para repetir todo en voz alta, pues era suficiente que ya mis pensamientos me estuvieran haciendo mierda con eso.

—¿Debo suponer que el japonés ya huele a muerto? —intuyó.

—Él y todos los que están interfiriendo en mis planes. Mario será el primero y posiblemente lo acompañe Alex —admití a la vez que me metía al baño, dejando la puerta abierta.

Me saqué la máscara y los guantes y, al verme en el espejo, examiné todos los golpes que tenía en el rostro. La mayoría los recibí de la Castaña y negué con la cabeza mientras bufaba una sonrisa sarcástica.

Vaya encuentro.

—Murieron todos en los que no confiamos y la vieron —afirmó él.

—¿Sabías lo de los niños? —le pregunté a cambio, y vi por el espejo la tensión y el enojo grabado en su cara.

—Sospechaba que Lucius se quería meter en esto, pero no que ya estaba ejecutándolo —respondió en tono filoso—. Al parecer, ha sido Shinoda quien lo adentró de lleno en el negocio, ya que él se ha catapultado como uno de los mayores traficantes de niños en Asia.

Shinoda era líder del sindicato Sumiyoshi-kai, los Yakuzas con los cuales Lucius era aliado. Y a pesar de que no eran una familia tan numerosa como los Yamaguchi-gumi (el clan más grande de los Yakuzas), sí eran una organización criminal internacional reconocida por los Estados Unidos debido a su implicación en el contrabando de drogas y armas, la trata de personas y otros delitos.

—Sombra, todos los aliados de esa mierda son poderosos, eso es algo que ambos sabemos. Pero estos con los que estamos ahora mismo son unos de los más peligrosos —susurró Darius al sobre analizar en dónde estábamos parados.

—Por lo mismo dejé que Tetsuo creyera que me subordiné a él —aclaré.

—Lo sospeché —admitió.

Hablábamos un tanto tranquilos porque no llegamos a Tokio con las manos vacías, todo lo contrario, llevamos bloqueadores de micrófonos y nos aseguramos de no tener cámaras ocultas. Además de que estuvimos operando al pie de la letra según las órdenes que nos daban para no levantar sospechas o darles motivos a esos Yakuzas de que nos investigaran. Por lo mismo a veces actuaba como un subordinado más.

—No entraré en esta mierda —declaré, recargándome con las manos en el lavabo luego de lavarme el rostro.

—Ni yo, por supuesto —espetó—. Lucius está más que enfermo al enviarnos a hacer esta mierda, y ahora entiendo por qué ni él ni Shinoda mencionaron nada de la operación especial hasta que la tuvimos casi frente a nuestras narices.

—Nos está probando de nuevo —puntualicé, y lo vi asentir.

Se quedó en silencio unos minutos, pensando quizás (igual que yo) en lo que se nos vendría encima si no sabíamos lidiar con la situación, u obviarla sin que pareciera que no la queríamos hacer. Luego respiró hondo y dijo:

—LODS son las siglas de La Orden del Silencio. Sus miembros se llaman a sí mismos Sigilosos, aunque las personas a las cuales han ayudado los han apodado Silenciosos; son una organización anticriminal que opera en la clandestinidad, por eso nadie sabe de dónde han salido, quién o quiénes son los líderes, o de dónde provienen sus fondos. Para muchos enemigos que todavía no se cruzan con ellos son un mito, un secreto a voces. Los hijos de Kikuri-Hime[1], como los han llegado a llamar algunos sintoístas[2] de la región.

—¿Cómo sabes todo eso? —Quise saber, ya que hablaba muy seguro.

Y según lo que noté, ni los Yakuzas sabían nada (más allá de las iniciales LODS) sobre esa organización, simplemente los identificaban como los ninjas que les estaban jodiendo los planes, y nunca escuché que mencionaran la palabra Silenciosos.

Supuse que eran demasiado engreídos y no se dejarían llevar por lo que decían los demás, y averiguarían por ellos mismos qué significaban en realidad las iniciales LODS, para nombrarlos más allá de ninjas.

—Porque conocí a su fundadora —reveló Darius, y lo miré atento, esperando a que añadiera algo más—. Y sí te soy sincero, los sintoístas no se equivocan, porque para mí los Sigilosos sí son hijos de una diosa protectora. Al menos para mí lo fue. —La sorpresa comenzó a inundarme—. Leah Miller, mi madre. La creadora de La Orden del Silencio junto a su mejor amigo Baek Cho y su sensei Yusei Kimura.

—Joder —exclamé en voz baja sin poder creer lo que decía.

—Ella consiguió llegar a este país con la ayuda de Enoc, quien la presentó con Baek Cho, aunque mamá ya había escuchado de él por medio de su hermano Aki. Al principio sintió temor de que Baek la traicionara y le dijera a Aki dónde se encontraba y que este la regresara con Lucius, pero pronto descubrió la diferencia tan abismal entre los hermanos Cho.

»Baek en ese entonces no tenía su academia de artes marciales, pero sí entrenaba con su amiga Yusei, así fue como ella se convirtió en la maestra de mamá. Con los días juntos su convivencia se fue haciendo más estrecha y comenzaron a hablar de todo lo que habían pasado en la vida, descubriendo que tenían mucho en común, pues los tres perdieron lo más valioso de sus vidas gracias a la violencia que los acechaba. Mamá a sus hijos, Baek a su esposa y Yusei a sus padres, razón que los motivó a iniciar como justicieros y lo que dio paso a que mi madre soñara con una organización con la cual resarciría el daño que provocó como Vigilante.

La nostalgia que lo embargó al hablarme de todo eso fue capaz de cortar el aire entre nosotros.

—Me contó toda esa historia la primera vez que volvimos a vernos, años después de haber escapado del infierno en el que la tuvo Lucius y… Dios, todavía recuerdo su rostro ilusionado al hablarme de ello, al hacerme parte de algo tan grande en su vida. Aunque su ilusión se mezcló con la tristeza de no tener a Lía junto a mí para que ella pudiera escuchar que mamá no solo estaba luchando por recuperarnos, sino también ayudando a otras personas.

—¿Amelia nunca supo de eso? —pregunté, con temor de que ella tuviera una idea de dónde podía estar Isabella.

—Mamá quería decírselo, pero en aquel entonces mi hermana se encontraba más inestable, y ya la estábamos arriesgando simplemente con volver a tener contacto con ella. Así que decidió esperar un poco.

Deseé que no hubiera llegado a decirle nada.

—Supongo que lo más probable es que tanto Baek como la otra sensei sepan de ti y Amelia —analicé—, ¿pero crees que también sepan que tú sabes de ellos?

Se encogió de hombros como señal de que no podía confirmarlo.

—Puedo asegurarte que mamá sí quería que yo los conociera, ya que hicimos una promesa de que, si yo aprendía el idioma japonés, vendríamos a Tokio y ella me llevaría a conocer el templo justiciero y a sus hermanos Sigilosos. Soñamos incluso con la idea de que un día sus hijos formaran parte de La Orden y nos uniéramos a su lucha.

—¿Y qué pasó? —cuestioné cuando se quedó en silencio, y sonrió con tristeza.

—Que la asesinaron dos semanas antes de nuestro viaje, eso pasó —confesó.

Me quedé en silencio porque no había nada que pudiera decirle. Y me sentía tan vulnerable por lo vivido esa noche que de nuevo pude ser empático y sentí que mi pecho se apretó de una manera muy incómoda.

Mierda.

Me di la vuelta (ya que me había mantenido viéndolo por el espejo) y recargué el culo en el lavabo.

—Pero, regresando a lo que quería decirte con toda esta historia. —Carraspeó luego de decir eso y confirmé lo difícil que seguía siendo para él haber perdido a su madre—. Intuyo que Isabella está cumpliendo el sueño de mamá y ahora es parte de La Orden, y puedo jurar que ha tomado el lugar de ella como su sucesora. Por lo que, viejo, esta noche no estuviste únicamente frente a una líder de Grigori, sino también ante una reina Sigilosa.

Tragué con dificultad y me restregué el rostro con ambas manos, sintiendo el orgullo inundarme de pies a cabeza, confirmando que esa mujer no solo se había vuelto más hermosa, sino también más poderosa.

Y sonreí al darme cuenta de la capacidad que White tenía de superar las caídas, pues no se levantaba únicamente para continuar, lo hacía también para demostrar que era mejor estar al lado del diablo que en su camino.

—Te admiro más de lo que alguna vez voy a volver admitir en voz alta. —La declaración de Darius me atrajo de nuevo a la realidad y lo miré—. La fuerza, los huevos que tuviste para dejarla ir de nuevo, no todos la tienen.

—Porque no todos… —Negué con la cabeza al darme cuenta de lo que iba a decir, aunque de igual manera lo pensé, lo sentí.

Volví a tragar con dificultad y Darius se quedó esperando a que continuara, noté un amago de sonrisa en él y fruncí el ceño porque odiaba sentirme así de expuesto. No me gustaban que mis pálpitos dolieran y se aceleraran, o que la garganta se me resecara a tal punto que debía carraspear simplemente porque, a esas alturas, seguía sin saber cómo lidiar con mis sentimientos respecto a la Castaña, pues se convertían en abrasivos, se magnificaban.

Me volvían más impulsivo y, sin embargo, también más precavido para no exponerla.

—No todos son yo —terminé diciendo, y Darius se mordió la sonrisa que no pudo esconder más, pero lo ignoré.

Dejar ir a Isabella por segunda vez no era algo que se esperara de mí con lo egoísta y posesivo que era, pero me importaba más seguir manteniéndola a salvo, ocultar su ubicación para que nadie volviera a acercarse a ella.

—¿Hay alguna manera de hacerle llegar a los Silenciosos los planes del sindicato con respecto al envío de los niños? —inquirí volviendo al tema principal. Y llamé a esa Orden con el apodo que le dieron las demás personas para no llegar a levantar sospechas de que sabía más de lo que decía.

Darius me miró comprendiendo que acababa de encontrar una salida para truncar los planes de la Yakuza y los Vigilantes, sin exponernos a nosotros ni provocar a Lucius para que nos jodiera de alguna manera.

—Sería complicado y nos arriesgaríamos a ser descubiertos —advirtió.

Tenía razón, pero no iba a darme por vencido, así que, aunque Marcus me matara de una buena vez, pensé en que Alice era la única que podía ayudarme enviando un mensaje a la academia del maestro Cho.

—Sé quién puede ayudarnos, solo necesito hacerle llegar todos nuestros movimientos para que se los comunique a Baek.

—Viejo, Marcus va a despedazarte —reiteró al intuir en quién pensé, y me reí.

De hecho, el moreno ya había intentado golpearme porque una semana atrás Alice me avisó que consiguió entrar a Grig como bartender, por lo que mi plan con ella empezó su marcha.

—Tendrá que hacer fila. —Fue todo lo que dije.

Seguido de eso me cambié de ropa y máscara, y me preparé para ir a la huesera donde ya los demás me esperaban.

Habíamos apodado así a ese lugar porque se trataba de una cueva llena de huesos humanos en la que supusimos que los Yakuzas dejaban pudriéndose a sus enemigos, luego de torturarlos y matarlos. Belial la descubrió en los alrededores de la casa donde nos quedábamos una noche en la que salió a explorar la zona en busca de un espacio más privado donde pudiera divertirse un rato con Lilith sin que nosotros los pilláramos, debido a que estábamos en la misma habitación como si se tratara de un cuartel.

—Dejaré a mis hombres a cargo de la vigilancia —avisó Darius cuando estuvimos a unos pasos de llegar a la cueva.

Él viajó a Tokio con tres tipos más en los que confiaba de toda la vida.

—¿Qué debo hacer adentro? —me preguntó Serena, adelantándose para caminar a mi lado.

Darius se había quedado dándole instrucciones a su gente para que cuidaran que no fuéramos sorprendidos por Yakuzas.

—A parte de estudiar al equipo, ser fuerte y no vomitar —recomendé, y de soslayo noté que se tensó.

La noche había entrado de lleno, pero el cielo se hallaba muy iluminado por las estrellas y la luna, así que podíamos ver sin problema.

—Dios mío —murmuró por lo bajo, y me reí.

Hice movimientos giratorios con mi cuello hasta escucharlo crujir, antes de adentrarme a aquella cueva iluminada por una fogata. La noche y la tensión daban paso a creer que estábamos a punto de llevar a cabo un ritual.

—Joder, me hace sentir orgulloso que todos estén aquí —ironicé al encontrar al equipo a la espera de que yo llegara.

Habían hecho un círculo, dejando a Marcus y Mario en el centro, este último estaba amarrado a un poste de madera, con las manos hacia arriba y escurriendo sangre por los golpes que recibió del moreno. Alex se encontraba cerca con Owen a un lado y Lewis del otro; imaginé que los mellizos escogieron esas posiciones por si acaso a él se le ocurría escapar. Aunque, para ser sincero, no le veía esa intención ni lo creía tan estúpido. Aun así, le di una mirada a Serena, indicándole que se enfocara en estudiarlo a él.

—Sombra, ¿qué está sucediendo? —me preguntó Belial.

Tenía un brazo apoyado en un cabestrillo improvisado, además de llevarlo vendado para proteger la herida que recibió en la batalla.

—Sucede que siempre he creído que tengo un equipo fiel, que he sido un líder digno del respeto y la lealtad de ustedes. Pero esta noche descubrí que una de mis manzanas se ha podrido, así que voy a desecharla antes de que eche a perder a las demás —expliqué entretanto desenfundaba mi cuchillo militar—. Escogiste usar para tu favor a la persona equivocada —añadí para Mario.

Él me miró entre las rendijas que formaron sus ojos por lo hinchados que se los dejó Marcus con los golpes.

—Entonces ¿todo esto es por la mujer a la que te enfrentaste esta noche? —sondeó Lilith, entrelazando los puntos.

Vi a Belial dándole un pequeño codazo en las costillas a su chica para que se callara, tratando de evitar que me ensañara también con ella. Cosa que me causó gracia, pues prefería que fueran directos conmigo como lo estaba siendo Lilith.

—¿Saben quién era esa mujer? —pregunté para los que no eran tan cercanos a mí.

Belial y Lilith se miraron entre ellos. Alex encontró algo interesante en el suelo, ya que no pudo alzar la cabeza para mirarme.

—Nena —advirtió Belial al ver a su chica con la intención de responder, y me concentré en ella.

—Por supuesto que lo sabemos —afirmó, y no dije nada, animándola con mi silencio a que siguiera—. Es Isabella White.

Sonreí sabiendo que no lo notarían. Lo hice porque me gustó que no usara un tono lleno de alevosía o rabia injustificada, además de que se anotó unos buenos puntos conmigo al referirse a la Castaña por su nombre, por quien era, y no como a la hija de Enoc, tal cual hacía la mayoría. Denotando con ello que creían que su poder radicaba en quién la precedía y no por el valor y fortaleza propios de ella.

—La debilidad de Sombra —susurró de pronto Alex.

Me dirigí hacia a él y alcé una ceja, pero con la mirada me indicó que se refería a Darius.

Bufé una risa y miré al susodicho, este tenía las manos metidas en los bolsillos delanteros de su pantalón y encogió levemente los hombros sin inmutarse, en un gesto de «no pude evitar que lo notaran», puesto que tanto Alex como Mario fueron parte de su élite cuando portó la máscara.

Belial y Lilith en cambio habían servido con él, pero también con Amelia, así que era lógico que conocieran a Isabella. Todos en realidad.

—Y la locura de este Sombra —largué para todos, y sentí las miradas de sorpresa que me dieron—. La única que mantiene a raya un lado psicótico que, créanme, no hubieran querido conocer en mí. Y podría haberles escondido esta verdad, pero prefiero que sepan a lo que se atienen si deciden desafiarme.

Me acerqué a Mario mientras decía eso, él tenía la barbilla pegada al pecho por estar cabizbajo, razón que me llevó a poner la punta del cuchillo en ella para obligarlo a alzar el rostro y que me mirara.

—Le aconsejé que no dijera nada —se apresuró a decir Alex.

—Y por lo visto este pobre diablo es de los que no oye consejos —satiricé yo, notando cómo Marcus se divirtió con Mario.

Tenía algunos cortes en el rostro debido a los puñetazos, así como varias partes inflamadas. Los ojos eran los que sobresalían, pero supuse que todavía podía ver, ya que se le llenaron de lágrimas al tenerme tan cerca de su cara.

Mi máscara tenía el diseño del rostro de una parca y la capucha que usaba le daba un toque más macabro a mi apariencia.

—Querías un ascenso reportándole a Lucius lo que viste, pero hiciste mal tu movida y solo has conseguido que yo te dé un descenso por ser una rata traicionera. —Gimió de dolor en el momento que le corté la piel de la barbilla hasta llegar cerca de su labio—. El infierno está lleno de muchos malnacidos, de soplones sobre todo. Y ahora tú te unirás a sus filas, aunque antes te enseñaré una lección —zanjé.

Acto seguido lo cogí con una mano de la frente para empotrarle la cabeza en el poste, decidiendo que actuaría con rapidez para no levantar sospechas por nuestra ausencia en la habitación. Por lo que, con agilidad, extirpé sus ojos uno a uno ayudado con el cuchillo, y grité la palabra «ver» para que me escucharan por encima de sus gritos desesperados que inundaron la cueva.

Serena soltó un jadeo lleno de horror porque mi hazaña no terminó ahí, pues enseguida corté las orejas de Mario y hundí un poco la punta del cuchillo en cada oído, para dañar sus tímpanos.

—¡Oír! —rugí, cogiendo a Mario con más fuerza de la barbilla por las sacudidas que daba.

Marcus entendió de inmediato de qué iba mi juego, así que me ayudó tomando a Mario del rostro en el instante que me dirigí a su boca y le agarré la lengua. Los gritos del soplón se volvieron mudos, pero más aterrorizados, y cuando corté mi objetivo, también le agrandé más la sonrisa y, de paso, sobé su garganta con el filo del cuchillo, escuchando los gorgoteos en el momento que comenzó a ahogarse con su propia sangre.

—¡Y callar! —enfaticé, sosteniendo la lengua en mi mano por lo alto para que todos la vieran—. Busquen ascender traicionándome, y les prometo por mi sangre que los haré descender peor que a esta rata. Y, si no lo cumplo, les doy la potestad de cobrarme esta promesa con sangre de mi sangre.

Tiré la lengua a los pies de Alex, percatándome de su cuerpo temblando sin dejar de ver el cadáver de Mario y luego a mí.

Owen y Serena estaban verdes, conteniendo sus ganas de vomitar. Belial y Lilith se quedaron de piedra, sin respirar. Lewis miraba a Marcus, tratando de procesar lo que acababa de ver, y Darius por su parte me estudiaba a mí, puesto que era la primera vez que presenciaba una de mis torturas.

—Fui rápido, porque solo es una lección —le dije, y sonrió sin gracia.

—¿Esto…? —Belial carraspeó para luego continuar—, ¿ha sido solo porque pretendió informar a Lucius que vio a esa mujer?

—Y para que te imagines lo que habría pasado si le hubiese alcanzado a decir algo —añadí.

—Lo… lo intentó —confesó Alex llamando mi atención—, pero, pero bloqueé la comunicación, así que su llamada no salió.

Miré a Serena, la chica seguía tratando de no vomitar, pero confiaba en que era excelente en lo que hacía, ya que había trabajado bajo presión. Asintió con la cabeza al saber lo que esperaba y con eso entendí que Alex únicamente fue el receptor de lo que Mario pretendía hacer, por lo tanto, no podía juzgarlo de traidor.

—Perfecto entonces. Y espero que la lección haya quedado clara para todos. —Vi a cada uno asentir, Lilith incluso hizo un gesto con los dedos en su boca: cerró la cremallera, le puso seguro y lanzó la llave imaginaria a su espalda.

Me reí, pues en momentos como esos demostraba ser más temeraria que su chico.

____****____

Alice consiguió hacerle llegar la información de manera anónima a Baek Cho. Y comprobé que fue una buena movida la noche en la que pretendimos hacer el envío especial y una comitiva muy grande de Sigilosos nos emboscó para impedir que aquella atrocidad se llevara a cabo.

Y lo consiguieron.

Jodidamente truncaron los planes de los Yakuzas y Vigilantes, y esos niños fueron rescatados.

Busqué a Isabella entre el mar vinotinto que nos atacó sin piedad, pero no la encontré, y la desilusión se me mezcló con el alivio, pues era demasiado jodido obligarme a aceptar que lo mejor era no volver a verla.

—¡Voy a averiguar quién lidera a esos malditos y mataré uno a uno de la peor manera para que aprendan que con Shinoda nadie se mete! ¡Que con los Sumiyoshi-kai nadie juega! —No miré a Darius porque Lucius estaba conectado en videollamada, en esa reunión improvisada que tuvieron que hacer después del gran fracaso contra los Sigilosos.

Shinoda echaba humo por los oídos, tan cabreado que ni siquiera pronunciaba bien su propio idioma, por lo que se me dificultó un poco entenderle, debido a que el japonés no era mi fuerte.

Nos mantuvimos como espectadores, dejando que se arreglaran entre jefes, pues ya les habíamos explicado lo que sucedió. Y menos mal que los Sigilosos protegían a sus informadores así fueran anónimos, pues actuaron sin poner en duda que alguien de las organizaciones les facilitó la información de los pasos que daríamos.

Al final de esa reunión celebré en mi interior que pararan con los envíos de personas, al menos durante un tiempo, para que La Orden se confiara y dejara de fastidiar. Y, como ya no había nada más que hacer, Lucius nos ordenó que regresáramos a Estados Unidos.

—Puta madre, admito que dudé —me dijo Darius cuando íbamos hacia a la habitación para hacer nuestras maletas, pues partiríamos al día siguiente.

No añadió más, consciente de que yo comprendería a qué se refería, pues únicamente los dos sabíamos el plan que armamos y en el que Alice nos ayudó. Esa vez no incluimos ni siquiera a Marcus, aunque las cosas con el equipo estuvieran marchando bien, pues lo que le hice a Mario no influyó para mal y hasta ese momento nadie sospechaba que no fue en la batalla con los Sigilosos que en realidad murió.

De hecho, haberlo perdido a él hizo más creíble que los otros Vigilantes, tanto como los vigías de Tetsuo, murieron a manos de esa Orden y no en las mías o la de mi élite.

—Yo no —reiteré, dando por finalizado ese tema.

Aunque en mi mente maquiné la idea de seguir haciéndole llegar información a los Sigilosos cada vez que pudiera, ya que no me era posible hacerlo con los Grigoris debido a lo obvio. Con La Orden, en cambio, mientras no supieran quienes eran los líderes, no habría sospechas en mí.

Tal vez jugar en doble bando era un riesgo, pero, si había niños en el medio, me arriesgaría sin dudar.

—Con el único que he podido llegar a hablar es con tu primo Elliot —me dijo Alice.

Estaba en mi apartamento, preparándome para ir a mi búnker y hablar con Amelia, pero antes decidí llamarle a Alice para que me pusiera al tanto de los avances que estaba teniendo en Grig.

—¿Llega con frecuencia a Richmond? —inquirí.

—Cada fin de semana, dos a veces. Le ayuda a tu padre con la administración del club, o eso es lo que dicen —explicó, e imaginé que en realidad podía estarle ayudando con cuestiones de la organización—. De todos, es el único que me dio pie para un saludo y algunas conversaciones triviales.

—¿Por qué será? —ironicé, intuyendo que el hijo de puta iba detrás de algo más interesante que las conversaciones triviales con ella.

—No comiences, que él sabe que Leo es mi novio —reprendió.

—Cariño, Elliot es tan hijo de puta como yo, por lo que no dudo que ya notó que tienes a un perdedor de novio —evidencié, y la escuché bufar.

—Ni Leo es perdedor ni Elliot aparenta ser como tú —los defendió, y me reí—. Es más, con lo caballero que es, no habría sospechado que son familia.

Solté una carcajada en ese momento por la manera en la que se puso a la defensiva.

—Pensándolo mejor, me gusta la idea de que te acerques a él. Es el mejor camino para que te informes de mi familia, lo que sucede con ellos, y de paso descubres si sabe algo de la Castaña.

—¿Ahora pretendes que me meta a su cama para que me susurre las cosas que necesitas saber? —se indignó, y rodé los ojos.

—Pretendo que disfrutes del plan —respondí, aunque también pensé que con ella podría matar dos pájaros de un solo tiro: averiguaba lo que me importaba, y de paso me quitaba a Elliot del camino por si en algún momento Isabella regresaba al país—. Sácale provecho, piensa en grande —la chinché.

Que te den, tonto —rezongó, y volví a reírme.

Al dejar las provocaciones de lado me informó que no vi a Isabella de nuevo en Tokio porque se marchó de Japón al siguiente día de nuestro encuentro. Primero la ubicó en Londres, luego en Holanda y por último en Italia, país en el que estaba actualmente, aunque no sabía con exactitud en qué ciudad porque la Castaña tomaba buenas medidas para perderse del radar.

Definitivamente ella se cuidaba mejor de lo que su padre la cuidó estando vivo.

Dos horas más tarde me encontraba en el búnker con Amelia, manteniendo una conversación sin peleas, reclamos o acusaciones, puesto que esas semanas logramos tratarnos con un poco de educación.

—Se supone que Lucius debería informarte de todas las misiones que tienen, si tanto te respeta —señalé cuando ella aseguró que no sabía nada del tráfico de niños, y se mordió la uña del pulgar en señal de tensión.

Llegó a Estados Unidos desde Irlanda, dos días antes que nosotros, por lo que tenía conocimiento sobre todo lo que vivimos en Tokio, aunque de igual manera me pidió que le hablara de las emboscadas que nos hicieron. Así que tuve que dar mi mejor actuación para parecer tranquilo y desinteresado.

—Según él, cuando cerró el trato con Shinoda yo no estaba en mi mejor momento.

—¿Y le crees?

—Por supuesto que no, Sombra. Deja de creerme la más imbécil —pidió un tanto exaltada, y alcé las manos en señal de que no quería ofenderla.

—¿Y lo apoyas con esa mierda? —pregunté tanteando la situación, refiriéndome al tráfico infantil.

Me miró indignada por varios segundos, yo le sostuve la mirada diciéndole así que no me culpara por dudar. Aunque también la estudié para asegurarme de que no me mintiera.

Al fondo se escuchaban las voces de los mellizos y Darius, ellos se hallaban en el comedor con Alina y Dasher, preparando palomitas de maíz y galletas porque a Owen se le ocurrió hacer una tarde de pelis para el pequeño del lugar. Y, según las risas infantiles, el niño se lo estaba pasando en grande.

—No seas idiota. Por supuesto que no —aseguró Amelia con respecto a mi pregunta—. Así que, por esta vez, me alegra que les hayan jodido el envío, sin embargo, voy a investigar quiénes son esos ninjas.

Disimulé la tensión que sentí ante su declaración porque no me convenía que se concentrara en hacerme preguntas sobre los Sigilosos.

—¿Los O’Connor van a entrar en esta mierda?

Hice esa pregunta porque sabía que no todos los aliados de los Vigilantes estaban metidos en el tráfico humano.

—Nah, a ellos les interesan más las farmacéuticas. Y créeme, no les cuesta nada encontrar candidatos para experimentar con sus medicamentos, ya que ofrecen buenas sumas de dinero —respondió—. Tampoco Grecia va a entrar en el tráfico infantil porque el fuerte de Aris y Andru es la extorsión por medio de los secretos que consiguen con la tecnología, por lo que prefieren concentrarse en eso.

De alguna manera me alivió escuchar tal cosa sobre los griegos.

—Los demás países sí, supongo.

—Supones bien —replicó—. Y cambiando de tema, de ahora en adelante vas a tener que cuidarte mejor en las misiones porque las autoridades van detrás de tu culo. Casi como están detrás del mío. Y más que el de los otros líderes de la organización. Además, a ti y a mí son a los únicos que están responsabilizando de todo el mal que los Vigilantes hemos inyectado en el país —informó.

—¿Qué? —largué sin comprender, y ella rio.

—Según mis informantes, el gobierno sabe que las alianzas más importantes que tenemos con personalidades poderosas dentro del país las hemos conseguido gracias a ti por los secretos que nos diste. Además de que han descubierto lo bien que te manejas chantajeando a la Guardia Costera para que se hagan de la vista gorda con los envíos.

Bufé por la ironía.

—Y por supuesto que Lucius está feliz con eso —urdí con sarcasmo.

No desconocía que al maldito le cabreaba no poder salir con total libertad de sus escondites por ser el más buscado por las autoridades, así que, que se enfocaran en mí, le daría lo que tanto añoraba.

—Claro. Incluso celebró que ahora podrá disfrutar del aire fresco sin que las autoridades le respiren en la nuca, porque Fantasma y Sombra lo destronaron de la lista de los más buscados por la Interpol, la CIA y todos los demás imbéciles buenos para nada. Así que, cariño, nos hemos convertido en los Bonnie y Clyde de esta generación —celebró, y rodé los ojos.

«Ellos sí estaban enamorados mutuamente. Tú y yo, solo en tus sueños», pensé.

—Genial, justo en el mejor momento de la inclusión —resollé con gracia fingida, y ella soltó una carcajada porque tenía claro que todos creían que Fantasma era un chico.

—Ya. Dejemos de hablar de lo que pasa en la organización.

—Lía —advertí, pues me tomó desprevenido que se levantara de su silla mientras propuso tal cosa y se sentara a horcajadas en mi regazo.

—Llévame a tu apartamento —pidió con voz melosa, y la cogí entre las caderas y los muslos cuando restregó su entrepierna con la mía.

La mirada se le oscureció por el deseo y la contuve en el momento que trató de molerse otra vez en mí. Se mordió el labio inferior para provocarme, y bufé por lo bajo.

¿En qué jodido momento se convirtió en una ridiculez para mí que una mujer tan guapa me sedujera?

La respuesta para esa pregunta llegó a mi cabeza de inmediato, y sonreí.

—Hoy no —zanjé para Amelia, y alcancé a girar el rostro en el instante que trató de besarme.

Consiguió hacerlo en mi mejilla, sin embargo, si evité hacerle un desplante como los de siempre, fue únicamente porque no le daría la oportunidad a Lucius de utilizarla (si yo la enviaba directo a uno de sus estados más vulnerables), con el tema del tráfico infantil expandiéndose como un maldito cáncer en la organización y el mundo.

Además, por las buenas podía conseguir que Amelia le frustrara los tratos a ese hijo de puta.

—¿Cuándo entonces? —preguntó con voz lastimera.

«Debo llamar a Dominik», pensé.

Amelia comenzó a besarme la mandíbula y recorrió entre besos castos y mordiscos toda esa línea hasta subir a mi oreja y lamer el lóbulo.

—No lo sé. Déjame descansar bien —pedí.

Para ese momento ya había bajado con sus besos a mi cuello, sin importarle la tela con la que cubría mis tatuajes. Con la mano guio la mía a su culo y terminé dándole un azote.

—Odio el exhibicionismo —la reprendí entre dientes.

Con la persona correcta eso me valía un carajo, claro estaba.

—Bien, vamos a mi habitación y tendremos toda la privacidad que quieras —propuso con la voz ahogada por seguir metida entre mi cuello.

Mierda.

Me preparé para la pelea innecesaria y la tomé del rostro con ambas manos, sacándola de entre mi cuello.

—¿Acaso Cillian ya no te complace bien que volviste tan necesitada? —El enojo y la indignación oscurecieron más sus ojos en ese instante.

Y sí, era bajo que la provocara así, pero era eso o hacerle otro tipo de desprecio, para sacármela de encima, que nos llevaría a algo peor.

—¿Y tú? ¿Te has acostado con alguien en Tokio? Por eso has vuelto sin ganas de tocarme —acusó y me tomó de las muñecas, pero no hizo que la soltara—. ¿Alguna chica de la Yakuza? O una del bando contrario, tal vez —añadió con malicia.

Sonreí de lado y me puse de pie para sacármela de encima, ella dio dos pasos atrás al poner los pies sobre el suelo y logró estabilizarse antes de caer de culo. Me limité a mirarla, a fingir que la insinuación que hizo no me afectó, aunque por dentro intenté controlarme antes de delatarme, pues no podía ser posible que ella supiera de mi encuentro con Isabella.

Alex estaba siendo vigilado por si acaso, por lo que era probable que lo que dijo fue en alusión a lo que pasó entre nosotros cuando nos conocimos.

—Con nadie en realidad —hablé cuando fui capaz de utilizar un tono neutro—. Simplemente estoy cansado y no me apetece follar. ¿Tan difícil es de entenderlo?

—Sí, porque cuando te conocí eras muy activo sexualmente —replicó.

—Bueno, es que ya estoy viejo —me defendí, y me miró entre incrédula e indignada por mi excusa.

—¡No me jodas! Veinticinco años es ser viejo solo cuando te conviene, ¿no? —satirizó, y me encogí de hombros restándole importancia—. ¡Arg! Odio que me busques solo cuando tú quieres —refunfuñó.

Comenzó a caminar hacia fuera de donde estábamos y apreté los puños porque me estaba librando de ella sin tener que follarla. No obstante, noté que iba afectada y eso no me convenía, por lo que tensé la mandíbula a la vez que negué interiormente, en el momento que la tomé del brazo y la detuve, optando mejor por adularla.

Le sorprendió mi acción, pues era la primera vez que hacía eso.

—No es eso, Lía —siseé—. Es que, a diferencia de ti, yo necesito más tiempo para recuperarme después de nuestros encuentros —dije, y alzó una ceja—. No tienes idea de las veces que he tenido que ponerme hielo en la polla luego de follarte.

Ella apretó los labios para no reírse al escucharme, yo negué levemente con la cabeza y le hice un gesto de «no te atrevas».

Joder.

Dominik tenía razón, era necesario que supiera todos los detalles de lo que hacía con ella, incluso si me incomodaban (algunas veces más que otras), como cuando me preguntó cómo tenía mi polla y me describió la suya; situación que me llevó a recordar el detalle de mis perlas, pues él no tenía.

Y, aunque no fuera el caso ni se me dificultaría, ya que no pensaba tocar a esa chica por ningún motivo, las perlas eran una razón más por la cual debía evitar a toda costa cualquier momento sexual con Amelia.

—Eso es exagerado —señaló, y la solté.

Estaba nerviosa y orgullosa a la vez, razón por la que sus rasgos se suavizaron en el momento que se mordió la sonrisa, y expuso la belleza de la que era dueña.

«Leah tuvo que haber sido muy hermosa», pensé al confirmar una vez más los rasgos que Amelia compartía con Isabella.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Amelia frunciendo el ceño, y maldije porque pensé en voz alta.

Carajo.

No podía decirle que opiné tal cosa al darme cuenta de que la difunta le heredó la belleza a sus hijas, además de esa necesidad que ambas tenían de lanzarme dagas, sin dejar de lado las ganas de matarme que profesaban la mayor parte del tiempo.

—Sombra, ya vamos a poner la peli. ¿Nos acompañarás?

Demonios. Me dieron ganas de llegar a Owen y abrazarlo por interrumpirnos en el momento más oportuno.

Miré hacia la puerta y lo encontré tomado de la mano con Dasher, el pequeño sonrió al verme y sentí la mirada de Amelia estudiándonos. Owen abrió los ojos demás al ver que todavía estaba con ella y vi su intención de irse, pues trataban de que ni el niño ni Alina se cruzaran en su camino para que no la incomodaran de ninguna manera, y que con eso la provocaran a que hiciera alguna locura.

—¡Somba! —gritó Dasher, intercalándole una H a la letra S y O.

Dio saltitos de emoción y alcé una ceja porque nunca lo había escuchado decir alguna palabra. Y por la reacción llena de sorpresa de Owen deduje que él tampoco.

—Oye, eso no es justo. A él ni le gusta jugar contigo y aprendes a decir su nombre, y yo que te vivo consintiendo no me llamas ni siquiera tío. ¡Tío que es tan fácil! —rezongó Owen, y Dasher se rio de él creyendo que estaba jugando. Y para ser sincero, yo vi su reclamo muy real.

Era Owen siendo Owen después de todo.

—¿Y a mí no me invitarán a ver esa peli? —preguntó Amelia tomándonos por sorpresa.

—No le jodas los planes a la demás gente —advertí por lo bajo, y ella me sonrió con picardía.

—Eeeh… claro. Si quieres, eres bienvenida —logró decir Owen tras titubear—. No lo propuse antes porque no sabía que seguías aquí o que querrías unirte a la diversión —añadió.

Creí que Amelia había hecho esa pregunta solo por joder, pero no.

Resultó que sí se unió a esa tarde de películas, y me arrastró a mí en cuanto me quise negar porque no quería que me viera interactuando de ninguna manera con los Spencer. Y noté que Darius pensó lo mismo e intentó irse al ver que ella se quedaría, pero también terminó convenciéndolo y le aseguró que nunca era tarde para pasarla en familia.

Comentario que a él le entusiasmó.

Y, aunque al principio todo fue un poco tenso cuando los demás me vieron llegar con ella, Owen y Dasher se encargaron de relajar un poco el ambiente al reírse de lo que veían en la pantalla, o imitarlo (esto por parte de Owen, quien parecía más niño que Dash, como apodaron al pequeño).

Darius incluso se atrevió a comportarse como era en realidad con el pequeño frente a su hermana. Y yo, luego de tanta insistencia de Dasher, terminé sentándolo en mi regazo y jugando con él a las cosquillas, la tercera vez que me buscó para darme galletas y las tres palomitas de maíz que cabían en su mano. También le compartió a Amelia y fue gracioso ver su cara de sorpresa porque el pequeño la incluyera.

—¡Dios! ¿Es enfermo de mi parte que, así me invite a todas las galletas del mundo, le tenga envidia a este niño? —preguntó Amelia por lo bajo para que solo yo la escuchara—. Tenía años de no verte sonreír y reír así, y él lo ha conseguido con sus juegos tontos —explicó.

La risa de Dasher resonó por toda la sala, exhausto porque esa vez mi ataque de cosquillas fue más largo. Y con su manita comenzó a hacerme a mí en el cuello, como venganza. Owen ya nos había callado un par de veces porque no lo dejábamos escuchar, y por joder seguíamos riéndonos con Dash.

Miré a Amelia segundos después. Ella no estaba molesta y tampoco dijo tal cosa con alevosía. Más bien parecía que también se divertía con lo que nos veía hacer y tenía una enorme sonrisa dibujada en el rostro.

—Bueno, soporto más sus juegos tontos que tu intensidad y ganas de violarme. —La sonrisa que tenía se le borró de golpe y sus mejillas se pusieron rojas. Los gestos le cambiaron de diversión a humillación en un santiamén y me di cuenta de que mis palabras murmuradas le dolieron—. Lía, estoy jugando contigo —aclaré.

Y, aunque no dije mentiras, tampoco le estaba reclamando nada. Simplemente mi humor se había vuelto más negro en esos años.

—No sonó así —me hizo saber con la voz temblorosa.

Carraspeó al escucharse y dio una mirada por la sala, temiendo que nos estuvieran observando. Nadie lo hacía en ese instante, pero Darius y Alina se mantenían pendientes de nosotros.

—No importa cómo sonó. Te estoy aclarando que es una broma y sabes bien que no te miento. Cuando quiero ofenderte, lo hago sin tapujos —hablé con determinación.

Enseguida de eso envié a Dasher con Owen, pero el niño optó por hacer lo que él quería y regresó con Darius, se subió a su regazo para acomodarse y seguir viendo la película de hormigas. Alina se mantenía cautelosa y de vez en cuando trataba de conquistar a su hijo para que se mantuviera a su lado, fallando en el proceso.

Lewis observaba a Amelia en ese momento y al imitarlo me di cuenta de que ella seguía abochornada por mis palabras, y maldije, pues era muy sabedor de lo voluble y endeble que era; de lo fácil que sería lanzarla de pique a uno de sus estados donde más frágil sería.

—Ya, Lía. Deja de joderles la tarde a los demás y disfruta de esas hormigas —susurré en su oído luego de haberle echado el brazo sobre sus hombros para atraerla a mi costado—. ¿O esperas que también te haga cosquillas? Porque no lo haré, eh —advertí.

Por supuesto que mi actitud era algo que no esperaba, tampoco mi cercanía frente a otras personas, así que su reacción de sorpresa no me extrañó. Aunque después de unos segundos de procesarlo se relajó, respiró hondo y exhaló de una manera que me indicó su tranquilidad y me abrazó de la cintura, acomodándose en mi costado para ver esa película infantil, rodeados de personas que le temían y que de vez en cuando me miraban como si acabara de ponerme un chaleco bomba.

Demonios.

Traté de no reírme por las reacciones que esa diminuta mujer (en comparación a mi tamaño) provocaba. Y al tenerla así, tan a gusto luego de humillarla, me hizo más consciente de su dependencia hacia mí, y sentí lástima de ella y de todo lo que sufrió a lo largo de su vida para conformarse con migajas.

Y creo que esa tarde fue la primera vez después de años que un sentimiento distinto de mi parte suplantó al odio que le profesaba.

____****____

la organización, pues los secuestros ejecutados por Derek y su gente se dispararon, y tuve que hacer más envíos de los normales. Incluso llevé a cabo algunos combinados con armas para poder sacar del país a las mujeres que iban para trata de blancas, y hombres a los que despojarían de sus órganos. No obstante, me detuve arriesgándome a que se ensañaran con Tess el día que Lucius pretendió colarme a un par de niños en uno de los cargamentos de personas.

—Follarte a mi hija ha hecho que olvides que estás aquí bajo mis órdenes, maldita mierda —espetó Lucius.

Irrumpí en su oficina hecho una furia luego de detener el envío al ver a los niños, antes de que el barco zarpara.

—Lo que haga o deje de hacer con Lía no te importa, ni tiene nada que ver con las misiones que ejecuto para ti —largué—. Y pase lo que pase, ten claro que no me prestaré para esto.

—¿Estás seguro? —inquirió con malicia y sin dejarme responder añadió para uno de sus hombres—: Tráeme el monitor. —El tipo obedeció de inmediato.

Amelia estaba al tanto de mi negativa y de esa reunión porque la llamé en el momento que la gente de Derek llegó con las personas para completar el cargamento. Y, conociendo a su padre, supo que iba a amenazarme con joder a Tess, así que me sorprendió cuando aseguró que ella se encargaría de que no le pasara nada a mi hermana, manipulando por unos minutos el monitor.

—Puedo ser la puta de esta organización, pero eso no significa que me prestaré para todas tus mierdas. Así que procede como quieras, ya que, sea como sea, al único lugar que enviaré a esos niños es de regreso a sus casas.

—¿Es tu última palabra? —preguntó. Según él, siendo benevolente.

Apreté los puños y miré con temor aquel monitor cuando su hombre lo acercó a él.

Quería confiar en que Amelia cumpliría su palabra, porque me juró que ella tampoco participaría en el tráfico infantil y evitaría que su padre siguiera adelante con eso a toda costa, pero con nuestra historia de manipulación me era muy difícil.

—Me engañaste en Tokio, incluso cuando he hecho todo lo que me has pedido —siseé.

—Has hecho lo que has querido. Y lo que no, lo has manipulado creyendo que me verás la cara de imbécil —contradijo, y tragué con dificultad—. Y si te lo he dejado pasar es únicamente porque la estúpida de mi hija te ve como a su amo y ella es la perra que, sin importar los desprecios que le hagas, te será fiel —espetó—. Pero esta vez has colmado mi paciencia.

—¿Paciencia? —inquirí, usando el sarcasmo para no demostrar mis nervios y recuperar mi actitud de hijo de puta—. Paciencia la que he tenido yo con ustedes al soportar sus mierdas, y ahora quieres sobrepasar mis límites y eso no lo voy a permitir.

El maldito soltó una carcajada burlona al escucharme, y tensé la mandíbula.

—Que seas el amante en turno de Amelia no quiere decir que deba respetar tus malditos límites, jodido bastardo —siseó—. Ya tú mismo lo has dicho: eres mi puta y, como tal, haces lo que yo diga y quiera para que me complazcas. Así que, si no haces ese envío por las buenas, lo harás por las malas.

Di un paso hacia él en el momento que activó el monitor, pero sus hombres estaban atentos a mis movimientos y me detuvieron desenfundando sus armas y poniéndolas en cada una de mis sienes.

—Con los niños no, maldita rata —espeté.

Me miró con malicia y apretó el botón de más. Probé dar otro paso en cuanto el medidor de Tess se movió al amarillo, y los tipos le quitaron el seguro a sus armas.

¡Joder!

—¿Harás esos envíos por las buenas? ¿O prefieres por las malas? —cuestionó, y apreté mis molares.

No ignoraba que el malnacido tenía a otras personas que se podían encargar de eso, pero para su desgracia (y la mía), únicamente yo conseguía que todos los envíos fueran exitosos, pues, a parte de la Guardia Costera, manipulaba a los agentes de las fronteras marítimas, lo que me permitía sacar los cargamentos de armas y mujeres del país sin que nos incautaran ninguno.

Algo que las demás élites de los Vigilantes todavía no lograban, pues seis de cada diez envíos eran exitosos. Y con los otros cuatro incautados perdían más dinero y recursos de lo que invertían.

—No seas mierda, Lucius. Tú sabes que, obligado o no, he sido leal a la promesa que hice. Y cuando las otras élites la han cagado, la mía ha estado ahí para salvar tu culo.

Chasqueó con la lengua y sacudió la mano, dejando el monitor de lado por un momento.

—No. Tampoco te creas indispensable, imbécil de mierda —resopló.

—Soy eficiente, no indispensable. Y te he hecho ganar millones de dólares desde que uso esta máscara —me defendí—. Te doy más buenos resultados que cualquiera de la organización, joder.

Para ese momento, la desesperación me estaba comenzando a ganar.

—¡Entonces cumple lo que tanto te jactas y envía a esos malditos niños, porque me estás haciendo perder esos millones! —gritó, y negué con la cabeza.

Estaba condenando más a mi hermana con esa decisión, y a mis padres con el sufrimiento de perder a su otra hija luego de perderme a mí. Pensé en el dolor de mi madre y le pedí perdón porque esa vez no podía doblegarme. No cuando a mi cabeza llegó la imagen de Dasher jugando a la pelota, e increíblemente, también la de aquellos gemelos de Italia con su enorme sonrisa en el momento que se marcharon con sus osos, pues eran los únicos niños con los cuales había conocido la inocencia.

Y me negaba a dañarlos.

—Mátalas —repliqué entre dientes, sintiendo la culpa, la impotencia, el dolor y el egoísmo porque sería mi hermana la única que sufriría las consecuencias de esa decisión.

Aunque también sentí una pizca de esperanza al notar la sorpresa de Lucius, y la confianza de haber hecho un buen trabajo en esos años.

Y si no era indispensable, al menos esperaba ser una ficha clave en su tablero, puesto que por primera vez me arriesgué a comprobar si mi doble juego daría resultado. Y, si Lucius era tan inteligente como había demostrado serlo, me permitiría ganar esa partida, ya que, si me arrebataban lo que me mantenía con ellos, también me quitarían el miedo, y con eso arrasaría con todos si no me mataban.

—Pagarás caro el haberme desafiado —largó.

Y, por la manera en la que apretó los dientes al decirme eso, supe que estaba más cabreado que cuando los Sigilosos le truncaron los planes a él y a Shinoda. Sin embargo, apartó el monitor con brusquedad y me exigió que saliera de su vista, y con eso confirmé que, en efecto, a él le servía más de lo que alguna vez aceptaría.

No obstante, canté victoria antes del tiempo y tres días después de eso Lucius me cobró esa desobediencia con lo que jamás esperé.

—¡Están aquí! —gritó Lewis.

Corrimos con Darius a donde lo escuchamos gritar.

Estábamos en nuestro búnker, llegamos lo más pronto que pudimos luego de una llamada que Alex le hizo a Serena mientras nos encontrábamos llevando a cabo un envío de armas. Ella solo le entendió las palabras «Dasher» y «ataque», y fueron suficientes para que corriéramos con ellos.

Alex se había quedado en el búnker con Alina y Dasher esa noche, puesto que así nadie que no fuera de mi élite o la de Amelia pudiera entrar sin el código de acceso, no nos confiábamos.

—¡Joder! ¡No! —gritó Darius, y me detuve de golpe al encontrar a Lewis al lado de los cuerpos de Alex y Alina tirados en el suelo.

Parecía como si él trató de defenderla sin éxito, pues le desollaron la garganta y se desangró sobre el cuerpo de Alina.

—¡No hay nadie! Todo indica que se fueron hace mucho…

—¡Busquen a Dasher! —rugí cortando el aviso de Owen cuando llegó a la sala de entretenimiento, en el momento que no encontré al niño por ningún lado.

—¡Busquen a Dash! ¡Busquen a Dash! —gritó Owen desesperado para Marcus, Serena, Belial y Lilith.

Darius le ayudó a Lewis a mover el cuerpo de Alex de encima de Alina y escuchamos un jadeo por parte de ella. Me acerqué y noté todas las puñaladas que le habían dado, pero que no consiguieron acabar del todo con la mujer.

Alina abrió los ojos con dificultad cuando Darius trató de auxiliarla y susurró un «no» quedo.

—Sálva-lo —suplicó, y mi corazón estuvo a punto de explotar al pensar en la razón de su petición.

—Calma, vamos a ayudarte —le aseguró Darius, pero escuché la duda y desesperación en su tono.

Alina negó levemente, estaba muriendo y lloró por el esfuerzo de decir algo más.

—Fue-fue De-rek. Se llevó a mi be-bé. —Alina me miró al decir eso y dejé de respirar—. Dijo que iba a envi-arlo con-tigo.

El mundo se me hizo pedazos al recordar las cajas de madera grandes y pesadas que la gente de Derek llevó esa noche al puerto. Hice que mi equipo revisara la mayoría para asegurarnos que fueran solo armas, pero cometimos el error de dejar algunas selladas.

—¡No! —Fue todo lo que pude decir.

Salí de la sala y corrí hacia afuera del búnker, me subí a una de las Todoterreno como alma en pena y me di cuenta de que Darius me había seguido hasta que se subió en el lado del copiloto. No nos dijimos nada, porque las palabras sobraban y la desesperación se apoderó de nosotros, hasta que me puse en marcha de regreso al puerto y le di mi móvil.

—Llama a Hernández y pídele que detenga el barco a como dé lugar —pedí, refiriéndome a mi contacto en la Guardia Costera.

Con suerte, el cargamento todavía no había salido de aguas estadounidenses.

—¡Me cago en la puta que lo parió! No tienes señal —avisó con la voz quebrada.

—¡Prueba con el tuyo! —grité, y pisé el acelerador a fondo para salir de territorio Vigilante.

—¡Dios mío! ¡No me hagas esto! —rogó él—. No tengo señal tampoco —gritó.

Le di un golpe al volante, sintiendo que la mirada se me estaba nublando al imaginar todo tipo de escenarios, y a duras penas logré frenar cuando vi a cinco coches estacionados a unos metros de donde yo iba, y varios Vigilantes se encontraban afuera de ellos con armas apuntándonos.

—¡Mierda! ¡No! —grité yéndome hacia el frente por el frenazo.

El cuerpo se me sacudió hacia atrás al detenerme por completo y, en cuanto nos estabilizamos, noté que en una de las camionetas se hallaban Lucius, Derek y Amelia.

—¡Maldito hijo de puta! —gritó Darius saliendo del coche.

Lucius alzó la mano para que su gente no fuera a dispararle y comenzó a reírse.

—No me culpes a mí, hijo. Fue decisión de tu hermana y su novio —le dijo con malicia.

Me bajé del coche y miré a Amelia adentro del suyo, ella bajó la cabeza y Derek a su lado sonrió victorioso.

¡Mierda! Salvó a mi hermana tres días atrás, pero porque la hija de puta sabía cómo iba a joderme de nuevo.

—¿Qué quieres para que me devuelvas a ese niño? —le pregunté a Lucius con la voz más ronca que la del cambiador.

No tenía tiempo para amenazas inocuas que en ese instante no cumpliría. Me importaba más detener el puto envío o saber cómo podría recuperar a Dasher.

—A ver, Sombra. No deberías hacerme esa pregunta cuando en primer lugar fuiste tú quién lo traficó. Cosa que me sorprende después de que te negaste tanto al tráfico infantil —se burló.

En ese momento era capaz de matarlo, pero también de ponerme de rodillas con tal de que me devolviera a ese niño. Así que detuve a Darius en el momento que él trató de irse sobre el malnacido frente a nosotros.

—¡¿Qué quieres, Lucius?! —grité.

Él deliberadamente se quedó en silencio unos minutos.

—¡¿Qué quieres?! ¡Dilo, joder! —rugió Darius como león herido.

Ni las carcajadas de Derek me hicieron dejar de ver al viejo decrépito.

—Que me complazcas como mi puta que eres, Sombra —satirizó—. De ahora en adelante, si quiero follarte, lo haré, si quiero ver que te follen, lo veré. Si deseo envíos, los harás, de lo que yo quiera, cuando quiera y como quiera. A cambio, te daré la seguridad de que no venderé a ese niño ni permitiré que lo descuarticen o que los clientes lo usen a su antojo.

Darius alegó, yo no pude porque era en vano, pues de nuevo esa mierda volvió a quebrarme y utilizó contra mí mis propios sentimientos.

El consejo que Enoc me dio hace años inundó mi cabeza una vez más, dándome cuenta que seguía fracasando. Así que me limité a asentir para Lucius.

—Ves que no era tan difícil —continuó burlándose—. Por obediente te doy mi palabra de que te haré llegar con mi consentida noticias sobre ese chiquillo en el momento que lo instale en un lugar adecuado para él, ¿de acuerdo? —me preguntó con tranquilidad.

—De acuerdo —dije luego de tragar con dificultad.

—Perfecto. Derek, lúcete con la cosecha del producto extra virgen porque ya tenemos a nuestro UPS[1] personal. 

Los dos soltaron carcajadas estrepitosas por su broma y vi de soslayo que Darius no pudo contener las lágrimas por más que se esforzó, y una rodó por su mejilla.  

—Ven aquí, hijo mío.

Darius no le obedeció a Lucius cuando este pidió tal cosa, así que fue él quien se acercó a su hijo adoptivo y lo cogió con ambas manos de los lados del cuello para darle un beso en cada mejilla.

—Vuelve a faltarme el respeto y recibirás en pedazos a las personas que amas —le advirtió. Acto seguido lo soltó, se dio la vuelta y le ordenó a sus hombres que nos regresaran al búnker.

Yo me quedé ahí de pie, mirando sin parpadear a Amelia y a Derek, pensando en las palabras que Marcus me dijo cuando asesiné a aquellas mujeres.

 

—A estas alturas de la partida, si debo sacrificar a mis peones, lo haré sin pensarlo y sin remordimiento alguno.

—Espero que sigas pensando lo mismo cuando te toque sacrificar a un peón al cual le hayas tomado cariño.

 

—No quería sacrificarlo —susurré para Darius—. No a ese pequeño.

Él no dijo nada, simplemente cayó de rodillas luego de que perdiéramos de vista el coche de Lucius. Y yo me tragué mis propias palabras al sentir remordimiento, desesperación y agonía.

[1] United Parcel Service, Inc. es una empresa de transporte de paquetes. Su sede está en Atlanta, Georgia, Estados Unidos. La sede de Bienne, en Suiza, se encarga de las operaciones en Europa, Oriente Medio y África.

 

 

[1] Diosa de la protección para los sintoístas japoneses.

[2] Sintoístas son las personas creyentes del sintoísmo, la religión tradicional de Japón.

Dulce destino

Elijah

No viví lo peor al ver a Darius derrumbándose en medio de la noche en aquella carretera donde Lucius nos detuvo. Lo hice cuando regresamos a nuestro búnker y tuve que decirles a los demás que enviamos a Dasher en el cargamento que hicimos y ya no pude recuperarlo.

Los gritos desesperados de Serena y el llanto silencioso de Owen fueron dos puñaladas que clavaron en mi corazón (y se sumaron a las otras), que me hicieron odiarme y decepcionarme un poco más de mí mismo porque perder a ese pequeño, y causarles tal dolor, era otro fracaso que añadía a mi lista. Y tuve que alejarme de mi élite esa noche debido a que su tristeza aumentaba en sobremanera mi mediocridad.

—Este golpe nos duele a todos. —No miré a Marcus al escucharlo decir eso, me concentré en seguir observando el pequeño balón que tenía entre mis manos, sentado en la banca de pesas del gimnasio—. No es necesario que te escondas, hermano. Llora si lo necesitas —recomendó.

—¿Llorar? —Mi voz fue tan frívola que enfrió mi propia piel—. ¿Acaso eso me devolverá al chiquillo irritante que no podía dejar en paz esta puta pelota? —largué tirando a la vez el juguete con tanta ira que fue increíble que no se explotara al rebotar en el suelo—. No, Marcus, no quiero llorar. Quiero despedazar a Lucius, a Amelia, a Derek. Quiero hacerlo tan lento. Amarrarlos mientras los despellejo vivos, después de que me digan en dónde tienen a Dasher y ¿sabes qué? —No lo dejé responder—. ¡No puedo hacerlo, así que tampoco voy a llorar!

Le grité lo último con tanto ahínco que se me dificultó respirar y el pecho me punzó con violencia, a tal punto que necesité hacer presión en mi tórax con la palma de la mano y con la otra me agarré la garganta en cuanto el dolor subió hasta ahí, amenazando con hacerme vomitar.

Marcus se limitó a callar, aunque noté que él sí dejó escapar un par de lágrimas.

—No llores, hombre —pedí con la voz ronca—. No demuestres tus sentimientos, porque nuestros enemigos lo toman como ventaja para cogernos de las bolas y convertirnos en sus putas —recomendé—. Si no lo crees, mírame —dije abriendo los brazos.

Segundos después los cerré de golpe y caminé hacia afuera del gimnasio porque no quería que nadie más pretendiera consolarme, ya que ni siquiera lo merecía por imbécil.

Llegué a la sala de entretenimiento donde Belial y Lewis se encargaban de los cadáveres de Alex y Alina, y me quedé mirando a Darius al lado del cuerpo de la mujer. Él seguía llorando, pidiéndole perdón a alguien que ya no podía escucharlo, simplemente porque se sentía responsable de no haberla protegido ni a ella ni a su hijo como les prometió.

—Vamos a entrar a esta mierda por el niño, está claro —me dijo Belial, queriendo enfatizar que nunca se metería al tráfico infantil porque quisiera hacerlo—, pero en este momento deseo que a la mierda de Derek le hagan pagar lo que hizo con su propia hija.

—¿De qué estás hablando? —le pregunté.

—De que Derek tiene una hija con Brianna, la chica que traicionó a Grigori por él —respondió Darius desde donde estaba, cerrándole los ojos a Alina.

Me sorprendió esa información, y ellos lo notaron.

—Brianna y su pequeña hija son el tesoro de esa escoria, por eso las mantiene lejos de la organización y sus enemigos —explicó Belial.

—¿Sabes dónde específicamente? —inquirí.

Tanto él como Darius y Lewis me miraron, queriendo leer mi expresión sin éxito, ya que en ese momento, aunque me quité la máscara de Sombra, me dejé la de la frialdad.

—No —respondió Belial.

—Ni yo, porque se ha esmerado en ocultarlas bien —acotó Darius.

—Yo podría averiguarlo —se ofreció Lewis.

—¿Cómo?

Fue Darius el de esa pregunta y esperé por la respuesta de Lewis.

—Salí hace un tiempo con Sandra, una chica de la élite de Derek. Así que podría volver a buscarla —respondió Lewis.

Belial y Darius me miraron esperando por mi decisión.

—Sé discreto para que no sospechen, ya que esto es algo que puede tomarse con calma y hacerse con el tiempo que sea necesario, pues es mejor ejecutarlo en el momento oportuno y no a la ligera mientras tenemos la cabeza caliente —señalé, y Lewis asintió de acuerdo.

Personalmente me había tomado tres años para buscar venganza contra el malnacido de Derek, lo hice porque no quería poner en más riesgo a las chicas, pero luego de lo de Dasher entendí que al menos con ese hijo de puta debía comenzar a trabajar en el castigo que le daría. Y, aunque no pensaba dañar físicamente a su hija, no podía asegurar lo mismo con la traidora de Brianna.

—¡¿Qué mierdas haces aquí?! —Darius se puso de pie luego de gritar eso y salió de la sala como si le hubieran prendido fuego en el culo.

Mi cuerpo entró en tensión al escuchar el alboroto que se estaba armando detrás de mí y reconocí las voces de algunos hombres de Amelia.

—¡Sombra! —me gritó ella.

Me di la vuelta para encararla y vi cómo sus hombres contuvieron a Darius para que este no se acercara más a ella y la dañara de alguna manera.

—¡¿Cómo pudiste, hija de puta?! —espetó él, perdiendo el control que siempre lo caracterizó—. ¡¿Cómo fuiste capaz de permitir que tocaran a ese niño?!

Amelia estaba llorando y nos miraba con una expresión angustiada, llena de culpa. Era como si le estuvieran clavando un puñal en el pecho, pero ya no fui imbécil para creerle ese papel de víctima, cuando en realidad era una manipulada que estaba superando con creces a la mierda de su padre.

—Era parte de tu plan quedarte aquella tarde para vernos interactuar con él, ¿cierto? —Darius se sacudió queriendo sacarse de encima a los hombres que lo retenían, al seguir con sus reclamos—. Te comportaste como si querías ser parte de nosotros únicamente para encontrarnos la debilidad. Actuaste como si de verdad estabas en contra de lo que hace el malnacido de tu padre para ver cómo podías manipularnos, y no te importó usar a un niño… ¡Un niño, Amelia!

En ese instante, Darius era la voz de mi élite. Él reflejaba y decía lo que yo no podía.

—¡No tuve opción! —gritó Amelia, y bufé una risa carente de diversión pero llena de odio—. Sombra, no tuve opción —resolló para mí, y negué con la cabeza.

—Nunca he esperado nada bueno de ti y aun así eres capaz de decepcionarme —le dije con una serenidad que no sentía—. Y luego te preguntas por qué la prefiero y preferiré siempre a ella.

—¡Arg! ¡No digas eso! —gritó, actuando como si mis palabras le dolieran también físicamente—. No lo digas si no sabes por qué lo hice.

—¿Es que acaso hay una razón que pueda justificar tu aberración? —inquirió Darius, y dio unos pasos hacia atrás cuando los hombres por fin lo soltaron.

Amelia me miró a mí al responder.

—Mi padre iba a matarte porque te negaste a hacer el envío, porque lo desafiaste, y encima descubrió que no te podría chantajear más usando la amenaza de siempre —explicó, y pensé automáticamente cuando lo alenté a matar a mi hermana—. Venía a ejecutarte y me traía con él para que lo presenciara porque aseguró que no supe mantenerte a raya. Me castigaría por permitirte cosas que él jamás autorizó y no le importó que yo lo amenazara con romper mis alianzas más fuertes, al contrario, se empecinó más con matarte por mi atrevimiento. Así que la única manera de evitar que te tocara era darle un nuevo motivo para obligarte a hacer los envíos.

—Entonces le entregaste a Dasher —dedujo Darius sin poder creerlo.

Amelia lo miró, dejando que sus lágrimas rodaran como respuesta para él.

—Lo siento, Darius —consiguió decir ella entre sollozos—, pero para mí Sombra está por encima de todo.

Alcé las cejas, sobresaltado al escuchar la seguridad con la que dijo tal cosa, y me vi reflejado en ella.

Mierda.

—¡Hija de la gran puta! —siseó Darius, llorando de rabia en ese instante porque no podía llegar a Amelia para matarla con sus propias manos.

Los demás se hallaban sin poder procesar el hecho de que ella fuera capaz de hacer lo más despreciable con tal de protegerme a su manera. Pero yo sí pude, porque para mi desgracia era lo mismo que yo hacía por su hermana. Sin embargo, me mantuve receloso, sin mostrar mi sorpresa, puesto que su declaración también parecía otra de sus tretas para manipularme.

Una mentira con la cual pretendía convencerme de su amor.

—Eras tú o el niño, y mi elección fuiste tú —reiteró, haciéndome consciente de que no solo permitió que secuestraran a Dasher, sino también dejó que lo enviaran a otro país para que lo dañaran.

Con eso me hizo pensar que por un momento me arriesgué a elegir a otros niños por encima de Tess, ya que ese era un límite que no pretendía cruzar. Y, así fuese por mí o por alguien más, tampoco celebraría que ella sí lo hiciera.

—Nunca debiste elegir a alguien que jamás te elegiría a ti —señalé con más frialdad de la que solía tener para ella.

Las lágrimas le corrieron por las mejillas con más intensidad en ese momento, herida por mi declaración y porque lo hice público, ya que nunca le expresé nada como eso frente a mi élite. Siempre traté de decirle las mierdas sin que otros nos escucharan, pero en esa ocasión me fue imposible, pues quería herirla tanto como ella nos hirió con su elección.

Y Darius, por primera vez desde que lo conocía, se rio de ella, demostrando con ese gesto que jamás lo hirieron como lo hizo la chica por la cual luchaba a pesar de las mierdas que hacía. Amelia lo había roto de una manera que nadie podría superar.

—Jamás debiste elegirme por encima de ese niño, Fantasma, ya que yo no te elegiría a ti ni por encima de la mierda —reafirmé con tanto desprecio que sentí asco de mí mismo.

Y ese asco aumentó al darme cuenta segundos después de que por primera ocasión en años tuve la dicha de ver el momento exacto en el que la depresión la encontró. Y nunca esperé disfrutarlo, pero lo hice porque, así haya entregado a Dash para salvarme a mí, no mentí al asegurar que prefería la muerte antes de condenar a un inocente a un destino como el que ella le dio al pequeño.

____****____

No pensé que mi infierno podría empeorar hasta que tuve que ejecutar tres envíos infantiles cada dos semanas, luego de aquella noche en la que perdí a Dasher.

Siempre terminaba vomitando y encerrándome en mi apartamento después de llevar a cabo cada aberración, y hasta mis demonios se asustaban con los recuerdos en mi cabeza de los rostros asustados y suplicantes que presentían el infierno al cual yo los estaba enviando.

Algunos iban conscientes, otros sedados para que no molestaran lo que duraba el viaje.

A Dasher lo trasportaron así aquella noche, dos meses atrás. Lo sedaron y luego lo metieron en un compartimiento oculto de la caja de madera, y sobre él pusieron armas para que yo no lo encontrara si la hubiera llegado a abrir. Lo supe por Darius, quien tuvo las bolas de investigar los detalles, a pesar de lo mierda que eso lo hacía.

—Prepara a tu equipo porque irán a Mónaco para ayudarle a mi colega con el tráfico de mujeres, ya que tenemos envíos atrasados —me dijo Lucius, y asentí.

El hijo de puta debía estar feliz, puesto que consiguió convertirme en una máquina que manejaba a su antojo. Todo con tal de que me siguiera haciendo llegar información de Dasher.

Por Amelia sabía que su padre instaló al pequeño con uno de sus aliados (aunque ella aseguraba que desconocía cuál de todos), y a pesar de la tristeza que a veces mostraba en los vídeos, porque quería a su mamá, en su inocencia lo manipulaban y lo hacían disfrutar de los juguetes y actividades que lo animaban a hacer para entretenerlo.

Y yo, con tal de mantener esa inocencia intacta, me estaba convirtiendo en una escoria igual que Lucius y Derek.

—Tengo algo para ustedes —dijo Amelia al encontrarme con Darius afuera de la oficina de Lucius, después de que terminé de hablar con él.

Alzó el móvil para que viéramos un vídeo en pausa y Darius se lo arrebató de inmediato, queriendo estudiarlo bien, asegurándose de que no estuviera manipulado. Yo, por mi parte, dejé de ver los vídeos luego del tercero que enviaron, y me conformaba con lo que Darius me contaba mientras contenía las lágrimas.

—Estoy averiguando dónde lo tienen para recuperarlo. —Amelia se concentró en mí al decir eso, e hice un sonido irónico con la garganta en respuesta.

Ella me pedía perdón cada vez que me llevaba un incentivo para que no me descuidara de las misiones. Y si me limitaba a quedarme callado era únicamente porque descubrí que le dolía más mi silencio que las discusiones en las que siempre nos metíamos antes. Y porque no era tan estúpido de cabrearla luego de lo que me hizo.

Al final, ella también me convirtió en su puta, una que no le daba el sexo que tanto deseaba.

—Te lo prometo, voy a recuperarlo —aseguró, tomándome del interior del codo cuando quise irme.

La miré gélido, sin decir una sola palabra. Y cuando mi mirada la quemó, me soltó para que siguiera mi camino.

Después de lo de Dasher trataba de no ir al búnker a menos que fuera muy necesario. Y compartía poco con mi élite porque a veces sentía que me veían como el culpable de lo que le pasó a los Spencer y, aunque no estaban equivocados, igual me corroía la piel y me avergonzaba por no haber podido evitar que los dañaran.

Con las únicas personas que más hablaba eran con Alice, para que me mantuviera al tanto de lo que pasaba en Grig, y con Hanna, quien consiguió ponerse en contacto con Owen dos semanas atrás, para contarle cómo le estaba yendo en su nueva vida. Él fue quien le dio mi número en cuanto ella se lo pidió, y me sorprendió, a la par que me alegró, escucharla tan bien y animada; recuperándose al lado de su familia, comenzando de cero y tratando de ser feliz.

Y para ser sincero, en esos días únicamente ella consiguió que me olvidara un poco de mi mierda, pues seguía siendo una lectora empedernida que, en el segundo que me escuchaba mal, comenzaba a hablarme de las historias que leía, pues aseguraba que solo un libro nos ayudaba a perdernos de la realidad.

Y me lo demostró.

Abrí demás los ojos al leer el mensaje de Alice. Teníamos varios días en Mónaco, ayudándole a Dubois (el mismo tipo al que los griegos me pidieron hacerle un recordatorio de parte de ellos) con el tráfico de personas.

—Mierda —murmuré al leer la respuesta de Alice a mi mensaje.
En esa ocasión hice parte a mi equipo de la presencia de la Castaña en la ciudad, pues era muy probable que hubiera llegado al país para seguir el rastro de unas libanesas a las cuales Dubois pretendía traficar hacia Rusia.
—Si la ven, asegúrense de que nadie que no sea parte de la élite la reconozca —ordené, y los vi asentir.
Adicional a eso, le pedí a Owen que preparara un pendrive con toda la información que recabamos de Dubois, puesto que aprovecharía a darle un golpe a esos malnacidos utilizando a los Sigilosos, y de paso le quitaría un estorbo a los griegos, ya que había escuchado que ellos querían deshacerse del francés para poner en su lugar a alguien que les sirviera mejor.
Y una vez más, Alice no se equivocó con la ubicación de la Castaña. Ni yo al suponer que en efecto esa mujer llegó a Mónaco para seguir el rastro de las libanesas y de Dubois, según me pareció.
El encuentro que tuvimos esa vez, en un inmundo baño del club, me dejó con una tremenda erección (debido a que me puso mucho verla asesinando a sangre fría a ese hijo de puta que osó tocarla) y con el brazo herido. Aunque también desconcertado por su reacción luego de la llamada que recibió.
—Demonios —siseé entre dientes en el momento que Marcus me limpió con más fuerza de la debida, la herida de bala que esa mujer me dejó como despedida.
Me agarré con fuerza de la mesa en la que estaba y respiré hondo para controlar el dolor, ya que sentía como si el proyectil me hubiera rozado el hueso. Y menos mal que no tuve que pelear con nadie más, gracias a mi equipo que se encargó de eliminar a la gente de Dubois para que no nos delataran, pues ordené que ellos ayudaran a Isabella y al maldito que la acompañaba, a salir del club sin más percances.
Y luego los culpamos a ellos del desastre que hicimos.
—Te confías demasiado con ella, idiota —me reprochó Marcus.
Él seguía molesto porque no permití que le diera un escarmiento a Isabella, y casi lo mato cuando admitió que quería hacer tal cosa.
—Ya, joder. Deja, mejor lo hago yo —largué quitándole la gasa humedecida con desinfectante, con la que me limpiaba.
—A ver, no. Quédate quieto y escucha, maldito terco —me sermoneó, arrebatándome la gasa de nuevo—. Esa mujer pudo haberte matado y tú de idiota, en lugar de protegerte, le pones el pecho.
—Maldición —siseé al sentir más el escozor y dolor en el momento que empezó a suturarme.
Y siendo sincero, hubo un segundo en el que sí creí capaz a White de matarme, pero lo admitía, me confié por el nerviosismo que mostró ante mi cercanía, sobre todo en el instante que la empotré a uno de los cubículos del baño y, sin descaro, miré entre sus tetas cuando reconocí el relicario que mandé a fabricar para ella.
Sí lo usaba. Laurel cumplió como lo esperaba de ella y sentí cierto orgullo de que Isabella llevara algo de mí, incluso en los momentos donde no debía.
—Si no hubiera entrado a tiempo, te habría matado —siguió Marcus con su diatriba, y rodé los ojos.
—No lo hubiese hecho —zanjé—. Ella solo quería darme una advertencia —terminé espetando, más por dolor que por enfado.
—O se contuvo porque no es tan reacia a Sombra. —Lo miré en cuanto dijo eso y me di cuenta de que, en segundos, el dolor en mi brazo desapareció ante los celos y el enojo que me invadió.
Podía parecer absurdo y tonto sentir celos de mí mismo, sin embargo, yo sabía quién estaba detrás de la máscara de Sombra. Isabella no.
Para ella era Sombra, no LuzBel ni Elijah. Y mi posesividad hacía que el ego se me hiriera ante ese hecho, al ser consciente de que la mujer que únicamente quería que reaccionara a mí también sentía nerviosismo (o lo que fuera) por alguien más.
«Para ella estás muerto».
Ese maldito recordatorio en mi cabeza fue duro y crudo.
—No tientes más tu suerte, hermano —recomendó Marcus de pronto—, porque tú sabes que ya no es solo su vida la que está en juego.
Tragué con dificultad al entender entre líneas que se refería a Dasher.
—Entiendo tu reacción y molestia, pero… —Me quedé en silencio unos segundos, recordando todo lo que sentí cuando Owen llegó a la sala de vigilancia del club donde nos encontrábamos con Belial, para avisarme que White estaba en el lugar acompañada de un tipo que, según su manera de tratarla, parecía su novio.
Puta madre. Casi me volví loco al imaginarla con otro.
Se tardaron en reconocerla porque ella iba con peluca y vestida de una manera demasiado extravagante para el estilo que solía usar, pero Lewis se había mantenido con los hombres de Dubois y, en cuanto estos mencionaron que la pareja era desconocida y muy sospechosa, él la identificó enseguida.
—No tienes idea de lo difícil que es tenerla tan cerca y pretender pasar de ella como si su cuerpo no fuera un imán que tira de mí con fuerza —admití, y sentí la mirada de Marcus.
—Tienes razón, no tengo ni la menor idea —dijo después de un largo suspiro—, pero sí veo cosas que tú no, amigo.
—¿Qué cosas? —cuestioné.
—Ya lo mencioné, ella no es reacia a Sombra, pero eso no significa que no podrá matarlo en el momento que lo crea conveniente —ratificó—. Así que no te confíes porque, aunque no la conocí bien antes, sé con certeza que ahora ya no es la chica con la que los Vigilantes jugaron.
—No, no lo es —coincidí.
Isabella White se había convertido en el gigante que despertaron cuando asesinaron a Enoc, y muchos íbamos a pagar el daño que le hicimos.

____****____

—Cualquier comentario que escuchen sobre ella me lo notifican de inmediato. Y si proviene de un Vigilante que no pertenece a esta élite pues ya saben cómo proceder —dije para mi equipo, y todos asintieron.

A continuación abordamos el avión que nos llevaría de regreso a Estados Unidos, y me senté en un lugar alejado de todos.

Para ese instante ya comprendía la reacción de White, y estuve a nada de destruir la habitación del hotel en la que me hospedaba (propiedad de Dubois), cuando Alice me llamó para avisarme que mi padre y Jacob tuvieron un accidente, según lo que averiguó en Grig, dejando a Myles en un estado crítico, luchando entre la vida y la muerte. Y a Jacob herido.

Eso fue lo que los trabajadores de Grig mencionaron, pero yo sabía que ese no había sido ningún accidente, y por lo mismo decidí volver a Estados Unidos sin esperar la orden de Lucius, y también por lo que alerté a mi equipo sobre la posible llegada de Isabella al país, pues trataría de ocultar su regreso a como diera lugar, ya que no dudaba de que, si esas ratas se enteraban de que estaba cerca de su radar, aprovecharían para torturarla con el chip que llevaba en la cabeza.

—Fue Derek. —Miré a Lewis cuando llegó a mi asiento y dijo eso.

—¿Por qué lo dices? —pregunté, y él levantó el móvil para mostrarme un mensaje de texto que recibió en respuesta a una pregunta que hizo.

—Sandra estuvo en la emboscada en donde Pride resultó herido —informó, y me tensé—. Y según lo que me explica, Derek planeó un ataque masivo para todos los fundadores de Grigori, sin embargo, únicamente pudo ubicar al jefe de Virginia. En el ataque murieron algunos de sus escoltas y si Jacob solo resultó herido fue porque Pride lo apartó cuando este se colocó frente a él para defenderlo. —No me extrañó que padre hiciera eso, pues veía a Jacob como un hijo—. Ahora se especula que Kontos y Makris salieron de Estados Unidos luego de enterarse del ataque a su compañero.

—Hijos de puta —largué, preocupado y furioso a la vez. Aunque no sabía si era por lo que le hicieron a padre o porque los otros líderes hayan huido, dejando a mi familia atrás—. Sácale a la chica toda la información que puedas sobre el maldito atentado y el plan que tiene su jefe —pedí—. Y avanza con la cuestión de la mujer y la hija de esa mierda.

—Créeme, estoy trabajando en ello. Y si me permites una recomendación: hagas lo que hagas al llegar a USA[1], evita mencionar que sabes quién ejecutó el atentado, ya que fue una misión secreta y no quiero que Sandra sospeche de mí —pidió, y comprendí la razón implícita—. Y a mi criterio, si es secreto, significa que hay algo más grande detrás de esto —añadió, y asentí.

Por supuesto que había algo detrás, y una voz en mi interior me decía que tenía que irme con más cuidado.

—Persuádela para que te diga si sabe algo de la hija de Enoc —solicité, y asintió enseguida.

Regresó a su lugar luego de dar por finalizada la conversación, y yo me quedé pensando en todo lo que quería hacerle a esas mierdas para que pagaran un poco de lo que nos habían hecho, antes de mandarlos al infierno.

Aunque también me quedé saboreando en silencio el sabor amargo de la preocupación por no saber nada de padre y de mi amigo, mi hermano.

Cuando llegamos a Estados Unidos, mi desesperación aumentó porque recibí una llamada de Alice, en la que me informó dos cosas: la primera se trataba de que le perdió la pista a Isabella luego de que ella llegara a su hotel tras salir del club en Mónaco, pues el registro de seguimiento indicaba que entró al lugar, pero no volvió a salir, lo que podía significar que se mantenía en Francia, o utilizó alguna manera de pasar desapercibida hasta de las cámaras.

Y lo otro que me dijo fue que se atrevió a llamar a Elliot con la excusa de mostrarle su apoyo con la situación que su familia estaba atravesando, y él, por obvias razones, mantuvo que lo que sucedió fue un accidente; y añadió que el estado de padre era más delicado de lo que esperaban y que los médicos se encontraban haciendo todo lo posible por salvarlo, pero no daban muchas esperanzas.

Lo único bueno fue que Jacob se recuperaría pronto, y agradecí al menos no tener la preocupación de él.

—Para que creas que soy sincero contigo, tienes mi permiso de buscar la manera de verlo sin delatarte. Solo no me falles, muchacho, porque a ambos nos conviene llevarnos bien.

Me tomaron por sorpresa las palabras de Lucius, mas no se lo demostré y me limité a decir:

—Gracias.

Menos mal que para el momento en el que me presenté en su oficina (sin demostrarle mis ganas de matarlo esa vez), la noticia del atentado de padre ya había recorrido cada rincón del bajo mundo de la ciudad, y muchos murmuraban que todo fue a causa de los Vigilantes, lo que me facilitó ahorrarme las mentiras.

Le acepté a Lucius que volví al país sin su autorización debido a eso, a la vez que le pedí que me explicara qué razón tuvo para ordenar algo así, cuando yo estaba actuando como él quería. Y por supuesto que se excusó en esa ocasión con que fue una situación que se salió de sus manos, ya que ni siquiera autorizó el ataque. Culpó a su hermano David y a la mierda de su hijo Derek, asegurando que estos pretendían darle un escarmiento a Grigori por todos los secuestros que les estaban frustrando.

También prometió que castigaría a padre e hijo por actuar sin su consentimiento, cosa que no le habría creído aun así hubiese ocultado su sarcasmo. Pero me bastó con que no pretendiera hacerme pagar si buscaba a padre, ya que lo haría sin duda alguna.

—Pienso que, aparte de probarte, se traen algo más grande entre manos —me dijo Darius.

Había llegado a su club (Vértigo) para comentarle lo que pasó con Lucius, luego de reunirme con mi equipo para enviarlos a vigilar a mi familia, y así asegurarme de que los Vigilantes no intentaran lastimarlos de nuevo.

Y, para sorpresa y alivio, Kontos y Makris no huyeron del país sin antes dejar un contingente protegiendo a madre, Tess y Dylan, según el primer reporte de Belial.

—¿Te ha probado a ti? —indagué, y negó con la cabeza.

—Aprendí la lección después de lo de Dasher —respondió con amargura—. Aunque trató de provocarme con el maltrato psicológico que le da a Lía, pero se dio cuenta de que ya no me afecta.

Lo miré, estudiándolo. Y me di cuenta de que, aunque trató de entender la decisión de Amelia, jamás le perdonaría que me escogiera a mí por encima del niño. Y lo entendía.

—Sea lo que sea que se traigan entre manos, pienso que también está comprobando hasta dónde soy capaz de llegar por ese niño —mencioné, puesto que analicé eso durante el viaje.

Desde que lo secuestró no volví a alegarle en nada y, al parecer, eso también le molestaba al maldito viejo decrépito.

Darius se quedó pensativo durante varios segundos, luego me comentó que consiguió ponerse en contacto con Jarrel, el padre de Dasher, para notificarle lo que pasó con su mujer e hijo, ya que Lucius pretendió ocultárselo para que siguiera haciendo lo que él quería sin rechistar. Y, aunque esa mierda todavía mantenía el sartén por el mango, presentíamos que era cuestión de tiempo para que la bomba que estaba fabricando con nosotros le explotara en la cara.

Y me temía que sería Jarrel quien lo atacaría primero, ya que Lucius le arrebató a su mujer como el canalla que era. Y si lograba rescatar a Dasher (que era su intención), le cobraría a ese malnacido con creces todo el dolor que le provocó.

—¿Podrás usar tus contactos para que pueda entrar al hospital sin problema, y sin que noten mi presencia? —inquirí.

Le di un sorbo a mi bebida, y asintió. Darius era la persona indicada para ayudarme con eso, ya que era la cara de los negocios legales de los Black, lo que le facilitó muchos favores y contactos.

—Claro que sí. Déjame preparar todo y te aviso cuando sea el momento. Y no te preocupes que no me tardaré —aseguró—. Por cierto, sé que no ignoras que esto Lucius no lo hace por benevolente, pero espero que ya hayas pensado en la posibilidad de que te lo permite para provocar a Lía. —Fruncí el ceño cuando dijo eso.

—¿Por qué a ella?

—Porque es quien menos quiere que veas a algún miembro de tu familia, pues teme que de alguna manera busques saber de Isabella por medio de ellos —explicó, y bufé.

Aunque también le di la razón, pues las bondades de Lucius eran como las del diablo: nunca se sabía qué se perdería a cambio de un favor suyo.

Regresé a mi búnker luego de mi estadía en Vértigo, ya que quería esperar a mi equipo para que me informaran sobre la guardia que les ordené hacer. Y no fue fácil recorrer ese lugar, menos cuando entré a la habitación que ocupaba ahí y encontré el pequeño balón que guardaba de Dasher.

—Joder —murmuré tirándome en la cama, medio achispado, cansado, harto de mi vida.

Cerré los ojos deseando no volver abrirlos nunca más, pero lo hice enseguida de tener ese pensamiento, ya que, a pesar de la mierda que me rodeaba y todo el infierno al que me enfrentaba día a día, me aferraba a la vida. Y lo seguiría haciendo mientras tuviera a personas que dependían de mis acciones.

—¡¿Qué demonios haces aquí?! —espeté en el instante que abrí la puerta de la habitación al escuchar que la tocaron y encontré a Amelia al otro lado.

—Me enteré de lo de tu padre y que volviste aquí, así que vine porque necesito decirte que yo no tuve nada que ver con eso —dijo, y se metió a la habitación sin que la invitara.

Actuaba preocupada e incluso desorientada, mirando a todos lados, hasta que se concentró en el balón que estaba sobre mi cama y comenzó a temblar.

Me reí de ella y su tremenda actuación.

—Vas a decir que, con lo unida que eres a Derek, este no te dijo sobre el atentado a Grigori, aunque no participaras en él —me burlé, y ella regresó su atención a mí.

—No, porque Derek sabe que jamás permitiría que dañaran a tu familia —aseguró con convicción.

—¿Porque no quieres que tenga motivos para buscarlos? —satiricé, y tragó con dificultad. Volví a reírme con más burla—. Pues te salió todo mal, porque ahora los tengo.

—Yo voy a darte toda la información que quieras sobre Myles —aseguró, y solté una carcajada.

—No te preocupes, cariño. No necesito de ti esta vez, ya que tu padre me ha autorizado para que busque por mi cuenta saber sobre el estado de Myles.

—No —murmuró, y comenzó a negar con la cabeza.

Parecía maniática, inquieta. Fruncí el ceño al verla así y pensé en lo que Darius me dijo, pues según la reacción de Amelia deduje que, en efecto, Lucius pretendía provocarla al permitirme lo que me permitió.

—He hecho una promesa que pienso cumplir, Amelia. Así que veré a mi padre tomando las medidas necesarias para que no me reconozca, y nadie me lo impedirá.

—No, Sombra. Yo puedo ir en tu lugar —aseguró tomándome de las manos, desesperada. Actuaba como si estuviera a punto de perder a su juguete favorito—. Déjame hacer esto por ti y te prometo que te diré dónde está Dasher.

Me solté de su agarre, sobresaltado en cuanto dijo eso.

—¿Ya sabes dónde está? —Me miró asustada, pero no dijo nada durante varios segundos—. Amelia, ¿lo sabes?

—Deja que vaya yo a recabar información de tu padre y te lo diré —repitió como si su disco duro estuviera fallando.

La chica de verdad tenía miedo de que me volviera a encontrar con Isabella, pero yo no cedería con lo que pedía, ya que estaba harto de conformarme con los recados que me daban. Además de que, sin importar lo de padre, yo ya me había reencontrado con la Castaña, y que Amelia se comportara temerosa de lo que podría pasar me demostró que nadie le comentó sobre mis encuentros con su hermana.

—Si no querías que esto pasara, debiste haber protegido mejor a mi familia. Debiste cumplir al pie de la letra la promesa que me hiciste —largué—. Así que ahora atente a las consecuencias y no juegues con el paradero de Dasher —exigí—. Si sabes dónde está, dímelo.  

Alzó la barbilla en el momento que dije tal cosa, y noté que en un santiamén el orgullo suplantó a la desesperación que me mostró antes, lo que me hizo sospechar que a lo mejor sí sabía en dónde tenían al niño, pero no me lo diría hasta que lo creyera conveniente. Y maldije en mi interior, porque conocía el camino para convencerla de que me lo dijera, sin embargo, eso implicaba renunciar a la posibilidad de ver por mi cuenta a padre. Y también implicaba darle más poder sobre mí, y ya le había entregado suficiente.

Así que hice acopio de mi egoísmo y la eché de la habitación, confiando en que no dañarían a Dasher porque lo necesitaban para manipularme. Ya luego trataría de convencerla para que me lo dijera, pero antes vería a padre y me aseguraría de que se recuperara.

____****____

—Joder, por qué tarda tanto —inquirí para Marcus.

—Cálmate, hombre —recomendó él dándome un botellín de cerveza que me empiné en la boca de una, porque necesitaba el alcohol para conseguir tranquilizarme.

Nos encontrábamos en su apartamento, llegué enseguida de recibir un mensaje de Alice en el que me pedía que nos viéramos ahí. Ella no me dio mayor explicación y me estaba estresando porque nunca hacía su acto de presencia; y mantenía el temor de que algo le hubiera pasado a padre, ya que, un día antes, Owen y Serena me avisaron que vieron demasiado movimiento en el hospital donde lo tenían y la seguridad fue reforzada con Grigoris a los que no identificaron.

—Al fin llegas. El idiota está a punto de volverse loco —dijo Marcus al ver a su hermana entrar al apartamento.

—Vine lo más pronto que pude —aseguró, y tiró su bolso en uno de los sofás. Yo le di otro sorbo a la cerveza antes de decir algo que ella no merecía—. Conocí a Isabella en persona.

Escupí el trago en mi boca y comencé a toser, sintiendo que el líquido me subió a la nariz.

—Me cago en tu puta, viejo —siseó Marcus. Alice corrió por servilletas y me las entregó para que me limpiara—. Nena, ¿cómo le sueltas eso de golpe?

—¡Jesús! Lo siento —dijo ella, y negué cuando intentó darme palmaditas en la espalda para que me pasara la tos.

—¿Cómo la conociste? —conseguí decir.

—Llegó anoche a Grig. Fui para hablar con Elliot y ver qué más podía sacarle sobre tu padre, y ella estaba con él en su oficina —explicó, y me tensé porque estaba sucediendo lo que tanto temí.

Quería a Isabella lejos del país, aunque presentí que volvería por el atentado de padre.

—¿Qué hacían? —pregunté en automático.

La preocupación de que regresara a Estados Unidos se mezcló con mis celos de saber que estaba cerca de mi primo. Y el silencio y temor de Alice al no saber cómo responder mi pregunta magnificó todo.

—¿Qué hacían, Alice? —repetí ,y la sensación de ahogo por la cerveza desapareció como por arte de magia.

—Hablaban, supongo.

—¿Supones? —ironicé ante su respuesta.

—¡Dios mío! Deja de lado lo que hacían. Lo que importa es que la vi y, aunque no la reconocí al principio porque me cegué por los… —Sacudió la cabeza y se quedó en silencio ante lo que iba a decir.

—¿Por los qué? —Agradecí que fuera Marcus el que hiciera esa pregunta, ya que me estaba imaginando muchas palabras con las que podía terminar lo que diría, y ninguna era buena.

—Por los reflectores.

—No se supone que estaban en la oficina —largué poniéndome de pie.

—Sí, pero iba cegada por los reflectores de la pista, tonto —replicó con mucha audacia, mas no le creí, ya que algo me decía que la cegaron los celos por algo que debió ver, puesto que, así lo negara, a ella le gustaba Elliot—. El punto es que ha regresado, está en el país, LuzBel —soltó con emoción, y fruncí el ceño.

—¿Por qué te emocionas, Alice? Si sabes que aquí corre más peligro —señalé, y sonrió, incluso había dado saltitos por lo emocionada que estaba.

—Eeeh… ¿has olvidado que yo poseo un chip para inhibir los efectos del dispositivo que ella tiene? —satirizó, hablándome como si lo hiciera con un retrasado—. ¿Olvidas que para conseguir eso debo acercarme a ella a tal punto que confíe estar a solas conmigo? Porque déjame decirte que no será tan fácil, ya que está siendo muy custodiada y, según lo que me comentó una compañera, hay un rubio que no la deja sola.

—Lo que me faltaba —solté desesperado.

—Puede ser el mismo tipo que llegó con ella a Mónaco —señaló Marcus—. Él también pudo usar peluca ese día.

—¿Tiene acento inglés? —le pregunté a Alice.

En Mónaco escuché su voz y era la misma del ninja de Tokio que me tocó los cojones por egocéntrico.

—Supongo que sí, porque mi compañera mencionó que sospechaba que era británico —reiteró Alice.

Y por absurdo que fuera, mis celos aumentaron porque ya eran tres ocasiones en las que la Castaña estaba en compañía de ese imbécil. Pero lo dejé de lado en cuanto Alice siguió diciéndome todo lo que vio y averiguó, también hablamos del plan que pondríamos en marcha para poder colocarle aquel chip que ella guardaba por mí, como si tuviera mi vida en sus manos.

—¿Y si buscas el momento adecuado para ofrecerle una droga?

—Estás bromeando, ¿cierto? —espeté a Marcus luego de que le propusiera tal cosa a su hermana, cuando nos encontramos en un callejón sin salida por la seguridad que la Castaña estaba utilizando—. De ninguna manera vas a drogarla —añadí para Alice.

—Por supuesto que no la va a drogar, imbécil. Pero Alice podría ofrecerle un sedante como droga para que le coloque el chip sin ningún inconveniente —explicó Marcus.

—Es un buen plan —razonó Alice.

Seguimos debatiendo qué era lo mejor y llegamos a la conclusión de que lo más creíble y seguro era la droga, puesto que, si utilizábamos el licor, Alice corría peligro, ya que Isabella no estaría inconsciente al cien por ciento y era muy capaz de defenderse incluso borracha; situación que dificultaría hacer una buena colocación del chip. Conque, sí o sí, la mejor opción era que la rubia le ofreciera a White un alucinógeno que estaba muy de moda, en el momento indicado, pues tampoco podía apresurarse y que lo tomaran como algo sospechoso.

Y mientras el día llegaba me encargué de que ningún Vigilante se enterara del regreso de White. Mi equipo incluso se hizo pasar por Grigoris para deshacerse de los soplones que por alguna razón escucharon de la presencia de la Castaña. Y yo tuve que ser más eficiente con los envíos y así no darle motivos a Lucius de que pusiera atención en esas muertes tan repentinas.

Y claro que me moría de ganas de ver a la Castaña sabiendo que la tenía tan cerca, podía ir incluso a los lugares que frecuentaban los chicos de mi élite en Grigori para comprobar si estaba con ellos, pero me contuve porque no podía arriesgarme a que me siguieran.

Al menos debía esperar a que pasara lo de padre. No obstante, el destino tenía otros planes para mí, unos que desencadenaron algo que tarde o temprano se me saldría de las manos, pero no podía pensar con coherencia luego de que Lewis y Owen me dieran la dirección del hotel en el que se hospedaba White, tras conseguirlo por el seguimiento que le hicieron a ella y al rubio que la cuidaba como si fuera su perro guardián.

Para ese momento, Alice había conseguido dar su primer paso, pues Isabella accedió a que le consiguiera la droga porque necesitaba relajarse. Y yo no soporté más tenerla cerca, saber dónde estaba y no poder verla siquiera de lejos. Así que esa noche cedí a la tentación que esa mujer significaba para mí.

De momento nadie te sigue —aseguró Serena por el intercomunicador.

—Tampoco por nuestro lado —añadió Lilith.

Ella, Belial y Serena me acompañaron en esa exploración improvisada que decidí hacer. Los mellizos y Marcus se quedaron en el búnker para avisarme de los movimientos de Amelia, pues también se encontraba allí, ansiosa y más atenta a mis salidas luego de saber que seguí adelante con el plan para ver a padre.

—Carajo, acabo de ver a unos tipos de la élite de Lía. Estate atento —dijo Serena rato después.

Maldije ante eso, pues me hallaba justo frente al hotel de White, contemplando como imbécil el edificio, queriendo consolarme con ello.

—¿Puedes saber si me han ubicado?

Todavía no, lucen perdidos —me respondió, y puse en marcha de nuevo la motocicleta en la que me conducía.

—A una manzana del parque que encontrarás a pocos metros se encuentra el bar de un amigo. Vete para allí y estaciona la motocicleta a la vista, así los despistas y alejas del hotel —recomendó Belial, y le obedecí.

Llegué al bar atestado de gente y estuve adentro del lugar hasta que Serena aseguró que no veía más a los Vigilantes. Decidí irme entonces y dejar la motocicleta luego de que el amigo de Belial asegurara que se encargaría de ella, pues sentí la necesidad de caminar para olvidarme de todo así fuera por un momento.

—¿No te apetece ver la ciudad desde lo alto?

—¿Qué estás tramando? —le cuestioné a Serena enseguida de que dijo eso.

—Cuidar tu culo y darte espacio —aseguró, y me reí.

—Dispara —la animé.

—Un tipo con el que salí hace un tiempo es gerente de un hotel que está a unas calles de donde vas —comentó. Ella se mantenía a una buena distancia en su coche, Belial y Lilith igual, aunque en sentido contrario a Serena—. A veces, cuando me canso de ustedes, suelo ir a la azotea del lugar para ver la ciudad desde allí. Él sabe que me encanta porque solía ser nuestro lugar de encuentro, así que me deja bebidas y frituras para que disfrute mi estadía. Y, antes de que me digas una bobada, no, Sombra. No seguimos viéndonos de esa manera, simplemente es de esos tipos con los que terminas en buen plan.

—¿Me estás tomando el pelo? —pregunté al escucharla reír—. ¿Y cómo estás segura de beber o comer lo que él te deja? Porque no se le dificultaría meterle algo para follarte.

—¡Por Dios! No. Él sabe que no es necesario drogarme para llegar a eso.

—Me cago en la puta, Serena. Siento extraño escucharte insinuar esas cosas —repliqué.

¿A poco creías que la chica era una santa? —inquirió Lilith con burla, y rodé los ojos.

—Ya, hombre. A lo que quiero llegar es que puedes ir allí y estar tranquilo por un rato. Créeme que ver la ciudad en la noche relaja —siguió Serena.

Dejé que me guiara porque no quería volver a un apartamento solitario, y mucho menos a nuestro búnker; también me explicó dónde su ex dejaba las bebidas (que las cambiaba periódicamente y mantenía frías), cosa que me hizo pensar que iba más seguido de lo que admitiría.

—Joder, hombre. Parece que estas mierdas no van a descansar hasta encontrarte —espetó Belial, y miré a todos lados—. Los veo en el parque.

—Mierda —dije al ver que estaban cerca.

—Métete al callejón que estás a punto de llegar —recomendó Serena.

Y lo que menos esperé al obedecerle fue que un cuerpo, que reconocí antes de ver, impactara conmigo.

El destino insistía en ponerla en mi camino, lo confirmé en ese instante, pues la enviaba hacia mí como castigo o recompensa, no estaba seguro de eso. De lo que sí me sentí muy seguro fue de que esa noche no despreciaría mi oportunidad, así que no me importaron las acusaciones de Isabella, menos su rabietas o esa actitud fría y cabrona que tenía conmigo (o con Sombra). Incluso fui amable con Amelia cuando me llamó, desesperada porque no sabía dónde estaba, debido a que sus hombres me perdieron el rastro, y le pedí que me dejara tranquilo con la promesa de que al día siguiente nos veríamos si era lo que quería.

Hubiera accedido a todo en ese momento con tal de que me dejara disfrutar de White, luego de llevarla a esa azotea conmigo y aprovechar para provocarla, comprobando a la vez que Marcus tuvo razón en Mónaco: White no era reacia a Sombra y me hirió de una manera que no esperé, así lo haya disimulado.

Aunque por eso la dejé partir en el momento que ella quiso hacerlo, después de lucir muy afectada por las palabras que utilicé en una de mis provocaciones.

¿Vas a dejarla ir? —preguntó Lilith, ya que habían escuchado todo lo que pasó con Isabella.

—Déjame asimilar que la pone nerviosa otro hijo de puta —repliqué entre dientes.

—No seas idiota. La pones nerviosa tú, quien está detrás de la máscara —reprendió Serena con frustración.

—Ve tras ella, Sombra. Quiero ver cómo actúas estando a los pies de una mujer. —Se unió Belial, y sonreí como imbécil.

Ellos me dieron el empujón que necesitaba y, cuando entré a la negrura de aquel pasillo de la escalinata (pudiendo ver sin dificultad gracias a las lentillas), me saqué la máscara y alcancé a Isabella en el descanso más oscuro.

Y cumplí parte de lo que anhelaba, pues volví a hacerla mía con un beso.

Un jodido beso que durante tres malditos años soñé con darle a ella, a la dueña de mis pesadillas, la bruja de mi vida, la gruñona que me convirtió en un completo cabrón después de ser un bufón.

Demonios.

Devorando su boca, reiteré que ese anhelo por ella fue lo que me mantuvo vivo y luchando un infierno, pues no quería morir de verdad sin volver a probar esos labios que sabían a paraíso e infierno. Que me hacían ver el humo del fuego que provocábamos juntos.

¡Maldición, no! Ya no veía humo.

Veía llamas ardientes que nos consumirían a ambos. E, igual que en Tokio, seguía pensando que solo un segundo con ella era suficiente para pecar y morir. Y en ese instante acepté la muerte como un dulce destino.

[1] Siglas en inglés de Estados Unidos (United State of Ameria)

Somos enemigos jugando a los amantes

Elijah

 

Era inverosímil que un beso cambiara todo el panorama de la vida que estuve llevando a lo largo de esos años. Pero lo hizo. Y durante días me mantuve en una especie de nube que me ayudó a soportar todo, incluso lo más aberrante, que eran esos malditos envíos infantiles.

Joder.

Ni siquiera me molestaron las burlas de Belial y Lilith, porque según ellos Isabella no tuvo necesidad de lamerme las bolas para ponerme a sus pies. Bastó solo un beso. Un beso que me seguía quemando las entrañas al recordarlo.

Ese encuentro en la azotea con la Castaña fue tan memorable, además de satisfactorio, en muchos sentidos; sobre todo porque comprobé que, así Sombra la pusiera nerviosa, ella seguía amando a Elijah, pensando en él, conteniéndose por su recuerdo. Y, ser consciente de eso, me llevó a añorar un encuentro más íntimo entre nosotros.

Uno en el que no tuviera que fingir.

Y nunca creí que con solo manifestarlo se me cumpliría tan pronto, pero sucedió; y de una manera que deseaba, aunque no lo esperaba, pues creí que sería imposible conmigo teniendo que esconderme detrás de una máscara. Sin embargo, pasó por una movida improvisada del destino en la que tuve que colarme en Grig, arriesgándome a que me atraparan debido a que Alice confundió los sedantes con una droga.

Y, para el momento en que nos dimos cuenta, ya era muy tarde.

—¡Maldición! Voy a matar a esa rubia tonta —espeté al subirme en el coche con Marcus.

—Y yo te mataré a ti donde ella salga lastimada por meterla en tus rollos —replicó él, y chasqueé con la lengua.

La equivocación se debió gracias a que Marcus le incautó una bolsita con droga a un Vigilante que quiso pasarse de listo con una chica en Vikings la noche anterior. Cometiendo luego el error de llevársela a su apartamento, en lugar de tirarla, y dejándola sobre la mesa de centro de su sala. Y como ya habíamos quedado que Alice llegaría a recoger el sedante que conseguimos para Isabella, tomó la droga porque fue lo primero que encontró, y dedujo que su hermano la dejó allí para ella.

Marcus le envió un mensaje enseguida de darse cuenta de lo que pasó, pero no recibió respuesta inmediata. Y cuando Alice respondió horas más tarde fue solo para avisar que ya la habían consumido; y que, al sentirse culpable por no haberse dado cuenta a tiempo de su error, decidió beberla ella también.

Mierda.

De nuevo estaba confirmando que, si quería que las cosas salieran bien, tenía que hacerlas por mí mismo, por esa razón no sobrepensé nada cuando le dije a Marcus que fuéramos a Grig, ya que tampoco podía perder la oportunidad de colocarle el chip a Isabella.

Y menos mal que a padre ni a ninguno de los chicos se les ocurrió cambiar los códigos de acceso de la entrada secreta del club, por lo que pude entrar sin ser visto, dirigiéndome enseguida a la oficina principal y llegando justo tres minutos antes de que Alice e Isabella entraran y…

Puta madre.

La escena frente a mí jamás la llegué siquiera a imaginar. Y cuando pretendí querer a Isabella en el lugar de aquella española, la noche en la que fingí tener un trío con Laurel, debí haber estado muy imbécil, puesto que en la realidad, al verla queriendo comerle la boca a Alice, los celos me invadieron a tal punto que me quité la máscara porque sentí que me estaba ahogando (por suerte no llevaba las lentillas esa noche, ya que salí apresurado del apartamento) y en la primera oportunidad que tuve le ordené a la rubia que se fuera.

Sentí un poco de alivio al percatarme de que Alice no estaba tan drogada como la Castaña, ya que me obedeció de inmediato. Y se lo agradecería por siempre, puesto que, así no lo hubiera contemplado y jamás fue parte del plan drogar a White, con su equivocación me permitió estar frente a esa mujer sin fingir ser otro.

Aunque la tierra debió sucumbir a mis pies esa noche, ya que todavía no me podía creer que me negué a follarla por mucho que me rogó que lo hiciera.

—Te amo infinitamente, Elijah Pride. —La torpeza en su voz al decirme eso, luego de llevarla a su liberación, me indicó que estaba a punto de caer en la inconsciencia.

—White… —murmuré tomándola del rostro para que me viera unos segundos más, pero sus ojos ya estaban cerrados.

Maldición.

¿Cómo era posible que fuera más hermosa que cuando la conocí?

Extrañaba su cabello largo. Y me dolió saber la razón por la que se lo cortó, pero no le restaba belleza. Al contrario, le daba una sensualidad que me volvería más loco que antes, no tenía dudas al respecto.

Su cuerpo lucía más tonificado y los pechos estaban más grandes. Toda su belleza se había acentuado de manera magistral, y me sentí en un sueño al tenerla tan relajada después de llevarla al clímax. Y sí, fui un hijo de puta porque no debí tocarla en su estado, pero vi su agonía por los efectos de la droga y, sabedor de que estos únicamente aumentarían porque para eso fue creada, cedí.

No obstante, no negaría que también deseaba que su primer orgasmo después de años fuera para mí y no para Sombra. Porque le creí cuando aseguró que nadie la había tocado como lo hice yo esa noche. Declaración que le salvó la vida al rubio idiota que no la dejaba sola, ya que confirmé que únicamente eran amigos y compañeros.

—He perdido el control de lo que despiertas en mí, Bonita —murmuré, besando las lágrimas que todavía se aferraban a sus mejillas—. Y esto no puede ser tocado por nadie, más que por ti —añadí con la voz ronca.

Atraje su frente a mi pecho, por encima de mi corazón, para señalarle a lo que me refería, sin importar que no me escuchara. Era la primera vez que diría cómo me sentía, lo que callé durante años.

—Tú eres la razón por la que creo en el destino, en las oportunidades, en la vida. —La besé en la coronilla y me tragué el nudo que se formó en mi garganta—. Eres mi paraíso y te prometo que haré todo por ser siempre tu amor, o tu sacrificio. No importa que eso me implique ser otra persona para ti, porque te…

Callé al escuchar un sollozo y al alzar la mirada encontré a Alice a unos pasos de nosotros, llorando a mares.

—Lo… lo siento —susurró, y negué con la cabeza, apretando a White en mi pecho—. Siento mucho haber confundido el sedante y robarte este momento, pero debemos hacerlo ya porque no tendremos otra oportunidad como esta.

Asentí restándole importancia a su interrupción, y le pedí que me alcanzara la ropa de Isabella.

—Dijiste que también consumiste la droga —recordé con la voz un poco temblorosa, y me vi en la obligación de sorber mi nariz.

No quería que ella hablara sobre lo que escuchó y tampoco que me siguiera mirando de la manera en la que lo hacía.

—Sí, pero mantengo medicamento de emergencia por si me drogan sin mi consentimiento, así que me siento más lúcida. Y por cierto, eso fue lo otro que le di —explicó.

Yo también le inyecté en la pierna una dosis de medicamento a Isabella, que serviría para contrarrestar los efectos de la droga y que así no sufriera de abstinencia luego. Aproveché a hacerlo cuando la llevé al orgasmo para que no se diera cuenta, puesto que al preguntarme lo que significaban las iniciales que le tatué (lo cual obvié porque sería demasiado estúpido soltarle esa respuesta si luego quería que ella me olvidara, o creyera que me soñó) y cerrar el relicario de inmediato en cuanto yo lo abrí, me demostró que todavía no había perdido la consciencia del todo.

Alice me ayudó a vestirla sin hacer preguntas. Y, aunque sentí celos de ella al intuir cómo le dio la droga a la Castaña, por lo que la chica en mis brazos insinuó, confiaba en la rubia como para permitir (de ser necesario) que me ayudara. Además de que enseguida de eso le hicimos la colocación del chip.

—Oh, carajo —exclamó Alice al ver algo en la Tablet que usaba.

Utilizamos también un escáner corporal portátil para asegurarnos de que el objeto quedara en el lugar correcto entre la nuca de la Castaña y su cabeza. Mismos implementos que Alice escondió en la oficina poco a poco antes de esa noche.

—¿Qué sucede? —pregunté preocupado porque su tono no indicó nada bueno.

—El chip tiene rastreador.

—Me cago en la puta —solté aterrado y nervioso al suponer que Amelia me tendió una trampa—. ¿Puedes desactivarlo?

—Estoy en eso —aseguró, y la vi poner la Tablet sobre la mesa para poder teclear en ella con ambas manos.

Miré a Isabella, la teníamos acostada en el escritorio de manera que estuviera cómoda, y contemplé su semblante sereno.

Puta madre.

No podía ser posible que, por protegerla de un derrame cerebral o un paro cardiaco, la expusiera ante nuestros enemigos si ellos conseguían rastrearla por medio del chip.

—El chip está inhibiendo la señal del dispositivo que le pusieron, así que no podrán hacerle mayor daño con él. Pero al parecer, como es una tecnología creada para prisioneros, el rastreador se activó al ponerlo en funcionamiento, sin embargo… —Se quedó en silencio, y no dije nada únicamente porque la vi muy concentrada en lo que hacía—. Ya está, lo he desactivado y cambié los códigos para que nadie más acceda a él.

—¿Estás completamente segura de que será suficiente y seguro lo que has hecho? —Alice asintió en respuesta a mi duda y lo hizo bastante segura de sus habilidades, por lo que le creí—. Joder, gracias —solté, sintiendo tremendo alivio y ella sonrió.

—No quisiera separarte de ella, pero debes irte ya —recomendó tras unos segundos, y maldije porque tenía razón.

—No te apartes de su lado hasta que vengan sus guardianes —pedí, y asintió.

No fue fácil irme sabiendo que Isabella creería al siguiente día que todo fue una alucinación, ya que por suerte Alice le vendió bien la droga y le advirtió que vería hasta lo imposible.

Y, así eso fuera una mierda, era lo mejor para ambos.

Y tal vez no fue la manera correcta de estar con ella sin que tuviera que usar la máscara, pero era la única que tenía para no exponer más a mi hermana y que se ensañaran con Dasher.

No me lo podía permitir.

Le di un beso en la frente a White antes de marcharme y volví a prometerle que, mientras yo viviera, ella también lo haría. Luego, ocupando la misma ruta por la que llegué, me marché, confiado de que no había cámaras en la oficina, puesto que ni a mí ni a Elliot (quien se estaba haciendo cargo del club) nos gustaba que nos grabaran mientras estábamos con alguna chica.

Además, esa oficina nunca se ocupaba para tratos importantes.

—¿Quieres ir por unos tragos? —ofreció Marcus cuando llegué al coche.

—Quiero unas botellas —musité.

Él asintió y se puso en marcha sin decir nada por mi voz quebrada y mi estado hecho mierda, puesto que era la primera vez que mi propio infierno me quemaba luego de estar unos minutos en el cielo.

Y odié esa sensación de escozor en mi garganta y el vacío en mi pecho.

____****____

Después de mi inesperado encuentro con White, volví a mi adolescencia, masturbándome casi igual que cuando descubrí el sexo.

Y sí, como lo esperé, las cosas se complicaron luego de esa noche, y ni siquiera pasó mucho tiempo, bastó que llegara la mañana siguiente. En donde yo amanecí con una resaca del demonio gracias al pedo que me puse, porque no tenía la fuerza de voluntad para enfrentarme a la realidad estando lúcido. Y a lo que Alice atravesó en el hotel de Isabella.

Menos mal que Marcus no vio el estado en que llegó su hermana al apartamento, pues se fue al de su chica luego de dejarme durmiendo en su sala.

Alice había sido un mar de lágrimas en el momento que entró y se derrumbó. Y cuando me comentó todo lo que Elliot y Caleb (así me dijo que se llamaba el rubio engreído) le dijeron y por lo que la hicieron pasar para asegurarse de que no drogó a Isabella a propósito, la resaca moral me invadió y me maldije a mí mismo, sabedor de que, si Marcus hubiera estado presente, tenía bien merecida la golpiza que de seguro me hubiese dado, pues expuse a su hermana a un peligro igual que el de Amelia.

 

—Me conmovió demasiado escuchar todo lo que le dijiste anoche porque nunca te había visto tan vulnerable como cuando la tenías entre tus brazos, a pesar de que ella no fuera consciente. Así que imagínate cuánto me dolió tener que decirle esta mañana que todo fue una ilusión cuando te buscó con una felicidad que…

 

Abracé a Alice enseguida de que me dijo aquello, y no únicamente porque ella estaba llorando, sino también porque no soporté que recalcara cómo volví a romper a Isabella al estar en su presencia sin la máscara, sabiendo que no podría volver a mostrarle mi rostro.

Ese día entendí que, o era como Sombra, o no era como nadie. Pero no me permitiría volver a darle motivos para que creyera que estaba vivo si no podría decirle la verdad. No mientras mi hermana y Dasher corrieran peligro.

—Si llegas a tocar al sargento Patterson, vas a meterte en un lío del que ni Dios podrá sacarte —me advirtió Marcus luego de que me escuchó pedirle a los mellizos que investigaran más sobre Caron, ya que quería saberlo todo de él.

Estuvimos en la gala de Gibson porque Lucius quería que le entregara un mensaje de su parte y del hombre que sería la competencia del senador. Y por supuesto que después de que las autoridades me tuvieran a mí en el ojo del huracán, porque era la mente maestra detrás de los envíos de armamento, y creer también que orquestaba los secuestros, le convenía que me siguiera hundiendo, según él. Además de que sabía que solo yo podría llegar a Gibson, pues conocía (incluso con disfraces) a sus escoltas.

Y tomé mi oportunidad también para cuidar a Isabella, puesto que, a pesar de la temática de la gala sobre ocultar nuestras identidades, ella no era una mujer que pasara desapercibida tan fácil. Y estaba muy seguro de que asistiría esa noche, y no me equivoqué.

También estuve a punto de cagarla al verla entrar del brazo de Elliot, porque, después de la noche en Grig, me sentía más posesivo con ella; y que ese hijo de puta la acompañara empeoró las cosas. Sin embargo, nunca esperé que a la lista de suicidas se uniera un sargento que los Vigilantes no podían tocar, ya que su cargo era una pieza clave que lo hacía inmune, pues nadie quería alborotar ese avispero.

—Relájate, hombre. No quiero tocarlo —le dije a Marcus, pero lo hice con demasiada alevosía. 

—Únicamente bailó con ella. Y no la obligó —señaló él con hastío.

Había notado que después de enterarse de lo que Alice vivió en el hotel, Isabella no era grata para él. Y no lo supo porque su hermana haya querido decírselo, sino porque notamos que unos Grigoris comenzaron a seguirla y, al identificarlos como parte de la sede de California, deduje que Elliot la tenía en la mira.

—¿Qué pretendes al señalar que no la obligó? —solté con voz filosa, ya que odié la insinuación implícita.

Y estuvo a punto de responderme, pero Serena entró a la sala donde estábamos.

—Voy a señalar tres cosas —advirtió ella, y la miré atento—. Uno: sí te estuvo confundiendo con alguien más y aún mantiene sus dudas a pesar de que le permitiste tocarte, que por cierto, me sigue pareciendo un movimiento muy arriesgado de tu parte —recalcó lo que ya sabía.

Serena vio todo lo que pasó en aquella oficina de Nauticus con Isabella, igual que en mi baile con ella, por medio de una cámara corporal que usé. Hice uso del dispositivo precisamente porque quería que Serena estudiara a Gibson para asegurarme que no fuera a traicionar a padre, y de paso se encargó de la Castaña.

—No pierdas tu tiempo con eso, yo estoy cansado de decírselo y se lo pasa por el arco del triunfo —recomendó Marcus, y negué con la cabeza, ignorando su pulla.

—Continúa —animé a Serena.

Carraspeó antes de seguir al darse cuenta de que no estábamos en nuestro mejor momento con Marcus.

—Dos: ella es una mujer fría y muy calculadora, pero la pones nerviosa y la confundes, y eso no le agrada. —Me pareció increíble que describiera a Isabella de esa manera, a pesar de que no se equivocaba. Aun así yo seguía pensando en esa chica como la curiosa y temeraria que conocí años atrás—. Sin embargo, parece que ha pasado recientemente por una situación que la hirió y eso la llevó a aceptar lo que le propusiste.

En cuanto me dijo eso me sentí más imbécil de lo que ya me sentía, desde que no supe controlar mis celos cuando Isabella me propuso que la follara y le demostrara si valía la pena pasar una noche con mis demonios, utilizando palabras que no dije, pero Darius sí.

Puta madre.

Quise matar (y todavía quería) a ese bastardo por haberle dicho tal cosa mientras se hacía pasar por mí en Inferno, aunque me pudo más la furia al darme cuenta de que, después de estar sospechando que en realidad yo era Elijah, para White fue fácil ofrecérsele a Sombra.

Y deseé destruir todo a mi alrededor enseguida de su propuesta porque los celos ardían como ácido en mi piel, pero me calmé cuando Serena me susurró en el oído, por medio del intercomunicador, que Isabella estaba queriendo probar algo. Razón por la que le pregunté a la Castaña qué quería de mí, además de atreverme a decir cosas que no sentía, con el fin de buscar desahogar un poco del infierno que me estaba consumiendo.

Y en ese instante que Serena señaló que era posible que White pasara por una situación reciente que la dañó, pensé en nuestra noche en Grig y en lo que Alice me comentó que vivió luego de eso.

Maldición.

Yo había obligado a mi Bonita a vivir una nueva pérdida. Y con eso la empujé directamente a los brazos de Sombra, pues, así fuera un plan con maña de su parte, ella estaba dispuesta a seguir adelante, a acostarse conmigo con un fin que iba más allá del placer.

—Y tres: definitivamente te está usando, amigo. Y, a mi criterio, contando con cómo te veo actuar con ella, con esa necesidad que demuestras de decirle sin palabras quién eres detrás de la máscara, esa femme fatale ha descubierto que, para comenzar a destruir un imperio, debe usar a su favor el caballo. Y no va por mal camino, pues contigo caerá también una cabeza muy importante de esta organización.

Sonreí de lado por el mote tan perfecto con el que se refirió a Isabella, por el estudio tan preciso que le hizo y porque no se equivocó en nada de lo que dijo. Aun así no cambié de opinión con respecto a la propuesta que le hice a White sobre vernos en unos días; y no me importaba que eso implicara quitarme las perlas para dejarme utilizar por ella a como se le diera la gana, o que con eso siguiera haciendo movimientos peligrosos.

Por ningún motivo perdería esa oportunidad.

Eso sí, tendría que dejarle claro, como la primera vez que follamos, que después de hacerla mía no permitiría que nadie más la tocara. Y me importaba una mierda si los suicidas eran sargentos o presidentes.

Esa reina ya tenía rey y lo dejaría muy claro.

____****____

—¡Dios! Respira hondo y concéntrate en lo que haremos —pidió Lilith, y negué con la cabeza, sintiendo que el traje que usaba me estaba ahogando.

Estábamos por entrar a la zona de cuidados intensivos en la que tenían a padre, luego de que Darius consiguiera que nos dieran acceso, situación que se tardó más de lo que él imaginó porque su contacto tuvo dificultades al obtener las credenciales para nosotros, debido a que Grigori aumentó la seguridad en el hospital ayudados por Isabella y su Orden.

Y, así eso me jodiera un poco, también me sentí orgulloso y tranquilo porque ella había llegado dispuesta a desatar una guerra con tal de proteger a mi familia. Incluso los Vigilantes se habían mostrado más nerviosos y atentos a lo que pasaba desde que White arribó al país; puesto que, aun desconociendo su presencia, esta se sentía, ya que la sede de Virginia, en lugar de debilitarse con el atentado que le hicieron a padre, parecía mantenerse en auge y fortalecerse cada vez más.

Y según la información que me dio Darius esa mañana, a Lucius le llegaron rumores de que sus contrincantes habían hecho algún tipo de trato importante en la gala de Nauticus, pues varios de ellos comenzaron a movilizarse de una manera que no esperaban. Lo que coincidió con el informe que yo le di, de que tanto Elliot como la hija de Perseo sostuvieron una reunión con el gobernador, el senador y el sargento de Richmond, aunque no supimos exactamente en qué parte del museo ni el momento. O si hubo alguien más.

Tuve que decirle todo eso porque tampoco podía hacerme el imbécil sin levantar sospechas. Y menos mal lo hice, ya que con los rumores que le llegaron le hubiera dado motivos para joderme.

Y, después del mensaje que recibí en ese instante por parte de Lewis, esperaba que Lucius le diera caza a Elliot también, puesto que yo lo quería despedazar luego de que Isabella fingiera que creía que mi mensaje de texto era de él.

—Luego mata a quien tú quieras. Ahora estamos aquí y, si queremos salir vivos, debemos hacer las actuaciones de nuestras vidas —siguió Lilith.

—¿Por qué les encanta provocarnos? —le cuestioné en lugar de poner atención a lo que me dijo. Ella me miró frunciendo el ceño al no comprenderme—. A ustedes, por qué les satisface provocarnos a nosotros los hombres —expliqué, manteniendo la voz baja para seguir las reglas del lugar.

Noté en sus ojos que estaba sonriendo, pues llevaba puesta una mascarilla quirúrgica igual que yo. Así como gafas de seguridad médicas, cofias y el traje verde de protección.

—¿Qué te hizo esta vez? —inquirió curiosa, pero no le respondí, ya que no soportaría repetir en voz alta que esa maldita Castaña me envió un mensaje de texto llamándome Elliot, y además, asegurando que estuvieron juntos anoche.

Y Lewis me remató cuando le pregunté si había visto salir al hijo de puta del hotel, respondiéndome que sí, que salió antes que Isabella se fuera, junto a Caleb, rumbo al hospital.

Él y Owen se seguían encargando de vigilarla para asegurarme de que ningún Vigilante supiera de ella, por eso me escribieron en cuanto la vieron salir con el egocéntrico; incluso me describieron cómo iba vestida, por eso tuve la brillante idea de jugarle una broma sin tener idea de que el burlado sería yo.

Me cago en la puta.

Juro que, si no hubiera estado en el hospital para ver a padre, habría ido en busca de Elliot para cortarle las manos y cumplirle mi promesa a White sobre recibirlo en la UCI, pues me bastó la insinuación de esa mujer para imaginar al hijo de puta desvistiéndola, haciéndole todo lo que yo quería hacerle, y luego vistiéndola.

—Bien, no haré esa pregunta —murmuró Lilith con diversión—. Y respondiendo a la tuya: no es solo que nos plazca provocarlos, es que ustedes nos dan ese poder y nos aumenta el ego. ¿O acaso no alimenta el tuyo que una mujer se muera por ti?

—¿Y no les importa provocar la muerte de alguien con eso? —solté con ironía.

—Nadie es tan psicópata como para matar por una provocación inocente. —Fue mi turno de reír ante su respuesta y eso la hizo alzar las cejas—. ¡Carajo! Tacha eso —pidió al darse cuenta de que yo sí lo era—. Dime qué te dijo.

Exhalé un suspiro.

—Fingió creer que mi mensaje era de alguien más e insinuó lo que hicieron anoche —repliqué entre dientes.

—¿Y cómo sabes que finge?

—Joder, Lilith —siseé, y alzó las manos, riéndose.

—Ya, solo quería que vieras el poder que le das. Por eso actúa así —señaló, y la miré con ganas de matarla por la manera de ironizar lo último.

—Voy a tener que mostrarle lo peligrosas que son sus provocaciones, porque lo que ha puesto en mi cabeza me tiene a punto de matar a alguien —advertí, y apretó los labios para no volver a reírse.

—Por cierto, no negaste que te mueres por ella. Belial estaría encantado de ver cómo te tiene esa mujer.

—No, si terminara luego sin ojos —zanjé, y a duras penas contuvo su diversión—. Y tú sin lengua, si llegas a mencionarle algo de esto —amenacé.

Dejamos ese tema hasta ahí porque llegó la enfermera a la que relevaríamos y nos dio indicaciones a seguir al pie de la letra. Al menos Lilith lo haría, pues me acompañó porque antes de ser Vigilante trabajó en su carrera que, en efecto, era enfermería.

—Mierda —murmuré cuando entramos a la habitación donde tenían a padre.

Aprovechamos el momento en el que madre salió, puesto que, así me muriera de ganas por verla, no iba a arriesgarme más. Sobre todo con Amelia más pendiente que nunca, igual que Lucius, de dañar a Tess si cometía un solo error con esa visita.

Por suerte para mí, ellos no tenían los medios de Darius para entrar al hospital, ya que era zona leal a Grigori y a él, porque también los protegía de los Vigilantes.

—¿Quieres que espere afuera?

Carraspeé antes de responderle a Lilith.

—No. Será muy sospechoso.

—Bien, haré el proceso de rutina. Aprovecha tu tiempo con él —me alentó.

Hasta que ella se adelantó, me di cuenta de que me había quedado congelado en mi lugar, viendo aquel cuerpo, al que me acostumbré a ver en todo momento impecable, sano y tonificado, postrado en una camilla.

Maldición.

Di un par de pasos hacia él, sintiendo cómo el aire abandonaba mis pulmones y el pecho se me llenaba de más odio y frustración, porque siempre vi a Myles como mi héroe cuando fui adolescente, y como un maestro al cual quería superar en el momento que supe lo que hacía. Y en ese instante, al verlo después de tres años, pálido, luchando por su vida, no pude soportarlo y sentí que me quebré por dentro.

—Si no me hubieras enseñado que la vida se enfrenta con la cabeza en alto, a pesar de los golpes que da, ahora mismo te estaría odiando porque duele demasiado verte así, padre —musité con la voz temblorosa.

No lo toqué porque me daba miedo lastimarlo de alguna manera, simplemente me paré a su lado, viendo el tubo que le metieron en la boca, las sondas en su nariz y la cantidad de electrodos adheridos a su pecho, mientras escuchaba el bip constante de la máquina junto al sonido del oxígeno que le insuflaban.

—Me preparaste también para sobrevivir, y es lo que he estado haciendo, así que demuéstrame por qué soy un Pride y no se te ocurra dejar a madre, porque ella ya me perdió a mí y no es justo que también te pierda a ti. No puedes permitir que esos malnacidos te derroten ni me hagas pasar por una estocada más.

—Sombra, respira —pidió Lilith llegando a mi lado, y negué con la cabeza en el momento que me tomó del brazo.

Pero no fue para apartarla, fue más para reprenderme a mí mismo porque no debía flaquear. No podía ser débil.

—No jodas mis planes, padre, por favor.

—Demonios —se quejó Lilith en el momento que el ritmo cardiaco de padre aumentó en sobremanera.

—¿Qué está pasando? —pregunté al verla irse al otro lado de padre y comenzar a tomar cosas del carrito de medicamentos que llevamos con nosotros.

—Su frecuencia cardiaca está inestable, pero… Señora, espere afuera unos minutos, por favor.

—¿Qué sucede?

Mi frecuencia cardiaca también se volvió inestable al escuchar la voz agónica de madre y a duras penas pude fingir que hacía algo con la vía endovenosa conectada a una bolsa de suero, procurando darle la espalda, ya que con ella no podía confiarme a pesar de usar las gafas, la mascarilla, el gorro y todos los demás implementos requeridos para estar en esa habitación.

—Nada de qué preocuparse, solo permítanos suministrarle el medicamento a su esposo.

—Pero…

—Señora, por favor —Lilith no fue pesada, pero sí contundente para que madre no protestara más.

E intuí que lo hizo para que no estuviera en el mismo espacio que yo, lo cual agradecí al escuchar a madre saliendo. Solté un poco del aire que estaba reteniendo, y no solo por eso, sino también porque el ritmo cardiaco de padre comenzó a estabilizarse, minutos después de que Lilith añadiera varios medicamentos al suero conectado en su vena.

—¿No mentiste con lo de la frecuencia cardiaca? —le pregunté en voz baja.

—Por supuesto que no. Según el reporte, él está comenzando a reaccionar al tratamiento aplicado, pero su frecuencia cardiaca todavía no se regula sin el medicamento.

—Puta madre —resollé, sintiendo tremendo alivio.

—Amigo, no quería ser yo la que dijera esto, pero debemos salir de aquí —recomendó de pronto y, aunque hubiera querido más tiempo con padre, no podía—. Voy a distraer a la señora, llévate tú el carrito de medicamentos —añadió, y asentí.

Minutos más tarde dejé a padre con la confianza de que lo que me enseñó era porque también lo ponía en práctica, pues me negaba a que dejara a madre y a Tess. No podía perder esa batalla sin que volviéramos a vernos cara a cara, porque, a pesar de todo, sabía que tarde o temprano me libraría de los malditos que me robaron la vida.

____****____

Fue arriesgado y estúpido de mi parte haber estado con Isabella en el cuarto de medicamentos del hospital, pero no pude evitar caer en esa tentación cuando Belial me avisó que la vio por las cámaras (ya que se estaba haciendo pasar por un guardia de vigilancia) y me pidió que fuera con él para comprobarlo.

Y para ser sincero, no pensaba hacer lo que le hice, simplemente quería confrontarla y que me dijera de frente si lo que escribió era cierto, aunque también terminé por comprobar que Lilith tenía razón: yo le estaba dando el poder a esa mujer de joderme la mente y ella sabía utilizarlo a su antojo. No obstante, como el imbécil en el que me había convertido, no me importaba siempre y cuando siguiera siendo el dueño de su placer y le cumpliera las promesas que le hice en ese ámbito.

Mierda.

Me dolía la polla, y no porque no obtuve liberación, sino más bien por lastimarme con mi tremenda erección, las diminutas incisiones que me hicieron para sacarme las perlas.

—Vamos a tener que esperar a que venga la enfermera que nos relevará, porque al parecer tu chica desplegó más seguridad para encontrarte —avisó Lilith con tono de reproche.

Sonreí como un idiota al recordar la ventaja de cinco minutos que me dio.

White estaba indignada por escucharme hablando con Amelia y, aunque me pareció gracioso en un momento, al siguiente me preocupó, pues estaba más que claro que ya no era la chica que conocí años atrás. Y la mujer en la que se convirtió me había dejado claro que sus venganzas no me gustarían, y que tampoco serían del nivel de dejarme amarrado a una silla, insatisfecho sexualmente.

—En lugar de sonreír como idiota, ve pensando en cómo saldrás del problemón en el que te metiste con Lía —resolló Lilith, y me rasqué la nuca.

Ella y Belial sabían lo que dijo la Castaña (aunque no el contexto) mientras yo hablaba con Amelia, porque Darius les llamó para saber qué pasaba luego de que su hermana le preguntara a él si me había ayudado, o no, a entrar al hospital. Así que intenté explicarles por qué la chica quería quemar el mundo.

—¡Demonios! Que no se te haga costumbre joderme los pocos buenos momentos —siseé, y ella rodó los ojos.

En ese instante no quería ni pensar en la destrucción que de seguro estaba llevando a cabo Amelia, ya que creía que, en lugar de estar en el hospital, me fui a ver con alguna mujer justo el día en el que le prometí una cena. Cabe recalcar que ella la propuso, pretendiendo que fingiéramos que era nuestro aniversario; y, aunque le aclaré que para mí sería de tormento, se excusó con que me lo haría pasar bien.

Acepté para mantenerla tranquila con respecto a lo de padre y porque ya habíamos planeado con Dominik que llegaría a la ciudad para ocupar mi lugar, pues necesitaba que él averiguara si ella ya sabía en dónde tenían a Dasher. Así que su propuesta al final me convino más a mí y a mis planes.

Solo esperaba poder llevarlos a cabo si la convencía de que no fue para mí lo que dijo Isabella.

—Dile que éramos Belial y yo —recomendó Lilith horas después, cuando estábamos por salir del área de la UCI, gracias a que Darius movió sus hilos para que el relevo llegara pronto.

—¿De qué hablas? —cuestioné al no entenderle.

—Ella sabe que Belial y yo tenemos gustos peculiares con respecto al sexo. Nos ha visto algunas veces en Karma, así que no sería extraño si le dices que era yo la que le dijo esas palabras a mi hombre mientras tú nos veías.

—No me jodas. Terminará por matarlos a ustedes —debatí.

Karma, igual que en Vikings, eran clubes en los que ofrecían ciertos espectáculos para las personas que les gustaba compartir en el sexo, o que los observaran. Y a esa parejita le gustaban muchas de esas cosas, incluso ser de los que daban el espectáculo, por eso capté el punto de su ofrecimiento, aunque no me convencía por lo peligroso que era.

—Puedes decirle que estábamos enseñándote unos trucos para darle placer.

—Como si los necesitara —me mofé.

—Deja ya de ser tan engreído y concéntrate en lo que te digo —me regañó, y reí—. Y, si decides utilizarnos como excusa, aclara que estábamos en…

Dejé de escucharla, y no porque lo que decía era un mal plan, de hecho era muy bueno, la excusa perfecta para que Amelia no se ensañara más conmigo. Sin embargo, lo que me robó la atención fue que, cuando íbamos cerca del área de revisión, vi a madre de rodillas, rezando frente a un altar hecho dentro de una pequeña capilla. Y me quedé mirándola.

—Sombra, no —balbuceó Lilith en el momento que me tomó del brazo para detenerme.

Pero no lo consiguió y no tuvo de otra más que seguirme.

Ese día había pasado por muchas emociones. Primero con padre, luego con madre, y el dolor que eso me causó, seguido de mi encuentro con Isabella y el despertar de mis celos y posesividad con ella (así como los de Amelia conmigo). Por lo que, ¿qué más daba acercarme un poco a la mujer que me dio la vida?

No iba a hablarle, simplemente quería arrodillarme detrás de ella, tenerla a unos pasos, olerla si era posible. Y Lilith lo entendió tanto como me apoyó, arrodillándose a mi lado en una situación bastante irónica, pues ninguno de los dos creíamos en la persona a la que madre le rezaba, pero que me estaba permitiendo estar ahí, tan cerca de la única mujer que me amó hasta en mis momentos más despreciables.

Casi escuché en mi mente a Lilith susurrar un mierda cuando alcé la mano y la acerqué a madre, deseando tocarle la espalda y decirle que aquí estaba, seguro de que padre vencería a la muerte y que pronto ella volvería a estar feliz con él y Tess.

Tragué con dificultad y apreté el puño segundos después porque, por mucho que deseara tocarla, no podía, pues a diferencia de todos e incluso con las lentillas, si Eleanor me miraba a los ojos, reconocería que yo era el primogénito al que parió y cuidó como el tesoro más grande de su vida.

Así que tuve que conformarme con esos minutos cerca de ella.

«Si de verdad existes, gracias», pensé para la nada y me puse de pie.

Escuché a Lilith soltar tremendo suspiro cuando comencé a caminar hacia la salida, antes de que madre terminara su oración y tuviéramos que enfrentarnos. Y actuando diferente al líder que la élite que me asignaron veía en mí, esa vez permití que la chica a mi lado me guiara y sacara de ese hospital.

Guardé el móvil tras responderle a Dominik cuando íbamos en el coche, y pensé en lo que todavía me esperaba por atravesar, pues tenía que ponerlo al día, comentarle de la excusa que le daría a Amelia en la cena, esperando que él consiguiera buenos resultados cuando llegara su momento.

Aunque nunca esperé que, de todo ese día, la noche se convertiría en lo peor, y no solo por mi cena y pelea con Amelia, sino más bien porque Owen me avisó que Isabella estaba cenando con Elliot en un plan bastante romántico. Y que luego los siguió hasta el apartamento de ese hijo de puta.

—Te estás pasando, maldita Castaña provocadora —refunfuñé en cuanto Dominik por fin tomó mi lugar y yo me fui con Marcus al apartamento de Elliot, dispuesto a matarlo.

Y más cuando mi plan improvisado no funcionó y esa descarada tuvo la osadía de retarme, no solo con lo que me dijo por el intercomunicador de Marcus, sino por vestir la ropa del malnacido y tirársele encima en el instante que vio el láser de mi arma, impidiéndome un disparo limpio y certero.

—¡No lo hagas! —advirtió Marcus, poniendo la mano en mi arma para que no pudiera tirar del gatillo, en cuanto quise disparar a la pared interior de aquel apartamento.

—¡¿Tú también?! ¡¿Qué acaso no ves que la está besando?! —mascullé.

—¡Es un puto beso, imbécil!

—Por menos he matado —siseé, odiando que minimizara el beso entre esos dos.

—¡Estás enfermo! —arremetió con hastío—. Y ya me hiciste hacer el ridículo de mi vida como para que también consigas que su gente nos mate ahora mismo.

Lo ignoré para volver a concentrarme en lo que hacían Isabella y Elliot, pero ya no los encontré. Aunque a nosotros sí que nos encontraron unos Sigilosos con un mensaje violento de parte de ella.

Hija de puta.

____****____

—Sospecho que sí sabe algo, pero no me lo dice porque intuye que, si lo hace, ya no habrá razones para que estés con ella. —Miré atento a Dominik cuando nos comentaba sobre lo que intentó averiguar de Dasher con Amelia.

Estábamos en Vértigo, Darius y Owen nos acompañaban. Marcus pasó de unirse a nosotros porque aseguró que quería descansar de mis estupideces, aunque supe que en realidad fue porque su chica le pidió que hablaran de algo importante.

—Todavía pueden joderme por medio de mi hermana. No sé por qué piensa así —señalé.

—Sabe que ya usaste con ella el chip que te dio.

—¡¿Qué?! —pregunté alarmado, y tanto Owen como Darius reaccionaron con sorpresa.

—La confronté para que me dijera cómo lo supo y me explicó que el monitor mostró que había algo inhibiendo la señal de uno de los dispositivos, aunque no aclara cuál. Y, como sabe que tu chica no está en el país, supone que es el de tu hermana.

—Joder —murmuré mirando a Darius.

Él tenía conocimiento de que en realidad se lo coloqué a Isabella.

—Me juró que saboteó el monitor para que no muestre eso, y que su padre no se entere, ya que es consciente de que con eso Lucius también arremeterá contra ella por haberte dado el chip. —Me restregué el rostro con cansancio ante la explicación que Dominik siguió dándome—. Pero ella sabe que con eso ya no podrán utilizar a tu hermana para subyugarte, por lo que no se arriesgará a decirte ya en dónde tienen al niño.

—¡Demonios! Tienes que encontrar la manera de sacárselo —exigió Darius con frustración.

Owen se mantenía como espectador en ese instante, bebiendo cada vez más. Por mi parte, estaba comenzando a creer que Amelia nunca me diría el paradero de ese niño.

—Haré todo lo posible estos días que me quedaré —prometió Dominik—, pero no se preocupen porque me juró que se encargará de que no dañen al pequeño.

Los tres lo miramos, incrédulos por la confianza que le tenía a esa arpía.

—¿De verdad le crees? —le preguntó Owen.

—Aunque no lo crean ustedes, ella es una buena chica. Solo hay que a… aceptar sus demonios para que ellos te permitan conocerla.

Fruncí el ceño y lo miré dubitativo al escucharlo decir eso y cómo titubeó en algunas palabras, pero tenía tantas cosas en la cabeza que decidí no enfocarme en ello luego de un par de segundos.

—Cuidado, Dominik, que la hiena no te muestra los dientes porque se está riendo contigo —le advirtió Darius, y supuse que a él también le extrañó lo último que su amigo dijo.

Dominik se rio, diciendo que era un exagerado, y rogué para que de verdad ese tonto no la estuviera cagando de ninguna manera, pues necesitaba su ayuda y era el único que podía seguir haciéndose pasar por mí con Amelia.

Decidimos dejar ese tema de lado por la salud mental de nosotros, que para ese momento ya era muy escasa, y continuamos bebiendo y hablando de varias cosas a la vez. Lewis se nos unió horas más tarde e intenté disfrutar de la noche y olvidarme por unos minutos de lo que me agobiaba; dejar de lado la preocupación por padre o la intriga que sentía por la nueva Isabella y mis ganas de verla pronto.

Quería olvidarme de mi ansiedad, de que me estaba muriendo por llevarla a la cabaña que Lewis rentó (después de asegurarnos que era segura) y tenerla únicamente para mí, haciéndole lo que tanto soñé, y así despedirme de mi sequía sexual de una jodida vez.

Necesitaba olvidar que, así fuera yo el que iba a follarla, ella me aceptó creyendo que estaría con otra persona. Y me enervaba tanto como me hacía sentir ridículo, tener celos de mí mismo.

Era patético.

 

—Tú y yo únicamente somos enemigos jugando a los amantes, así que no pretendas que tendrás más que eso.

—No somos enemigos, Bella. Y sí, tienes razón, me estoy comportando como un imbécil, pero detesto que ese hijo de puta se cruce en mi camino.

—Elliot no se está cruzando en tu camino, Sombra. Lo de anoche solo fue una salida de amigos que, aunque no lo creas, estaba siendo eso hasta que se te ocurrió enviarme esa pizza con la intención de dormirnos, o apuntarle con el láser. Así que al final es tu culpa que lo besara porque, si no hubieses hecho esa estupidez, no habría tenido que acercarme a él de esa manera.

—¡Puf! Ahora resulta que yo lo provoqué.

—Lo hiciste por tu arrebato. Así que, a la próxima, trata de confiar en que no soy una mujer que va por la vida acostándose con el que se le pone enfrente, ya que, así te sea difícil de creer, solo he estado con un hombre y tú ya sabes quién es. Después de él, has sido el único al que le he permitido llegar más allá de los besos. 

—Y tengo planeado llegar más allá de los que te di en el cuarto de medicamentos.

—Ya veremos. Tengo que irme ya. Y por tu bien, espero que comiences a comportarte como un hombre y dejes atrás al adolescente lleno de testosterona que necesita mear su territorio. Así que deja en paz a Elliot.

—Ya veremos.

 

Sonreí ante el recuerdo de parte de mi llamada con Isabella luego de que se escapara de mis manos la oportunidad de matar a Elliot. Tuvimos una discusión que me dejó con la frustración igual de grande que mi erección, pues esa pequeña cabrona me provocaba más que la chica a la cual le negué una sonrisa en el café de la universidad la primera vez que se cruzó en mi camino.

—Para ti, amigo. —Owen me devolvió a la realidad en cuanto Talking to the moon de Bruno Mars comenzó a sonar.

—Que te jodan —siseé, y escuché a los demás reír.

Me había quedado demasiado ensimismado en mis pensamientos y, al parecer, él aprovechó el momento para solicitar esa canción y dedicármela.

—Bien, famoso en la ciudad sí eres —señaló Darius, refiriéndose a la letra de la canción.

—Y le queda mucho eso de que se ha vuelto loco —acotó Lewis.

—¿Hablas con la luna para llegar a ella?

—Váyanse a la mierda —largué ante la pregunta de Dominik, y los cuatro imbéciles comenzaron a carcajearse.

Y no pararon hasta que Marcus llegó con cara de pocos amigos, cogió una botella de bourbon y bebió directamente de ella.

—Déjame adivinar. —Owen hizo un gesto pensativo tras decir eso—. ¡Ya! Discutiste con Laisha —soltó con sarcasmo.

Él y Lewis habían apostado sobre cuánto más duraría Marcus y su chica, ya que, desde que supimos que estaban en algo, se la pasaron más tiempo peleando que siendo felices.

—Está embarazada —gruñó el moreno con ganas de querer que lo asesinaran de la peor manera posible.

Todos nos quedamos callados, esperando a que dijera que era una broma, pero en lugar de eso siguió bebiendo, y yo comencé a sentir la garganta seca.

—¡Carajo! Con esa cara que tienes no sé si felicitarte o darte el pésame —debatió Dominik.

Seguí en mi lugar sin poder moverme, sospechando que Marcus no estaba para nada feliz, y lo entendí, pues, igual que yo, en nuestros planes no estaba ser padres; y menos después de las mierdas que estábamos obligados a hacer por un niño.

No merecíamos ese privilegio y ni con mil vidas lo meritaríamos.

Mis nuevos demonios y los más despreciables que ahora tenía jamás me permitirían disfrutar de la paternidad sin sentirme como una mierda, por lo que descarté para siempre alguna vez procrear. Y menos en un mundo tan jodido como mi cabeza.

Y estaba muy seguro de que Marcus pensaba lo mismo, así que no lo podíamos felicitar por algo que a leguas se le notaba que no quería.

—Mejor mátame —le pidió Marcus a Darius, confirmando lo que pensé—. Y antes de que ustedes dos, imbéciles, digan algo: no, no la amo. Y de hecho, cortamos hace dos semanas —se dirigió a los mellizos, y estos no soltaron ni un balbuceo—. Por lo que esta noticia es lo que menos esperaba.

Marcus continuó bebiendo y, por primera vez, habló abiertamente de la relación que mantuvo con esa chica, de cómo ambos se utilizaron creyendo que se amaban y la manera en la que juntos descubrieron y entendieron que solo se estaban dañando al aferrarse a un amor inexistente. Razón por la que cortaron en buenos términos y, aunque ahora Laisha estaba embarazada, no le exigía que regresaran (o ayuda de algún tipo), pues si le comunicó de su estado fue porque consideró que era un derecho del moreno, mas no esperaba nada por su parte, ya que estaba dispuesta a parir al bebé con su apoyo o sin él.

Sin embargo, tanto ella como nosotros éramos conscientes de que, por mucho que Marcus no quisiera ser padre, él no era el tipo de hombre que se haría de la vista gorda ahora que sabía que engendró una vida.

—Dime, ¿con qué cara veré a ese niño? —me preguntó a mí, y tragué con dificultad.

Deseé en ese momento el descaro de Lucius para no sentirme tan miserable.

—O niña —señaló Owen, intentando aligerar el mal momento.

—Mejor niñe —acotó Lewis.

Darius miró a los mellizos con severidad, pidiéndoles así que dejaran las estupideces para después. Y tuve claro que no fue por la manera que ellos creían correcta de referirse al bebé, pues cada uno usaba el lenguaje que quería.

—Voy a ayudarla en todo lo que sea necesario, porque de ninguna manera pienso dejarla sola aunque ya no estemos juntos. Pero no sé si alguna vez llegue a tener el valor de mirar a ese bebé a la cara cuando nazca —profirió Marcus, olvidando la pregunta que me hizo.

Yo en cambio no me la sacaría de la cabeza jamás, pues era el líder de esa élite y lo arrastré a mis mierdas.

—Concéntrate primero en una cosa, amigo —le recomendó Dominik—. Ya cuando llegues a ese puente verás cómo cruzarlo. De momento solo sé un apoyo para ella, pues no es necesario que desde ya te veas como padre.

Miré a Darius, estaba callado y pensativo en ese instante, aunque también se notaba afectado por lo que escuchaba. E imaginé que con su historia no era fácil ver la duda y el miedo de Marcus por la paternidad, pues él fácilmente podía ponerse en los zapatos de un niño abandonado por personas que tuvieron pensamientos similares a los del moreno.

Yo en cambio confirmé que jamás engendraría porque ningún niño merecería tener a una escoria de padre.

Me gusta esta mentira

Elijah

 

Había estado inquieto porque por la mañana nos notificaron que tendríamos a un Yakuza merodeando por la organización, trabajando incluso con cada élite para que los envíos que se harían con rumbo a Japón se dieran sin ningún problema luego de que una de las embarcaciones fuera incautada en aguas europeas. Un error que yo propicié dándole información a las personas indicadas para que llevaran el mensaje a las autoridades, y por el que nos mantuvimos un poco tensos esos días, ya que, si la cagaban, nuestras cabezas rodarían.

Y, aunque el plan resultó cómo quería, nunca preví que los Yakuzas enviarían a alguien de su gente, situación que no me agradaba, pues no era conveniente que un intruso estuviera en mi equipo, ahora que más necesitaba cuidar a la Castaña.

Y como si todo eso no me hubiera mantenido lo suficientemente estresado, ese día White me dio un jaque imprevisto cuando me reclamó lo último que me esperaba, pues ella me aseguró que ya los Vigilantes sabían de su regreso; situación que me extrañó, ya que, a menos que Amelia fingiera muy bien, estaba bastante seguro de que nadie tenía conocimiento de su presencia en el país, puesto que cuidé cada maldito detalle y me deshice de inmediato de las mierdas que la vieron, para que no fueran a hablar con nadie sobre ella.

—Si lo que te dijo es cierto, debes evitar hacer las estupideces que haces por verla —disintió Marcus, y bufé.

Lo que dijo fue porque esa mañana no resistí las ganas de ver a la Castaña luego de que Belial y Lilith relevaran a los mellizos (quienes habían estado vigilando a Isabella) y me avisaran que ella seguía en mi apartamento, o en el de Elijah, desde el día anterior. Y por supuesto que me tomó por sorpresa que volviera, aunque también alimentó mi orgullo porque, a pesar de todo y de quién era esa nueva mujer, buscó el refugio que hicimos nuestro en el pasado.

Y ese orgullo fue el que me hizo ir (aprovechando que su seguridad todavía no se había apostado bien en los alrededores) y utilizar los medios que tan bien me conocía para entrar al apartamento por una acceso secreto del que únicamente yo sabía que existía. Ese que me permitió verla en nuestra cama, durmiendo plácida, aferrada a mi almohada, demostrándome con eso que, por mucho que hiciera Sombra, no le sería fácil desplazar a Elijah de la vida de esa mujer.

—Unos minutos más y se hubiera despertado contigo viéndola dormir como un jodido acosador. —Chasqueé con la lengua cuando Marcus siguió con sus discrepancias, y le hice un gesto con la mano para que lo dejara ir.

No ignoraba que fue arriesgado lo que hice, aunque no fuera la primera vez que me colaba en mi propio apartamento en esos meses, pero admito que me expuse demás al acariciarle el brazo antes de irme, porque la tentación de tocarla fue insoportable incluso sabiendo que esa noche la tendría solo para mí, como tanto deseaba.

—Volvamos a lo que importa en este momento —animé a los demás para que él dejara de regañarme como si fuera mi hermano mayor, pues no les comenté sobre el reclamo de White para que me juzgaran, sino para que me ayudaran a pensar.

—Estuve anoche con Sandra y no mencionó nada de eso. De hecho, toda la élite de Derek se encuentra concentrada en los secuestros y preparándose para el recibimiento del Yakuza, ya que será con ellos con quienes trabajará primero —explicó Lewis.

—La élite de Fantasma tampoco está concentrada en nada macabro. Es más, se toman un descanso ahora que su jefa se encuentra feliz contigo —aportó Serena.

Ese era otro punto que me hacía confirmar que los Vigilantes no sabían de su regreso, puesto que en esos días Dominik se encargó de mantener relajada a Amelia y a mí me tocaba fingir que estaba olvidando sus mierdas, para que compaginara con mi comportamiento al follarla por las noches. 

—Nosotros tampoco hemos sabido nada en las otras élites —añadió Belial. Él y Lilith habían vuelto conmigo luego de notar que más Sigilosos llegaban al condominio de apartamentos para proteger a Isabella.

Y me sentí en un callejón sin salida ante sus aportaciones con respecto al tema que tocábamos.

—¿Y si en realidad esto es obra de alguien de Grigori? —Miré a Lilith cuando dijo eso.

«O es obra de ustedes», pensé paranoico.

Pero sería sincero conmigo mismo, lo pensé porque me ardió que ella insinuara que uno de los Grigoris, en quienes más confiaba traicionara así a Isabella, incluso sabiendo que con eso también me traicionaría a mí.

—Es un buen punto. Y no necesariamente pudo ser alguien de la élite Pride, podría tratarse de alguien de la sede de Kontos o Makris. Incluso la de Enoc —urdió Owen.

Marcus (a pesar de joderme por mis actos anteriores) pareció ser el único en darse cuenta de que me afectaban esas suposiciones, por lo que optó por callar. Sin embargo, no me cegaría, porque podría resultar cierto que un Grigori estuviera traicionando a la Castaña y debía averiguarlo antes de que fuera muy tarde.

—Averigüen cualquier cosa de los informantes que tienen las élites, para descartar que sean Grigoris —les pedí, y todos asintieron—. Y tú, vas a volver a concentrarte en Cameron.

—No me parece que sea un traidor —alegó Serena ante mi orden.

—No me basta con que no parezca, necesito la seguridad de que no lo es —urdí—. Quiero que investigues si él sabe que esa chica está en el país, si tiene comunicación con su familia, todo —enfaticé, refiriéndome a Jane y los padres de Cam, y Serena asintió de acuerdo.

Después de eso les pedí que regresaran a sus labores, aunque Marcus no obedeció y se quedó conmigo. Sin embargo, no hablamos de nada, simplemente nos sumimos en nuestros pensamientos, ya que él, así continuara con sus actividades, jodiéndome por lo que yo hacía, pretendiendo que todo estaba normal, seguía tratando de aceptar que sería padre a pesar de no merecerlo; y eso lo metía en un bucle que lo perdía cuando no se ocupaba en otras cosas.

—Justo cuando ella confía en mí, pasa esta mierda —me quejé horas más tarde.

Estaba en mi apartamento con Marcus, y con Alice en videollamada, luego de que ella me llamara para informarme sobre cómo marchaban las cosas en Grig, ya que, así la vigilaran, no la despidieron y Elliot tampoco estaba tan molesto como ella supuso, pues le había comentado sobre la salud y el avance de padre. Además de mencionarle que madre también estuvo mal días atrás, debido al estrés y a la preocupación por su marido, por lo que tuvo que ser intervenida y tratada por los médicos.

Y saberlo me sentó como un puñetazo en el estómago, y no lo mermó el hecho de que ella ya estuviera bien.

—Si aceptó verte es porque todavía lo hace —me animó Alice.

Le había hablado de que Isabella creía que yo podía tener algo que ver con que los Vigilantes supieran de su regreso.

—Ella lo está utilizando para su beneficio, así que bien podría aceptar verlo, pero no ir con él a ningún otro lado. Y si lo hace, puede ser para matarlo —profirió Marcus, y exhalé un largo suspiro.

Mis planes se estaban yendo a la mierda, pero no creía que la Castaña quisiera matarme. Al menos no todavía. Y me frustraba más lo que sucedía porque, si Isabella se negaba a ir conmigo a esa cabaña, perdería la oportunidad de tenerla únicamente para mí, de asegurarle que la estaba cuidando, y de paso, incitarla a que averiguara de una posible traición por parte de los Grigoris, ya que esa tarde (luego de reunirme con mi equipo) me vi con Amelia y comprobé que no tenía idea del regreso de su hermana; pues de ser así, y conociéndola, me lo habría dicho para amenazarme y recordarme la promesa que le hice de no acercarme a ella, debido a que sus celos por White eran una situación que no podía ocultar por mucho que se esmerara.

—¿Y si le das una señal de que tú sí confías en ella?

—¿A qué te refieres? —cuestioné ante la pregunta de Alice.

—Pues a que le des algo de ti que le demuestre que tú confías en ella.

—Irá solo, cariño. ¿Qué más puede darle? —intervino Marcus en tono amargado.

—Es fácil decir que irá solo y que en realidad tenga gente escondida en el lugar donde pretende llevarla —reprochó ella, y supe que tenía un punto—. E Isabella no es estúpida, así que para que la convenzas necesitas darle algo que a lo mejor desea de ti, pero no lo pide.

—¿Qué podría ser? ¿Que le muestre su cara? —satirizó su hermano.

—Exacto.

—¿Estás loca? —dijimos al unísono con Marcus sin pretenderlo, luego de su ironía y la respuesta que dio su hermana.

—Bien, no tu rostro, pero sí podrías presentarte con ella sin usar esas máscaras que siempre llevas. Incluso podrías mostrarle tus manos.

—White conoce mis tatuajes, Alice. Eso no funcionará —resollé.

—Mira lo que te enviaré —me animó.

Segundos después recibí la imagen de un chico usando mascarilla, capucha y con unos rombos tatuados debajo del rabillo de los ojos, iguales a los que tenía en las manos.

—Usa tu ingenio y hazte esos tatuajes. Podrían despistarla y de paso le muestras detalles que siempre has ocultado.

—No hay tiempo para ocultar que los tatuajes estarán recién hechos —replicó Marcus.

—Jamás me tatuaría el rostro, imbécil. —Bufé yo.

No obstante, Alice me dio una idea excelente. Y, ya que conocía los trucos para hacer parecer un tatuaje temporal como si fuera permanente, me puse manos a la obra luego de agradecerle a la rubia por el consejo y de paso tomé los guantes especiales que tenía para cubrir mis huellas. Estos parecían ser de piel real, lo que me permitía replicar el diseño de tatuaje de la imagen que Alice me envió, dándole mi propio toque.

Y cuando me vi al espejo, supe que ni siquiera mi madre me reconocería, pues tuve un cambio radical.

Horas más tarde comprobé que, una vez más, Alice tuvo razón, pues cuando me vi con Isabella en la azotea del hotel, noté su sorpresa al ver los detalles que según ella siempre le oculté y que no se los estaba mostrando por descuido. Sin embargo, como la cabrona que era, supo mover las fichas a su favor y usó mi debilidad por ella como una maestra, obligándome a que le prometiera algo de lo que seguro iba a arrepentirme, por una noche haciéndola mía.

Y joder con la noche que compartimos.

Una noche en la que me demostró que no solo cambió física y mentalmente, también lo hizo en habilidades y en su hambre sexual, ratificándome que en todos los sentidos era la femme fatale que Serena describió. Una amazona que me llevó al borde de la locura al tomar el control de nuestro encuentro; y que me dejó claro que la chica que conocí años atrás únicamente quedaría en mis recuerdos.

Isabella White ya no era paraíso e infierno.

Era pecado y muerte.

____****____

Busqué a Darius para avisarle que enviaría a Isabella a Vértigo, porque fue lo que le prometí para que aceptara ir conmigo a la cabaña; cosa que lo dejó sin palabras, pues era consciente de que lo último que yo quería era que ella hablara con él.

No importaba que en todos esos años Darius me hubiera ayudado a sobrellevar mi nueva vida y que hasta cierto punto nos hiciéramos cercanos. Jamás pretendí ser yo quien propiciaría un encuentro entre ellos, porque no conseguía olvidar que en su momento él deseó a la mujer que consideraba mía, valiéndole un carajo que fuera su hermana adoptiva.

—A ver, me siento honrado de que precisamente seas tú quien la envíe conmigo, pero… necesito saber por qué —indagó.

Y a pesar de mi felicidad por saber que padre había despertado de su coma, ese imbécil consiguió ponerme de mal humor con la emoción que no pudo ocultar.

—Me pidió que le entregara a Fantasma, o a Derek —gruñí.

—Puta madre —siseó entretanto exhalaba un suspiro.

Yo decidí dejar de lado mis celos porque lo que quería de él era más importante.

—Lewis consiguió averiguar que Brianna hace un voluntariado en una perrera, pero el hijo de puta de Derek la protege muy bien, así que quiero saber dónde vive exactamente, ya que pienso que será más fácil atraparla en un lugar que él considera seguro. Y sufrirá más si nos hacemos con su familia, que es lo que busco. Y podría darle esa información a Isabella para que se encargue personalmente de hacer el trabajo sucio por mí, sin embargo, de ninguna manera voy a exponerla a un peligro como ese, así ella sepa protegerse. Y menos puedo entregarle a Fantasma cuando sabes que no nos ha dicho nada sobre el paradero de Dasher —expliqué, y Darius asintió de acuerdo.

—¿Y qué papel juego yo en esto?

—Sé que puedes darle algo, o a alguien, que la haga estarse tranquila mientras nosotros conseguimos recuperar a Dasher —señalé, y asintió—. Únicamente te pido que no la expongas ni te pases de listo, porque así te tolere, si pretendes hacer algo con ella a mis espaldas, voy a matarte —advertí, y rio satírico.

—Limosnero y con garrote, eh —me chinchó, pero opté por ignorarlo.

Él lo dejó por la paz y se concentró en escuchar lo que seguí diciéndole, ya que era más importante que las amenazas que pudiéramos seguir haciéndonos, puesto que Isabella me estaba pidiendo a alguien que no podía darle, pero no porque no quisiera, o porque en mi imbecilidad pretendía proteger, o darle el beneficio de la duda (como hice en el pasado con Amelia), sino porque antes de entregársela tenía que conseguir que ella me diera la ubicación de Dasher para rescatarlo.

Y, sin que eso pasara, no iba a exponer ni siquiera a Derek. En primer lugar, porque (como dije antes) no la expondría a ella sin antes estar seguro de que podíamos atrapar a ese malnacido con la guardia baja. Y en segundo, porque ayudarle a Isabella también significaba que le haría saber a nuestros enemigos que estaba de regreso en el país; y quería seguir manteniendo eso en secreto hasta donde me fuera posible.

En los días siguientes, verla se me dificultó debido a que en algunas ocasiones ella se negó a mis persuasiones, y a que los envíos incrementaron, aunque solo de armas para el alivio de todos en el equipo; además de que la organización se mantuvo más alerta gracias a que Grigori pareció despertar de un letargo y lo hizo con potencia. Incluso las autoridades lo hicieron, y Caron Patterson los movilizó de una manera que tenía a Lucius al borde de la locura, situación en la que tuvo que demostrar su temple de acero con el miembro de la Yakuza, quien no perdía la oportunidad de recalcarle el mal manejo de los Vigilantes al permitir que lo limitaran como sus enemigos lo estaban haciendo.

Yo no soportaba al tipo porque llegó creyéndose el jefe de sindicato de los Sumiyoshi-kai, pero admito que me regalaba pequeñas victorias en los momentos que hacía esos comentarios llenos de alevosía, que conseguían que Lucius desarrollara un tic en la comisura de sus labios, pues el malnacido no podía explotar con el enviado especial de su aliado por mucho que lo deseara, ya que eso significaría meterse en una guerra con los Yakuza para la cual no estaba preparado.

—Escuché que mañana el tarzán asiático estará con nosotros —comentó Owen, refiriéndose al Yakuza, quien se presentó como Tarzán, aunque lo de asiático fue cosa de los mellizos y Belial—. Al parecer, a Derek le urge deshacerse de él porque no soporta que sea tan selectivo con las personas que secuestran y que le diga a cada momento cómo hacer las cosas.

Sí, había escuchado rumores sobre lo insoportable que era el tipo, pero, a pesar de que Lucius odiara los comentarios sarcásticos que le hacía, también admiraba la manera en la que trabajaba y la crudeza con la que se manejaba, puesto que era letal y certero a la hora de operar. Amelia no lo soportó por esa razón, ella no pudo concebir que alguien más fuera como Fantasma, así que se negó a trabajar con el asiático, ya que además de eso se le dificultaría ser Lía y Fantasma de manera simultánea, con él en su élite.

—No sé ustedes, pero a mí ese hombre no me genera nada de confianza. Siento que oculta algo —opinó Serena.

—Entonces prepárate, porque vas a tener tu oportunidad para averiguar qué es —la animé.

De ninguna manera permitiría que ese tipo estuviera en mi equipo sin antes estar seguro de qué terrenos pisaríamos con él. Y, a diferencia de Derek, yo no iba a dejar que se metieran en mi manera de operar, ya que suficiente permití con que Lucius me pisoteara como para que un recién llegado también lo hiciera. Y si tenía que matarlo, lo haría sin dudar.

Además de eso, me enervaba que por su culpa perdería la poca libertad que tenía, pues yo tampoco podría quitarme la máscara por ningún motivo, mientras él estuviera en nuestro círculo.

Seguí charlando con Serena y Owen, este último añadió que fue Sandra la que le comentó a Lewis sobre la llegada del Yakuza a nuestro equipo, aunque su hermano no me había dicho nada porque la chica no le dio seguridad de lo que pasaría, sino que ella también escuchó sobre la posibilidad de que su jefe se deshiciera del intruso. No obstante, al siguiente día descubrimos que en efecto Tarzán se uniría a la élite de Sombra, y fue el mismo Lucius quien me lo notificó.

—Trátalo como un amigo más y no lo dejes de lado en la diversión —recomendó el viejo, aunque en realidad me lo estaba ordenando. Sin embargo, escondió bien la demanda con su tono amigable.

—No sé por qué presiento que me estás poniendo un niñero.

—¿Acaso todavía lo necesitas, hijo?

Me repugnaba que el malnacido se refiriera a mí como hijo y él lo sabía, por eso usaba la palabra cada vez que podía.

—Dímelo tú —lo reté, escondiendo mi molestia, y el hijo de puta rio, animando al Yakuza para que también lo hiciera con su broma.

—Me gusta que de vez en cuando saques tu actitud cabrona —festejó.

Desde que pasó lo de Dasher, era la primera vez que le volvía a hablar así.

—¿Eso era todo lo que querías decirme? —cuestioné, queriendo zanjar esa reunión.

—Eso, y que más pronto de lo que imaginas vas a hacer un nuevo envío de personas hacia Noruega. Por lo que te necesito muy concentrado. —Me tensé porque, al no especificarse, me dejaba con la incertidumbre de si serían mujeres o niños.

Y no podía preguntarle nada para no demostrarle cuánto me estaba afectando ya.

En las semanas que Grigori tenía operando con más fuerza, los Vigilantes se concentraron únicamente en traficar armas, aunque debí imaginar que en cualquier momento me tocaría hacer nuevos envíos de personas. Y, así fuera igual de miserable enviar adultos a un destino de mierda, rogué para que no fueran niños, ya que la última vez que me tocó uno de esos pensé en darme un tiro en la cabeza luego de ordenarle al barco que zarpara, pues se me estaba haciendo demasiado insoportable seguir con eso.

No obstante, pensé en ese pequeño al que tenía que recuperar y entendí que debía seguir.

—Ahora sí, es todo. Pueden irse —nos despidió Lucius.

Salí de la oficina sin decir nada, ni siquiera esperé al Yakuza porque mi cabeza se llenó de demasiada mierda y no estaba dispuesto a meterle más al concentrarme en su presencia, y a que desde ese momento en adelante tendría que renunciar a ver a Isabella.

Joder.

Y como la bruja que era esa mujer, me puso las cosas difíciles al escribirme por la noche cuando me encontraba en Vikings con mi equipo, Tarzán y los hermanos D’angelo, quienes no dudaron en unirse esa noche a nosotros en cuanto los invité. Fabio sobre todo, pues se enteró del espectáculo que las chicas que trabajan en el club ofrecerían para consentir a sus clientes más peculiares.

La idea de ir a Vikings fue de Darius y Serena, cuando esta última me explicó que la mejor manera de estudiar al Yakuza era en un ambiente relajado, lejos de las misiones y todas las mierdas que hacían los Vigilantes. Así que acepté a pesar de no querer socializar.

Y, aunque Darius fue uno de los que me animó a ir al club, no nos acompañaba porque tuvo algo que hacer a último momento, pero prometió que se uniría en cuanto pudiera.

Negué con la cabeza y medio reí ante la despedida de la Castaña, que me sentó amarga, ya que después de provocarla tras su burla por las palabras que usé (las cuales tomé de las historias que Hanna me contaba), la noche que la llevé por primera vez a la azotea de aquel hotel, me respondió con algo que también podía tomar para mí, pues, a pesar de que yo sabía a quién me llevé a la cama, olvidé con su cuerpo y presencia toda la porquería que tuve que atravesar en ese tiempo sin ella. Y me hizo revivir.

Aunque estaba consciente de que ambos renacimos como personas muy diferentes.

—Supongo que tu nuevo elemento es el causante de que no te quites la máscara esta noche —me dijo Fabio al sentarse a mi lado y señalar al Yakuza. Su acento italiano era más marcado que el de Dominik.

Todos se encontraban dispersos por el privado, que en esa ocasión era más grande y con mejor vista al escenario del primer piso. Owen había entablado plática con Tarzán, según él para sacarle información, pero, contando con que noté que únicamente hablaba mi compañero, no creí que consiguiera mucho.

—Supones bien —Fabio asintió con mi respuesta y le dio un sorbo a su bebida.

Había llegado al país para reunirse con su hermano y desde Richmond partir a una convención de neurocirujanos, psicólogos y psiquiatras en Washington. Aunque aprovechó también para pasar un rato con nosotros antes de regresar a Italia.

—¿Cómo consigues llevar una vida tan normal a pesar de tu condición? —me atreví a preguntarle, y me miró alzando una ceja—. Dominik me lo dijo.

—Por supuesto —soltó sardónico, aunque no pareció molesto—. Mi condición no es impedimento de nada —respondió mi pregunta segundos después—, y bueno, tendrías que verme en mis episodios de manía, depresión, o los mixtos, para darte cuenta de que no llevo una vida tan normal como dices. Sin embargo, he encontrado la manera de mantenerme bajo control y desempeñarme como lo hace cualquier persona.

—¿Con medicamentos?

—Sí, aunque también con cierto estilo de vida. —Lo miré esperando a que añadiera más—. Ya notaste cuánto disfruto de espectáculos como estos. —Señaló al escenario al decir eso.

En ese momento había dos chicas totalmente desnudas (a excepción del collar de perro que usaban) bailando y tocándose entre ellas mismas, mientras otra vestida de cuero y con una fusta en la mano las observaba y guiaba con lujuria.

—¿Te controlas con el sexo? —indagué, y rio.

—Más bien con la dominación. —Fue mi turno de alzarle una ceja en cuanto dijo eso—. Practico el BDSM desde hace ocho años —admitió y eso, aunque no me extrañó, sí me tomó un poco por sorpresa, pues no entendía cómo eso podría ayudarle con su condición—. Fui sumiso durante tres años, luego me formé como Dominante y, aunque te cueste creerlo, la disciplina de este estilo de vida me da el control que perdí en la bipolaridad —explicó.

Empezó a hablarme un poco de lo que conllevaba ser Dominante y admito que hubo momentos en los que no supe ni qué decir, pues, así me encantara follar y dominar, llevarlo al nivel en que Fabio lo hacía superaba mis expectativas y todo lo que alguna vez imaginé sobre el BDSM.

—Supe que eras un Amo desde que te vi la primera vez —dijo Lilith de pronto, llegando a donde estábamos con Fabio y dejando entrever con su comentario que escuchó la conversación que manteníamos.

—Así como yo supe que tú eres una Dominatrix —respondió el italiano.

—¿Cómo lo supiste? —Quise saber, ya que me tomó por sorpresa que esa mujer estuviera tan metida en ese rollo, a pesar de que había notado cuánto le gustaba a ella y a Belial todo lo que tenía que ver con ese mundo.

—Por el collar de pertenencia que usa Belial —explicó él, y Lilith sonrió con picardía.

Segundos después Belial se acercó a ella para entregarle un vaso con bebida, y yo me reí, pues siempre creí que ese collar con el pequeño candado que él nunca se quitaba solo era parte de su estilo, hasta que Fabio me iluminó.

—¿Qué es tan gracioso? —me preguntó Belial, y Lilith rodó los ojos.

—Nuestro querido líder acaba de aprender lo que significa tu collar —le informó su chica, y él sonrió con orgullo.

—Conque estás bien marcado, perro —me burlé.

—Tuviste que ver el collar para notarlo. Yo en cambio únicamente necesité verte babeando por tu reina para saber que también te marcaron, perro —devolvió él, y Lilith apretó los labios para no carcajearse.

—¿Entonces ya encontraste un coño fuera de aquí que te vuelva loco? —inquirió Fabio.

Recordé la primera vez que nos vimos y lo que le respondí cuando me preguntó si era gay, así que comprendí (aunque no me gustó) que se refiriera así a Isabella.

—Su Dominatrix.

—Vete a la mierda —largué para Lilith por lo que dijo, y Belial soltó una carcajada.

—No sé si tomar como un halago o una ofensa el que crean que lo domino.

Todos nos tensamos al escuchar a Amelia diciendo tal cosa (a excepción de Fabio y el Yakuza). Había entrado al VIP sola y negué levemente con la cabeza por la sonrisa coqueta que me dio cuando me giré para verla.

—No me dominas —aclaré tajante, sin darle pie para que averiguara si Lilith se estaba refiriendo a ella o no.

—Calma, amor. No lo he dicho yo, sino estos dos. —Se defendió, señalando a Belial y su chica, y estos se quedaron en silencio—. ¿No me presentas con tus nuevos amigos? —me tentó, y miró para todos lados en el privado.

Los mellizos estaban con el Yakuza. Marcus se encontraba con Serena y Dominik, y este último detalló a Amelia de pies a cabeza, bebiendo de su vaso sin apartar la mirada de ella, mostrándose como si no le hubiera afectado verla.

—¿Qué mierdas haces aquí? —susurré en el oído de Amelia luego de cogerla de la cintura y acercarla a mí para que no se concentrara tanto en quienes me rodeaban.

Debía salir de ese embrollo sin cagarla o provocarla esa vez, pues ya tenía suficiente como para encima lidiar con ella.

—Quería darte una sorpresa y veo que lo conseguí —celebró, y plantó un beso en mis labios, por encima de la máscara de tela que estaba usando esa noche.

Noté que Dominik apretó los puños al percatarse de eso, pues era la primera vez que presenciaba mi interacción con la mujer que él follaba por mí, y maldije al sospechar que el hijo de puta cometió el único error que le pedí que no cometiera. Y ni siquiera necesitaba que me lo confirmara, pues me bastaba con ver su reacción.

—Ya los conoces —dije refiriéndome a quienes ella llamó mis nuevos amigos.

—No a él —aclaró, y le sonrió a Fabio—. Y tampoco a él. —Señaló con la cabeza a Dominik.

Sabía que los había visto en otras ocasiones en el club, pero nunca interactuó con ninguno.

—Él es Fabio. —Le di el gusto de hacer la presentación que deseaba—. Fabio, ella es Lía.

El tipo ya se había puesto de pie, así que se acercó y le tomó la mano para plantarle un beso en el dorso. Él no ignoraba a quién tenía enfrente, pero actuó como si fuera la primera vez que sabía de ella.

—Y él es Dominik. —Seguí con la presentación, aunque a diferencia de su hermano, Dominik únicamente le hizo un asentimiento de cabeza y le alzó el vaso como saludo.

Amelia le devolvió el asentimiento y me sentí un poco aliviado porque, enseguida de eso, actuó como si hubiera visto a cualquier persona.

Acto seguido a la presentación, la chica decidió quedarse conmigo para joderme la noche, actuando como si de verdad fuéramos una pareja oficial; y no pasé desapercibido que, cada vez que creía que no lo estaba viendo, el Yakuza nos estudiaba, así como Serena lo estudiaba a él.

—¿Qué pretendes? —enfrenté a Amelia en un momento que Fabio se unió a Dominik y los demás para ver mejor el espectáculo, y me dejaron a solas con ella.

—Pasar la noche contigo. Y no solo como amantes, también quiero integrarme con tus amigos —explicó fresca, y me reí.

—Uno, ellos no son mis amigos. Son parte de la élite que tú y Lucius me impusieron —le recordé, pues, así confiara en ese equipo, jamás diría en voz alta que los consideraba más que compañeros sabiendo cómo ella y su maldito padre iban detrás de las personas que me importaban—. Y dos, no olvides lo que pasó la última vez que fingiste que querías pasar el tiempo conmigo y así integrarte con tu gente.

Noté la manera en la que tragó y cómo se tensó cuando le recordé lo que hizo con Dasher y que propició la muerte de Alina y Alex.

—Quedamos en que ese tema estaba zanjado. —Su voz fue débil al decir eso, y me reí.

—Entonces déjate de estupideces, porque, así te folle y ceda contigo en muchas cosas, no voy a permitir que te impongas en mi vida como pareja oficial, porque no lo eres, Lía —escupí entre dientes.

—¿Por qué eres una mierda conmigo cuando estamos frente a los demás, pero un excelente amante cuando estamos solos? —cuestionó, y evité mirar a Dominik con ganas de asesinarlo, porque esa era otra confirmación de cuánto la cagó—. Si vine esta noche aquí es porque quiero estar contigo como personas normales, Sombra —siguió sin esperar a que respondiera su pregunta—. Quiero que me des mi lugar como yo te lo doy a ti y que follemos de una maldita vez sin que uses esa máscara. Quiero que me beses, que tengamos una relación, que me des otra oportunidad, ¡por Dios!

—¿Hablas puto en serio? —inquirí, ignorando su frustración, y alzó la barbilla al mirarme.

Era consciente que para todos en la organización Lía y Sombra eran pareja, ya que ella se había encargado de dejarlo claro. Pero decir y demostrar por mi cuenta que aceptaba su imposición era lo último que me verían haciendo.

—Sí, muy en serio —zanjó entre dientes—. Ya estoy harta de seguir estas estúpidas reglas que me has impuesto.

—Pues bienvenida al club —me burlé para que se diera cuenta de que más harto estaba yo de las reglas que ella me impuso a mí.

—¡Arg! A veces me pregunto por qué carajos no dejé que mi padre te matara —espetó, y la miré entre divertido e irónico.

—Porque, así no te dé lo que tanto anhelas, gozas de tenerme como tu puta personal —desdeñé y la tomé del rostro para que me mirara a los ojos cuando quiso evitarme—. Y te satisface sentir que tienes el poder sobre mí, únicamente porque me obligas a seguir lamiéndote la mano como un jodido perro. —Su respiración se volvió errática ante mis palabras crudas pero certeras y mi agarre brusco. Mas no se apartó para que los demás no notaran que estábamos discutiendo—. Eso es lo que te excita ¿no? —proseguí—. Manipularme y obligarme a hacerte cosas que sabes que yo no deseo.

—Eres un hijo de puta malagradecido —gruñó, y se puso de pie, dispuesta a marcharse, pero mientras me reía de su estupidez la tomé del brazo antes de que se alejara y la atraje hacia mí, consiguiendo tenerla en segundos a horcajadas sobre mi regazo.

Ignoró mi risa y no ocultó su sorpresa por mi arrebato.

—¿Qué debería agradecerte exactamente, Lía? —la provoqué, y tragó con dificultad en el momento que puse una mano en su nuca y la otra la llevé entre su muslo y cadera.

El vestido se le había subido un poco, aunque todavía la cubría. Y contuvo la respiración cuando apreté mi agarre en su cadera y la restregué en mi entrepierna como si fuese una puta que estaba ahí para darme placer. Sin embargo, yo no la deseaba, no me provocaba más que repulsión tenerla sobre mí; pero llevé a cabo ese acto únicamente para probar cuánto soportaría el maldito imbécil de Dominik, ya que me mantuve atento a que no dejó de observarme con Amelia.

Y como el Yakuza seguía estudiándonos, tenía que dar mi mejor actuación para que no le quedara duda de que esa mujer sobre mí era mía, solo por si acaso Lucius le pidió que lo averiguara, ya que tenía conocimiento de que él la manipulaba restregándole mi desprecio.

—¿Sigues contando todas las cosas por las que debo darte las gracias, amor? —pregunté, utilizando ese mote con ironía, y tragó con dificultad al estar cara a cara, esa vez debido a que yo provoqué la cercanía—. ¿O estás gozando de que le demuestre a todos en este privado que también eres mi puta? Porque eso buscabas al presentarte de pronto en el club ¿no? Querías marcar tu territorio al creer que estaría con alguna de las chicas de aquí.

Se removió un poco para apearse de mi regazo, mas no se lo permití.

—¿Y me equivoqué? —interrogó, demostrándome que le importó más lo último que dije y no que insinué que era mi puta, como yo la suya.

—Sí, te equivocaste porque no quiero estar con nadie más que no sea tu…

—Atrévete a terminar y haré que descuarticen a ese niño —amenazó por lo que supuso que iba a decir, y la miré sin poder creer la amenaza que se atrevió a utilizar. Y tarde notó cuánto la cagó—. Sombra, yo…

—Vete a la mierda antes de que sea yo quien te descuartice a ti y haga que todo se vaya al infierno —largué en su oído, cogiéndola con fuerza del nacimiento de su cabello.

Mi voz gruesa junto a mi semblante y determinación tuvieron que indicarle que se pasó más de una raya con lo que dijo, ya que, así entendiera que iba a terminar mi declaración con la palabra hermana, porque sabía que esa era mi manera de desquitarme un poco de todo lo que me hacía, jamás debió amenazarme con Dasher, pues ese era un límite que iba más allá de los que ya había rebasado, y lo único que me retenía con los Vigilantes en ese momento.

Puesto que según ella, Tess estaba protegida por el chip e Isabella por la distancia.

—Sombra…

—Vete, Lía —la corté.

Me obedeció al darse cuenta de que esa noche no conseguiría subyugarme de nuevo, por lo que fingió tranquilidad y se acomodó el vestido, aunque su mirada atormentada delataba que ella también era consciente de que sobrepasó sus propios límites al meterse con ese niño de nuevo.

—¿Tan pronto te vas? —Escuché que le dijo Fabio, pero ya no le puse atención a la respuesta que ella le dio.

Aunque sí noté que Dominik, a pesar de tener los brazos de Serena envolviendo su cuello, se fijó en que Amelia se marchaba. Y no, mi compañera ya no buscaba nada con él, por lo que supuse que estar así era un plan para despistar a mi jodido castigo.

—Atrévete a ir detrás de ella y te mostraré por qué muchos creen que soy un maldito psicópata, jodido idiota —solté al interceptar a Dominik cuando salió del privado, minutos después de que Amelia se marchara.

Marcus y los demás se encargarían de que el Yakuza no se metiera donde no lo llamaban.

—Iba al baño —aseguró Dominik con la mandíbula apretada.

—Sí, yo también —me burlé, y lo tomé de la camisa, empujándolo con furia a la pared—. Te pedí que mantuvieras esto como un puto juego, Dominik —reclamé tratando de controlar mi tono para que nadie más nos escuchara.

—Y lo he hecho —aseguró haciéndome reír porque hervía de celos.

—Entonces por qué demonios estuviste a punto de irte sobre mí cuando me viste tocarla como lo hice, ¿eh?

—Lo hiciste a propósito —confirmó.

—Eres un puto imbécil, Dominik —farfullé, restregándome el rostro sin importarme tener puesta la máscara—. Ocupaste mi lugar para ayudarme, no para joderme como lo has hecho al enamorarte de ella —largué, y volví a cogerlo de la camisa.

—No me he salido de mi papel, Sombra, si es lo que te preocupa —juró con la voz llena de amargura, sin negar lo que señalé sobre su enamoramiento—. Y entiendo que la odies, pero créeme, ella no es el monstruo que tú me pintaste.

—Porque la conoces en un ámbito en el que obviamente no te mostrará lo peor que tiene, maldición —reproché, y lo solté de golpe—. ¿O acaso piensas que yo estoy aquí porque quiero? —Dominik bufó y rio, negando con la cabeza como respuesta—. ¿Has olvidado ya que entregó a un niño para retenerme a su lado?

—¡No, Sombra! No olvido eso ni que te tiene amenazado con tu familia, pero… —Me miró y noté el tormento en sus ojos grises—. Vi más allá de sus demonios y su maldad —admitió, y respiré hondo—. Y tienes razón, la he conocido en un ámbito donde solo me demuestra cuánto te adora —soltó con amargura, y sacudí la cabeza—. Así que, por esa versión que yo he obtenido, te pido que le des la oportunidad de demostrarte que puede ser tu mejor aliada.

—¿Es en serio? —urdí, mas no lo dejé responder—. Estuviste a nada de sacarla de mi regazo allí adentro y ahora me pides que le dé una oportunidad, cuando sabes que eso significa que debo acceder a tener una relación con ella, a follarla en lugar de que lo hagas tú.

—¡No! Únicamente te pido que no la trates como lo has hecho allí adentro —exigió.

—No voy a darle alas, Dominik. Y créeme cuando te digo que la versión de esa mujer que tú conoces es solo una ilusión creada por ella misma, por su necesidad de sexo y de tenerme a sus pies en todos los ámbitos.

—Y no olvides que según ella eres Sombra cuando la llevas a la cama —aportó Darius, y ambos lo miramos, ya que no notamos en qué momento llegó al pasillo—. Así que más te vale sacártela de la cabeza porque en esta ecuación tú serás el eliminado, amigo —recomendó, siendo sus palabras como una daga filosa clavándose en el pecho de Dominik.

Lo vi maldecir y desordenarse el cabello al ser consciente de que tanto Darius como yo teníamos razón. Y no era que él estuviera mal al creer a Amelia alguien diferente, ya que yo mismo podía admitir que sí, esa mujer le daba su otro yo cuando follaban, por lo que era lógico que ambos nos aferráramos a las versiones que conocíamos.

Sin embargo, lo que Darius le hizo ver no era mentira, pues la chica estaba obsesionada conmigo, y follaba con él creyendo que era yo, por lo tanto, era obvio que le daría esa versión que Dominik estaba defendiendo.  

—Para sacármela de la cabeza voy a tener que dejar de ser tú —señaló.

—Puta madre, Dominik —me quejé, ya que se cagó en todos mis planes en el peor momento.

—Lo siento, no quise que se saliera de mis manos y traté de que no lo hiciera, pero verla esta noche contigo me dejó claro que no pude quitarme los sentimientos junto con la ropa como me pediste que hiciera. —Aceptó derrotado.

Y, aunque podía pedirle que no se alejara de esa manera porque yo necesitaba que la siguiera follando en mi lugar, no sería tan mierda con él después de todo lo que me ayudó en ese tiempo. A pesar de que eso significara que mi infierno podría empeorar, pues desde esa noche no habría ningún tipo de reconciliación con Amelia, ya que no estaba dispuesto a tocarla.

Y Darius me miró con agonía al darse cuenta de lo que implicaba que Dominik se alejara de su hermana, pues cometimos el error de tener la esperanza de que él le sonsacara la información sobre el paradero de Dasher. Y sin Dominik en nuestro juego perderíamos la ventaja.

—Ven cómo el amor es una mierda—les dije a ambos con los dientes apretados.

Y no esperé respuesta de ninguno, simplemente decidí regresar al privado. Frustrado porque una vez más ese maldito sentimiento, del cual muchos decían que era poderoso y la mayor fortaleza del mundo, me estaba arrebatando la oportunidad de librarme de mis enemigos y recuperar a ese pequeño.

Así que sí, el amor era una total mierda.

____****____

Cuando le dimos fin a la noche, decidí irme a dormir a mi búnker junto a los demás de mi equipo (para que al Yakuza no se le ocurriera seguirme a mi apartamento), ya que ese era el único lugar en el que él no podía entrar y donde yo podría liberarme de la máscara por unas horas. Dominik ya no había vuelto al privado luego de nuestra discusión, prefirió marcharse con Darius porque necesitaba tiempo a solas, y lo respeté, pues la situación no estaba siendo fácil para ninguno.

—¿Crees que debería poner en práctica lo que recomendó Fabio? —me preguntó Serena.

—No, no debes —espetó Lewis, y todos lo miramos extrañados—. ¿¡Qué?! —se quejó por nuestra reacción.

La pregunta de Serena fue debido a que estuvo presente en mi charla con Fabio, cuando él quiso saber qué me pasaba con Amelia y yo le respondí que me frustraba tener que soportarla únicamente por no poder sacarle la información que necesitaba. El italiano por supuesto que estaba al tanto del juego que mantuvimos con su hermano y ella.

Fue entonces cuando Fabio retomó el tema de su estilo de vida y me aseguró que con el control que obtenía (y sus destrezas) como Dominante podía fácilmente convertir un encuentro sexual en una tortura, consiguiendo sacar hasta los secretos más oscuros de su compañera de cama sin importar lo entrenada que estuviera para callar.

 

—¿Cómo haces eso? —le había preguntado Serena con interés.

—Para que sea fructífero, primero debes aprender a encontrar tu propio placer en darlo. Si dominas eso, entonces conseguirás fácilmente llevar a tu pareja a un punto en donde su cabeza se nuble —explicó Fabio sin problema—. En ese momento le negarás la culminación sin parar de hacerle gozar, y lo mantendrás así hasta que su lengua se afloje y comience a cantar como un pájarito.

—¿Ya has torturado así? —pregunté yo.

—Claro. Lo he hecho por juego y por castigo en algunas ocasiones —confesó.

—Debiste haberle enseñado un par de trucos a tu hermano —me quejé, y lo vi reír, aunque era consciente de que se lo dije en serio.

Si Dominik hubiera podido hacer la mitad de lo que su hermano sabía, a lo mejor en ese momento Dasher habría estado a salvo ya. Pero tampoco sería un malagradecido por muy molesto que estuviera con ese idiota por enamorarse del diablo, pues me ayudó más de lo que cualquiera consiguió hacerlo.

—Si no llego a conseguir nada con todo lo que sé, me veré en la obligación de llevarme a la cama a cierta persona que quiero hacer cantar como un faisán —intervino Serena tomándonos por sorpresa a los dos—. ¿Me enseñarías algunos trucos? —añadió para Fabio, y por poco me ahogo con mi bebida.

—Solo si me dices quién es la víctima —propuso Fabio con una sonrisa ladina que en ese momento fue pícara, y rodé los ojos.

Por lo de faisán comprendí que se refería al Yakuza, pues en alguna ocasión hablamos sobre ciertos datos de Japón y ella conocía los básicos, como su ave nacional.

Le asentí con la cabeza cuando me miró, pidiendo mi autorización para decirle a Fabio a quién quería llevarse a la cama para sonsacarle información, y de paso desfogarse. Y no esperaba que quisiera hacerlo de esa manera, pero era su coño y sus reglas, y con eso no me metería.

—¿Por qué él? —inquirió Fabio cuando Serena señaló con la cabeza al Yakuza.

—Porque es muy enigmático y necesitamos saber si Lucius lo envió solo para supervisar nuestro trabajo o para que le lleve información de nosotros —respondió ella de inmediato, y por dentro le aplaudí su astucia, ya que, aunque Fabio me generara confianza, esta no era ciega.

—Está bien, pero debo advertirte que tu presa no será tan fácil, porque, si te fijas en cómo mira el escenario, notarás que él no desconoce este mundo —enfatizó Fabio, y me sorprendió que reconociera a las personas que posiblemente se manejaban en su mundo, aunque nunca los hubiera visto en la vida.

Y noté que tenía razón, Tarzán no lucía abrumado por lo que veía en el escenario, es más, se mostraba como si estuviera en su propio entorno y hasta comenzó a entablar charla con los mellizos, Marcus, Belial y Lilith, sobre lo que se desarrollaba frente a ellos.

—Más interesante es el reto —afirmó Serena sin inmutarse.

Acto seguido a eso ambos se metieron en su propia plática y Fabio hasta la hizo practicar ciertas cosas con él, momento en el que yo me alejé, ya que podía ser pervertido en el sexo, pero ver a Serena flirteando con alguien era como ver a Tess y el estómago se me revolvió.

 

—Que pareces celoso, idiota —le indicó Owen a su hermano respondiendo a su pregunta, y el rostro de este se deformó.

—Pues lo estoy, porque ella es como nuestra hermana y no me parece que tenga que acostarse con alguien para sacarle información.

Después de sus flirteos con Fabio y la manera en la que vieron a Serena actuar, todos quisieron saber qué era lo que pretendía, pues la conocían y eran conscientes de que ella no era así; debido a eso la chica les explicó su plan con el japonés. Y al parecer a Lewis le afectó más que a los demás esa versión de nuestra experta en la interpretación de gestos corporales.

—Lo dice el que se acuesta con Sandra para ver qué secretos consigue que le susurre al oído mientras están desnudos —largó Serena ante la respuesta de Lewis.

Belial y Lilith se miraron entre sí, divertidos por la escena que desarrollaban esos dos. Y Marcus negó con la cabeza hacia Owen, pidiéndole así que se callara, pero era obvio que este no le obedecería.

—Serena tiene un punto.

—Tú cállate —escupió Lewis para Owen.

—Serena, si lo amerita, hazlo. Pero será tu decisión, no la mía —le dije yo, cansado de los dramas.

—¡Pero qué demonios, Sombra! No puedes permitirle eso.

—No, viejo, yo no decido. Su coño, sus reglas —le aclaré a Lewis, y lo vi apretar los puños, sobre todo por la sonrisa victoriosa de Serena que a él no le causó ni puta gracia.

Y, antes de que siguieran jodiéndome con cuestiones que no estaba en mis manos resolver y que únicamente me amargarían más la noche, decidí dejarlos con su discusión y me marché a mi habitación, pensando a la vez en lo que me esperaba.

Y menos mal que el cansancio mental y físico me tumbó por un par de horas, lo que me ayudó a estar con las energías recargadas la mañana siguiente en la que me enfrenté a varias discusiones, primero con Lucius porque el imbécil me insinuó una vez más que ya era momento de que trabajara con Derek de manera personal. Y luego con Amelia por cosas que ya ni valía la pena mencionar.

—¿Cómo es que sigues en la organización si no te llevas bien con tus jefes? —Quiso saber el Yakuza cuando estábamos en el puerto, recibiendo el cargamento que enviaría de las manos de la gente de Derek.

El tipo no se apartaba de mi lado, estudiando todos mis movimientos, aunque no había interferido en nada de lo que yo hacía, y menos se atrevió a sugerirme cómo llevarlo a cabo. Algo que me extrañó después de que aseguraran que Derek no lo soportó por eso.

—Es algo que no te importa —le respondí en tono tosco, y lo escuché bufar una risa.

Serena se mantenía conmigo para estudiarlo a él y sonrió de lado con mucho desdén al notar la burla del tipo, quien ya tenía la atención en mi compañera, aunque se mostrara como si no la soportara precisamente porque ella estaba sabiendo darle ciertas señales con sutileza sobre que tampoco lo soportaba, pero que se iría a la cama con él si así lo querían ambos.

Algo que por supuesto a Lewis no le seguía agradando. Y me pregunté si en realidad lo suyo eran solo celos de hermanos u otra cosa, mas no indagué en ello porque no me importaba.

Y, volviendo al cuestionamiento del japonés, se debió a que presenció esa mañana mi mala relación tanto con Lucius como con Amelia. Y de seguro ya alguien le había dicho que no me podía ni ver con Derek, cosa que me daba lo mismo que supiera.

—El jefe nos pidió que te avisáramos que subiremos al barco para asegurarnos que salga bien de aguas estadounidenses.

—Dile a tu jefe que se vaya a la mierda. Y ustedes háganlo junto con él antes de que los envíe al infierno por tocarme los cojones con estas estupideces —largué para el líder de ese equipo que se atrevió a darme el recado del malnacido de Derek.

—Son órdenes de él…

Ni siquiera me lo pensé por más de dos segundos para sacar mi arma y disparar directo entre los ojos de ese tipo. Los demás de su equipo maldijeron al verlo caer al suelo sin vida y mis compañeros sacaron sus armas enseguida para neutralizar a cualquier otro que quisiera jugar al valiente.

—Llévense a este idiota y díganle al puto de su jefe que a mí no me mande recados y menos quiera ordenarme algo —escupí para todos. Algunos quisieron enfrentarse a mi equipo y otros se apresuraron a coger el cuerpo inerte del pobre individuo que, aunque estaba siguiendo órdenes, se atrevió a incomodarme en un mal momento, incluso conociendo mi manera de operar—. Y vean lo que les pasará a ustedes si vuelven a venir queriendo imponerse conmigo o mi élite —zanjé.

Acto seguido se marcharon y yo me seguí encargando del jodido envío como si no acabara de quitarle la vida a alguien, únicamente porque decidió usar las palabras equivocadas en un mal momento para mí, pues lo que pasó con Dominik y Amelia me tenía de malas; y a eso se le sumaba no poder ver a Isabella porque tenía a un intruso extranjero en mi equipo.

—¿Siempre operas así? —me preguntó Tarzán.

—¿Así cómo? —inquirí.

—Seré sincero: me sorprende que tengas éxito con los envíos cuando eres un poco descuidado con los métodos que usas —soltó, y supe que se refería a que no estaba cuidando a detalle lo que pasaba con ese embarque, luego de ordenarle al capitán que zarpara.

—A mí me sorprende más que te atrevas a cuestionar mis métodos luego de lo que me viste hacerle al hombre de Derek —señalé, y sonrió, esa vez con diversión.

—Es porque tengo la capacidad de ponerte una bala en la frente antes de que tú alces tu arma y tu equipo reaccione, a diferencia de ese pobre diablo al que mataste —enfatizó con seguridad, sin ser altanero, y eso me causó gracia.

Tanto como para hacerme reír.

—Me estás tentando a probarlo —desafié.

Serena hizo que Marcus y Belial (quienes estaban más cerca y escuchándonos) no reaccionaran alertas luego de mi cruce de palabras con el japonés, puesto que ella leyó las expresiones de nuestros cuerpos y se dio cuenta de que, aunque la amenaza que nos lanzamos era real, ninguno de los dos pretendíamos alzar las armas.

—Déjalo para otra ocasión porque por hoy ya tienes una muerte que justificar con tu jefe, pues es seguro que su sobrino correrá con él como un niño caprichoso para acusarte —recomendó Tarzán, y me dejó entrever que no le caía bien Derek.

—Mi misión es que ese barco salga sin problemas de aguas estadounidenses, lo que pase en las otras ya no me incumbe —concedí como respuesta a su pregunta principal, y asintió satisfecho.

Dicho esto volvimos a nuestras obligaciones en las instalaciones principales de la organización; y en efecto, Lucius me esperaba con cara de estreñido para exigirme una explicación sobre lo que le hice a uno de los hombres de confianza de su sobrino, aunque terminé llevándome una sorpresa cuando el Yakuza habló con él favoreciéndome a mí, diciéndole que cómo era posible que permitiera que una élite quisiera supervisar a otra, cuando se suponía que nos tenía delegados de esa manera porque confiaba en nuestro trabajo.

Lucius tuvo que contenerse conmigo luego de eso, lo que me hizo comprender que los Yakuza no solo eran sus aliados, sino que al parecer también superiores a los Vigilantes si debía acatar los comentarios y sugerencias del enviado de los Sumiyoshi-kai, algo que me causó gracia y a la vez me hizo sentir patético, pues quienes me habían subyugado ni siquiera eran los jugadores a los lados del tablero, sino que fichas igual que yo.

Sin embargo, darme cuenta de que Tarzán podía ser una persona a la cual debía tener de mi lado, me hizo considerar el aceptarlo de buena gana en mi equipo, aunque Serena me advirtió no confiarle nada delicado (si llegaban a dejarlo por más días con nosotros) hasta que ella descubriera qué era lo que el tipo escondía, pues seguía teniendo la corazonada de que podría darnos sorpresas nada a agradables.

—No quiero ser desagradable, pero debo cortarte —le dije a Hanna al siguiente día, a través del móvil.

Estaba a punto de entrar a las instalaciones de los Vigilantes y me había mantenido hablando con ella durante el trayecto de mi búnker hacia aquí.

No quieres, pero lo eres —refunfuñó, y rodé los ojos así no me viera.

No hablaba de manera constante con ella, pero cuando sí lo hacíamos durábamos un buen rato. Yo escuchándola sobre todo.

—Cuídate y búscate un novio para que lo tortures a él con esas historias que lees —me despedí.

—Sombra, ¿crees que podré verte de nuevo? —preguntó antes de que colgara.

—Tal vez cuando ya sabes quién muera. —La escuché suspirar profundo ante mi respuesta.

Y me dijo algo, pero no le puse atención porque escuché una voz detrás de unos basureros y me acerqué para saber de quién se trataba, reconociendo la voz de Cameron de inmediato.

—Sombra, ¿sigues ahí?

Corté la llamada que mantenía con Hanna, sin despedirme de ella, para identificar lo que Cameron decía en voz baja.

—Cálmate, Jane. Isa no pudo ir lejos y no, no será como la otra vez. Ella ahora tiene a muchas personas que la cuidan —aseguró Cam, y por el nombre supe que era con su hermana con la que hablaba, aunque también porque donde estábamos era muy silencioso, lo que me permitió escuchar a la miedosa llorando—. Y aquí nadie sabe de su regreso, así que no te preocupes.

¿Qué le había pasado a White para que Jane tuviera que llamar a su hermano?

Me alejé de los basureros para que él no supiera que había estado cerca y en cuanto estuve a una distancia prudente carraspeé, logrando que se diera cuenta de mi presencia. Esa sería la primera vez que cruzaríamos palabras.

—Te creía más inteligente —lo abordé, y vi que cortó la llamada sin despedirse—. Recibes llamadas familiares aquí, cuando todos creen que no te contactas con tus padres o hermana. —Palideció al comprender que imaginé con quién hablaba.

—Y, como el lameculos que eres, supongo que irás a contárselo a tus jefes para ganarte algún tipo de favor —me enfrentó, y sonreí, consciente de que mi máscara ocultaba el gesto.

—No, guardarte ese secreto me será más beneficioso —aseguré, y tensó la mandíbula—, pero ten cuidado porque otro no hará lo mismo y te acusará sin avisarte, si sigues recibiendo llamadas familiares en esta zona —advertí—. Ahora, olvida que me viste y yo cerraré mi boca. —Me di la vuelta sin dejarlo decir nada y volví al coche, decidiendo que luego me ocuparía de la imprudencia que ese tonto acababa de cometer, ya que, si no hubiera sido yo, otro Vigilante lo habría descubierto y, con eso, sabido del regreso de la Castaña.

Le envié un mensaje de texto a Darius para pedirle que me cubriera, y otro a Belial donde le pedí que nos reuniéramos en un punto específico para que él tomara el coche en el que me conducía y yo la Hayabusa que le indiqué que me llevara.

Luego le llamé a aquel rubio egocéntrico, aprovechando que en esa ocasión el Yakuza estaría con Fantasma en una misión exprés y yo podía averiguar qué pasaba con Isabella.

¿En serio crees que voy a decirte dónde está? —farfulló luego de que le pidiera la ubicación de su jefa.

Evitó preguntarme cómo obtuve su número telefónico porque era inteligente y consciente de que, así como él podía conseguir cualquier cosa si se lo proponía, yo igual.

—Ambos sabemos que Isabella me está usando para su beneficio, Caleb, pero eres consciente de que ella me preocupa, así que deja el drama, dime dónde putas la encuentro y avísale a sus hombres que voy en camino —reñí, llegando a donde acordé con Belial.

No nos dijimos nada, simplemente intercambiamos los automotores y esperé unos segundos por la respuesta de ese maldito rubio insufrible.

—¿Cómo demonios sabes que ella no está conmigo? ¿Acaso estuviste presente cuando…?

—¿Cuándo qué, joder? —largué al momento que calló.

Estaba harto de esos enigmas.

Shhh —me cayó, y escuché que hablaba con alguien. Le estaban avisando sobre algo que los escoltas de Isabella avisaron—. Mierda, está bien. Ve a la dirección que voy a enviarte y pobre de ti si se te ocurre dañarla —advirtió, y vi mi móvil iluminarse con un mensaje entrante con la ubicación que él me envió.

—Bien sabes que esa amenaza esta demás, imbécil. Si supieras que voy a dañarla, no me enviarías nada —escupí, y corté la llamada antes de que dijera algo.

Vi la ubicación que me envió y reconocí la zona, pues se trataba del lugar donde estaba la casa del bosque de madre. Y, mientras llegaba y me aseguraba que nadie me siguiera, dejé que los recuerdos de aquel día con la Castaña en esa casa me inundaran, sintiendo todo tan lejano a excepción de las sensaciones que únicamente ella consiguió despertar en mí.

Pero nunca imaginé que con ese encuentro fortuito descubriría cosas, y confirmaría otras, que me tenían con un nudo en la garganta y una presión en el estómago que me provocaba náuseas.

 

—Dime que no es lo que pienso. Isabella…, ¿qué hiciste?

—Quería… Mi propia versión de Romeo y Julieta, supongo. Pero resulta que mi Romeo murió para no traicionar a su verdadera Julieta.

—¡No, preciosa! No digas eso. Solo estabas con el Romeo equivocado. ¿Cuándo hiciste esto?

—Hace más de tres años.

—Después de que LuzBel…

—Muriera. Sí, después de eso.

 

—¡Puta mierda! —grité, y golpeé más el saco de boxeo al recordar lo que me dijo horas atrás.

Después de que se fuera de la casa del bosque, regresé a mi búnker sintiendo que iba a volverme loco, así que decidí ir a la zona de entrenamiento sin siquiera quitarme la máscara de Sombra y golpeé el saco sin parar, rompiendo los guantes de piel sintética y haciéndome mierda los nudillos.

Joder.

Había visto su tatuaje, ese punto y coma que adornaba el interior de su muñeca, pero pequé de inocente, confié en que ella superaría lo que sucedió con la ayuda de mis padres y nuestros amigos, por lo que saqué de mi cabeza la idea de que haya querido quitarse la vida luego de perder al hombre que amó; y supuse que ese símbolo representaba únicamente todas las tormentas que tuvo que atravesar.

Lo único que pasé desapercibido fueron las iniciales D y A dentro de los signos de puntuación del diseño, una duda que todavía me carcomía porque no me lo explicó.

—Maldito iluso —siseé para mí, por creer que, después de perder a sus padres y atravesar un secuestro, junto a la tortura que recibió, a ella le sería fácil superar mi muerte.

Me saqué la máscara al sentir que me estaba ahogando y percibí el olor a óxido de mi sangre, algo que siguió sin importarme. Seguí golpeando el saco de boxeo, viendo a Marcus llegar detrás de él y, sin decir nada, tomarlo para que se estabilizara y que mis puñetazos fueran más sólidos.

 

—No me digas cómo debo actuar contigo, Bella. Porque, así se me ocurra la estúpida idea de enamorarme de ti, lo haré porque quiero. Y créeme que no esperaré a que me correspondas, ya que me bastaría sentir por ambos.

—Dicen que cada uno se engaña con la mentira que más le gusta, y yo ya cometí el error de pensar como tú, porque me gustó la idea de tenerlo para mí así no me correspondiera. Y créeme cuando te digo que duele en el alma entender que no es suficiente sentir por ambos.  

—A mí me gusta esta mentira, porque ninguna de mis verdades se sintió como una chispa capaz de incendiar el mundo.

 

El maldito nudo en mi garganta se hizo más grueso cuando seguí con mis recuerdos y esa declaración llegó, siendo consciente de lo que tuvo que haber sentido Isabella el día que aseguró que podía sentir por ambos y yo como el jodido imbécil que era callé, haciéndole creer que nunca me importó tanto como para romper mis barreras.

—Hablar te liberaría más y dañaría menos las manos —intervino Marcus en el momento que un hilo de sangre me corrió por el dorso de mi mano ante el puñetazo fuerte que le di al saco.

—Isabella…

Mi voz fue más ronca de lo normal y no pude terminar lo que diría porque sentí que iba a romperme, puesto que no podía concebir la idea de mi Bonita queriendo suicidarse luego de perderme. Quiso morir cuando yo luchaba por sobrevivir para mantenerla a salvo a ella y a mi hermana.

Mientras yo luchaba con la muerte, ella peleaba con la vida. Y todo por querer reencontrarse con un Romeo que, según lo que le hice creer, murió para seguir a su verdadera Julieta. Y me enervaba haber querido, pero no poder, quitarme la máscara en ese momento y decirle que ningún tonto enamorado falleció para estar con una ilusión. No, simplemente como un buen jugador, tuve que optar por la mejor opción para mantener a salvo a mi reina.

Sin embargo, si ella hubiera logrado su cometido, nada de lo que pasé hubiese tenido sentido y en ese momento a lo mejor me encontraría en un infierno diferente, uno que quemaba de verdad. Pues estaba seguro que podía atravesar el peor de los castigos por mantenerla viva, pero jamás me podría enfrentar a la vida en un mundo sin esa bruja de ojos miel.

Y con ese análisis fui capaz de entender lo que ella intentó hacer al verse sin mí.

Castigo y premio

Elijah

No me equivoqué en nada de lo que le dije a Isabella cuando nos vimos en la casa del bosque de madre, y menos en la comparación de su fragilidad con la de una granada, pues esa mujer tenía la capacidad de explotar, y hacerme explotar a mí, al llevar mis emociones de un punto a otro en cuestión de segundos.

—Maldita Castaña provocadora —siseé luego de leer su mensaje de texto, la respuesta al que yo le envié enseguida de que Owen me avisó que ella estaba por entrar al apartamento de Elliot.

—Es absurdo que sigas teniendo celos de tu primo —señaló Darius, y negué con la cabeza.

Estaba con él en el búnker porque llegó a informarme que ya tenía todo preparado para recibir a Isabella en su club y, aunque todavía me sentía con las emociones revolucionadas luego de enterarme de lo que ella quiso hacer, el enojo predominaba en ese momento, ya que, aparte de saberla con Elliot, Owen avisó que tendrían que marcharse debido a unos Sigilosos merodeando por los alrededores del apartamento de ese hijo de puta, que de seguro White envió al comprobar que la mantenía vigilada.

—Si lo conocieras como yo lo conozco, te aseguro que no creerías que es absurdo. —Darius intentó no sonreír al escucharme—. Y más te vale que tú no me toques los cojones con ella, porque a ti puedo llegar con más facilidad.

—Ya, imbécil. Deja las amenazas, porque yo solo seré un buen anfitrión con ella. —Lo miré entrecerrando los ojos cuando dijo eso, demostrándole que no me tragaba sus palabras—. Mejor explícame por qué desconfías tanto de la chica.

—Desconfío más de quiénes la rodean —aclaré—. Aunque, para ser sincero, ahora no sé qué esperar de la mujer en la que se ha convertido —admití.

—Siempre espera lo peor de todos. Y no te lo digo para meter cizaña entre ustedes, simplemente es un consejo que a mí me dieron y que te ahorra muchas decepciones. —Asentí dándole la razón, aunque de momento no le mentí, desconfiaba de todo aquel que se acercaba a White. De Elliot y el sargento Patterson sobre todo.

De mi primo porque, a pesar de notar su interés en Alice por lo que ella me contaba, sabía que su amor por White no había muerto, pues fue la primera mujer de la cual se enamoró, y por mi experiencia podía decir que no era fácil sacársela del sistema. Y del sargento porque, según las investigaciones que me hicieron llegar sobre él, descubrí que, aunque se decantaba por cualquier mujer hermosa, tenía cierta debilidad por las castañas cabronas, e Isabella era la reina de ellas.

Dejamos ese tema de lado al escuchar a Amelia llegar con su gente y, por sus gritos, supimos que alguien o algo la había cabreado hasta el punto de la locura.

—Saldré por la puerta de emergencia.

—Marica —me burlé de Darius ante su aviso, y se despidió de mí mostrándome su dedo corazón.

Medio sonreí y negué con la cabeza. Y me reí aún más cuando salí de la sala donde estuve con él y vi a los demás, tanto de su élite como de la mía, huyendo a lugares que no se encontraran en la periferia de la chica rabiosa que quería despedazar a todo el que se le ponía enfrente.

—¿Te parezco graciosa? —largó al verme todavía riendo.

—Si fuera así, te soportaría un poco —aclaré, y se tensó.

Iba todavía vestida con su traje de Fantasma, únicamente se arrancó la máscara al entrar a nuestro búnker, la zona segura de ambos. Comenzó a lanzar cosas hacia todos lados, gritando desesperada, queriendo desahogarse; me crucé de brazos para verla perder los estribos, estudiándola, analizando lo que hacía, siendo capaz de percibir ese sufrimiento en su interior que la volvía loca.

Y cuando paró de lanzar todo lo que encontró, hice lo que menos imaginé, pero sentí correcto en ese momento: me acerqué y la cogí del rostro, algo que la sacó de su mierda y, aunque actuó un poco reacia por unos segundos, luego me tomó de las muñecas y se aferró a mi agarre.

—No te soporto, Amelia. Y sabes que es así por todas las mierdas que he tenido que pasar por ti, pero me estresa verte en este estado por mucho que piense que lo mereces.

—Quise rescatarlo —soltó, y fruncí el ceño al no comprender—, pero creo que mi padre lo sospechó, por eso envió a ese maldito Yakuza conmigo.

—¿De qué estás hablando? —inquirí e intenté soltarla, pero se aferró más a mí.

—No pierdas la fe en mí, Elijah, por favor —suplicó en voz baja, dejando salir sus lágrimas, y me estremeció que me llamara por mi nombre, después de años siendo llamado Sombra—. Y te prometo por mi vida que voy a rescatarlo por ti, voy a quemar el mundo si es necesario. Mataré a mi propio padre si lo requiero, pero voy a recuperarlo, te lo juro.

—Sabes dónde está Dasher —confirmé al tener la seguridad de lo que hablaba, y asintió, cerrando sus ojos para contener las lágrimas.

A mí se me aceleró la respiración.

—No quería inmiscuir a Cillian en esto, pero tendré que hacerlo para que él haga lo que yo no podré en este momento, mientras papá deja de desconfiar —reveló, y reconocí que estaba en uno de sus episodios maniacos.

—Dime dónde está y encontraré la manera de ponerlo a salvo sin que Lucius intuya que tuviste algo que ver —propuse, pensando en que White podría ayudarme junto a su Orden.

—No, no, no, amor. Yo te lo quité, así que yo te lo regresaré, solo dame tiempo, ¿sí? —Maldije en mi interior, mas no le dije nada porque sabía que no me convenía molestarla o provocarla para que hiciera una estupidez con tal de castigarme—. Dame tiempo y no me falles, no la busques, no rompas la promesa que me hiciste.

Bajé mi agarre a su cuello al escucharla decir eso y la miré a los ojos, que los tenía más oscuros, aunque brillosos por las lágrimas.

—¿A quién no quieres que busque? —pregunté, ocultando mi temor porque supiera del regreso de Isabella.

Pero no me respondió, optó mejor por abrazarme y apretó su mejilla a mi pecho, aferrándose a mí como si sintiera que estaba perdiendo al perro que por necesidad le seguía lamiendo la mano. Sin embargo, no insistí porque eso le haría ver mi interés y sospecharía que yo no solo sabía que Isabella volvió al país, sino que también habíamos estado juntos de la manera que ella añoraba estar conmigo.

____****____

—¿Sigue el plan de ir a Vértigo? —me preguntó Lewis cuando, con Marcus, regresamos para reunirnos con ellos en el punto acordado.

—Por Dios, no le recuerdes la locura que quería hacer. Aprovechemos a descansar ahora que viene bien relajado —recomendó Marcus, y sonreí, consciente de que el casco y la máscara no delataría mi gesto.

El envío de mujeres que hicimos esa noche hacia Noruega salió muy bien a pesar de que estuve a punto de dejarlo tirado, luego de que Isabella no me respondiera el móvil (como ya se le había hecho costumbre) estando en Vértigo con Darius. Y, ya que ni ese maldito se dignó a responderme y Tarzán no nos acompañó luego de la misión, porque convencí a Amelia de que lo alejara de mi élite, y esta a su vez logró que Lucius llevara al tipo a Karma (el club predilecto del viejo decrépito) para celebrar el éxito de lo que llevamos a cabo, decidí ir a Vértigo con el objetivo de romper cada uno de los huesos de ese bastardo para que no le quedaran ganas de volver a joderme así.

Sin embargo, había enviado a Belial con Lilith para que cuidaran a Isabella, a pesar de que ella llegó siendo escoltada por Caleb y una chica muy parecida a White, mientras yo me encargaba del envío, y ellos me avisaron cuando la vieron irse con la asiática que la acompañaba, por lo que decidí interceptarlas en una de las carreteras menos transitadas por las que tenían que conducir y…

Mierda.

Siempre fui yo el que folló a las mujeres que me llevé a la cama en el pasado, ninguna me folló a mí hasta que llegó Isabella. Una hija de puta en todo el buen sentido de la palabra, una descarada que tenía la osadía de mentirme en la cara con tal de proteger a Darius según ella.

Y como dijo Marcus, si no me hubiera sentido tan relajado (a pesar de que me molestó lo último que me dije con la Castaña en el bosque luego de follar), en ese momento me habría conducido directo a Vértigo para darle una lección al idiota de Darius. No obstante, recordar la sonrisa llena de orgullo de esa mujer, cuando le confirmé que nadie superaría la forma en la que me folló sobre la Hayabusa, me mantenía de buen humor y con ganas de ir a dormir.

Ya luego tendría tiempo de enfrentarme a Darius.

—¿Qué haremos? —Quiso saber Owen.

—Vamos a descansar —cedí y vi sus rostros de alivio.

Desde que White había vuelto los mantuve de un lado a otro, sin descansos a veces. Y como Marcus me reclamó antes, también haciendo estupideces y lo aceptaba, así que por esa noche se merecían un buen descanso, como el que yo pretendía tener. Aunque, cuando llegué a mi apartamento y me quité la ropa húmeda para tomar una ducha, supe que descansar era lo que menos haría porque, primero estuve a punto de hacerme una paja debido a que los recuerdos de lo que pasó horas atrás no me dejaban tranquilo. Y segundo gracias a mi discusión con esa mujer, que se desarrolló en mi cabeza como si lo estuviera viviendo de nuevo, junto a las advertencias que ambos nos hicimos.

—Quieres exclusividad en esta sexo-relación, perfecto. Te la concedo porque no estoy interesada en acostarme con nadie más. Pero recuerda que daré lo que recibo. Sin embargo, eso no significa que tú y yo seremos algo más o tendré que darte explicaciones de todo lo que hago o con quién lo hago. Así que concentrémonos en nuestros propios asuntos.

—Perfecto, será así. Pero ojo, no juegues con la exclusividad porque no respondo.

—No respondo y no miento, Bonita —dije contemplando la foto que tenía de ella en mi relicario—. Deja que alguien más te toque y te demostraré hasta donde es capaz de llegar mi sadismo.

Isabella no era la única que había cambiado en esos años, yo también lo hice, y para muchos podía ser que fue para peor, pues le di rienda suelta a mi instinto asesino y ya no me afectaba asesinar a inocentes. De hecho, prefería matarlos que enviarlos al infierno al que me obligaban a exportarlos como simple mercancía, y todo eso me estaba envenenando más en mi interior, aunque no pensaba parar hasta conseguir mis objetivos.

—Marica hijo de puta —espeté a mi móvil días después.

Le había estado marcando a Darius, pero el imbécil me enviaba al buzón de voz y cuando le escribía me dejaba en visto. El maldito sabía por qué quería encararlo y por eso me evitaba de esa manera. Y si no lo busqué en Vértigo o su apartamento fue únicamente porque el Yakuza regresó a la élite y yo seguía reacio a que nos conociera de forma más personal, y menos luego de que traté de averiguar si conocía la verdadera misión a la que fue con Fantasma, cuando ella intentó recuperar a Dasher como me lo aseguró, y él únicamente me dio evasivas.

Una misión frustrada en la que Amelia tuvo que improvisar para que Tarzán no le dijera a Lucius lo que quería en realidad.

—Es posible que lo veas en la reunión de hoy, así que deja ya ese móvil —me pidió Marcus.

Lilith me envió ese mensaje junto a la imagen de la asiática que acompañaba a Isabella el día de nuestro encuentro en el bosque, y sonreí. Era una bocazas de primera, pero su forma de defender a la Castaña y la manera en la que se embobó con Marcus me demostró que sería una aliada más en esa aventura que estaba teniendo con su jefa.

—Mira quién hará que Belial y Lilith se devuelvan —le comenté a Marcus, y le mostré la imagen de la asiática.

—¡Puf! Tenía que ser la insufrible. —Bufó él al reconocerla, y rodó los ojos, mostrándose casi asqueado con solo verla en una foto.

—Está buena, eh —lo chinché, y miré con detenimiento la imagen, fingiendo interés en la chica.

Era guapa, de eso no había duda. Y se notaba tan cabrona como su jefa, aunque con un toque de descaro que me recordaba mucho a Laurel, pero no me atraía. Mi comentario fue hecho con el objetivo de probar a Marcus, ya que, a pesar de que él salió de aquel Jeep con cara de que lo obligué a quedarse con el peor de los castigos, había notado que estuvo investigando sobre la pequeña bocazas con los mellizos, cuando ellos regresaban de vigilar a White.

—Lo que tiene de buena es la misma medida de lo insoportable que puede llegar a ser —aseguró, y reí.

—Conque no niegas que está buena —me burlé.

—Tampoco negaré que estuve tentado a demostrarle qué tan grande soy y así ocupar su bocota en otra cosa más interesante, pero es una entrometida de primera. Y en este momento quiero evitar que se acerquen demás a mí —explicó, y sospeché que lo último fue por el embarazo de su ex.

—¿Es por lo que supongo? —indagué, y asintió.

—No puedo merecerlo, pero haré todo lo que esté en mis manos para que nadie se acerque a ellos, o sepan de su existencia —aceptó, y estuve de acuerdo con él, pues era su derecho y obligación proteger a como diera lugar a su ex y el bebé que esperaban.

Y, aunque yo tenía la seguridad de que ni Isabella ni su Orden eran un peligro en ese sentido, con la traición que se estaba llevando a cabo, posiblemente de parte de un Grigori, era mejor cuidarnos.

Horas más tarde nos encontrábamos en la reunión a la que nos convocó Lucius. Mi equipo y el de Derek éramos los presentes, el susodicho en cambio se conectó por medio de videollamada para así evitar cruzarse conmigo. Y comprobé con eso que verlo por medio de una pantalla me resultaba igual de asqueroso que hacerlo en persona.

—¿Qué explicación me darás? —me preguntó Lucius, hirviendo de furia.

—¿Explicación? Ninguna. Más bien te recomiendo que dejes de trabajar con incompetentes —desdeñé, y noté de soslayo que el Yakuza escondió una sonrisa.

Resultaba que Lucius nos convocó para encararnos porque el envío de mujeres que hice una semana atrás fue incautado en aguas noruegas. Algo que por supuesto me alivió, sin embargo, su furia se debía a que, al regresar a las secuestradas con sus familias, los noticieros no tardaron en revelar que Gibson se adjudicó esa victoria (lo que significaba que Grigori estaba detrás de él) cuando en realidad fueron las autoridades de Noruega quienes llevaron a cabo el operativo.

Y, aunque iba a actuar de manera distinta, por dentro me sentía orgulloso, ya que no era tan imbécil como para creer que Grigori se colgaría esa medalla sin ganársela, sus fundadores eran demasiado orgullosos para aceptar algo así, y Gibson muy correcto como para arrebatarle un triunfo de ese calibre a quien de verdad lo merecía. No obstante, podía jurar que fue Isabella la que metió sus manos, junto a su Orden, para recuperar a las chicas, tal cual lo hizo en Mónaco, pero, como la mujer lista que estaba demostrando ser, prefirió mantenerse en el anonimato para no delatarse.

«Bien jugado, Bonita».

—Deja de hacerte el gracioso porque no estoy para tus ironías, imbécil —largó Lucius, dándole un golpe a la mesa con la palma de la mano—. Y no me hagas creer que, si nuestros enemigos se están apropiando de esta hazaña, es porque tú de alguna manera les ayudaste a conseguirla.

Derek carraspeó luego de que su tío soltara esa suposición. Y vi que Lucius entendió, con ese gesto de su sobrino, la cagada que cometió al dejarle entrever a Tarzán su desconfianza hacia mí, y su temor de que de alguna manera yo pudiera traicionarlos buscando a Grigori para darles información importante.

—Primero mataste a mi hombre y ahora esto. —Se entrometió—. Aunque, si te soy sincero, tío, no considero que Sombra sea de los que muerde la mano de quien le da de comer. —La pulla de Derek me hizo apretar los dientes, pero lo ignoré porque no caería en su juego si no lo tenía frente a mí en persona.

Además de que entendí que lo hizo para quitarle foco a la cagada de Lucius.

—Te respondo por los envíos que incautan acá en el país, no por los que te joden en donde yo no tengo ni un jodido poder. Así que, si te he fallado en uno solo, dímelo, pero no me fastidies por cuestiones que no han sabido manejar tus aliados o los ineptos en quienes confías —aseveré en tono duro para Lucius.

Escuchamos a Derek reír al entender que con lo último me estaba refiriendo a él.

—Mi jefe me ha avisado que, en efecto, Grigori se está atribuyendo una victoria que no le corresponde, ya que, según nuestras investigaciones, a los noruegos les llegó la información procedente de la gente de Dubois —se entrometió el Yakuza, silenciando lo que sea que Lucius estaba a punto de decirme—. Suponemos que él quiere vengarse porque los griegos lo dejaron solo y no le ayudaron a salir de la cárcel.

Sentí la mirada de mi equipo al oír la mención del francés y, aunque se habían mantenido solo escuchando porque así se los pedí, supe que también comprendieron que, si estaban utilizando a un tipo que ya no tenía ningún poder, y menos aliados por haber sido un imbécil con su gente, era porque los Sigilosos fueron la mente maestra del golpe dado a los Vigilantes.

Y sonreí con malicia, agradecido de que la máscara lo ocultara.

«Eres una mujer de cuidado, White», afirmé en mi mente.

Para Lucius, la aportación de Tarzán pareció ser suficiente explicación a lo que sucedió, y nos dejó fuera como sospechosos de la incautación. Además de eso, aseguró que se comunicaría con sus aliados griegos, Andru y Aris, para exigirles que se deshicieran, para siempre, de ese francés que le jodió un envío importante. Y, antes de finalizar y despacharnos a nuestras labores, me avisó que dentro de un par de días haría un envío de armas y luego se vendría otro de los que a mí me encantaban, como se burló la maldita mierda para indicarme que sería de niños.

Y no exploté únicamente porque no le daría el gusto, ya que sabía que eso era lo que buscaba.

____****____

Había notado a Isabella inquieta esos días, incluso me pedía que nos viéramos con más insistencia y, como no era ningún imbécil, intuí que algo se traía entre manos, aunque no me negué a verla porque quise o por la corazonada que sentía, sino más bien porque no podía, y cuando sí me fue posible, a ella no.

Era como si el destino la estuviera alejando de mí de nuevo, situación que no me hacía ni puta gracia. Y me enervaba sentir que cuando no nos veíamos, porque yo no podía, ella actuara como si me lo haría pagar de la peor manera.

—Cálmate —le exigí a Marcus luego del envío de armas.

Recibió una llamada de Owen después de que yo hablé con Isabella y me negara a verla por culpa de Lucius, quien nos convocó a una reunión de emergencia.

—¡¿Qué me calme?! ¡¿Hablas puto en serio?! —largó en voz baja para que los demás no nos escucharan, actuando como un león hambriento y enfurecido—. Voy a calmarme cuando tenga a esa hija de puta entre mis manos y le haga lo mismo que ella le hizo a mi hermana —espetó, y eso acabó con mi paciencia.

—Tú la tocas y no vivirás para contarlo —escupí tomándolo de la camisa del uniforme que usábamos.

Alice le llamó a él mientras estábamos llevando a cabo el operativo del envío, pero no pudo responderle, así que la rubia optó por contactarme a mí y, cuando le respondí, me avisó que se encontraba en el hospital, por lo que envié a Owen para que se hiciera cargo de la rubia fingiendo ser su hermano, ya que al principio ella no quiso decirme la razón de parar en el sanatorio, pero la obligué (porque no la escuchaba del todo bien como aseguró que estaba) y terminó por explicarme una situación que sabía que me complicaría las cosas con Marcus: Isabella la encontró en la cama con Elliot y tergiversó todo, llegando a asegurar incluso que Alice y mi primo la engañaron el día que creyó alucinar conmigo.

Mierda.

Si White hubiera conseguido matar a Alice, en ese momento no solo habría estado lamentándome, sino también en un hospital, si es que Marcus no me asesinaba. Y la verdad era que lo entendía, comprendía su furia a pesar de no permitirle que amenazara la vida de la Castaña, pues el único culpable de que su hermana terminara en ese estado era yo, ya que por mí ella se metió a Grig y se acercó a mi gente.

—Entonces te mataré a ti, hijo de puta, porque es tu culpa que mi hermana casi haya muerto en las manos de esa cabrona —escupió Marcus cogiéndome también de la camisa.

«Joder, Owen».

Maldije en mi mente, pues lo envié para que se asegurara de que Alice no me mintió con eso de que no era nada grave. Y, en lugar de llamarme a mí para informarme lo que vio, se comunicó con Marcus y le dijo a él todo lo que pasaba, ocasionándome una discusión con el moreno en el peor de los lugares.

—¿Voy a tener que esperar a que terminen de discutir? —Lucius nos interrumpió saliendo del búnker principal en las instalaciones de la organización, donde nos esperaba, y con Marcus nos soltamos al mismo tiempo—. ¿Qué ha sucedido para que estén a punto de matarse? —siguió.

Marcus se tensó al darse cuenta del embrollo en el que nos habíamos metido y tuve que pensar con rapidez para salir de él.

—Este hijo de puta cree que porque está en mi élite puede interferir en mi manera de operar —largué—. Olvidándose de que soy tu favorito, por eso me tienes de líder —satiricé, y escuché a Marcus bufar burlón.

Lucius sonrió sin gracia por mi humor negro.

—Dejen de hacerme perder el tiempo y entren de una buena vez —ordenó, y se dio la vuelta para volver dentro del búnker, escoltado por sus hombres.

Nos miramos con Marcus antes de seguirlo y negamos con la cabeza. Lewis y Belial nos siguieron, siendo los únicos que se habían quedado afuera con nosotros. Los demás ingresaron rato antes.

Y para mi sorpresa, la emergencia esa vez era porque el envío de niños lo adelantaron para el día siguiente, puesto que no querían darle oportunidad a las autoridades de organizarse luego de incautar el que hice a Noruega. Y porque Caron Patterson oficialmente le había puesto precio a mi culo, y uno bastante alto, pues el maldito quería cazarme a como diera lugar. Lo que lo llevó a hacer ciertos movimientos que alertaron a los Vigilantes.

—Han investigado a fondo y se enteraron de que tú eres el que nos mueve la mercancía más importante, así que pretenden jodernos al atraparte, ya sea vivo o muerto —explicó Lucius, y negué divertido.

—Antes de que lo consiga, lo mataré yo —declaré.

Estábamos solo él y yo. A mi equipo lo envió con uno de sus hombres para que este les informara sobre el envío que haríamos.

—Estaría de acuerdo contigo si su muerte no nos afectara, pero, para suerte de ese cabrón, es intocable para nosotros —puntualizó el viejo, y seguí negando porque, aunque asesinar al sargento significara ponerme una diana en el culo a nivel nacional, e incluso mundial, no me detendría si encontraba la oportunidad de despacharlo hacia el otro mundo. Por querer matarme él a mí y por creer que podía tener lo mío—. ¿Sombra, me escuchaste? —Miré a Lucius ante su pregunta y no respondí—. Aléjate de Patterson y su gente todo lo que te sea posible, ¿entendido? —Asentí—. En la misión de mañana llevarás a más gente a parte de tu élite, para que no haya problemas con el envío y para que te protejan.

—¿En serio quieres protegerme?

Mi tono fue sarcástico y lo vi reír.

—Que tú creas que no te aprecio, no es mi problema. —Solté una carcajada al escucharlo, y él sonrió burlón.

—Aprecias los millones que te hago ganar con mi trabajo —zanjé, y se encogió de hombros con cinismo.

—Una ventaja que tienes y que ha evitado que te mate en muchas ocasiones —aceptó—. Ahora, espero que tengas claras mis indicaciones y obedezcas, porque no me gustaría castigarte si fallas.

—No te preocupes —pedí con perfidia, y eso lo hizo bufar una risa.

Pero, a pesar de mi tono, lo que dije fue en serio. No pretendía meterme en problemas con las autoridades porque no estaba dispuesto a tener que esconderme luego, a pesar de que deshacerme de Caron fuera uno de mis sueños húmedos luego de descubrir su interés en Isabella. Sin embargo, los planes de esa mujer eran otros y al siguiente día me llevó a cometer una verdadera locura que me dio el placer que me negué con ella luego de follarla en el comedor del sargento Patterson, tras degollar el cuello de él por tocar a la mujer que me pertenecía.

Puta madre.

Nunca en mi vida había enloquecido como esa noche. Perdí el control de mí mismo al ver cómo ese hijo de puta la tocó, cómo ella le bailó, la manera en la que interactuaban, las cosas que se dijeron… Mierda, la sangre me hervía en el momento que tomé mi motocicleta y me conduje hacia la casa de Caron. Mi equipo me siguió (además de algunos de los tipos que Lucius envió esa noche para que me resguardaran) sin que se los pidiera, todos maldiciendo al ver que estaba dejando tirada esa misión, pero no me importaba, nada más lo hacía a parte de la ira y los celos que recorrían mi torrente sanguíneo.

Sentía los ojos llenos de sangre por lo rojo que miraba todo a mi alrededor. Y, cuando llegué a la casa del malnacido, el cuerpo me temblaba y los escalofríos no me dejaban tranquilo hasta que comencé a matar a los agentes que resguardaban la zona. Marcus me gritaba que estaba yendo directo a una trampa, y antes, cuando Alice me ayudó a encriptar el móvil de White para ver qué demonios hacía con Caron, me dijo que pensaba que todo era parte de un plan con el que pretendían atraparme, mas no me importó porque lo único que quería era hacer mierda a Patterson y demostrarle a esa cabrona que nunca bromeé el día que le advertí que haría pedazos a todo aquel que osara tocarla.

Y me subestimó.

Isabella White creyó que era como LuzBel, quien solo amenazaba, pero que jamás cumplió todas sus amenazas. Se le olvidó que estaba tratando con un hombre al que convirtieron en lo peor y que, si ya me había condenado por ella, no me importaba ir más allá de todo con tal de que entendiera de una puta vez que le vendió su alma al diablo el día que decidió mirarme a los ojos y enfrentar mis demonios.

¡Era mía, joder!

—Belial cayó gravemente herido —avisó Owen cuando llegamos a un lugar alejado de la casa de Caron, y me detuve porque necesitaba respirar.

—¿Y dónde está? —pregunté. Mi voz sonó más ronca y el cambiador lo dejó notar.

—Serena y Lilith lo llevan para el hospital, pero temen que no llegue con vida.

Apreté los puños y la mandíbula, furioso conmigo mismo porque era mi culpa que Belial estuviera en esa situación.

—Hamilton lideró una emboscada en el puerto y mataron a los Vigilantes que se quedaron custodiando a los niños. Los liberaron a todos —aportó Lewis, y sonreí sin gracia ante la mención de Elliot.

—Te dije que esta era una puta trampa, Sombra —espetó Marcus.

—Una a la que le sacaste provecho, ¿no? —ironizó Tarzán, y lo miré, Marcus lo veía como si estuviera a punto de matarlo—. ¿Crees que no vi que te fuiste con la chica asiática? Y por cierto, traes la bragueta abierta.

Noté que el Yakuza tenía razón, Marcus llevaba la bragueta abierta y lo miré esperando una explicación, pero se limitó a cerrarla y seguir con su actitud cabrona. 

—Viste lo que le hice a los otros Vigilantes —señalé para Tarzán, refiriéndome a los tipos que maté al salir de la casa de Caron, los que no eran de mi equipo y le dirían a Lucius por quién le desobedecí.

—Muy inteligente de tu parte —acotó él.

Antes de preverlo, saqué mi glock para apuntarle, pero él también hizo lo mismo con la suya, y de paso sacó una estrella shuriken y la lanzó hacia los mellizos y Marcus, desarmándolos de inmediato y haciéndolos gruñir de dolor.

Puta madre.

—Lo diré una sola vez, Sombra: te seguí sabiendo que ibas a cagarla, pero decidí apoyarte porque no me interesaba que hicieras ese envío. Así que no intentes deshacerte de mí, ya que, como verás, yo no soy como los imbéciles que te siguen —aclaró sin perder la tranquilidad, aunque su tono reafirmó su seguridad.

—¿Por qué no te interesaba ese envío cuando se supone que te han enviado para que te asegures que se hagan sin problema? —pregunté sin demostrarle que me inmutó lo que hizo y sin bajar mi arma.

—Esos son asuntos de mi jefe que ni a ti ni a mí me incumben.

—Yo no soy como los imbéciles que siguen las órdenes de sus jefes sin rechistar —declaré, y sonrió de lado, bajando el arma.

—Pues deberías, para que no la cagues —aconsejó, y noté que, a pesar de mostrarme que no le interesaba matarme, mantuvo su glock lista para disparar si yo no aceptaba la tregua silenciosa que me proponía—. Aunque, si lo que hiciste fue debido a esa mujer, no te culpo, ya que yo también habría ido personalmente a matar a cualquiera que se atreviera a tocar lo mío.

—Hay algo en ti que no me deja confiar en tu buena voluntad de ayudarme.

Ignoré lo que dijo sobre Isabella y no le demostré que su sola mención me alteraba más en ese momento, ya que, así haya matado a Caron, quería darle un escarmiento también a esa provocadora por llevarme a cometer esa maldita cagada que me harían pagar muy caro, no lo dudaba.

—No confíes en mí, no lo necesito —aconsejó él por lo que dije—. Simplemente confía en que no nos interesaba este envío y gracias a tu improvisación no se llevó a cabo, así que como recompensa puedo apoyarte en lo que sea que le dirás a Lucius.

Bajé el arma y entrecerré los ojos al mirarlo, estudiándolo. Los mellizos y Marcus hicieron lo mismo, todos cautelosos porque la buena voluntad de ese tipo, así tuviera una explicación, no era algo que terminara de convencerme. Pero acababa de asesinar a un sargento y necesitaba de alguien fuera de mi equipo para que secundara lo que iba a decirle a Lucius, así que acepté colaborar con él en esa mentira.

—No le mentiré, si crees que haré eso —puntualicé—. Vi mi oportunidad de deshacerme de Patterson antes de que él consiguiera sacarme a mí del juego.

—Fuiste cazador antes que presa. Lo comprendo —rectificó, y asentí.

Los chicos siguieron viéndolo con desconfianza y me lo hicieron saber, no obstante, les manifesté que por esa noche cedería, ya que sería demasiado sospechoso deshacerme de la gente de Lucius, de Caron y encima, del enviado de la Yakuza. Además de que contaba con lo que Tarzán admitió para defenderme.

Y entonces me di cuenta de que nos confió un secreto, puesto que, si Lucius sabía que los Yakuza estaban poniéndole trabas, se enfocaría más en eso y no en mi cagada, algo que me hizo sobre analizar la situación, pues ni a él ni a mí nos convenía sabernos cosas que nos pondrían en tela de juicio.

—Ahora le creo más a Serena, el tipo oculta más de lo que imaginamos —señaló Lewis, y asentí de acuerdo.

—Comunícate con ella para que te diga qué está pasando con Belial. Y asegúrate de que no lo dejen morir —le pedí a Owen, y este asintió.

Aunque ya no supe nada ni de Belial o los demás porque, antes de entrar a mi búnker, fui interceptado por la élite de Lucius y estos me llevaron para la cárcel en la que me mantuvieron años atrás.

Al viejo no le importaron mis excusas para asesinar a Caron, ni quien me secundara con eso. Ordenó a su élite que me amarraran y él mismo me propinó una paliza hasta dejarme inconsciente, y luego me encerraron en esa puta cloaca de nuevo, desnudo y con la amenaza de que me enviarían a Rusia pronto para recibir mi merecido por parte de la Bratva. Y lo único que agradecí fue que no se metieran con Dasher ni con Tess, y menos con la cabrona por la cual estaba metido en esa pocilga, rodeado de cucarachas y respirando el hedor a mierda.

—Me cago en la puta —siseé.

Acababan de sacarme de la cloaca y un tipo de la élite de Amelia me rociaba agua fría para lavarme la suciedad. Me sentía débil por la falta de comida y los golpes que todavía no sanaban, el torso lo tenía más lastimado e intuía que algunas costillas estaban rotas por las punzadas que me daban al moverme.

—De qué sirvió que le consiguieras buenas alianzas a mi padre, ganarte su confianza para que te diera libertad, hacerle facturar millones con los envíos, o follarme a mí con tal de avanzar más en la organización, si al final ibas a cagarla, ¿eh? —urdió Amelia con la voz filosa.

Estaba en la entrada del lugar, con los brazos cruzados, viendo con satisfacción lo que me hacían.

—So-solo hice lo que tú también hubieras hecho —conseguí decir sin castañear los dientes—. Maté… antes de que me mataran a mí.

Rio sin gracia y caminó más cerca, pidiéndole la manguera a su hombre para ser ella quien me bañara.

—Te convertiste en el hombre más buscado del mundo, maldito idiota. Y has puesto en jaque a toda la organización, así que comienza a creer en Dios y ruégale para soportar lo que te espera.

—Joder —gruñí cuando aumentó la presión del agua y lastimó los golpes en mi cuerpo.

En ese momento no era la chica enamorada de mí, sino Fantasma sin su máscara, una tipa con sed de provocar mucho dolor. La que disfrutaba de mis gruñidos, insaciable de la tortura. Y no paró hasta que se cansó, dejándome, además de todo lo que ya sufría, con una terrible migraña por el agua fría.

Luego de eso me llevaron a una celda y me vistieron con la ropa blanca que le daban a los presos, demostrándome así que Amelia no habló por hablar: retrocedí todo lo que avancé y las cosas no pintaban para nada bien.

—¿Cuánto tiempo me tuvieron en esa fosa? —le pregunté a uno de los tipos que custodiaba mi celda, era siempre de la élite de Amelia, así que sospeché que ella sería la encargada de mi castigo mientras siguiera ahí.

—Tres días y tres noches —respondió tajante.

—Mierda —espeté por lo bajo, presionando mis sienes cuando el dolor de cabeza incrementó—. ¿Sabes algo de mi equipo? ¿De Belial?

—No estoy autorizado para responderte nada —informó, y apreté más mi cabeza.

El dolor aumentaba cada vez más, y la frustración lo empeoraba.

—Bien, solo responde si todos están vivos —pedí con la voz débil.

No lo hizo, siguió con su actitud de custodio, mas no me rendí y lo miré, esperando así fuera un leve asentimiento porque, si negaba, me sentiría más mierda, ya que Belial no merecía morir por mi arrebato.

—Puta madre, gracias —susurré cuando asintió.

Irguió su postura en cuanto escuchamos unos pasos y ni siquiera tuve ánimos de levantarme de la cama, en donde estaba sentado, simplemente miré llegar a los visitantes y mi dolor era tanto que no me importó que Derek acompañara a Lucius y Amelia en esa ocasión.

—¿Qué sucede, cariño? ¿Te duele mucho la cabeza? —sondeó Amelia con perfidia, pero no le respondí.

—¿Ya estás listo para viajar a tu nuevo destino, Sombra? —ironizó Derek, y me limité a mirarlo con todo el odio que le profesaba.

—Dame una muestra —pidió Lucius, y noté que se dirigió a Amelia.

Ella sonrió con malicia y sacó una especie de mando de su bolsillo, tras eso presionó un botón y yo no pude contener el gemido de dolor, pues sentí que la cabeza me iba a explotar.

«Mierda, no puede ser».

Eso fue todo lo que logré pensar al entender por qué me dolía tanto la cabeza.

—Joder —gruñí cuando la hija de puta lo intensificó más y caí al suelo, haciéndome un ovillo y sosteniendo mi cabeza al sentir que me iba a explotar.

Vi a Derek carcajearse y a Lucius sonreír satisfecho por la obra de su hija.

—Bien, cariño. Buena chica —la aduló él, y le dio un beso en la frente como felicitación—. Si antes no comprendías cuánto sufren las putas Grigori cuando me desobedeces, ahora lo harás porque lo vivirás en carne propia —sentenció para mí, y sentí mi frente mojada por un sudor helado, producto del dolor que atravesé.

Amelia había presionado de nuevo un botón del mando y la migraña mermó, pero mi corazón estaba acelerado y no podía hablar aún.

—¿Quieres que me comunique con el Pakhan de la Bratva para pedirle que organice un buen recibimiento para nuestra puta favorita? —le preguntó Derek a Lucius sin dejar de mirarme y gozar por mi estado.

—Hazlo —lo animó el malnacido.

Segundos después se marcharon tras decirle a Amelia lo orgullosos que estaban de ella. La chica no les respondió, se concentró en seguir observando que después de años me tenía tan vulnerable como siempre deseó.

—Hice de todo para que no te tocaran durante este tiempo, pero no cooperaste —me reprochó.

Aunque no le di importancia porque, mientras más me recuperaba, más pensaba en lo que mi hermana atravesó todas las veces en las que la cagué y ella sufrió las consecuencias. En el dolor que Isabella también soportó en su momento, antes de marcharse del país y de que yo consiguiera ponerle el chip.

—Castigo y premio, LuzBel —aseveró Amelia llamando mi atención de nuevo, y con un movimiento de cabeza le ordenó a su hombre que abriera la celda.

Se adentró con confianza y se paró a mi lado, sabedora de que me tenía débil por los tres días en la fosa y por el dolor que me hizo pasar junto a los rezagos que quedaron. Alzó el mando y me mostró cómo presionó un botón rojo. En segundos sentí una especie de escalofrío descender de mi nuca a mi espalda, mi piel comenzó a sentirse febril y un hormigueo me llenó el abdomen bajo. La sangre me corrió con más rapidez y se acumuló en mi polla.

Me cago en la puta.

No tenía explicación para lo que estaba sintiendo a pesar de saber a qué se debía. Era extraño ver que mi erección levantara el chándal de mi pantalón sin que yo quisiera. Sentir deseo y placer, mas no por mi cuenta.

—Pero me importas más que mi propia satisfacción, por eso jamás te obligaría a que me des lo que tanto deseo sin que tú también quieras dármelo —aseguró, y presionó otro botón, liberándome de lo que estaba provocándome. Jadeé ante el golpe de alivio, era como si acabara de salir del fondo del agua, o de un pantano en realidad, por todo lo que experimenté en minutos—. Así que piénsate mejor el joderme, ahora que sabes lo que se siente que controlen algunas de tus emociones —zanjó, y comenzó a marcharse.

Yo me quedé ahí en el suelo, frío y aterrado al vivir en carne propia las consecuencias de mis errores. Pensando además que desde ese día en adelante no solo caminaría sobre terreno minado, sino también sobre vidrio filoso.

Un solo error y ya no dañarían a las personas que me importaban, sin antes imposibilitarme para que no pudiera defenderlas.

—Jodida mierda —murmuré, sintiendo un leve martilleo de dolor en mis sienes.

Eres cruel

Elijah

 

Amelia me sacó de la celda dos días después de su demostración de poder y, aunque me llevaron a nuestro búnker, me prohibieron salir de él, ya que me tendrían a la espera de que un enviado de la Bratva llegara para trasladarme a mi nuevo lugar de condena.

—¿Dónde está mi élite?

Amelia bufó una risa por mi pregunta antes de decir:

—¿Tu élite? ¿Ahora sí lo son?

—¿Dónde está la élite que me impusieron? —reformulé dándole el gusto, y sonrió sardónica.

Estaba actuando como la chica que conocí en el pasado, con la que tuve una aventura que para ambos se convirtió en nuestra perdición. Era la Dahlia negra, la Amelia poderosa que no se inmutaba ante nada ni nadie, y eso me sorprendió.

—A los mellizos y Marcus los liberarán en un rato —concedió y, aunque era de esperarlo, me sorprendió que también los hubieran apresado—. Serena está protegida por Darius únicamente porque mi padre ignora que te acompañó a casa de Patterson. Y Belial sigue hospitalizado, Lilith no se separa de su lado y se lo permiten debido a que logró convencer a papá de que ellos estuvieron en el puerto y que a Belial lo hirieron allí.

—¿Sabes cómo está él?

Me sentí aliviado de que al menos Serena y la pareja se libraran del castigo de Lucius. Y únicamente esperaba que Belial también consiguiera vencer a la muerte, puesto que no quería cargar con ello.

—No, y no me importa —desdeñó, y me mordí la lengua para no decir nada—. Ahora deja de hacer preguntas y vete a tu habitación —ordenó, y me dio la espalda, dispuesta a marcharse.

—Solo dime si sigues cuidando de él —pedí, refiriéndome a Dasher, y sabía que ella entendería que hablaba del niño. Se detuvo sin mirarme y noté sus hombros tensos, fueron solo unos segundos, luego continuó con su camino—. ¿Amelia, qué quieres a cambio de esa información?

—¿Ahora sí me darás lo que sea que pida? —cuestionó encarándome de nuevo, y vi en su rostro que no le satisfizo del todo saber que había una posibilidad de que hiciera lo que ella quisiera, y eso me extrañó—. Ahora que puedo conseguirlo con facilidad quieras o no —aclaró, y apreté mis molares, mirándola con odio.

Nos medimos de esa manera por un par de minutos, los suficientes para estudiar sus gestos y comprender que, así pudiera, ella no era capaz de obtener de mí lo que quería, por medio del puto dispositivo en mi cabeza.

—Ambos podemos ser una mierda el uno con el otro, pero sé que no tomarás de mí nada que yo no quiera darte —aseguré con determinación.

Volvió a sonreír, esa vez con una mezcla de orgullo y tristeza.

—Tengo una promesa contigo que pienso cumplir, así como tú me cumples las que me has hecho —soltó con un toque de malicia, y cuadré los hombros en señal de culpabilidad, ya que, desde que me obligaron a ser Sombra, dejé de tener respeto por mi palabra. Al menos con ella—. ¿Es suficiente respuesta para ti? —Asentí sabiendo lo que significaba.

Amelia sí mantenía su palabra conmigo.

—Respóndeme lo último —pedí, y no la dejé negarse—. ¿Desde cuándo tengo el dispositivo en mi cabeza?

Ella se irguió y tragó con dificultad, debatiendo quizá si responderme o no.

—Te lo coloqué luego de que papá te dejó inconsciente, la noche que asesinaste a Patterson —concedió, confesando además que fue ella la ejecutora de todo.

—Conque fuiste tú —murmuré—. ¿Y fue tu idea o de ellos?

—Mía —soltó con orgullo—. Para que de ahora en adelante sepas lo que yo siento. —Alcé las cejas al no comprender, y ella lo notó—. También tengo un dispositivo con el que me controlan, LuzBel, pero el mío viene de fábrica. Un regalo de la jodida vida —explicó con la voz cargada de furia.

Y dicho eso se marchó, dejándome con una incomodidad en el pecho porque durante esos dos días no había logrado sacar de mi cabeza lo que me hizo vivir. La sensación de haber sido violentado continuaba incendiándome la piel y aumentaba mis ganas de quemar el mundo, así como seguía vapuleando mi orgullo y me provocaba vergüenza de mí mismo por no haberme defendido. Aunque más me avergonzaba el hecho de pensar que Isabella y Tess atravesaban por lo mismo, cuando me querían castigar a mí.

Sin embargo, nunca me detuve a pensar que Amelia también vivía una situación igual o peor, porque no solo su padre se aprovechaba de su condición, sino también la vida, jodiéndola con sus episodios.

—Me cago en la puta —susurré.

Era demasiado jodido de mi parte comprender ciertas situaciones únicamente al vivirlas, ya que en ese instante de nada me servía arrepentirme de todas las veces que provoqué a Lucius o a ella, y se desquitaron con mi hermana e Isabella.

«Castigo y premio», repetí en mi cabeza.

Y lo seguí haciendo al ir a mi habitación, mientras tomaba una ducha, me cambiaba de ropa y luego cogía aquel pequeño balón de fútbol para llevármelo a la cama.

Me quedé mirando el juguete durante horas, recordando las sonrisas de ese niño, la inocencia que hacía brillar sus ojos y las cosas tan insignificantes que lo hicieron feliz en el lugar que ahora era mi nueva prisión. Pensé también en los pocos buenos momentos que tuve con mi hermana antes de que ambos nos concentráramos en nuestros propios asuntos, y en los meses que viví al lado de la Castaña.

Y de pronto, al darme cuenta de que lo que vivía era más grave de como siempre lo quise ver, los recuerdos de esos días siendo LuzBel se esfumaron junto a los pocos momentos que me permití con Dasher, creyendo incluso que todo fue una ilusión. Que quizá me imaginé haber tenido una vida diferente al infierno en el que me encontraba.

«También tengo un dispositivo con el que me controlan, LuzBel, pero el mío viene de fábrica. Un regalo de la jodida vida».

Las últimas palabras de Amelia me encontraron en mi miseria y pensé en ella, en su manera de aferrarse a mí, en cómo aseguró que solo a mi lado vivió una normalidad que nadie más le dio cuando se escapó conmigo. En el infierno que atravesó cuando su padre volvió a tenerla y la forma en que la manipulaban.

E incluso con todo eso, y a pesar de lo que me hizo, me di cuenta de que sí, por ella seguía teniendo la oportunidad de vivir y ver por las personas que me importaban. Y analicé que, si quería seguir haciéndolo, iba tener que jugar una nueva partida, pero sin Dominik esa vez.

—Puta madre. —Bufé restregándome el rostro, al ser consciente de lo que tenía que hacer para recuperar un poco de todo el avance que perdí.

Para que no me enviaran a Rusia y me alejaran una vez más de Isabella.

«Seguía siendo fácil, ¿no? Únicamente tenía que volver a ser el tipo que se quitaba los sentimientos junto con la ropa».

 

—Eres mía, joder.

—¿Y tú? ¿Eres solo mío? ¿O también de alguien más?

—Esto es mutuo. Sin contratos ni etiquetas, pero sí con exclusividad. Esto lo hago solo contigo. Te deseo a ti. Tengo ganas solo de ti.

—¡Ah!

—Malditamente tuyo.

—Demuéstramelo.

 

—¡Fácil y una mierda! —grité, lanzando el balón hacia la pared, luego de recordar mi encuentro con Isabella en aquel bosque y lo que aseguré; después de pensar que sería pan comido volver a ser el puto fuck boy que se follaba a la mujer que le daba la gana—. ¿Qué demonios haré ahora? —cuestioné desordenándome el cabello con ambas manos.

Ni siquiera podía llamarle a Dominik para que considerara volver a ayudarme, porque no era justo y porque no tenía cómo, pues me quitaron todo una semana atrás. Y menos mal que estuve utilizando una encriptación especial en mi móvil para que no accedieran a mis llamadas y mensajes con Isabella, o con él. Y menos con las personas que me contacté para darles información sobre mis movimientos con los Vigilantes.

Me encontraba a la deriva una vez más y no tenía tiempo para pensar si seguía jugando, haciendo mis nuevas movidas, o me quedaba hundido en la mierda con tal de no fallarle a Isabella.

No obstante, cuando tomé la decisión de continuar, porque no era posible que me ahogara al llegar a la orilla del pantano en el que se convirtió mi vida (ni que dejara morir a los que se vieron amenazados por mi culpa), no conté con lo mierda que me sentiría debido a mi maldita suerte, que volvió a poner a White en mi camino en el momento menos indicado.

—¡¿Qué demonios estabas pensando, hijo de puta?! —escupí, tomando a Darius de la camisa y empujándolo hacia una pared.

—¿Recuerdas que me pediste que le diera algo, o a alguien, que la mantuviera tranquila mientras recuperábamos a Dasher? —devolvió, soltándose de mi agarre y acomodándose las arrugas que dejé en su ropa ante mi arrebato.

Estábamos en el búnker principal de la organización, a donde David Black ordenó que nos trasladáramos para que auxiliaran a su hermano, hijo y sobrina, luego del ataque sorpresa de White y su amiga.

—¿Hablas puto en serio? —gruñí, confiado de que en el lugar donde nos hallábamos no nos escucharían ni grabarían, pues ya teníamos identificadas las zonas con micrófonos y cámaras.

—Sí, hijo de puta. Hablo muy en serio. Le entregué a esa mierda para que se esté tranquila y de paso comience a cobrar su venganza.

No previó mi movimiento, así que únicamente maldijo y gimió de dolor cuando le propiné un puñetazo, pero se recompuso y trató de devolvérmelo sin contar que en ese momento yo era un maniático con sed de sangre luego de que me tuvieran encerrado, provocándome hasta el punto de la locura.

—¡Ya, maldición! ¡Este no es momento ni lugar para que ustedes estén con estas mierdas! —increpó Marcus metiéndose entre nosotros.

Lewis me contuvo a mí y Owen a Darius para lograr separarnos.

A esos tres los liberaron el mismo día que a mí como aseguró Amelia, aunque a ellos los dejaron libres y ella los tomó en su élite para que Lucius no siguiera ensañándose con ninguno, pues siempre demostraron que trabajar con Fantasma era más un castigo que premio. Situación que el viejo tomó como parte de la reprimenda que les daría, por haberme seguido a casa de Patterson en lugar de quedarse en el puerto cuidando del envío.

Y no los había visto hasta esa noche, aunque tampoco pude hablar con ninguno mientras estuvimos en el club. Únicamente me informaron lo esencial al llegar a ese búnker donde nos encontrábamos.

—¡La expusiste, maldita mierda! ¡Después de todo lo que pasé para evitarlo, dejaste que supieran que volvió! —mascullé enloquecido, y Lewis a duras penas consiguió seguir reteniéndome.

—¡No! Jamás quise eso, el plan era que ella hiciera lo que quisiera mientras se mantuviera en anonimato, pero decidió lo contrario al quitarse el antifaz frente a Lía. Y créeme, yo también lo lamento —largó lleno de impotencia, y maldije, tratando de soltarme del agarre de Lewis.

¡Maldición! Era consciente de eso. Pero así como deseé correr hacia Amelia e Isabella horas atrás, para callarla a ella y darle un escarmiento a la Castaña por exponerse de esa manera, quería castigar a Darius porque fue él quien la ayudó a entrar a Karma esa noche.

La primera jodida noche en la que me permitieron salir únicamente porque Lucius ofreció una velada especial para el sovetnik de la Bratva. El consejero ruso del Pakhan que llegó para llevarme con él, y ante el cual me querían mostrar como si estuviéramos en otra época y yo fuera el esclavo por el que la mafia pagaría algunos dólares.

Razón que me llevó a aceptar la propuesta que me hizo Amelia, para que ella volviera a apostar por mí.

 

—Dame mi lugar, el que deseo. Convénceme de volver a jugármela por ti. Porque sí, Sombra, tuviste razón, jamás utilizaría ese dispositivo para que estés conmigo —me dijo cuando una semana después le pedí que evitara que me llevaran a Rusia.

—He estado contigo, Amelia. —le recordé, refiriéndome a todas las veces que Dominik estuvo con ella—. ¿Qué más quieres? —inquirí, abriendo los brazos para darle más énfasis a mi frustración.

En esos días solo su élite estuvo entrando a nuestro búnker desde que me sacaron de la celda, para mantenerme en la ignorancia con respecto a mi equipo o el mundo exterior, y ninguno de los de su gente respondía mis preguntas. Por lo que estaba al borde de la locura, ya que no tenía idea de lo que pasaba con Belial, con los mellizos y Marcus; y menos de Isabella o lo que estuviera sucediendo con la muerte de Caron. Y Amelia tampoco me daba alguna información sobre Dasher